Algunas actuaciones concretas que podemos realizar para marcar límites son:
Fomentar la objetividad. Los niños entienden mejor cuando nos referimos a normas bien concretas y bien definidas; por ejemplo: «Agarra mi mano por la calle».
Objetivos claro. Estos objetivos han de ser pocos, formulados y compartidos por la pareja, de tal manera que los dos se sientan comprometidos con el fin que persiguen.
Ser claro y específico. Los límites deben ser claros, específicos, sencillos y positivos. Por ejemplo: «Después de jugar, recoge los juguetes y colócalos en el armario».
Actuar y huir de los discursos. Una vez que el niño tiene claro cuál ha de ser su actuación, es contraproducente invertir tiempo en discursos para convencerlo.
Los límites deben formularse de manera positiva. Se debe informar de lo que hay que hacer, y no de lo que no hay que hacer.
Para implementar una educación razonable y exitosa, debemos tener en cuenta que las reglas:
Deben ser concisas y razonables.
Deben ser comunicadas claramente.
Deben ser reforzadas periódicamente.
Dar tiempo de aprendizaje: Valorar sus intentos y esfuerzos por mejorar.
Los límites firmes son mejor aplicados con una voz segura, sin gritos, y una seriedad en el rostro. Para ello aconsejamos seguir estas instrucciones cuando les vamos a impartir normas:
Sostenerle quieto por los hombros mientras se le dan las instrucciones.
Mirarle directo a los ojos.
Hablarle de una manera clara y con un tono firme.
Dejar que tu rostro parezca serio mientras le hablas.
Insistir en ser atendido y obedecido a una instrucción razonable.
Reconocer los propios errores. Nadie es perfecto,. Los errores enseñan cuando hay espíritu de superación en la familia. Confiar en nuestro hijo. La confianza es una de las palabras clave. La autoridad positiva supone que el niño tenga confianza en los padres. Es muy difícil que esto ocurra si el padre no da ejemplo de confianza en el hijo.
El amor supone tomar decisiones que a veces son dolorosas, a corto plazo, para los padres y para los hijos, pero que después son valoradas de tal manera que dejan un bienestar interior en los hijos y en los padres.
El sentido común es lo que hace que se aplique la técnica adecuada en el momento preciso y con la intensidad apropiada, en función del niño, del adulto y de la situación en concreto.
Finalmente, la escucha activa y respetuosa hacia nuestros hijos puede transmitirles confianza en sí mismos.