TRES CUENTOS DE EUTIQUIO LEAL

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ALGUNA VEZ EL VIENTO

EL MAÑANA DOMINGO

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FORMAN PARTE DEL LIBRO BOMBA DE TIEMPO LOS SIGUIENTES TRES CUENTOS:

BOMBA DE TIEMPO

ALGUNA VEZ EL VIENTO

EL MAÑANA DOMINGO 

 

Bomba de Tiempo

Nosotros no somos ángeles. Pero, al menos, tenemos remordimientos.

NIXON

 

Nuestra bandera se destiñó, por eso ya no la usamos. Habrá que volverla a pintar.

LAURA

 

Según cuentas, fue aplastante el estallido de la primera bomba que hizo trepidar la caleta en el fondo de la cañada, y según cuentas hasta la selva se estremeció rumorosa.

Pasillo dio un salto de resorte, quedó en pie desconcertado y entredormido aún. Carmela lanzó un hipo gutural cortado en seco, brincó en su barbacoa todavía adormilada, hizo un intento fallido de santiguarse y se quedó sintiendo varios tumbos en serie dentro del pecho y una mala tembladera de ombligo. No supo cómo dejó escapar ese virgen santísima en que ella ya casi no creía, pero permaneció un poco más sobándose la barriga y saboreando el agridulce de una pesada digestión.

-- Estás como un papel

-- dijo Pasillo, acercándose para verla bien con el mecho que acababa de prender, y volvió a hablarle pegado a ella.

-- Qué te pasa.

-- El estallen me lo han achacao... se mueve como atolondraito... yo he quedao con una maluquera...

-- Me pareció oírte pujar.

-- No jue nadita... apúrate a dales candela a esos condenaos.

-- El susto puede hacerte malograr.

-- Despinsiónate, que toito saldrá bien.

-- Manda llamar la enfermera... no hagas nada hoy.

-- Acaso ni haga jaita.

-- Fíjate que estás salida de cuentas... para mí eso no pasa de hoy...

-- Asina será... ya como que me viene la primer dolama...

-- Yo que te lo digo...

-- Pero ándate ligerito, que se siente rumbar otro.

-- Si al fin pudiera tumbar uno... se lo dedico al criaturito.

-- Ajualá...

-- Porque ese nace ahora como saber que hoy sale el sol.

Tan pronto el fragor se hizo inconfundible, el hombre tomó su puntería y el objetivo se le clavó en barrena sobre su puesto. Sin mover los párpados ni los ojos, ni un pelo, sin respirar siquiera, como quién se empecina en no morir, lo mantuvo encañonado hasta después del tiro certero. Sólo apretó el disparador cuando sintió trepidar debajo la tierra y el mampuesto, al tiempo que se le erizaba toda su piel. Simultáneamente sintió la patada del rifle en el hombro y el estampido que le volvió a dejar zumbando el oído izquierdo sobre todo. En ese mismo instante tenía casi ensartado el aparato en su rifle y fue cuando pudo ver mejor los tres colores: amarillo, azul, rojo, y el borrón de las tres letras: U S A. Tal vez fue por su angustia que le pareció haber sido aplastado y por eso dejó de pensar en la bandera nacional, en los gringos, en el asombro de los aviones. Sin embargo se frunció poco, menos de lo que él esperaba de sus gentes y con gesto alegre saludó la nueva descarga de los compañeros, en apoyo de su propio disparo, aunque no dejó de percibir esos helados temores de antes.

Sin embargo al girar la nuca pudo ver el chiflón de humo espeso que se alejaba inclinándose en espiral incandescente. Un salto lo sacó otra vez de su parapeto artificial. Ya fuera, erguido y desentumiéndose, espantando el zumbido de la cabeza, pudo presenciar el candelazo restallante contra la falda opuesta. Y oyó el estruendo ensordecedor del avión al estrellarse como desesperado. Después de sacudir la selva y el viento, una bronca detonación se fue huyendo en alaridos cañada abajo y fue dejando primero un rumor de aguacero y después una vaguedad de llovizna persistente.

Por mi hijito, carajo... -- gritó Pasillo emocionado.

Levantó su rifle en bandera, lo besó, lo acarició largo rato, lo apretó contra su pecho casi temblando.

Bravo... -- respondieron varias voces airadas al otro lado de la línea de fuego.

La escuadrilla culebreó y tomó al fin rumbo hacia el norte. Se reabastecería para volver a su obligada faena.

Cómo se va a poner de contenta cuando le diga que fui yo, que fuimos todos, que lo hice por nuestro hijito que no sé si habrá nacido ya, va a bailar en una pata mi pobre Carmelita, siquiera le daré ese gusto después de tantas amarguras que pasa en el monte, ha aguantado hambres y mucho frío, ha lavado durante larguísimo tiempo los chiros de los compañeros, no ella sola claro está, sino con la brigada del lavado, pero siempre es durito, aunque a otras les toca peor cocinando para los de trabajo y para los de combate, pobres mujeres, las maestras y las enfermeras siquiera sí se lo pasan suavecito trabajando en la sombra, pero a las que más considero es a las muchachas que nos traen la comida y el agua a las trincheras, tienen que ser más corajudas que nosotros, han demostrado ser tan firmes estas mocitas lindas, así le tocará a mijita si es que nace o ha nacido hembrita, porque la lucha es larga, como Pilarica enantes, y eso en buena salud, no como mi Carmelita que estaba bien pipona y seguía lavando, en balde le nombraron reemplazante en su brigada, pues ella siempre iba a ayudar alegando que les rendiría más y que así habría menos compañeros sucios en el destacamento, es tan buena la pobre y tan resignada, la vaina es su puerco geniecito, su cantaleteadera por todito, la pobre no se acostó sino hasta ayer tardecita, se guardó temprano en la caleta, quejumbrosa pero contentísima y acariciándose la barriga y hablándole a su criaturita y a todas éstas ya habrá dado muestra de la pinta, el niño ha de ser moreno y ojón como ella, hasta será buen mozo el criaturito, pero y si es hembrita, pues será cejona y elegante como su madre, en fin, cuando me acuerdo de esta madrugadita... pobre, pobrecitos los dos... buen primor.

Carmela allá en su caleta, escuchó el tropel que llegaba trocha abajo y se dijo para sus adentros o quiso decir que nunca había oído cosa semejante después de un candeleo. Era cierto que lo último había sido un estruendo y un reventón de juicio final, pero de todos modos nunca se había sentido que bajara semejante tronazón por el camino secreto. Pero...quién puede ser sino él... Pasillo... el pobrecito, recelaría algo de mi mala hora... Pilarcita le habrá contao cuando le llevó el almuerzo... pobre hombre, tará sangrao, boquiando, como que andará recogiendo sus pasos... tan raro que dende el gran destruendo aquel que jamasito se había escuchao... pero no han guelto los malditos aviones esos... asina silenciao duele más el mundo y arde más la bendita vida esta... decíme virgen de los injiernos que tara pasando... es como una rodazón trocha abajo, como trancazos... Pobre Pasillo...

Un fuerte ronquido de avión se iba en el aire al tiempo que otros más avanzaban con mayor agresividad. El hombre llevó su rifle al hombro y lo dejó apuntando al cielo despejado aunque oscuro, abandonó la caleta un poco aturdido, se restregó los ojos con furia y empezó a ver mejor. Afuera advirtió que la madrugada estaba muriendo, aunque no hubiera podido decir con certeza si era que ya empezaba el día. Después tomó la trocha secreta y empezó a cavilar mientras caminaba bajo el friolento follaje selvático. Tiritaba y temía, tanto que hubiera querido resistirse a seguir. Pero siguió subiendo por la loma sombría y empinada.

Por qué madrugarán tantísimo esos demonstres, los pilotos se vendrán en ayunas a jodernos la vida, deberían pensar que necesitamos conseguir bastimento, pero no nos dejan tiempo ni de cagar, seguro creen que así nos pueden acabar a toditos, pero su marrulla es igual a la gana de matar hormigas en el pasto con tiros de revólver, esas son pendejadas, no nos dejan a-tender las siembras ni abastecer a las familias enmontadas, además espantan a los aprendices de las escuelas que estudian bajo la selva, y lo peor es que siempre consiguen agallinar tal cual inocente compañerito, pero así ha de ser, que será de mi Carmelita, nacería ya el angelito, malditas bombas de mierda, desde antes de nacer ya lo han mortificado esos putos aviones, pobrecito, esta revolución tendrá que acabarlos algún día, aunque después tengamos que viajar a puro pie como ahora tenemos que andar en el monte, por entre los rastrojos y los zanjones, seguro ya nació el pobre criaturito, y mi Carmelita ya debe estar bañada y hermosa esperando mostrarme la pinta...

El rayo de un nuevo avión pasó casi rozando la cordillera, su chirrido fue un fiero serruchazo en los nervios y no se sintió que nadie le disparara. Entonces el hombre se agazapó contra el suelo, sintió un fuerte remezón en el pecho, en el vientre, en el cerebro. Luego vino la segunda ráfaga, más poderosa y violenta, que sacudió la tierra y los árboles. El hombre permaneció tendido unos instantes más, contenida la respiración, en suspenso toda su vida. Luego se levantó limpiándose la camisa y la bragueta, sacudiendo la ruana y se dio cuenta de que sudaba a chorros y que sus músculos se contraían caprichosamente. Lanzó un vistazo temeroso en rededor para seguir trepando la cuesta rumbo a su trinchera y a paso largo pero vacilante.

No obstante las sucesivas ráfagas de ametralladora que rociaban la cordillera desde el aire, él seguía con el pecho un tanto menos oprimido y continuaba oyendo esa especie de tronamenta que le hacía recordar las tempestades del páramo. Uno tras otro el truena-truena de cada nuevo avión era rematado por recios estampidos de bombas tormentosas. Ya casi iba él alcanzando la cumbre rocosa cuando empezó a sentir detonaciones menores y secas, allá arriba en la línea de trincheras, al paso del tercer aparato. Las descargas venían del otro lado. Cuando había salido de su caleta, hacía un rato, estaba él tan sonámbulo que hasta entonces no había pensado en sus compañeros, y si ahora lo hacía era por los disparos de ellos, a quienes recordaba con cierta angustia. De seguro ellos estarían en los mismos apuros, acaso ya hubiera heridos o ni se sabe si muertos.

Como que son ellos, ya empezaron a hacer fuego, yo me he retardado y tengo algo así como eso que llaman rabia blanca, no sé qué me pasará hoy, yo no he sido así, también debería haberlos candeleado ya antes de que piensen mal de mí, pero no pude llegar temprano a mi puesto, ya estoy cerquita pero no he llegado, creo que los que dieron candela ya fueron los escopeteros y los fusileros, los otros seguro también estarán rezagados, es lo más seguro, más vale que no haya sido yo solo ni el único dormilón, la primera bomba nos cogió a todos de sorpresa y a algunos dormidos, nadie le dio candela tampoco al primer avión y parece que tampoco al segundo, yo al fin ni me doy cuenta así como estoy de ruleto, debíamos estar atrincherados desde oscurito para no rebajársela a ninguno de esos hijueputas, pero al parecer no se pudo y el segundo también como que se largó tranquilito, si los compañeros lo hubieran candeleado yo habría logrado oír, pues cuando yo venía bien arriba fue cuando pasó pero no sentí candeleo ninguno, es que nos está ganando el sueño, hace mucho que no nos dejan un escape que valga la pena, principian su siembra de fuego entre oscuro y claro, dele que dele y vienen a terminar su joda con la nochecita, y eso no se lo aguanta ni un brujo, pues tan pronto nos dejan en paz ya de noche, tenemos que agricultor y platanear y conseguir el resto del bastimento, porque con sólo plátano y panela no podemos salirle a las gentes, y no es poquito sino para tanto viejo y tanta vieja y tanto guámbito como defendemos, jamás alcanzamos a pegar los ojos cinco horitas seguidas y a veces ni tan siquiera tres, madrugadito tenemos que estar en los puestos aguaitándolos, a veces a los chulos por tierra y a veces a estos malditos aviones del carajo, no como hace un rato que hice memoria del asunto, se despertó de un brinco mi Carmelita con el estallido y ahí mismo se le achacó el criaturo en su barriga, quién sabe si a estas horas... quién va a saberlo en estos afanes...

Llegado a la cima rocosa e instalado en su trinchera de tierra apisonada, por fin el hombre se echó en posición de francotirador. Así es pero un rato breve. No tuvo que prolongar demasiado sus dudas y su expectativa ni sus temores reprimidos. Primero llegó a sus oídos un leve murmullo y luego un marcado ron-ron, y por último oyó una atronadora inundación de rugidos metálicos. De este modo hasta que divisó un aparato, el primero a su vista, que embestía en picada sobre la línea de trincheras, hasta que el reflejo espejeante lo electrizó obligándolo a agacharse encandilado y frotándose los párpados con sus nudillos sudorosos. Después observó a medias que el avión dejó caer algo así como dos botellas apareadas, que venían cayendo y sacándole al hombre un tirabuzón de su vientre. La impresión le hizo volver a cerrar los ojos un instante, y cuando pudo abrirlos de nuevo se sintió húmedo de un helado sudor.

No tardó mucho en recuperarse. Al poco tiempo y sin precipitud desaseguró su rifle en un acto mecánico, firme, y coordinó la mira con el alza del arma. Su puntería móvil fue siguiendo la misma dirección de la máquina: un poco antes de la hélice, como guiando su vuelo. Entonces logró atender a la caída vertical de lo que ahora no eran botellas sino dos barriles, y pudo descifrar en las alas esas tres inmensas letras: USA. Los dos barriles que venían agrandándose a medida que descendían pronto iban a llegar a tierra y estallarían como los anteriores. Sólo entonces el hombre pudo disparar, siempre más o menos a un palmo delante del veloz objetivo a que estaba apuntando desde mucho antes. En forma simultánea chasqueó una lluvia de fogonazos a lo largo de la serranía, al otro lado, mientras otra lluvia más fuerte de ametralladora y traqueteaba caía sobre las trincheras. Una lluvia subía hacia las nubes, la otra bajaba hacia las rocas. Casi al unísono restallaron también las dos bombas, en dos tamborazos sucesivos que repercutieron hacia el lado de acá, donde se escondía el campamento guerrillero, el caleterío bajo la selva. El hombre retrocedió el cerrojo de su rifle y vio volar lejos la vainilla, al impulso de su pecho agitado. Ahora de nuevo entró en espera. El avión se alejó fulgurante y su eco bajó tempestuoso por la cañada quieta. Un poco después a lo largo de la línea de fuego se levantó un vocerío taciturno pero rebelde, que parecía un torrente de vehemencia. Escuchándolo el hombre se llenó de una cierta terronera que luego se le fue transformando en empuje y resolución.

-- No les entra el plomo ...

-- Es que los hacen bendecir del obispo ...

-- Será cuestión de puntería...

-- Como que vienen con la contra...

-- Al próximo sí le atinaremos...

-- Son pájaros de los gringos...

-- O los jodemos o nos joden...

Minuto a minuto fue escapándose el tiempo y la impaciencia fue viniendo y quedándose entre la gente armada. Iguales unos a otros, también los días y las semanas habían ido desfilando en serie y ya estaba cumplido el primer mes de ametrallamiento y bombardeos. Los campesinos eran sometidos a un castigo diario, pero en esta presente semana había aparecido una gran novedad: bombardeos alternos. Hoy sí. Mañana no. Y como el día anterior había sido de tregua, de ninguna actividad bélica pero de reuniones, de planes, de discusión y mucho trabajo interno, los combatientes como que empezaban a desanimarse un poco o si se quiere a perder la costumbre, tal como ocurría hoy no y mañana sí.

Fue una mañana extenuante pero de algún modo feliz, acaso no tan desesperada como algunas anteriores. Así se estaba yendo el medio día.

Ensimismado él hombre empezaba a ver que las sombras de los árboles caían casi a plomo y entonces sintió el tedio y la sofocación de la hora. Mentalmente no podía desprenderse del recuerdo de su mujer ni de las cavilaciones sobre su esperado hijo o hija. Incómodo ahí tendido bocabajo bostezó varias veces seguidas y luego un remolino de gases molestos hizo crujir sus tripas. Después resolvió moverse algo, dejar su trinchera un instante, estirar los huesos, desentumirse un poco. Cuando sintió el silbido de la culebra por última vez, salió al sol y compuso las ramas verdes que disimulaban su defensa antiaérea. Creyendo haberse demorado en pie algo más de lo prudente y calculando que ya casi volvería otro avión, entró de nuevo al cobertizo aplanado y se acomodó con pereza sobre su nido entre las rocas. Volvió a bostezar mientras levantaba los ojos al techo del cobertizo de vigas y tierra apisonada. Debajo y a los lados las aristas de piedra lo aguijoneaban, lo tensiónaban, le hacían doler el tórax y el estómago y las rodillas. Estaba en estas cuando una conocida voz lo arrancó de sus trajines y dolamas, de su insistente memorial.

-- Compañero... el almuerzo.

-- Qué hubo, Pilarica.

-- Que perdone la demora...

-- Y cómo sigue mi Carmelita...

-- Pasé a ver que se le ofrecía...

-- Y qué...

-- Que hoy tampoco tenemos bajas.

-- Aja... y ya alumbró

-- Ya casicito...

-- Que me avisen tan pronto lo bote al mundo.

«Yo misma vendré.

-- Déjame la olla y vuélate ... ya viene rumbando otro...

--Ya ella qué le digo...

-- Que no me espera hasta la nochecita.

Los guerrilleros y la población civil partieron a la estampida, con un fervor que sólo de vez en cuando se superaba en las mingas para cosechar la granja colectiva del destacamento. Fue como un éxodo hacia algo imprecisamente prometido. En las caletas resultaron insuficientes machetes y cuchillos, barretones y garlanchas, ya que toda clase de herramientas fueron utilizadas en la tarea feliz de hacer la trocha. Las cabezas en sombreradas y las descubiertas, todas rompían monte como dantas, rumbo a los restos humeantes del aparato abatido. El aguacero de machetazos y el ramaleo de la malera que iba cayendo a lado y lado, se entreveraban con silbos y tarareos y canciones de júbilo. Fue toda una ofensiva general, en la que participaban jóvenes y ancianos, mujeres y niños.

Sólo Pasillo tomó rumbo diferente. Nadie se dio cuenta pero él llevó la mano a su barba crecida y sudorosa, y dejó ir su pensamiento y su cuerpo en otras direcciones. Todos los rumbos lo llevaban a pensar en su asunto. Giró sobre sí mismo hasta que pudo salir de esos momentos de incertidumbre y empezó a dar pasos tardos de regreso por su camino secreto. Mientras se dejaba ir lentamente fue sintiendo que la bajada era mucho mejor que la subida. Como un inconsciente fue avanzando a la deriva. Despacio. Pero poco a poco se fue acelerando el ritmo. Ligero. Rápido. Veloz. Y terminó corriendo a su mayor capacidad, como si hubiera enloquecido. Como una piedra que rodara despeñada así iba él aumentando su impulso cada vez más y más, hasta que ya no daba pasos ni zancadas sino grandes saltos, increíbles, jubilosos y temerarios. Iba escurriendo sudor por todos los poros y acezando como un lobo tiroteado.

La selva entonces brindaba sus follajes contra la inclemencia del incendio solar, esa fogata del medio día que hizo silenciar en la cordillera al diostedé, a la pava güicha, a los yátaros y los arrendajos, a las guacharacas y los toches de rastrojeras y platanales. Ni los grillos ni las chicharras, ni las ranas se oían y ni siquiera el silbo de la serpiente. Sólo la oquedad apacible y la sombra refrescante, sólo la soledad de la selva en compañía de su mutismo y su esperanza. Todo era silencio y frescura y consolación vegetal para el guerrillero. Y esto venía a ser como un aletazo vital para su alma porfiada de madera silvestre.

Pausadamente, con toda frialdad, Carmela levanta el cuerpo infantil, lo besa con una última ternura y lo reclina en su pecho. Como estatua de barro allí se queda un tiempo, sin moverse, sin parpadear siquiera, sin vivir casi. Al cabo da unos pasos y se planta como un tronco a la entrada de su caleta, prolongándose en una muy corta sombra. Cuando llega Pasillo, a la estampida y delirante, con su increíble júbilo, ella no es capaz de esperar preguntas y se le adelanta en palabras. Entre un destemplado balbuceo da otros pasos para detener a su marido, acosándolo con su rabiosa voz trinante.

Nació con los oiditos reventaos chorriando sangre ... macizo y largo como vos... taba bañándolo cuando cayó la maldita bomba... aquí juntico... entonces el criaturito se encogió... dio un brusco resuello... y se estiró... yo vide todo dende la barbacoa... no me aguanté más y brinqué al suelo... al cogerlo me di cuenta de que ya ... asina que hace tiempo acabó... llóralo vos ... yo no lloro más... tómalo... cógelo ... vos veres... La última lágrima resbala por su mejilla desencajada y encendida, pero ella continúa inmutable sin despintarle la vista a su marido. Y él se queda como ausente de este mundo, petrificado, sudoroso y ardiente, viéndola con esos ojazos de fiera.

Al rato Pasillo deja caer su rifle al descuido, sin moverse ni mover un músculo. Después, como una horqueta firme estira los brazos en actitud mendicante y recibe a su hijo casi sin darse cuenta de lo que hace. Todo lo que él acata a decir es algo que su mujer no entenderá sino mucho después. Ella sigue como una piedra. Según cuentas, Pasillo apenas puede hablar.

-- Cuando sea oscurito... lo enterraré... como una bomba de tiempo.

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