La dictadura llevó su afán de extender su control e influencia a todos los rincones de la vida de los españoles y españolas. La fiesta, entendida como una manifestación de sociabilidad popular no fue ajena a ese control.
Se suprimieron aquellas festividades consideradas de carácter manifiesta o potencialmente subversivo, tales como el 14 de abril, fecha de la conmemoración anual de la proclamación de la Segunda República; el 1º de Mayo, fiesta obrerista por excelencia; e incluso el Carnaval.
Paralelamente, quedaban establecidas otras nuevas como la del Trabajo Nacional o de Exaltación del Trabajo, enclavada en el 18 de julio, día que también rememoraba el inicio de la sublevación contra la República con la Fiesta Nacional.
Pero en cada pueblo, en cada ciudad había un espacio propio para la fiesta popular. Las celebraciones festivas de las pequeñas comunidades locales se convertirían, así, en una suerte de refugio porque muchos alcaldes y gobernadores civiles que controlaban "sus reglas" dejaban cierta "libertad" para el disfrute popular.
Todo ello hizo que las fiestas populares fueran vistas siempre como un oasis dentro de una vida marcada por el duro trabajo, el control y la escasez de salidas.