Jacob es un personaje muy importante en la historia del pueblo de Dios, su historia ha trascendido hasta nuestros tiempos, incluso está presente en una de las estrofas de nuestro himno nacional “… que rendimos al Dios de Jacob”, pero ¿quién fue este personaje cuyo nombre resuena hasta hoy en día?
Jacob fue una persona común, con sus propios defectos y virtudes. Él no siempre fue el hombre que conocemos hoy en día, pero supo recomponer su vida para que sus hijos y las naciones que surgieron de su descendencia lo recordaran como uno de los patriarcas más importantes de la historia que los precedió.
La Biblia, en el libro de Genesis, hace una descripción completa de este personaje, nos cuenta que desde muy pequeño él ya generaba cierto conflicto entre los suyos. Al nacer, lo hizo agarrado del talón de su hermano mellizo; posteriormente, compró la primogenitura de su hermano mayor aprovechándose de una situación de necesidad y, para coronar su mal proceder, terminó robándole la bendición que le correspondía al primogénito de la familia.
Jacob hizo uso de sus propios medios para lograr todo lo que se proponía, lamentablemente esos medios eran deshonestos (aprovechar una necesidad para sacar ventaja, mentir a su padre, robar un derecho que no le correspondía). Los resultados de sus actos no se hicieron esperar, su hermano juró vengarse, la vida de Jacob estaba en peligro y para salvarse tuvo que huir lejos de su familia.
Él había deshonrado de todas las maneras posibles su nombre e incluso ser denominado como “el tramposo”. Jacob creyó que la única manera de lograr lo que quería era haciendo trampa. Llegado a este punto alguien podría decir que este hombre nunca iba a cambiar su actitud, y que no tiene honor en su vida.
Muchas veces pasamos por un proceso similar, estamos tan acostumbrados a ver actitudes y acciones deshonestas que simplemente asumimos que la forma de desenvolverse en la vida es así, normalizamos situaciones pensando que mientras que no nos afecte a nosotros no sucederá nada. Al igual que Jacob tomamos una actitud individualista sin pensar en los demás, solo importa lo que yo quiero o deseo y para lograrlo estoy dispuesto a hacer lo que sea.
Sin embargo, con el tiempo nuestras acciones tienen sus propias consecuencias. Cuando Jacob tuvo la necesidad de regresar al lugar donde vivía su hermano tuvo que enfrentar las consecuencias de sus actos, y tuvo mucho miedo. Seguramente se preguntaba a sí mismo: ¿cómo estarán las cosas por allá? ¿cómo enfrentaré a mi hermano? Entonces tomó conciencia de sus acciones.
Jacob acudió a Dios y comenzó a orar: “Señor, Dios de mi abuelo Abraham y de mi padre Isaac, que me dijiste que regresara a mi tierra y a mis parientes, y que harías que me fuera bien: no merezco la bondad y fidelidad con que me has tratado. Yo crucé este rio Jordán sin llevar nada más que mi bastón, y ahora he llegado a tener dos campamentos. ¡Por favor, sálvame de las manos de mi hermano Esaú! Tengo miedo de que venga a atacarme y mate a las mujeres y a los niños. Tú has dicho claramente que harás que me vaya bien, y que mis descendientes serán tan numerosos como los granitos de arena del mar, que no se pueden contar.” (Gn 32: 9-12)
Las palabras de Jacob describen una preocupación profunda, pues ahora no solo estaba en juego su vida, sino la vida de toda su familia. No obstante, aquella noche en la que oró, tuvo un encuentro a solas con el ángel de Dios e intentó ponerlo de su lado y pedirle que le ayude. El ángel, entonces le pregunta ¿Cuál es tu nombre?, y él responde “me llamo Jacob” (Gn 32:27b). Tuvo que confesar su nombre para describir quien era, “Jacob el engañador, el tramposo” para descubrirse tal cual es, reconocer su pasado y enfrenta sus actos. Reconociendo ello, Dios le da un nombre nuevo, (Gn 32: 26a).
Dios le confiere un nombre nuevo y honroso. Este encuentro con Dios le cambio la vida a Jacob, Dios restauró su honor y le dio el impulso para cambiar su vida y su historia.
Al igual que Jacob, también podemos cambiar las riendas de nuestro destino, asumir nuestra responsabilidad y recuperar nuestro honor para volver a construir nuestra historia. En este punto, la presencia de Dios será necesaria, Él nos dará el impulso que necesitamos para tomar una decisión, nos acompañará en el proceso, nos dará una nueva identidad, un nuevo nombre con el que tendremos un nuevo inicio. La historia de Jacob nos hace ver que el honor se construye a lo largo de toda la vida y aunque uno se equivoque nunca es tarde para volver a empezar.
El honor es la valoración que la propia persona hace de sí misma, independientemente de la opinión de los demás. Tener honor, es saberse que ha cumplido con una escala de valores que avalan su palabra y actos, el honor está en constante proceso de construcción constante, cada acto de nuestra vida conforma parte de nuestro honor, cada vez que somos sinceros, justos, serviciales, cada acto de amor va construyendo nuestro honor.
Tener valores firmes es crucial para ser honorable, pues actuar con honor quiere decir hacer lo correcto, incluso si otros no están de acuerdo. Puede resultar muy difícil decidir cómo actuar con honor en cualquier situación y en todo momento. Tus valores son en lo que confías cuando no hay nadie más a quien puedas acudir.
Por otro lado, la honra es el reconocimiento social del honor, que se expresa en el respeto que corresponde a cada persona como consecuencia del reconocimiento de su dignidad.
El honor consiste en hacer hermoso aquello que uno está obligado a realizar.
Alfred Victor de Vigny
El honor debe comenzar en el corazón, pero si termina allí, no es honor. El honor debe expresarse a través de palabras, símbolos, acciones.
Douglas Wilson
Un hombre puede perder su honor y recuperarlo nuevamente.
Cormac McCarthy