Entre los siglos V y VII, el territorio de Imperio Romano de Occidente se dividió en diversos reinos independientes:
En la Galia (actual Francia) se establecieron los francos.
En Hispania, los visigodos y suevos
En Italia, los ostrogodos y luego los lombardos
En Britania, los anglos y sajones.
En el Norte de África, los vándalos.
Los germanos se organizaban en tribus, pero al establecerse permanentemente en un territorio lo convirtieron en reino. Cada reino estaba gobernado por un rey, que al principio era elegido por los nobles (monarquía electiva); pero con el tiempo la monarquía se hizo hereditaria (el hijo sucedía a su padre).
Los germanos, escasos en número, sometieron a los habitantes autóctonos y se convirtieron en el grupo dirigente.
La sociedad era rural: la mayoría de la población vivía en aldeas y las ciudades eran escasas y pequeñas. La economía se basaba en la agricultura y la ganadería. Las tierras -principal fuente de riqueza- eran propiedad de las grandes familias nobles y los clérigos, a los que estaba sometida la mayoría de la población campesina.
La actividad comercial era escasa: se limitaba al intercambio de productos del campo en los mercados locales; el comercio a larga distancia estaba en manos de los bizantinos, que proporcionaban productos de lujo a la nobleza germana.
Como los germanos eran una minoría respecto a la población romana, no impusieron su modo de vida a las poblaciones conquistadas. Inicialmente, cada uno mantuvo sus propias leyes, costumbres y religión. Pero poco a poco ambos grupos se fueron mezclando. Así, muchos germanos -que inicialmente eran politeístas- se convirtieron al arrianismo (herejía del cristianismo que consideraba que Cristo no tenía naturaleza divina) y, más tarde, al catolicismo (la religión de los romanos).
Desde el punto de vista legal, los germanos se regían por leyes que se transmitían oralmente de generación en generación. Estas se combinaron con el derecho romano, se recopilaron y se pusieron por escrito.
En el arte de los Reinos Germánicos destacan algunas construcciones como el Mausoleo de Teodorico (Rávena, Italia) y su orfebrería: elaboración de objetos de pequeño tamaño (broches, hebillas, fíbulas, coronas, arquetas, cruces...) con metales nobles como oro y plata, en los que se incrustaban piedras preciosas.