Imaginemos a Jesús y sus discípulos entrando en una casa y tras de ellos, una multitud comandada por algunos maestros de la ley. El ambiente se carga de conmoción. Se respira admiración y molestia. La gente que agolpa el lugar cuchichea: “este habla y enseña con autoridad; no como los demás maestros de Israel”. Por otro lado, en los asientos preferenciales, los maestros de la ley, esperando con librera y lápiz en mano para escribir en mayúscula cualquier mínimo error que encuentren en la enseñanza de ese “charlatán” a quien todos llaman Rabí.
Uno poco relegados, cuatro amigos, enterados de que Jesús está en Capernaum toman la decisión de cargar a un quinto y llevarlo hacia Jesús. El problema no era cargarlo. Los cuatro eran hombres de oficio rudo. Tenían el cuerpo trabajado por las arduas y duras faenas en el mar de Galilea. Sin embargo, al juntarse para tal cometido se percataron que algo no cuadraba. Instintivamente una alerta en sus cabezas se apoderó de ellos. Ninguno se atrevió, tal vez por respeto a los otros, a dar a conocer sus ideas.
¡No había tiempo que perder! ¡Jesús no iba a estar en esa casa para siempre! ¡Era ahora o nunca! De pronto, el primer amigo dijo lo siguiente: “viendo la condición de nuestro amigo, siento en mi corazón que debemos llevarlo cuanto antes hasta la casa donde está hospedado Jesús”. El segundo amigo asintió con la cabeza y luego preguntó: “¿Cómo llegaremos hasta allá? ¿Cuál es el plan A? ¿Y el plan B?” El tercer amigo interrumpió a los dos primeros y como quien no quiere la cosa dijo: “honestamente quisiera evitar la fatiga, pero debido a que me han involucrado en este proyecto, los acompañaré. Pero que conste que fueron ustedes los de la idea.
El cuarto amigo, fiel a su estilo preguntó con voz entrecortada: “¿no hay otro que pueda ocupar mi lugar? Yo quisiera acompañarlos, pero esto de ir hasta el interior de Capernaum no estaba agendado para hoy. Debieron avisarme con más tiempo.
El silencio se fue apoderando de ellos cuando el primer amigo intervino una vez más y de manera incisiva convenció al cuarto amigo que, valgan verdades, aceptó ayudarlos en el proyecto para no discutir con los demás, pero eso sí, en silencio.
Definitivamente algo los envolvió mientras hacían rápidamente los preparativos. Una atmósfera los rodeó. Consiguieron la camilla, algunas sogas por si era necesario y la disposición para cumplir el cometido inicial: Llevar a su amigo hacia Jesús. Lo que ellos no percibieron fue que mientras se empecinaban en acercar a su amigo hacia Jesús, ellos también se aproximaban al maestro. Mientras sopesaban el peso del otro y aprendían a verse entre ellos, alguien los cargaba en su debilidad y los miraba con fe. Debido a esto, no les fue imposible llegar a esa casa llena de curiosos de la que todos hablaban en el camino, ni les fue imposible ponerse de acuerdo para romper parte del endeble techo de paja y barro para deslizar a su amigo dentro de la casa y así quedar expuestos los cinco a la mirada del maestro. No hubo impedimento para que los cinco recibieran su milagro.
Si bien es cierto que parte de los que acabamos de leer no se encuentra escrito en el pasaje de Mr. 2:1-12, este nos da cierta luz para poder afirmar algunos principios imprescindibles para convivir con sensibilidad.
Los mejores equipos son aquellos cuyos integrantes poseen diferentes temperamentos.
No existe temperamento bueno o malo, mejor o peor.
Los temperamentos se complementan.
El amor construye.
No todos nos sensibilizamos de la misma manera ante la misma necesidad.
Solo cuando usamos nuestro temperamento para llevar a otro a Jesús podemos ver el milagro.
Para aprender a amar y convivir con sensibilidad no basta con tu temperamento; tienes que añadirle fe.
El convivir con sensibilidad nos invita a mirarnos y conocernos para poder mirar y conocer al otro.
Ser sensibles significa amar al prójimo, es tratar de que nuestra vida tenga un impacto positivo al mundo y en la vida de otros, genere sonrisas y felicidad, provea bienestar a la vida de los demás.
La sensibilidad no es ser parte del problema de otros, o quedarnos llorando por una tragedia que pasa otro, sino idear y ayudar a la solución de la situación de otros.
Desde el enfoque psicológico, la sensibilidad hacia los demás, está estrechamente ligado a la empatía, mostrarse sensible hacia los demás, es parte del altruismo y ello conlleva a establecer un vínculo emocional.
Requiere un compromiso emocional, requisito esencial a la hora de comprender el mundo interior de otra persona. En este proceso las neuronas espejo nos proporcionan la riqueza de la empatía, el mecanismo fundamental que nos lleva a experimentar el dolor que vemos que está experimentando otra persona.
La psicología actual emplea la palabra “empatía” en tres sentidos diferentes: reconocer los sentimientos de otra persona, sentir lo que está sintiendo, responder compasivamente a los problemas que la aquejan y actuar de un modo que pueda ayudar a la otra persona.
La neurociencia actual ha demostrado que, la mente del ser humano tiene un mecanismo biológico, que hace que cuando vemos que alguien se halla en apuros, se ve reflejado en nuestro cerebro circuitos similares a los de esa persona. Este proceso mental constituye el preludio mismo de la compasión y el altruismo.
Esto significa que, de un modo u otro, nuestro cerebro está predispuesto hacia la bondad, automáticamente acudimos en ayuda del niño que grita despavorido o abrazamos a un bebé sonriente. Esos impulsos emocionales son “predominantes” y provocan reacciones instantáneas y no premeditadas.
Son muchas las posibles respuestas, pero la más sencilla tal vez sea que la vida moderna va en contra de eso y nos relacionamos a distancia con los necesitados, lo que implica que no experimentamos la inmediatez del contagio emocional directo, sino tan sólo en la simpatía “cognitiva” o, peor todavía, que nos quedemos en la mera simpatía y, si bien sentimos lástima por la persona, no experimentamos su desasosiego y nos mantenemos a distancia, lo que debilita así el impulso innato de ayudar.
Entienden los sentimientos de los demás.
Escuchan de manera activa, se concentran en lo que la otra persona les está transmitiendo, analizan el porqué, cómo se siente, lo legitiman y dan respuestas acorde a ello.
No son extremistas. No creen que todo sea blanco o negro, saben que hay una bonita gama de grises en medio. Intentan buscar respuestas intermedias.
Son respetuosas y tolerantes de las decisiones de los demás, aunque ellos no hubiesen tomado esas mismas decisiones, entiende la situación y le ofrece su apoyo.
Entienden la comunicación no verbal, observan los gestos, miradas, inflexiones y tonos de la voz, etc. Con lo que consiguen no solo entender el mensaje verbal, sino extraer el mensaje emocional.
Creen en la bondad de las personas, presuponen que la persona es buena hasta que no les demuestre lo contrario. Creen que la gente es buena por naturaleza.
En ocasiones, el intentar entender a los demás, puede hacer que dejen de lado sus propios intereses y derechos.
Hablan con cuidado. Miden siempre sus palabras porque saben que según cómo digan las cosas pueden hacer daño a la otra persona. Se expresan con amabilidad y tratando de no tenern impacto negativo en el otro.
Entienden que cada persona es diferente, comprenden que cada uno tiene sus necesidades y saben tratar a cada persona acorde a sus circunstancias.
Además de ser empático, ayuda a sentirte mejor consigo mismo, favorece en la resolución de problemas, desarrolla las habilidades sociales, contribuye a tener respeto por el resto de personas, ayuda a conectar mejor con otras personas, sube la autoestima, nos hace ser respetables, coadyuva a ser justos, a no juzgar a otros, fomenta el desarrollo emocional, contribuye al desarrollo de su inteligencia emocional.