La gente que pasó su infancia junto al mar muestra una sensación de dependencia que dura toda la vida.
Una necesidad de contemplar el horizonte como una linea azul, lejana y nítida.
En tierra nunca hay esa claridad en los paisajes, todo está salpicado de detalles que saturan la mente del que observa,
la mar es distinta, no hay nada que nos distraiga, si acaso el rumor del agua que actúa como un mantra.
En Cabo de Gata, además, la luz lo inunda todo y el calor del sol acaricia las superficies mientras la brisa
fresca crea un equilibrio mágico, una explosión de sensaciones. Solo hay que cerrar los ojos y dejarse arrullar.