libros


RECOMENDADO

PRINCIPAL

PAGINA 2 – LECTURAS DOMINICALES EL TIEMPO  - Octubre 6, 1968

Es mejor que te vayas
Eutiquio Leal

(Primer premio en el concurso del festival de Arte de Cali, 1968)

DEDICADO A  OCTAVIO, BERENICE  Y  FAMILIA.

 

 

Si este pueblo aún fuera como antes...

Si se pudiera ir por todas las puertas y tras ellas palpar el abrazo del amigo, como antes...

Si se lograra penetrar hasta las cocinas y recibir el beso de la niña o la anciana...

Si todavía se cantaran serenatas y las tertulias solariegas no hubieran sido prohibidas por decreto...

Si el chocolate de la noche aún se pudiera tomar en las puertas de las casas...

Si los pobladores nativos no hubieran sido suplantados por contingentes instruidos en el manejo del fusil y los secretos del acoso...

Si aún viviera tanta gente sencilla, laboriosa, anónima, desaparecida por no estar inscrita en el credo de turno...

Si los corazones permanecieran abiertos de par en par, como antes...

Si a cualquier toque nocturno se tendiera siempre un lecho para el prójimo, como antes...

Pero no.

"Sentimos mucho avisarle por medio de la presente que hemos determinado que usted abandone el pueblo a la mayor brevedad posible, es decir, en el término de la distancia; si no lo hace, nos veremos en la penosa obligación de proceder contra su integridad personal, en la misma forma como usted sabe que hemos obrado con otros honorables caballeros de la localidad; esperamos ser atendidos en nuestra comedida solicitud y no tener que apelar a lo que usted sabe muy bien...".

El señor Tique: pliego en mano, leyendo con cuidado y meticulosidad. Papel grueso a rayas horizontales y rosadas, con margen al encabezamiento y a la izquierda: tamaño oficio, espacios blancos de través. Manuscrito común, caligrafiado en trazos irregulares como nerviosos: inclinación excesiva, tinta azulosa, signos espesos. Un manchón involuntario al pie y huellas suaves de manos sudorosas. Al final: ni firma ni letra inicial: sin remitente quizás. Pero no. Antes era distinto.

La fábrica de gaseosas con su incesante retintín y el tiroteo de su motor y su aire perfumado a banana-limón-uva-naranja. Su revuelo de mujeres lavando frascos, preparando jarabes, engomando etiquetas. Su tropel de hombres operando la envasadora, despachando pedidos, liquidando facturas. Toda clase de vehículos: camiones, carretillas, burros, peones, acarreando botellas para henchir los frigoríficos y apaciguar la sed de los soles y las lunas.

La fábrica de velas. Sus rollos de pabilo y sus depósitos hirvientes de parafina licuada. El carrusel de ganchos girando. Las velitas engrosando y los tanques de agua fría endureciéndolas, consolidándolas. Las cajas de doce docenas y su marca en colores desteñidos. La distribución a bodegas, tiendas, fondas, veredas. Y las velas velando el misterio de altares y cocinas, alumbran­do el secreto de salas y trastiendas, velando cadáveres, en lucha con el milagro de la "Petromax" y la bombilla eléctrica.

La jabonería cocinando sebo y cortando panes de colores para el aseo y la desinfección. El aire del pueblo saponificado de un olor nauseabundo a sebo podrido y a potasa en cocción. Las bodegas mercantiles hinchadas de un aroma de pino trasnochado. Las mozas pueblerinas jabonándose sus más recónditas intimidades y los niños lagrimeando con espuma en los ojos. Y la ropa limpia extendida al viento como el alma de las gentes de este pueblo.

El matadero, a donde todos van por muerte para la vida diaria. Los almacenes, donde cada uno compra o fía la zaraza o el dril. Las carpinterías, zapaterías, talabarterías, herrerías, panaderías, sastrerías, peluquerías, boticas, compraventas. El teatro, de proyectar cine y representar dramones.

Y la iglesia. Siempre en reparación, nunca terminada, eterno pretexto de limosnas y rifas y bazares. Con su aguda torre atalayante, su amplio atrio de retozos, sus campanas madrugadoras, su altar resplandeciente como de oro, sus santos de yeso o de madera. Y sus cirios y velas en ignición diaria y nocturna. Sus feligreses muy creyentes y poco generosos, su cura párroco locuaz y regañón, su viejo sacristán eficiente y borrachín, su sepulturero resignado e inmisericorde.

Y su loco y su idiota.

Y su orgullo calentano y su música bambuquera y sus leyendas y abolengos.

Pero no. Todo aquello es historia.

Rostro contraído, ojos fijos casi extrávicos, pulsación acelerada en las arterias parietales y en la yugular, boca muy apretada en rictus desconsolado que solo muestra una raya horizontal, labios muy finos bisbiseantes e inaudibles. Ancha cabeza revuelta, inclinada hacia el centro del universo, cejas saltonas muy espesas y ceño contraído al infinito. Desfigurado como nunca: inconocible: el señor Tique.

Errante, desorientado, sus ojos avizores mirando y viendo todo como bajo una lupa gigantesca.

Dr. Julio Caicedo, Abogado. Viva el candidato del pueblo. El señor Jorge Vargas descansó en la paz del Señor. Compra de café pergamino: pesa legal. Alcaldía Municipal. Abajo el comunismo ateo. Prohibido fijar avisos. La última serie de Tarzán en su Teatro Tuluní. Viva el Co­razón de Jesús. Casa Parroquial. Abajo la dictadura. Aquí está su Baratillo Amature. Viva la religión Católica. Policía Nacional - División Tolima. Vivan los guerrille­ros. El señor Pedro Tique ha muerto. Billares y cantina. Abajo el gobierno asesino. Directorio Político Oficial. Cuba sí, Yanquis no. Estan­co Municipal.

Errante, sin rumbo fijo, al garete, solo ojos: el señor Tique.

La sombra de Usted: su oído atento a voces-sonidos-ecos. Deambulando con mal disimulada indiferencia. "¡Helados, paletas, conos!". "¡Lotería, juega, lotería!". "¡Dulces, caramelos, chicles!". "¡La rifa de la Iglesia!". "¡Pájaros, toches, azulejos, mirlas!". "¡Tiempo, Espectador!". "¡Navajas, espejos, tijeras, agujas!". "¡Gaseosas, naranja, kola, limonada!". "¡Una limosnita, por amor a Dios!". "¡El diario de hoy, con los muertos de ayer!". "¡Espanten esos burros!". Siempre deambulando: La sombra escuchando y oyendo.

-("...Como ya voy a morir mijo querido quiero que sepas... te nombré Pedro por tu abuelo que fue macho de adeveras y murió de asesinato en la otra violencia... y arrecuérdate mijo que por siempre llevas mi apelativo Tique... sangre de indio de esos que ya no quedan casi y que se hicieron matar también de asesinato librando lo suyo contra los bandidos esos llegados de la tal España... y arrecuérdate que te lo estoy diciendo a la orilla de mi tumba...").

Callejón abajo, entre el calor infernal, padeciendo la piquiña del inclemente sol.

"Sentimos avisarle que usted debe abandonar él pueblo... a la mayor brevedad...".

Callejón arriba, contra la brisa veraniega, bajo el manto de polvo enceguecedor. Mirando sin ver y oyendo sin escuchar, dando pasos y palos de ciego, "...nos veremos en la obligación de proceder contra su integridad personal... como usted sabe que hemos hecho con otros honorables ciudadanos...". De aquí para allá, de allá para acá, ante la indiferencia de humanos e inhumanos, solo seguido por la oreja del burro o el olfato del perro. "... esperamos no tener que proceder como usted lo sabe muy bien...". Subiendo y bajando, cruzando calles y esquinas, pasando ante puertas y ventanas cegatonas e indolentes, soñando y delirando, en plena alucinación "... en el término de la distancia..." "... que abandone el pueblo..." El señor Tique.

¿Abandonar mi pueblo? Este que ayudé a formar y crecer, que hicieron mis abuelos y mis tíos cuando todo esto no era más que potreros y rastrojos, después que los temblores de aquel año terrible sepultaron el otro pueblo... el pueblo viejo que había sido fundado por los próceres cuyo busto de piedra había en la plaza y que mi abuelo contaba que fueron tragados por las grietas de lo que llamaron sismo en aquel entonces... Así fue... Y mucho después hicieron otros bustos de mármol y los pusieron en la plaza de este pueblo de ahora. De veras, en esta plaza aprendí a bailar el trom­po, aquí vienen los burros a tragar papel y hojas secas. Sí señor, en esta misma plaza he toreado con mi ruana blanca en las fiestas de la patrona, nuestra Santísima Virgen del Carmen y aquí conocí los carros y a esta misma iglesia traje a mi vieja antes de llevarla al camposanto y aquí en estas tierras pensaba dejar mis huesos... No, señor... ¿Abandonarlo?... Este pueblo que ya se ha metido en mi vida y del cual yo mismo soy un poco de su polvo y una parte de su memoria... No señor... Este del talabartero Jorge Alvarez y del peluquero Nicolás Díaz y de la fritanguera Pifia Reyes y del bobo "Cacao" y la loca "Anarrosa" y el cacique Quintín Lame y el turco Amature y mi abuelo Lorenzo Tique... Así es, sí señor. Este pueblo de los inviernos como diluvios y los largos veranos como candeladas... ¿Abandonar mi pueblo?...

El camellón anchísimo entre nubes de arena que hace estornudar e irrita los ojos: ese paseo central que lo recorre de largo a largo y que es como un río al cual se asoman los zaguanes, las tiendas, los talleres, las salas, los gatos, las novias y algunos cercados.

Las entradas, donde los caminos se vuelven calles, que son como afluentes del gran caudal y por donde llega el viento en soplos agresivos o a grandes bocanadas de calor.

Los callejones no muy rectos, algunos culebreantes y sinuosos, ceñidos por blancas paredes en cuya base de empedrado crecen la grama y el abrojo de que se nutren las bestias.

Las puertas de madera en colores violentos y tal cual ventana que despierta al paso, por detrás, muy lentamente, solo a medias y con temor.

Los muy famosos postes, renegridos y corvos, terminados en altas cruces con alambres y golondrinas balanceándose.

Las manadas de burros y cerdos trasquilando maleza y abonándola al tiempo, en su lucha de cohabitaciones entre rebuznos y gruñidos. Los perritos falderos muy sumisos tras de la hembra en celo, su procesión devota: lenguas afuera y sexos inflamados.

La soldadesca patrullando con fusiles modernos y cascos de guerra.

El sol haciendo rechinar los techos, secando las pocetas, elaborando polvo, produciendo sudores, tostando carroñas y levantando emanaciones nauseabundas. 

Y los hombres escasos, en fuga, huyendo, y ocultas las mujeres y los niños dormindos y los abuelos mudos y los muertos creciendo, multiplicándose los muertos.

Si yo tuviera algún consuelo… Por eso entré a la iglesia... yo no entraba desde que llevé a mi viejo, mucho después de mi vieja, y me lo sacaron a empujones en su cajón, y el Padre Lombo no le quiso rezar ni echar agua bendita ni lo dejó enterrar en su camposanto bendito y tuvimos que salir con el cajón afuera del pueblo y abrir un hoyo en el mangón de arriba entre el rastrojo y meterlo ahí y dejarlo solitario bajo un palo de agua... Por eso tuve que salir de la iglesia, porque allí no me sentía bien que digamos... Si yo tuviera algún consuelo... 

-(…y has de arrecordarte que tu mama fue buena y también murió de asesinato, paviada por esos bandidos así como ahora yo... pero ella sí fue de un solo golpe también por detrás a mansalva y sobre seguro y no pudo decir ni esta boca es mía... tan siquiera yo he quedado a medio matar, lo que llaman moribundo y te alcanzo a decir lo que te digo, que no supe quién fue el que me hizo los tiros y te lo digo pa que sepas...).

Quién sabe... Había ido al Directorio y como nunca me inscribí ni voté por sus candidatos ni por ninguno... pues no me quisieron atender y mucho menos darme una recomendación escrita y para esto tuve que esperar mucho rato porque el Jefe no estaba cuando yo llegué. Cuando el Jefe vino me miró de todo lo largo, muy malacaroso, y cuando me vio ahí parado dijo que quién era yo. Le contesté que Pedro Tique y arrugó la cara y él se quedó pensando y luego dijo que quién sabe, que como no le había ayudado en sus campañas, que yo era un enemigo de él y no sé qué más... Yo le dije que no, que yo no soy enemigo de nadie y menos de él, que era el Jefe: No me había contestado, sino que entró a su oficina y luego al rato salió sin mirarme ni decirme nada...

El señor Tique: fuera de lugar y de tiempo, de su propio ser. Manos inquietas, torpes, aleteantes, que solo de vez en cuando lanzan atrás con rabia el mechón oscuro y lacio de la abrupta cabeza.

Desasosiego en todo: ademanes - actitudes - pulso - silencio. Andar trastabillando a veces como por sobre el aire. Paso pespunteado a zancadas, a un lado o al otro, taconeos fuertes o suaves indistintamente, erguido o inclinado a la izquierda, cabizbajo o enhiesto, como quien lleva rumbo cierto o como quien marcha a la deriva, preocupado o indiferente, lento o veloz, desesperanzado, triste, ausente de sí mismo quizás.

-(...y pero vos estás muchacho y hombrote mijo y no te has de dejar asina como asina, como tu abuelo y ni como yo y menos como tu pobre mama... sino que (te has de defender como los indios tatarabuelos se defendieron de los conquistadores, aunque si te matan que sea dando y no acobardado como gallina culeca sino dando candela o machete o puños, lo que sea... pero dando como yo hice el deber pero no me dejaron ni me dieron lugar de nada esos bandidos... y dando como sea...").

"Nos place notificarle que hemos resuelto prorrogarle el plazo en vista de su angustiosa petición, la cual hemos considerado y resuelto a su favor; pero le advertimos de una vez por todas que si al cumplirse el tiempo fijado lo hallamos todavía en el pueblo procederemos a fusilarlo en el acto; mucho sentimos repetirle que vencido este último plazo no habrá más consideraciones de esas que hemos tenido con usted, exclusivamente con usted, en vista de su innegable honorabilidad y buena conducta...".

El señor Tique: sin sentido ni criterio ni responsabilidad.

Un ir y venir como pluma al viento dando la impresión de que se mueve sobre nubes, entre la misma nebulosa, quizás.

Matarme a mí... no señor... A mí que tanto quiero la vida, que la he defendido a brazo partido y no la he querido cambiar por ninguna riqueza... Que no, señor… Cómo se les ocurre quitarme la vida a lo mejor del tiempo y cuando apenas estaba empezando a vivirla al derecho, porque siempre la he pasado como al revés, pues antes esto no era vida ni era nada... Sí señor... Antes no sabía mirar las cosas ni me había enamorado de estas calles y estos faroles que alumbran las esquinas ni me fijaba bien en este cielo blanco de los veranos y aquella luna bonita cuando sale bien redonda y grandota color mamey... Todo eso que fue mi esperanza últimamente y por todo lo que he trabajado y sufri­do hambres y soles y aguaceros ... Matarme a mí... Que no señor... Ni pensarlo... ¿Qué sería de los días y las noches de este pueblo? ... Esos días y esas noches que fueron y no volverán... ¿Matarme? No, señor. Yo soy capaz de hacer todo, una trampa o un crimen... lo que sea y como sea... con tal de no dejarme... y primero matar que caer muerto... de la cárcel se sale pero del hoyo no... Y el que se me cruce con mala intención que se tenga de atrás porque lo que soy yo me lo llevo por delante a como dé lugar, le madrugo antes que me sorprenda... no hay de otra... Después vendrá el lío, lo de la ley y todo lo demás, pero mientras tanto yo tendré que avisparme... ¿Qué se habrán creído? Es cierto que con la misma amenaza han hecho salir a la gente y también es cierto que los que se han resistido han quedado por ahí tapando un zanjón llenos de plomo. Aunque tal vez sería mejor irme de una vez, antes que matar a uno de esos o que me maten traicioneramente por ahí puesteado así como así... Que no... ¿Qué sería de este pobre pueblo?...

Las nubes de arena invadiendo el pueblo, barnizándolo de su viejo color terroso pálido, borrándolo todo, convirtiéndolo todo en cosa etérea y nebulosa.

Los cuadriláteros de espeso polvo coagulándose en los sitios de puertas y ventanas. Una coraza defensiva que solo el ventarrón de las tardes rebaja un tanto con sus violentas escofinas.

La grama y la maleza muy secas, requemadas, cuyos le­ves retoños no dejan pros­perar el diente gastado de las bestias ni la llama del sol.

Los mustios árboles, apagados, de la plaza, que ya no florecen ni fructifican porque la arena los volvió columnas petrificadas sin hojas ni aparente vida.

Los retozos de animales orientados contra el polvo, perforando el denso espacio de un extremo a otro como si fueran llevados y traídos por el viento, este único sobreviviente perdurable.

El aullido de los perros y sus hermanos lobos, horadando las nubes de arena o los vendavales, y viajando en su propio eco solitario.

Los polizontes con sus porras de palo y sus quepis de dril, contoneándose como pavos reales, sus cejas polvorosas, sus bigotes terrosos, sus hombreras sucias y su vida arrastrada.

El sol de la tarde desteñido por el velo polvoriento y aminorado por él hasta quedar en resolana forzada o en penumbra vencida en el combate de los días.

Y las gentes que fueron, lo que eran las gentes del pueblo, todas ellas más aminoradas, destruidas, menos presentes, más ocultas, escasas, mudas y muriéndose.

-("...y pero que no te dejes asina como asina mijo y que yo ya estoy agonizando o casi muerto y asesinado y que vos no has de olvidar este crimen que han hecho conmigo ni el que hicieron con tu mama y tu abuelo y con este pueblo que tampoco has de olvidar jamás de los jamases y ni estas gentes que no eran asina y que se las tiraron y las volvieron malas y que eran como las raíces y el enramaje del pueblo y que yo ya estoy del otro lado... difunto y mansalviado.... y que pero vos no... o todavía no... quién sabe...").

El señor Tique: de acá para allá, del sueño a la pesadilla, dando zancadas sobre el polvo, sobre el vacío, quizás.

Si me quedara algún consuelo... pero nada ni nadie... ni siquiera un amigo... ¿Qué hubo de mis amigos? Primero fue Rosendo con quien antes nos considerábamos tanto... el pobre se corrompió o sea que lo corrompieron. .. Luego vino la política de la segunda violencia y Daniel se fue alejando, hasta que ya no hablaba conmigo y finalmente no me volvió a saludar, hasta que se declaró enemigo sin decírmelo y solo me mandaba razones groseras y desafíos… Porque él era de su partido y dizque yo no... y es lo cierto que ya no soy de ninguno ni de ninguna política, porque le cogí miedo a la cosa... Si me quedara algún amigo... uno tan siquiera... pero nada... Tan solo los que hacen política tienen sus amigos...

"Con verdadera pena le avisamos que ha vencido el plazo prorrogado que le concedimos para abandonar el pueblo; en consecuencia y sin ninguna consideración lo buscaremos esta noche en todas partes porque hemos sabido que usted no es capaz de irse de aquí y donde lo hallemos ahí mismo lo fusilaremos en el acto; para que no se diga que somos cobardes nos permitimos darle el último aviso por medio de la presente; hasta la vista, señor Tique".

Sí señor... de todos modos me matarán estos jijunas... es horrible pero así ha de ser... me matarán asesinado... moriré a bala como cualquier perro y quedaré por ahí en la alcantarilla bien muerto... solitario... podrido... hediondo... Y me han de picotear los chulos... es horrible... Primero me sacarán los ojos, si es que no me los han sacado a bayonetazos... luego me hurgarán el trasero y me harán cosquillas, pero ya no las sentiré por estar muerto, eso creo. Y después me picotearán el sexo, más arriba... es horrible, sí señor... Me romperán la barriga y me estirarán las tripas como caucho... Más arriba se tragarán mi lengua, ésta con que los maldigo y les digo hijos de burra... Y ya estaré muerto en forma de no darme cuenta de los chulos ni del agua ni del sol... porque me dejarán a sol y agua... pero de nada me daré cuenta ya... ni siquiera de lo que hayan hecho con mi pueblecito…

El señor Tique: entraría al taller sin conciencia y como si pasara de un sueño a otro sueño. Dentro, en la armería, observando celoso, apasionado pero sin comprender nada.

Acariciaría una pistola: "Colt", calibre 38 niquelada, mango de nácar y proveedor de siete cartuchos. ¿Cuánto esta? "Mil pesos". Muy cara. (Desecharía el arma y tomaría otra) "Smith & Wesoon" de seis tiros. Pavón negro-azul, calibre 32 corto, cañón largo y cacha de madera natural. ¿Y este, cuánto? "Seiscientos". Pero es al fiado. "Siento mucho, señor Tique". Es urgente: se lo pago mañana. "¿Sin falta?". Sin falta. "Fiado seiscientos cincuenta". Está bien, lo llevo. "Con mucho gusto". Gracias. El señor Tique saldría indeciso, incrédulo, muy seguro de haber hablado con un espanto: el ánima del armero, asesinado un mes antes.

El espanto del señor Tique: sonambuleando de la vida al sueño, al delirio, a su verdadero mundo irreal del momento. Imágenes conocidas que no conocen a nadie. Apenas su remota idea. "El doctor Echandía". "El Padre Lombo", "Misiá Floramaría". "La hermanita de la caridad". "El prestamista Quintero". "La sobrina del Padre Lombo". "El Jefe político". "La concubina del señor alcalde". "El tesorero municipal". "El capitán Ordóñez". "La guaricha del pueblo". "El bulto de Juan Manuel". "La apari­ción de Eduviges". "El ánima de Pedro Tique". Todo, fantasmagoreando de la vida a la muerte.

Sí señor... hasta los hermanos se han perdido... El último fue Catalino, con tanto que nos queríamos... hasta que se puso en contra y me hizo la guerra y le hizo la guerra al pueblito... Y así me fui quedando solitario, ingrimo, sin nadie en el mundo y en la pura inopia... y no quedó nada ni nadie... ni un hermano siquiera...

La memoria del pueblo, de lo que fuera el pueblo, de lo que había sido.

A veces había sol o luna pero nadie que supiera o se percatara del día o de la noche.

El recuerdo de sus calles y callejones, rebajados a cauce de arena tostada, volátil, y la agonía del tiempo, inexistentes puertas y ventanas desaparecidas y el polvo y la ventisca, sus borradas paredes como desfile de aparecidos de otro mundo, y sus esquinas nulas, irreales y muertas.

El espectro de los postes y los árboles y los alambres sin golondrinas, y su cordón negro-pardusco reclinado en el polvo sin tiempo ni medida, como si no hubieran existido en este mundo.

Una remota y muy vaga idea del murmullo de voces y gruñidos de otros seres y la huella de sus ecos y es­tertores desvanecidos por el polvo y el tiempo.

El presentimiento de los fantasmas de uniforme, la nostalgia de sus órdenes militares que apenas se adivinarían sin oírse ni volverían a escucharse porque fueron al polvo y se enterraron para resucitar luego en espantos.

El susurro del viento y su sombra zumbadora y las resonancias y sus fantasmas.

La soledad solitaria y su gemido misterioso y su me­moria inmemoriable.

La penumbra del polvo con sus cortinas enceguecedoras de infinito y su voz indecible y su silbo milenario.

Y sería el tiempo sin tiempo.

Y las sombras de las sombras.

Y el viento.

Y la oscura soledad.

Y el silencio. Serían.

"Buenas, compadre Saturno". ¿Cómo... mi compa Tique? "El mesmo". No puede ser... ¡si busté ya está cadáver! "Pues ya lo verá". Sí, arrecuerde que a busté lo mataron asesinao como a su taita. Compadre Saturno, vengo a prevenirlo… también lo matarán a usted… Virgen Santísima, compa Tique... ¿verdá? "Pues sí señor esta misma noche".

El recuerdo del compadre Saturno se quedaría ahí, hecho un poste. Parpadeando como encandilado: sin ver ni entender nada.

Luego se convencería de haber estado hablando solo. Entonces se pondría a hacer memoria de su compa Tique, el finado. Quizás.

  

EUTIQUIO LEAL colombiano. Graduado en la Universidad Pedagógica de Tunja. Obras publicadas: "Después de la noche" (novela) y "Agua de Fuego" (cuentos). Obras inéditas: "No morirás del todo" (novela); "No mirarse a los ojos" y "Cambio de Luna" (cuentos).

Eutiquio Leal obtuvo el primer premio de novela en el Concurso Bolívar, en 1963; el segundo premio de novela en el Concurso Esso, en 1964. Tres veces ha ganado el premio en el Concurso Nacional de Cuento: 1961, 1965 y 1968.

Es catedrático de literatura contemporánea en la Universidad de Santiago de Cali. En el concurso de cuento, organizado durante el festival de arte de Cali, recientemente, obtuvo el premio con el cuento que aquí se incluye, enviado especialmente por su autor para "Razón y Fábula".