alguna vez el viento

 

PRINCIPAL 

TRES CUENTOS

 

 Alguna vez el viento

 

El que puede comprar valentía es un  valiente, aunque sea un cobarde.

MARX

 

Un día nos veremos frente a frente, y entonces ya será otro cantar.

LAURA

 

Imagínese que ahora ya se puede contar que el asunto fue "darles candela", toda la candela que les alcanzara a caber en la caja del cuerpo... y que lo demás ocurrió según es de usanza en estos negocios.

Seguro que en el instante del portazo él vio todo con la deslumbrante claridad de un relámpago, semejante vaina, imagínese. Si acaso después podría hacerse conciencia y memoriar. Cuando por tercera vez chirrió el timbre, por tercera vez hizo lo mismo, exactamente como en las ocasiones anteriores de hacía treinta o sesenta minutos. Había descendido de su trono y ya con los pies en el piso plástico, casi destronado para siempre comenzó a obrar sin presentimientos, sin premuras pero sin tardanzas. Casi seguro de sus gestos, muy pagado de su prestigio personal, de su magnífica situación financiera aunque también exagerándolo todo con ribetes de orgullo, impartiendo a cada acto y a cada detalle una importancia y unos tonos que en últimas no tenían, "yo mismo lo sé". Todo sería lanzar bien fuerte con franca voz de mando el "ya va! " de los ensayos y empezar a vestirse las prendas decisivas para oficiar el ritual preparado. Calzarse las botas altas de charol, que no resistía casi y que sólo usaba a raticos en ciertas recepciones allá en el latifundio del llano o sea "mi finca". Cubrir su respetable calva con el sombrero de copa bomba y ala encocada, tomar el bastón de mango metálico en su izquierda y ahí si bastonear recio como las dos veces anteriores. Medir largos pasos elegantes hacia la puerta de entrada y a cada taconeo estirar más la nuca, sumir más el vientre, sacar más el tórax, entorchar más sus dos pencas de bigotes ariscos, valiente pinche pues, mi señor.

Pero hubo un atolladero que él no se imaginó siquiera y que por eso no pudo prever. Fue la llegada de esa ventolina de las cinco de la tarde, ese aire recio lanzado a bocanadas por entre los cerros y que soplaba hasta los arrozales del plan. Eso que al final fue un chiflón de verano seco, sin amagos de lluvia ni de tormenta. En las dos ocasiones anteriores todavía no se alcanzaba a sentir el ventarrón, y sólo durante esta última se dejó ver en la agitación de las cortinas y la araña colgante así como en el estremecimiento de los cuadros y los papeles. Hasta el ala encocada del sombrero provocó una cierta presión sobre el tafilete y éste oprimió la sien, pero no fue más y de todos modos traía una sensación de frescura ante el sofoco de la tarde. Por eso dio gusto el meter la llave, el abrir ceremoniosamente la puerta, el dejar su aura al capricho del viento que apuraba cada vez más desde la cordillera en su premura hacia los llanos. Traspasar el umbral de la puerta fue un gran alivio para él, aunque su sombrero hacía un giro que acentuaba la opresión del tafilete contra las patillas. Y seguir en la espera solitaria, váyase viendo cómo es al fin todo esto.

Como quien dice, antes de chirriar el timbre por segunda vez, cuando estaba explayado en su trono de madera labrada él sonreía imaginándose como uno de esos reyes de la baraja. Sin malayar su viudez ni su falta de hijos ni la renuncia de todas y cada una de sus sirvientas, ni su tristeza antigua ni su desamparo, sin siquiera maldecir a los guerrilleros, se le vino encima la nostalgia de treinta y seis días solitarios sin poder pisar la puerta de su fábrica, "mi taller". En aquel intervalo de minutos él no resistió la tentación de abrir la gaveta y coger el revólver para revisar sus seis tiros extrayéndolos del tambor y volviendo a meterlos con sumo cuidado. "Está al pelo mi santocristo". Al pronto sacar en forma automática un puñado calibre 38 largo, que guardaba en la cigarrillera. Después de contar dieciocho, regresarlos a su escondite haciéndolos cascabelear con palmoteos cariñosos. Al pronto ponerse a repetir para sí mismo el plan maestro que lo traía ocupado desde algo así como tres horas o poco menos. Le fue muy dulzarrón el recuerdo del espía empleado que le trajo la nueva de que el gentío vendría en pleno a esa hora, con el fin de tomarle cuentas por el despido de aquella directiva. Pero la congoja de sólo poder dar órdenes a su fábrica por teléfono, y ese encierro del diablo en la novena planta de su propio edificio "mi rancho", y la falta que le hacía la tertulia del café y las manos de poker, toda esa desolación se le clavó como un chuzo en el hígado. Así no más palparse el estómago con dureza y quedar oyendo y sintiendo su tamboreo sospechoso, y después el hi­po y el eructo agriculce. En este segundo descenso de su trono también había tenido él que sacarse de nuevo las botas de charol, que encendían más que nunca sus callos en puras brasas y que de todas formas sólo daban cabida con dificultad a los rústicos dedos de sus pies. Como la vez última, en aquella segunda estuvo muy pavorreal al ir hasta el tablero de controles, afuera, y pisar el botón, al oir el chicharreo que finalizó en el golpe de abajo con que se abrió el portón del primer piso. Al instante entrar y poner llave a su lúgubre encierro y aguardar paciente los toques seguros en el metal de su puerta. Pero nada ni nadie. Y así hasta que se le encendió el hormigueo en los dedos y el ardor en la llave de cada pie. Cuando ya no pudo más porque sus callos no resistían la tortura, entonces correr patojeando a su trono y desmontarse el sombrero de copa bomba y ala encocada porque a veces sentía vergüenza íntima de "mi indecente calvicie", pero se espantó esa mala idea dedicándose al entorchado de sus bigotes. En tanto, ponerse a sacar del bolsillo de atrás una camándula de pepitas gastadas por el trajín y sobajearla como si se tratase de una ramalera de piel curtida. Después ajustarse un poco el sombrero, patear "estas malditas botas" y ponerse a bisbisear e ir pasando de vez en cuando pepitas, una por una, hasta darse cuenta que "me estoy quedando dormido". Entonces sí sacudir la cabeza y reaccionar como los centinelas oficiales cuando esperan asalto guerrillero. Pellizcarse tres veces de seguido y hacer piruetas con los dedos de los pies para desentumirlos. Así pudo meditar fríamente, aunque no pudiera ver claro los pretextos de despido que él mismo había redondeado contra la directiva, amén de tampoco poder justificar la huelga de sus obreros, "mis perezosos" ni el apoyo de la peonada de "mi finca", qué cabeza, señor pensador.

Según cuentas al chirriar el timbre por primera vez, mucho antes de todo, él ocupaba fielmente su trono y comenzó a delirar si pudiera conseguir otra sirvienta y si sus jornaleros no se hubieran solidarizado, "dizque unirse esos pícaros con los otros! ". "Dizque marchar a la ciudad en son de establecer contacto vivo! ". "Dizque planear desfile y motín y asonada en conjunto, esos sinvergüenzas! ". Se dijo entre dientes que necesitaba con urgencia una mujer, cualquiera que fuese y no pudo precisar para qué.

"No faltaba más sino que esos subversivos se amangualaran! ". A él no le temblaría la voz para llamar la tropa o la policía, que les dieran su merecido a esos "bandoleros de los infiernos". En previsión de esto o de lo que pudiera ser, él había tenido que avisar meses antes a los servicios secretos para que le enviaran el empleado que lo mantenía al corriente de todo lo de la fábrica y lo del latifundio y lo del gobierno y lo de las guerrillas y todo lo demás. De golpe al meter los pies en las botas de charol tuvo mayores dificultades pero menos dolores que la última vez, quizá porque fue al comienzo y lo hizo silbando ese pasillo que él llamaba "el himno de mi pueblo natal". Luego ponerse a repasar el plan mientras iba dando sus zancadas garbosas al mismo tiempo que estirar el cuello, meter los hombros y entorchar sus dos pencas de bigotes hirsutos, como lo había previsto. Así dar vueltas en su cabeza a todo lo medido y calculado para cuando abriera la puerta y entraran algunos de los huelguistas, no todos claro está sino unos tres jefes si mucho, esos que él llamaba "los fantasmas". Ellos entrarían, se sentarían al frente, ocuparía él su trono, los distraería con moralejas cristianas hasta el momento adecuado para dispararles todos los tiros de su revólver, así "a quemaropa". El caso era tirotearlos manos a boca y ponerles su tatequieto, darles su castigo ejemplar. Cuando ya los líderes quedaran fundidos para siempre, como quién dice en el otro toldo, él llamaría al detectivismo para informar que "me vi forzado a despachar a esos tres perros que intentaron secuestrarme en conexión con los bandoleros". Y en esas se le atravesaba la idea de la nocherita que esa semana subió a pie los nuevos pisos de "mi rancho" para obligarlo a abrir y ofrecérsele por diez pesos o por una lata de sardinas. Esta visión le lanzaba a la cara el rubor de su impotencia, de su inconfesable complejo, vaya a saberse qué. Le parecía algo raro que durante tantas cavilaciones él no hubiera sufrido esa leve tembladera de corvas ni ese fruncir de labios, infalibles e imprudentes, que siempre lo habían denunciado en "mi taller" o en "mi finca" cuando reflexionaba sobre los mismos trastornos de ahora. Acaso porque antes de que chirriara por primera vez el timbre él había consumido casi tres horas en jugar solitario con una baraja de tute, o quién sabe si porque veintiuna de las treinta partidas le habían sido generosamente favorables. A escondidas le gustaba más pensar en los resultados del solitario que en las predicciones y consejos de la vieja adivina que visitaba por vicio junto a la plaza de mercado, pues ella siempre le cargaba la mano a conjeturas galantes medio sólidas y medio escurridizas. Lo cierto es que la primera vez que descendió de su trono de madera labrada esa tarde, él se sintió a las mil maravillas en cuanto a salud, en cuanto a su lucidez para enhebrar ideas y palabras, lo mismo que advertía su buena disposición y su euforia. Hasta había tenido que pararse frente al espejo del baño y ponerse a decir para sí mismo que en esa risa suya no había nada de mentira sino todo de verdad, que no era ninguna pesadilla sino como quién dice a pierna suelta y a mandíbula batiente. Estar en esas cuando el timbre de la primera vez, y sorprenderse por el hecho de que tan buen humor no había sido planeado nunca y menos en esa forma tan desbocada. "Qué cosas tan raras! ". En aquella ocasión no saltó de golpe como las otras dos veces, sino que se quedó apoltronado en su trono un poco aturdido como por algún sorpresivo golpe de gracia o algo así, ya se verá.

Todo será pero sólo la imagen de "mi vieja" al lado de otra imagen de mujer lo sacó del lío ese. El domingo pasado no había podido ir tampoco a ver a su madre. Pero también le mandó lo de la semana con el empleado detective y le escribió un papelito disculpándose porque tenía "mucho trabajo extra" y pidiéndole perdón por semejante ingratitud. No obstante estar seguro de su afecto filial, en el fondo sintió el pegostre de un remordimiento ácido y hediondo. Después de este espacio tónico sí logró dar comienzo al vestirse para la ceremonia y todo lo demás. Igual que en las otras dos veces, las botas de charol no cedían en la parte de la capellada y el dolor subía hasta los tobillos. Por fortuna el tafilete dejaba de tallar siempre que no hiciera viento fuerte, aunque él había tenido ajustado el sombrero todo el día o toda la tarde incluso mientras almorzaba sus enlatados y su leche Klim, qué delicia.

En cambio la noche anterior había sido perturbado por el espanto de su abuela o de su novia, que se aparecía desde marras en la antigua casona que fue derruida para la construcción de "mi rancho". De pronto el espanto se hizo sentir en el baño como cualquier persona de la casa. Como si tal, abrir el grifo y soltar el agua, un momento antes de escucharse las pisadas por los lados del comedor y los pujidos contra la baranda de su litera en plena oscuridad.

Tiritar él entonces con ese yelo como celaje de muerte que se metía por la sangre y por los tuétanos y por el alma, "si es que al fin y al cabo uno tiene alma". No se supo cuándo ni porqué el espanto se aquietó al otro lado de la media noche. Sólo al rato, cuando él ya lo había olvidado casi y al empezar a cogerle el sueño, nuevamente lo sintió palpable dirigiéndose a la alcoba de su trono junto a la que hacía de dormitorio y en cuyo ángulo sur estaba él metido en su litera y arropado de la cabeza a los pies. Fue cuando lo sintió trepar al trono y acomodarse bien en él, haciendo sonar los muelles del cojín un poco antes de abrir la gaveta y volverla a cerrar como si el espanto hubiera querido convencerse de que ahí estaba el revólver. En esas ya a él no le fue posible que lo agarrara el sueño de nuevo y por eso había oído bien el corneteo de los gallos lejanos y las campanas de alborada y los rebuznos del burro de la casa cural. Así hasta que resolvió levantarse revolver en mano dispuesto a requisar todas las piezas y a la ejecución rabiosa de su plan maestro. No obstante, un impreciso calofrío de culpa lo llevó a pesadillar despierto con los huelguistas y su novia ideal y los peones solidarios y las trenzas de su madre y el despido de la directiva y las bombas de los guerrilleros. Sólo que su don de mando, su concepto de la responsabilidad, sus ideas muy bien cimentadas, el juicioso cálculo de sus haberes terrenos, y tantas otras virtudes, lo llevaron a soñar despierto en que venía obrando correctamente "tal como pide la santa madre iglesia y como lo manda midiosito". En éstas, otra vez cabecear sobre su trono y llegar a creer él que ha echado una pestañadita larga. De sobra lo volvió en sí la imagen de la mujer de toda su vida, tan idéntica a la madre de él, esa novia de su infancia, la indiecita descendiente de pijaos, con sus trenzas a la espalda como una rastra de chontas. Lo alucinaron sus redondos pómulos de suavísima greda, esos grandotes ojos negros y aceitunos con que siempre lo miró en medio de un amor infinito que él no había podido violar ni en la vigilia ni en el sueño. Andar en esas cuando el timbre de la tercera vez, estar zampado en una situación que de ningún modo habría podido prever del todo. Mucho menos hubiera podido entender ahora por qué siempre llegaban las dos mujeres a su mente, una u otra primero pero siempre las dos, su amada madre y su novia ideal, "mi vieja y mi prometida", quién sabe pues.

Al parecer o en el recuerdo todo fue más veloz ahora, y ya por última vez, qué jartera. Pero en fin, entonces sí el portazo, el primero y el último, el único portazo de la tarde y quién sabe si también de su vida, vea pues. ''Qué pendejada que las dos primeras veces no era nada, no subió nadie! ". Esto lo tenia inquieto y un tanto deprimido aunque tratando de disimularlo con abruptos arranques de extravagancia y pulcritud. Para qué, pero lo cierto es que él había tomado todas las medidas tendientes a dominar sus impulsos primarios, para darse los aires de sensatez y equilibrio que tanto había querido aparentar ante subalternos y relacionados, amigos y parientes. Se decía en silencio que dos amagos fallidos a culpa de vaya a saberse quién, pues no la tenía él por haber abierto dos veces en vano, esas dos timbradas de nadie no le gustaban nadita porque le parecieron "de mal agüero". Eso se decía tacañamente para sus adentros como si nada se dijera, como para olvidarlo de por vida. Sólo que no había podido olvidar, y quién podría olvidar a esas horas.

Tal vez de no ser porque la lucha armada llevaba ya tantos años de ruido en el País, él no habría hecho tantos esfuerzos por olvidar esa ruda verdad. Sobre todo no se hubiera empeñado tanto en alejar todo nexo entre la huelga y la solidaridad de "mis patones" y los constantes asaltos campesinos a unas y otras patrullas del ejército y de la policía, "esos chulos rateros y matones que son indispensables porque le defienden a uno sus haberes". Su madre era la única que le había insistido lo suficiente en estos enredos, imposibles para él pero muy razonables para ella que tenía ya tres nietos enmontados dándole qué hacer a las fuerzas armadas de la República. Aunque él la quería de veras, su querer no llegó hasta dar crédito a la pobre vieja achacosa de cataratas y romatís. Era innegable que ella no hacía más que ojear periódicos de cabo a rabo, pero sin hacer un solo contacto con el florecimiento económico ni con la fronda política de su hijo. Por eso él no le paraba bolas a su chachara sobre los combates de las guerrillas y las derrotas del gobierno, con que ella endulzaba su pan de cada día mientras fumaba colillas y remendaba las medias y los pañuelos de su hijo solitario. Ella alcanzó a juzgar que él la llevaba perdida y que los huelguistas la tenían ganada, pero no se atrevía a decírselo frente a frente. "Mamá no sabe nada de nada". Ella apenas le respondía con una leve sonrisa y un penduleo de cabeza que a él le llegaban como los ademanes de su novia frustrada. Por último le cruzaba tres bendiciones en el aire con la mano izquierda y seguía remendando que remendar. Mal que bien a eso se limitaban los coloquios domingueros entre madre e hijo, luego de lo cual ella volvía a sus lecturas y él a podarle el jardincito interior con su navaja de oro y sin despintarle la vista. Ni siquiera en esta fina labor conseguía él que lo abandonaran sus dudas sobre el motín y la asonada de "mis fantasmas desgraciados". Aunque esas vainas eran siempre mucho más tolerables, sin embargo, y sobre todo no vivían a diario y a nocturno zumbando en su cabeza. Tal vez no lo mortificaban tan de seguido como su lucha interna con las dos imágenes femeninas que remordían "mi antigua comezón". Estas y otras calamidades cotidianas, usted sabe.

En todo caso el último timbre no lo cogió tan de sorpresa y él lo primero que hizo en esta vez fue tomar el bastón de mango metálico en su izquierda y picotear bastonazos de victoria sobre el piso plástico de sus sinsabores. De paso advertir el buen gusto de su decorador, cosa que "nunca se me había ocurrido" y menos en el momento más difícil de su existencia. Eso fue después del segundo timbre. Se puso a mirar con detenimiento extraño la variedad de colores que se hacia notoria de pared a pared, y la imagen del Corazón de Jesús enmarcada en moldura de por lo menos diez centímetros de anchura y a quién estaba consagrado el País desde el siglo anterior. Observar la vitela de la Virgen del Carmen patrona de él y de su pueblo natal, y la acuarela de autor desconocido mostrando un paisaje maquillado, y detenerse ante el conocido cuadro del "yo vendí a crédito" y el "yo vendí al contado" (el pobre y el rico) adquirido en alguna cacharrería de mala muerte, y volver a los jóvenes desnudos que el empleado detective le había recortado de la revista Cromos. Ver las ninfas yacientes en el bote florido que mostraba la porcelana "heredada de mi vieja", y la poltrona antigua con su juego de sillas modernas, y los infalibles tres retratos en ovalada moldura dorada: el de "mi viejo querido", de ruana blanca de hilo, el de "mi vieja hermosa", de blusa lila y pañolón negro, y el de él con corbata azul y pañuelo morado al pecho. De inmediato subir a su trono casi a gatas desaforado por las botas, un poco antes de ponerse a pensar en "mi suerte perra" hasta que se le volviera a prender la modorra que al pronto se le convertía en cabeceadera y en delirio otra vez. Incorporarse con fastidio bostezando. Si no habían de fastidiarle a él esas malditas sonseras que siempre lo llevaban a confundir las trenzas de su madre con las de "mi prometida", y las palas de los peones con los rifles de los guerrilleros, y el morral del vagabundo con la escudilla del señor cura, y la ambición de los cacos con el reclamo de sus obreros, y los desnudos de Cromos con los ángeles de la Virgen del Carmen... Dígase cómo no había de fastidiarse. Es de considerarlo. Mucho más si para entonces ya el viento se había convertido en chiflón que se colaba furioso por las ventanas y sacudía los cuadros y golpeaba las cortinas y mecía la araña colgante con que primero topaba el que abriera la puerta y avanzara hacia dentro. Era el comienzo de su angustia.

Al fin pasó que había chirriado el timbre por tercera vez y él había cumplido puntual y rigurosamente todo su ajetreo. Incluso ya había vuelto a revisar los tiros de "mi santocristo" y abierto la puerta con suma entereza dejándola al capricho del aire, sin ninguna otra prevención. Había también saboreado ya él esa apacible frescura del viento que sirvió de alivio a sus ardientes callos por última vez. Fue como una bendición ese aire violento que le dio un baño de gloria celestial desde la nuca hasta las pantorrillas y bajó por la caña de las botas a los pies encendidos. Lo que son las cosas, a quién se le iba a ocurrir la pasata que lo condenaría.

Como quien dice, apretar el botón en el tablero exterior de controles y escuchar abajo el chicharreo y el golpe de cuando el portón se abrió abajo en el primer piso. Lo que es la vida, como un rayo todo a un mismo tiempo retumbaron en la escalera de "mi rancho" los tres ruidos fatales. El golpe del fondo y el eructo de él y el tétrico portazo de atrás. El primero abajo, el segundo al frente, el tercero detrás de él, en su purita espalda como se dice. Fue el infeliz portazo que lo dejó afuera y que vino a ser su condenación eterna, según se cree. Porque ahí mismo empezó a sentir la violencia del tropel y el trueno de los gritos escaleras arriba, semejante vaina pues.

Imagínese que en este mismo instante fue cuando él pudo ver todo con la deslumbrante claridad de un relámpago. Sólo ahorita recordó que había dejado las llaves prendidas por dentro. "Ya será otro cantar", alcanzó a decirse a sí mismo, usted lo sabe.