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Lazarillo de Tormes

Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba. Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada della1 un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandome que llegase cerca del animal, y allí puesto, me dijo: "Lázaro, llega el oído a este toro, y oirás gran ruido dentro dél1." Yo, simplemente2 llegué, creyendo ser ansí; y como sintió que tenía la cabeza par de3 la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada4 en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome: "Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo", y rio mucho la burla. Paresciome que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba. Dije entre mí: "Verdad dice este, que me cumple avivar el ojo y avisar5, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer." Comenzamos nuestro camino y, en muy pocos días, me mostró jerigonza6, y como me viese de buen ingenio, holgábase7 mucho, y decía: "Yo oro ni plata no te lo puedo dar; mas avisos8 para vivir muchos te mostraré." Y fue ansí, que, después de Dios, este me dio la vida y, siendo ciego, me alumbró y adestró9 en la carrera de vivir.

1 della y dél: contracciones por 'de ella' y 'de él', respectivamente  /  2 simplemente: con simpleza o necedad  /  3 par de: junto a  / 4 calabazada: golpe en la cabeza   5 avisar: espabilar  /  6 jerigonza: jerga difícil de entender  7holgábase: se alegraba  /  8 avisos: consejos  9 adestró: adiestró


LOCALIZACIÓN. El texto es un fragmento que pertenece al Tratado Primero de la Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, novela picaresca de autor anónimo —aunque numerosas son las paternidades que la filología le ha ido atribuyendo; recentísima es, por ejemplo, la que defiende la autoría de Diego Hurtado de Mendoza—. La edición más antigua que se conserva data de 1554, fecha que nos sirve, pues, para fijar la irrupción de un nuevo género novelístico que, sin embargo, no tendrá continuidad en el Renacimiento y sí durante el Barroco, aunque con características algo distintas —en 1599 se publicará la Primera parte de Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán—.

ARGUMENTO. El fragmento da cuenta de la primera experiencia de Lázaro con el ciego, su primer amo. Este convence al todavía cándido niño para que arrime su cabeza a una estatua de piedra y, seguidamente, le propina un golpe contra ella. Con su acción violenta, el ciego pretende hacer de él una persona menos confiada. Lázaro aprende la lección y, a costa de su inocencia perdida, aprende a conducirse pícaramente en la vida.

TEMA. Pérdida de la inocencia infantil.

FORMA DE ELOCUCIÓN. Como es habitual en el género novelístico, el fragmento combina narración y diálogo. La narración posee el punto de vista de un narrador protagonista que ofrece los hechos en primera persona del singular, lo cual es propio de la novela en forma autobiográfica. Por su parte, el diálogo transcurre a través del estilo directo, siempre introducido por un verbum dicendi , en concreto, el verbo declarativo "decir".

ESTRUCTURA INTERNA. La acción se estructura en tres partes:

    El primer apartado abarca los cuatro primeros renglones en que se narran esa primera experiencia sufrida por un Lázaro todavía inocente y la reacción del ciego, quien ríe por el éxito de su estratagema, con tanta crueldad como la que puso en su acción.

    El segundo apartado corresponde a la reflexión que Lázaro lleva a cabo tras la experiencia sufrida. Esta interiorización se formaliza en una especie de reflexión que efectúa el personaje y que le lleva a la conclusión de que, en adelante, ha de espabilar.

    Con el «comenzamos nuestro camino», comienza también el tercer y último apartado. En él se nos da cuenta, por un lado, del siguiente paso en el proceso educativo, a saber, el aprendizaje de la jerigonza; y por otro, del reconocimiento por parte de Lázaro de la utilidad de la educación picaresca, de las lecciones de gramática parda.

ANÁLISIS DE CONTENIDO Y EXPRESIÓN. La narración, como corresponde al nuevo género picaresco que nace con esta obra, se desarrolla en un marco plenamente realista. Efectivamente, a las afueras de Salamanca se hallaba, entonces como hoy, el puente romano que, sobre las aguas del río Tormes, da acceso a la ciudad —véase la fotografía que, amablemente, nos cede Loli; en ella se muestran el puente y el toro o verraco íbero mencionados en este episodio picaresco—. Antes de dar ningún consejo, el ciego trata de educar a Lázaro de forma contundente mediante una experiencia sumamente dolorosa en la que el lector aprecia el cruento contraste entre la simpleza y candor del niño y la astuta malicia del ciego, quien, cruelmente, se regocija de la burla. Esta mala experiencia sirve a Lázaro para despertar del sueño de la inocencia infantil y llegar a la determinación de que cumple «avivar el ojo y avisar». Nótese cómo la  la paronomasia entre los verbos "avivar" y "avisar" resalta la importancia clave que poseen estas dos acciones para el posterior desarrollo del pícaro. Nuestro protagonista ha comprendido que el mundo le va a ser hostil y su reacción, lejos de mostrar ira o siquiera resentimiento hacia el ciego, simplemente es práctica: lección aprendida. La primera, ya que enseguida prosigue su instrucción en «la carrera de la vida». Su reciente amo lo instruye en el lenguaje del hampa, le enseña «la jerigonza» propia de los ciegos(1) que recorren las calles intentando garnarse la vida. Segunda lección. Y la promesa de numerosos consejos con que completar su educación pícara, ofrecida en un tono sentencioso: «Yo oro ni plata no te lo puedo dar; mas avisos para vivir muchos te mostraré». La expresión es casi una cita textual bíblica extraída de San Pedro: «No tengo oro ni plata; lo que tengo, eso te doy» (Hechos de los apóstoles, 3, 6). La referencia no es casual, no en vano se va a obrar un milagro, pues, como un segundo Dios metafórico, el ciego le «dio la vida» de nuevo.

El último punto de este fragmento atesora una riqueza expresiva notable —hasta cierto punto, conceptista, por el acopio de juegos de palabras— y es buen ejemplo del valor literario que la novela posee: «Y fue ansi, que, después de Dios, este me dio la vida y, siendo ciego, me alumbró y adestró en la carrera de vivir». Se trata de una reflexión final con un marcado tono irónico. El contraste entre la grandeza de Dios y la miseria del ciego se intensifica paradójica e irónicamente al equipararlos Lázaro según una misma función demiúrgica: a ambos dice deberles la vida. Más aún, ironía y paradoja quedan reforzadas en la expresión: la primera, a través de la dilogía del verbo "alumbrar", que significa tanto 'parir', 'dar a luz' como 'dar luz', 'iluminar'; y la segunda, a través del hecho de que sea precisamente un ciego quien haya de "iluminar" a un vidente, Lázaro, en su camino. «Me alumbró y adestró», nos dice. Última ironía: "adiestrar" significa, según acepción hoy poco usada ya, 'guiar, encaminar, especialmente a un ciego'. Vemos, pues, cómo la función propia del lazarillo este sustantivo se incorpora, por antonomasia, al acervo léxico de la lengua castellana procedente del nombre de nuestro protagonista— la desempeña metafóricamente quien habría de beneficiarse de ella.

Como ya se ha dicho al principio, el Lazarillo es una novela en forma autobiográfica. El protagonista nos cuenta su propia historia en primera persona, desde un punto de vista interno; sin embargo, como quiera que es también el narrador, ese punto de vista único, de Lázaro, se desdobla. Si, como narrador, ofrece al lector la esencia de los hechos a través de pretéritos perfectos simples de indicativo («fui», «salimos», «llegué», «comenzamos»..., «adestró»), como protagonista, hablando para sí mismo, descubrimos su pensamiento a través de presentes de indicativo («dice», «cumple», «soy»).

En cuanto a la acción, esta es rápida, vivaz, no se detiene en detalles accesorios o innecesarios. A esta viveza, contribuye fecundamente la presencia de diálogo; aunque, en última instancia, solo oigamos la voz del ciego.

CONCLUSIÓN. Es este un fragmento característico de la primera novela picaresca. En él descubrimos, no sin lástima, la rapidez con que se pierde la inocencia infantil en un mundo donde es preciso obrar de forma pragmática con astucia. Es un mundo creíble, realista, totalmente opuesto al reflejado por el global de la literatura renacentista, que omitía cualquier aspecto vulgar de la realidad. Nos las habemos, asimismo, con un protagonista que en modo alguno es el héroe idealizado de la novela pastoril o de la bizantina o de la caballeresca... Es un héroe nuevo, realista como el mundo que lo aprisiona; un héroe antiheroico en un espacio conocido: la Salamanca del s. XVI.


(1)   Para una interpretación interesante y distinta del sentido de jerigonza en este pasaje, léase este fragmento de Rosa Navarro Durán. Por supuesto, la atribución de la autoría de la obra a Alfonso de Valdés que la filóloga defiende es, aunque interesante, más que discutible.

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