LISANDRO.—¿Y bien, amor mío? ¿Por qué palidecen tanto tus mejillas? ¿Cómo es que sus rosas se decoloran tan pronto?
HERMIA.—Parece que por falta de lluvia; si bien podría yo regarlas de sobra con la tormenta de mis ojos.
LISANDRO.—¡Ay de mí! Cuanto llegué a leer o a escuchar, ya fuese de historia o de romance, muestra que jamás el camino del verdadero amor se vio exento de borrascas. Unas veces nacen los obstáculos de la diversidad de las condiciones.
HERMIA.—¡Oh manantial de contradicciones y desgracias, el amor que sujeta al príncipe a los pies de la humilde pastora!
LISANDRO.—Otras veces está la desproporción en los años.
HERMIA.—Triste espectáculo ver el otoño unido a la primavera.
LISANDRO.—Otras, en fin, forzaron a la elección las ciegas cábalas de amigos imprudentes.
HERMIA.—¡Oh infierno! ¡Elegir amor por los ojos de otro!
LISANDRO.—O si cabía afecto en la elección, la guerra, la enfermedad, la muerte la asediaron; haciendo que el goce fuese momentáneo como el sonido, rápido como la sombra, breve como un corto sueño y fugaz como el relámpago que en la oscuridad de la noche ilumina cielo y tierra, y antes que el hombre tenga tiempo de decir «¡mira!», se ha perdido ya en el seno de las tinieblas: tan pronto las cosas brillantes se abisman en las sombras de la confusión.
HERMIA.—Pues si los verdaderos amantes siempre fueron contrariados, ha de ser por decreto del destino. Armémonos, pues, de paciencia en nuestra prueba, ya que ésta no es sino una cruz habitual, tan propia del amor como los pensamientos, las ilusiones, los suspiros, los deseos y las lágrimas, triste séquito de la fantasía.A pie de página la obra completa
(…) YAGO.- Despréciame si es falso. Tres magnates de Venecia se descubren ante él y le piden que me nombre su teniente; y te juro que menos no merezco, que yo sé lo que valgo. Más él, enamorado de su propia majestad y de su verbo, los evade con rodeos ampulosos hinchados de términos marciales y acaba denegándoles la súplica.
Les dice: «Ya he nombrado a mi oficial». ¿Y quién es el elegido? Por Dios, todo un matemático un tal Miguel Casio, un florentino (casi condenado a mujercita), que jamás puso una escuadra sobre el campo ni sabe disponer un batallón mejor que una hilandera ... si no es con teoría libresca, de la cual también saben hablar los cónsules togados. Mera plática sin práctica es toda su milicia. Mas le ha dado el puesto, y a mí, a quien ha visto dar pruebas en Rodas, en Chipre y en tierras cristianas y paganas, me deja a la sombra y a la zaga del debe y el haber. Y este sacacuentas es, en buena hora, su teniente, y yo, vaya por Dios, el alférez de Su Morería. (…) A pie de página archivo .pdf con la obra completa
(...) "Clitemnestra
De buen agüero creo tu acogida benévola y la dulzura de tus palabras, y abrigo la esperanza de traer á esta novia hacia bodas felices... Sacad del carro los presentes que ofrezco de dote á la joven, y llevadlos con cuidado a la morada. Deja tú también el carro, ¡oh hija! y posa en tierra tu pie débil y delicado. Vosotras, jóvenes, recibidla en vuestros brazos y apeadla del carro. ¡Deme también la mano una de vosotras para ayudarme á bajar! ¡Pónganse otras delante del yugo, que son espantadizos los ojos de los caballos, y no se los calma con la voz! Coged al niño Orestes, hijo de Agamenón, porque todavía es muy pequeño. ¿Te has dormido, niño, con el movimiento del carro? Despiértate felizmente para las bodas de tu hermana. Como también tú eres bien nacido, vas á aliarte con un hombre ilustre, con el hijo, igual á los Dioses, de la hija de Nereo. ¡Ponte junto a mí, que soy tu madre, Ifigenia, hija mía! ¡Ténganme por dichosa estas extranjeras al verte de pie á mi lado! Vamos, saluda á tu padre.
Ifigenia
¡Oh madre, no te irrites! Corro a apretar mi corazón contra el corazón de mi padre.
Clitemnestra
¡Oh tú que eres venerable para mí, rey Agamenón! sin tardanza acudimos á tu llamamiento.
Ifigenia
Y yo, ¡oh padre! al acudir a ti, quiero apretarme contra tu corazón después de tanto tiempo, porque deseo gozar de tu vista. No te enfades por ello.
Agamenón
Satisface tu gusto, ¡oh hija mía! porque siempre has querido á tu padre mucho más que los otros hijos que he engendrado.
Ifigenia
¡Oh padre, con cuánta alegría vuelvo a verte después de tanto tiempo!
Agamenón
Y a mí me pasa igual. También yo siento cuanto dices.
Ifigenia
¡Salve! Bien has hecho, padre, al pensar en llamarme junto a ti.
Agamenón
No sé si debo afirmarlo o negarlo, hija.
Ifigenia
¡Ay! ¡Con qué semblante tan inquieto me miras, aunque parecías tan dichoso por volver á verme!" (...)
El Zoo de Cristal - Tennessee Williams
... (Tom puede inclinarse contra el enrejado de la escalera cuando enciende el cigarrillo) (Allí, se detiene y enciende un cigarrillo. Le habla al público.)
TOM: Tengo trucos en el bolsillo —y cosas bajo la manga—pero soy todo lo contrario del prestidigitador común. Éste, les brinda a ustedes una linda ilusión con las apariencias de la verdad. Yo, les doy la verdad con las gratas apariencias de la ilusión. Los llevo a una callejuela de Saint Louis. La época en que transcurre la acción es el lejano período en que la enorme clase media de los Estados Unidos se matriculaba en una escuela para ciegos. Sus ojos les fallaban, o ellos fallaban a sus ojos, y por eso se les oprimía enérgicamente los dedos sobre el feroz alfabeto Braille de una economía en desintegración. En España, había revolución. Aquí, sólo había gritos y confusión y conflictos obreros, a veces violentos, en ciudades por lo demás pacíficas como Cleveland... Chicago... Detroit...
ALCALDE
Señor Sardetti, Vd. ha [sido llamado] porque dice Moreira que Vd. [le debe] diez mil pesos.
SARDETTI
Señor, eso es falso, yo no le debo ni un solo peso.
ALCALDE
¿Y á qué viene entonces tanta mentira? ¿Porque vienes a cobrar un dinero que no es tuyo?
MOREIRA
Señor, yo cobro mi plata que he prestao, y la cobro por que la necesito; este hombre quiere robarme si dice que no me debe, y yo entonces Señor Alcalde vengo á pedir justicia.
ALCALDE
La justicia que yo te he de dar es una barra de grillos, ladrón, que vienes a contar bolazos.
MOREIRA
Quiere decir que no me debes nada?
SARDETTI
Nada.
MOREIRA
Y Vd. no quiere hacer que me pague?
ALCALDE
Es claro, puesto que nada te debe, y que tú has venido a jugar sucio.
MOREIRA
Esta bueno Amigo, Vd. me ha negado la deuda para cuyo pago le di tantas esperas, pero yo me la he de cobrar dándole una puñalada por cada mil pesos; [2] Y Vd., Don Francisco, que me ha hechao al "medio de puro vicio, guárdese de mi por que ha de ser mi perdición en esta vida, y de su justicia tengo bastante.
HIJA:
Tengo treinta y cinco años y ¿qué hice? ¿qué hice de mi vida mamá? ¡Nada! Esa es la respuesta, ¡nada! ¡Los Beatles a mi edad llevaban mas de doscientos millones de discos vendidos, mamá! ¡Treinta y cinco años tengo! ¿O tengo veinticinco, mamá? Decime la verdad, mamá... ¿tengo 35 o 25? ¡Decime la verdad una vez en tu vida, moustro! ¡Nos arruinaste! A mí y al gordo... El gordo, 28 años, desocupado...Era una promesa del fútbol...¡¿Qué necesidad tenías de mandarlo a danzas árabes?! Eso es cizaña, mamá...Se le empezaron a adelgazar las patitas quedó como un gorrioncito, un pichón de gorrioncito: pura panza...y las patitas flaquitas, flaquitas...¿Te acordás, no? El gordo te decía: Mamá, ¡se me estan estilizando las patas, mamá! ¡Me van a quebrar como a una ramita...! ¡Y vos nada! ¡Y lo quebraron nomás! ¡El fémur en ocho pedazos, mamá! (A HIJO) ¿O en once, gordo? ¿Eran ocho u once? (HIJO NO CONTESTA. A MADRE) ¡Pero que te vas a acordar vos, mamá; justamente vos! Si jamás te importó nada de nosotros...Mirá papá! Un pobre diablo...Papá... ex-carnicero...o carnicero desocupado...no se como se dice....¡¿cómo se dice papá?! (PADRE NO CONTESTA) En realidad no importa como se dice lo que importa es el fracaso... el rastafari que no fue ...siempre lo que importa es el fracaso......eso somos mamá...somos el fracaso...”la familia fracaso”. ¿No ves que ya no viene nadie?...¿Cuánto hace que nadie se acerca a preguntar algo aunque sea? El gordo dice que estamos aislados... Acá la única que la pasa bien sos vos mamá! ...Vos mamá...53 años...ama de casa...mirada penetrante...¿ama de casa o mantenida tengo que decir, mamá? ¿ama de casa o reina insaciable? ¿ama de casa o...putarraca, mamá? ¿eh! Ya no te tengo miedo...sos puro maquillaje, mamá...sos una muñeca inflable...¡Cuidado con la luz del sol! ¡Derrite el plástico! ¡Vieja de mierda! ¡Vieja verde!
Ahí llegan ya los maestros
que deben mostrarse diestros
marcando muy bien el paso,
cada alumno es un chivato
que viene a pasar el rato,
pero le hacen mucho caso.
Y luego ese niño tierno
salido del mismo infierno,
lleva el esbirro a su hogar,
señala al progenitor
diciendo que es un traidor
y a la cárcel va a parar.
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(Interior burgués inglés, con sillones ingleses. Velada inglesa. El señor SMITH, inglés, en su sillón y con sus zapatillas inglesas, fuma su pipa inglesa y lee un diario inglés, junto a una chimenea inglesa. Tiene anteojos ingleses y un bigotito gris inglés. A su lado, en otro sillón inglés, la señora SMITH, inglesa, remienda unos calcetines ingleses. Un largo momento de silencio inglés. El reloj de chimenea inglés hace oír diecisiete toques ingleses.)
SRA. SMITH: ¡Vaya, son las nueve! Hemos comido sopa, pescado, patatas con tocino, y ensalada inglesa. Los niños han bebido agua inglesa. Hemos comido bien esta noche. Eso es porque vivimos en los suburbios de Londres y nos apellidamos Smith.
SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).
SRA. SMITH: Las patatas están muy bien con tocino, y el aceite de la ensalada no estaba rancio. El aceite del almacenero de la esquina es de mucho mejor calidad que el aceite del almacenero de enfrente, y también mejor que el aceite del almacenero del final de la cuesta. Pero con ello no quiero decir que el aceite de aquéllos sea malo.
SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).
SRA. SMITH: Sin embargo, el aceite del almacenero de la esquina sigue siendo el mejor.
SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).
SRA. SMITH: Esta vez Mary ha cocido bien las patatas. La vez anterior no las había cocido bien. A mí no me gustan sino cuando están bien cocidas.
SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).
SRA. SMITH: El pescado era fresco. Me he chupado los dedos. Lo he repetido dos veces. No, tres veces. Eso me hace ir al retrete. Tú también has comido tres raciones. Sin embargo, la tercera vez has tomado menos que las dos primeras, en tanto que yo he tomado mucho más. Esta noche he comido mejor que tú. ¿Cómo es eso? Ordinariamente eres tú quien come más. No es el apetito lo que te falta.
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(Camino en el campo, con árbol)
(Anochecer)
(Estragón, sentado en el suelo, intenta descalzarse. Se esfuerza haciéndolo con ambas manos, fatigosamente. Se detiene, agotado, descansa, jadea, vuelve a empezar. Repite los mismo gestos)
(Entra Vladimir)
ESTRAGÓN (renunciando de nuevo): No hay nada que hacer
VLADIMIR (se acerca a pasitos rígidos, las piernas separadas): Empiezo a creerlo. (Se queda inmóvil) Durante mucho tiempo me he resistido a pensarlo, diciéndome, Vladimir, sé razonable, aún no lo has intentado todo. Y volvía a la
lucha. (Se concentra, pensando en la lucha. A Estragón) Vaya, ya estás ahí otra vez.
ESTRAGÓN: ¿Tú crees?
VLADIMIR: Me alegra volver a verte. Creí que te habías ido para siempre.
ESTRAGÓN: Yo también.
VLADIMIR: ¿Qué podemos hacer para celebrar este encuentro? (Reflexiona) Levántate, deja que te abrace. (Tiende la mano a Estragon)
ESTRAGÓN (irritado): Enseguida, enseguida.
(Silencio)
VLADIMIR (ofendido, con frialdad): ¿Se puede saber dónde ha pasado la noche señor?
ESTRAGÓN: En un foso.
VLADIMIR (estupefacto): ¡Un foso! ¿Dónde?
ESTRAGÓN (sin gesticular): Por ahí.
VLADIMIR: ¿Y no te han pegado?
ESTRAGÓN: Sí... No demasiado.
VLADIMIR: ¿Los de siempre?
ESTRAGÓN: ¿Los de siempre? No sé.
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A la memoria de LUISITO EPELBAUM
Estrenada en septiembre de 2010 en la Sala “Carlos Somigliana” del Teatro del Pueblo
La acción se desarrolla entre 1964 y 1978, a la hora de cierre de una librería de la avenida Santa Fe, cerca de los lugares que en la década del ‘70 se conocían como Villa Freud.
ESCENA 1: Oscuridad. Voces. Cierto bullicio. Música lejana de circunstancias. Junto a telón de boca, en proscenio un par de luces caen sobre DON ELÍAS y DAVID, ambos con copas de vino blanco en la mano y vestidos como para una reunión social.
DON ELÍAS: La Editorial Derecho y Cooperativas me ha dado referencias tuyas. Tres años de Derecho. Un libro de cuentos. Y estás a punto de formar una familia.
DAVID: Espero… voy… a casarme. Marilú… (MARILÚ aparece en otro sector con ropa de ensayo.) ¡Estudia danza!
DON ELÍAS: ¡Marilú… Marilú…! ¡Bien, muy bien! Marilú y David… ¿Tu nombre es David, verdad?
DAVID: Sí, David.
DON ELÍAS: ¿Paisano?
DAVID: No, señor, creo que no. Mi apellido es vasco. Espeche. David Espeche.
DON ELÍAS: Me gusta tu franqueza.
DAVID: Lamento.
DON ELÍAS: Me gusta tu mirada. Es honesta. Estás incorporado a Librerías del Sol.
DAVID: Gracias. (Le tiende la mano.)
DON ELÍAS: (Ídem.) Elías Travnik, un gusto.
DAVID: (Con un apretón.) David Espeche, a sus órdenes.
DON ELÍAS: (Brinda.) ¡Crisol de razas! ¡Ja, ja!
DAVID: (Brinda.) ¿Lo puedo llamar Don Elías?
DON ELÍAS: ¡Todos en el gremio me llaman Don Elías! La sucursal estará a tu cargo David. Escucha hijo: La sucursal debe ser una librería nocturna. Intelectual. Hasta el mediodía el contador y un cadete. Con eso basta. Este barrio es dormilón. Le dicen Villa Freud ¿sabés? Hay artistas, escritores, analistas y señoras gordas. A las señoras gordas, les vende la librería central, les vendo yo. Te cae una y me la mandás a mí. ¿Entendido?
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MARÍA. — No quiero más.
ANYULA. — Le voy a llevar a Chicho.
Anyula se dirige a la pieza de Chicho.
MARÍA. — Dígale que es el último.
Anyula golpea suavemente la puerta de la pieza de Chicho. Este, rápidamente, deja el diario y comienza una especie de tarareo, simulando cantar un tango. Anyula entra en puntas de pie, le tiende el mate y se sienta en la cama. Chicho da dos o tres sorbos.
CHICHO. — Está medio frío, tía.
ANYULA. — Caliento el agua. ¿Vas a tomar más?
CHICHO. — Eh... estoy componiendo. Y cuando compongo...
Anyula le acaricia la cabeza.
ANYULA. — ¿Algo nuevo?
CHICHO. — Hoy empecé otro tango. (Pierde la mirada y balbucea un tarareo impreciso.) «De mi pobre corazón...» (Marca los típicos compases finales del tango.) ¿Le gusta?
ANYULA. — Mucho. Sacaste el oído de papá. De toda la familia sos el único que salió músico. ¡Y a él que le gustaba tanto! Si pudiera escucharte...
CHICHO. — Me escucha, tía, me escucha... A veces siento aquí... (Se señala el pecho.) Es el Nono, desde el cielo, que me dice: «Bien, Chicho, bien».
Anyula queda con la mirada fija y el mate en la mano, emocionada. Chicho la mira de reojo.
CHICHO. — Cébese otro, tía. Pero calentito, ¿eh?
ANYULA. — Sí, querido, sí.
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(La escena, frente al palacio real de Tebas con escalinata. Al fondo, la montaña. Cruza la escena Antígona, para entrar en palacio. Al cabo de unos instantes, vuelve a salir, llevando del brazo a su hermana Ismene, a la que hace bajar las escaleras y aparta de palacio)
ANTÍGONA.- Hermana de mi misma sangre, Ismene querida, tú que conoces las desgracias de la casa de Edipo, ¿sabes de alguna de ellas que Zeus no hay a cumplido después de nacer nosotras dos? No, no hay vergüenza ni infamia, no hay cosa insufrible, ni nada que se aparte de la mala suerte, que no vea yo entre nuestras desgracias, tuyas y mías; y hoy, encima, ¿qué sabes de este edicto que dicen que el estratego acaba de imponer a todos los ciudadanos? ¿Te has enterado ya o no sabes los males inminentes que enemigos tramaron contra seres queridos?
ISMENE.- No, Antígona, a mí no me ha llegado noticia alguna de seres queridos, ni dulce ni dolorosa, desde que nos vimos las dos privadas de nuestros dos hermanos, por doble y recíproco golpe, fallecidos en un solo día.
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El único dato existente para fijar la cronología de El mercader de Venecia es un pasaje de Francisco de Meres, bachiller en Artes por Cambridge, y más tarde eclesiástico, inserto en su libro Palladis Tamia (Tesoro del ingenio), que se publicó en 1598. En él, como prefacio a una colección de máximas y apotegmas de autores antiguos, aparece una lista de obras de Shakespeare, entre las que figuran Los dos hidalgos de Verona, la Comedia de las equivocaciones, Trabajos de amor perdidos, El sueño de una noche de San Juan y El mercader de Venecia. Sigue luego una enumeración de tragedias; y del perfecto orden que se observa en la cita de todas las producciones shakesperianas que a la sazón conocía el referido literato se ha deducido que El mercader de Venecia es, en efecto, la última de las comedias hasta entonces representadas.
Puede, por tanto, asegurarse que debió de ser escrita en 1595 ó 1596, a raíz, o poco tiempo después, de inaugurarse El Globo, principal escenario de las piezas del célebre dramaturgo, teatro que, si no se abrió a fines de 1594, es seguro que funcionaba a principios de 1595. La apertura había de verificarse con un estreno, o de comedia o de tragedia. Siendo, pues, el único autor de los coliseos The Globe y Black-Friars nuestro poeta, y Romeo y Julieta y El mercader de Venecia las novedades de los años aludidos, no es aventurado suponer que fuera una de las dos la elegida.
Cuando esto acontece, Shakespeare se halla próximo a alcanzar la plenitud de su genio. Ha dado ya a la escena, entre otros, El rey Juan, el Enrique IV y, sobre todo, el Ricardo III, y se dispone a trazar, en fin (1598), la primitiva forma del grandioso Hamlet -según testimonio de su contemporáneo Nashe, que no refundirá por completo hasta 1602.
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UN RANCHO EN MEDIO DE LA PAMPA, DESIERTO, VIENTO, ES LA TARDE, ADENTRO UNA HABITACIÓN, LA ÚNICA, VARIOS OBJETOS APILADOS, UN TOCADISCOS SEMI DERRUIDO, OLLAS VIEJAS, TRAPOS, UNA LÁMPARA, BANCOS DE MADERA, UNA MESA. UNA PUERTA COMUNICA CON EL EXTERIOR. UNA VENTANA. ENTRA ZUARE, LOS OJOS DESORBITADOS, TRAS UNA PAUSA COMIENZA A IMITAR A UNA GALLINA. GOME QUE ESTABA ACOSTADO SE INCORPORA.
Gome- ¿qué hacé Zuare?
Zuare- nada.
Gome- ¿qué hicite Zuare, me queré decir que le hicite?
Zuare- ¿a quién?
Gome- no te hagá Zuare.
Zuare- ¿lo qué?
Gome- que te escuché.
Zuare- que va a escuchá vo.
Gome- si no pone ma nos vamo a cagá de hambre, entonce Zuare ¿cuánta veces te lo tengo que decí pa que se te meta en la cabeza esa de vaca que tené me queré deci Zuare?
Ahora no va a pone en una semana la puta que te parió Zuare.
Zuare- sino pone que no ponga.
Gome- si no pone no le comemo
Zuare- deja yo despué le voy a habla y va a pone nomá, va a pone uno grande.
Gome- dejala tranquila, no ve que está ahí ofendida la cuestión.
ZUARE LIMPIA LA CABEZA DE VACA.
Zuare- poné Gome pone la musiquita.
Gome- no.
Zuare- dale ponele un ratito.
Gome- no.
TIEMPO
Zuare.- ¡Gome! ¿Pere donde está?
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PROFESOR: Que el tutor esté enamorado de Julio, está claro... Ella es muy joven... hermosa... ¿Pero qué es lo que a Julia le atrae del tutor? ¿Nada más que la inteligencia? Desea físicamente al teniente de húsares, pero se siente atraída intelectualmente por el viejo tutor. (PIENSA) Es muy convencional.
(ARRANCA LA HOJA, LA ESTRUJA Y LA TIRA AL SUELO. VUELVE A ESCRIBIR)
(ANTONIO, AJENO AL PROFESOR, HA ESTADO BEBIENDO HASTA QUE ESTALLA)
ANTONIO: (CON VIOLENCIA CONTENIDA) ¡Déjela tranquila a Cecilia, viejo degenerado! ¡O le rompo el alma a patadas!
(EL PROFESOR -DESTINATARIO DE LA AGRESION- DEJA DE ESCRIBIR, SE QUITA LOS ANTEOJOS Y DICE TRANQUILAMENTE)
PROFESOR: Me parece una conversación desagradable.
(EN TODA LA ESCENA SIGUIENTE EL PROFESOR SE LEVANTA DE LA CAMA Y PRACTICARA TODAS LAS ACCIONES DE QUIEN SE PREPARA PARA SALIR)
ANTONIO: ¿Por qué le dice las cosas que le dice?
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(…) INÉS. — (Seca.) Inés Serrano. Señorita.
GARCÍN. — Muy bien. Estupendo. Ya se ha roto el hielo, ¿no? Así que, según usted, tengo el aspecto de un verdugo... ¿Y en qué se reconoce a los verdugos, quiere decírmelo?
INÉS. — En que parece que tienen miedo.
GARCÍN. — ¿Miedo? Es curioso. ¿Y de quién? ¿De sus víctimas?
INÉS. — ¡Déjeme en paz! Sé lo que digo. Me he mirado al espejo y sé lo que digo.
GARCÍN. — ¿Al espejo? (Mira a su alrededor.) Es fastidioso: aquí han quitado todo lo que pudiera parecerse a un espejo. (Una pausa.) En todo caso, yo le puedo asegurar que no tengo miedo. No es que me tome la situación a la ligera; me encuentro consciente de su gravedad. Pero no tengo miedo. (…)
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Capitán - Batocletti, le estoy hablando.
A Batocletti se le escapa una piedrita y pierde. Sin sacar la vista del juego se queja:
Batocletti - Miráaa… ¡Cortála, loco! Mirá, me hiciste perder.
Capitán - Batocletti, no me tutee. Le recuerdo que por mi grado jerárquico de Capitán a Cargo…
Batocletti - (Reiniciando el juego) Ta´bien… pero iba por la del cinco...
Capitán - ¿Cómo ta´bien? ¿Qué quiere decir con ta´ bien, eh?
(Batocletti dispone las piedritas para reiniciar el juego.)
Capitán - Le estoy hablando, Batocletti.
Batocletti - Que ta´bien. Queré ser capitán en jefe… (por mí sé)…
Capitán - ¡A cargo! ¡Capitán a cargo!
Batocletti - (Reinicia el juego.) Ta´bien, a cargo. Te gustó a cargo, a cargo.
Capitán - (Indignado.) ¡¿Batocletti, usted no entiende nada?!
Batocletti - No.
Capitán - ¡Aaah! No entiende nada y se queda lo más tranquilo… ¡como si nada!
Batocletti - Sí
Capitán - Batocletti, le recuerdo que si estamos acá, es propiamente por circunstancias de la vida.
Batocletti - (Interrumpe el juego) Ya sé… Lo que pasa… es que me aburro.
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Bodas de sangre es una tragedia en verso del escritor español Federico García Lorca escrita en 1931. Se estrenó el 8 de marzo de 1933 en el Teatro Infanta Beatriz de Madrid y fue llevada al cine por Carlos Saura en 1981.
Es una producción poética y teatral que se centra en el análisis de un sentimiento trágico. Desde la vida y la muerte, a lo antiguo y lo moderno, en la manera de ver la tragedia. Todo ello enmarcado en un paisaje andaluz trágico y universal.
El tema principal que se trata en este gran drama es la vida y la muerte. Pero de un modo arcano y ancestral, en la que figuran mitos, leyendas y paisajes que introducen al lector, en un mundo de sombrías pasiones, que derivan en los celos, la persecución, y en el trágico final, la Muerte. El amor se destaca como la única fuerza que puede vencer a la muerte.
La obra recoge las costumbres de la tierra del autor, que aún perduran. Todo ello a partir de objetos simbólicos, que anuncian la tragedia. Es constante en la obra de Lorca la obsesión por el puñal, el cuchillo y la navaja, que en Bodas de sangre atraen la fascinación, y a la vez, presagian la muerte.
Los trágicos acontecimientos reales a los que podría hacer referencia se producen el 22 de julio de 1928 en el Cortijo del Fraile, Níjar, Almería. Lorca los conoció por la prensa, si bien la escritora y activista almeriense Carmen de Burgos, originaria de Níjar, ya había escrito una novela corta sobre el suceso anterior a Bodas de sangre, llamada Puñal de claveles, que fue también inspiración para el autor granadino.
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La obra es uno de los grandes clásicos de la literatura.
El genial dramaturgo francés Moliére (Jean Baptiste Poquelin) satiriza con exquisitez a los médicos de su tiempo y nos brinda una hermosa comedia llena de amor, intriga y sobre todo de enredos familiares. Invita a una lectura ágil, ya que el autor utiliza un lenguaje sencillo y hermoso.
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Sganarelle es un leñador de larga barba negra, ingenioso, alegre y bebedor. Trabajó seis años para un famoso doctor, por lo que aprendió algunos rudimentos de medicina y de latín. Martina, su mujer, está harta de sus bribonerías y de sus golpes, así es que decide vengarse.
La ocasión se le presenta cuando se encuentra con Valerio y Lucas, sirvientes de Geronte, que andan en busca de un médico que cure a la hija de su amo. Martina entonces inventa que Sganarelle es un prestigioso doctor, pero un tanto excéntrico. Les dice que a veces llega a negar su profesión, y que vuelve a recordarla después de una buena golpiza.
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(…) BARTOLOMEO: (Se pone de pie) Lo que tengo que decir es que soy inocente. No sólo soy inocente de los asesinatos de los que se me acusa, sino que en toda mi vida jamás he robado, ni matado, ni derramado una gota de sangre humana. Quiero que quede bien claro que siempre he luchado por terminar con el crimen en la tierra, no sólo el crimen que la ley y la moral oficial condenan, sino también ese otro crimen que admiten y protegen: la explotación del hombre por el hombre y el atropello contra la dignidad humana. Y si hay alguna razón por la que aquí se me juzga, si hay alguna razón por la que van a condenarme, es por esa y por ninguna otra. Usted, Juez Thayer, ha estado en contra nuestra desde antes de conocernos. Le bastó con que éramos anarquistas para convertirnos en asesinos. Permítame decirle lo que creo: No son nuestros pecados los que se han juzgado aquí. Son nuestros sueños. Nuestras esperanzas. Eso es lo que han condenado. Lo que creen que podrán matar. Y quieren hacerlo tan solo porque estos sueños nuestros les amenazan la realidad. Soñamos cambiar el odio por amor, y aquí es el odio el que tiene poder. Soñamos un hombre solidario, y esta realidad solo se mantiene con la competencia salvaje. Creemos en la verdad y la libertad y aquí solo valen la opresión y la mentira. (…)
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(…) (Viejo departamento de un ambiente ubicado en un barrio del sur de la ciudad. El único lugar privado es el baño, al fondo. A un lado la cocinita, sin puerta, todo a la vista. Del lado opuesto, la cama matrimonial, y sobre ella un tragaluz que sirve más que nada de ventilación. Delante de la cocinita, cerca de la puerta de calle, una mesa con sillas desde donde se puede ver la televisión. Por comodidad llamaremos a esta parte comedor y a las otras dormitorio y cocina.)
(Al encenderse las luces Marisa está sentada en una silla del comedor, desaliñada, con un cigarrillo en la mano, pensando ante el televisor apagado. Entra Pablo dando un portazo. Marisa se para de un salto, dejando el cigarrillo en el cenicero.)
PABLO - ¡Llegué, Marisa! ¡Llegué...! Aquí está el Super-Pablo, "o de terror da cama"... ¡Siempre listo, siempre dispuesto, siempre cumplidor! (Se saca el saco y lo cuelga del perchero. Sus ojos brillan con picardía) ¡A ver ese suspiro! ¡Más fuerte que no lo oigo!
(Marisa corre al baño mientras Pablo la busca. Se siente dinámico; su propio humor lo va poniendo mejor)
-¡Te oí...! ¡Ya sé dónde estás! Arreglándote a la disparada. Porque no me esperabas a esta hora, y sabés que cuando llego me gusta que me recibas hecha un pimpollo. (Empieza a sacarse la ropa, sigue hablando) Querida, sé que en este momento te estás rompiendo la cabeza tratando de entender cómo es posible que tu marido esté en casa a las tres de la tarde. Es muy sencillo. Resulta que estaba en el trabajo mordiéndome los codos, laburo hijo de puta, cuando de pronto me enteré que a la tarde empezaba un paro de transporte. (…)
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