Nunca fue una segunda opción
Existe la idea generalizada de que quienes eligen un itinerario de Humanidades lo hacen por falta de capacidades para las ciencias, pero muchos parecen ignorar que también existimos quienes lo elegimos por verdadera pasión, y ese siempre ha sido mi caso.
Aunque las asignaturas de ciencias se me daban bien, siempre supe que mi camino estaba en las Humanidades y, ahora, tras dos años de Bachillerato, solo puedo decir que elegirlo ha sido una de las mejores decisiones de mi vida.
He de reconocer que cuando elegí Latín como optativa en cuarto de la ESO lo hice un poco a ciegas, pues no tenía muy claro ni en qué consistía la asignatura. Lo que entonces no sabía era que me abriría las puertas a una materia fascinante, en la que no solo he aprendido una lengua, sino también toda la cultura y la historia que hay detrás de ella, además de adquirir conocimientos que me han ayudado a comprender mejor el español y otras lenguas extranjeras.
En primero de Bachillerato parecía imposible que saliera adelante la clase de Griego siendo solo tres alumnas, pero lo conseguimos, y esas han sido, sin duda, algunas de las mejores clases que he tenido en los últimos cursos.
He disfrutado muchísimo estudiando lenguas clásicas y me entristece que sean asignaturas tan minoritarias y que todavía haya tanta gente que piense que no sirven para nada. Para mí han sido mucho más que aprender gramática o traducir textos: han sido una forma de comprender mejor nuestra historia, nuestra lengua y el mundo que nos rodea. Ojalá todo el mundo tuviera la oportunidad de acercarse a ellas al menos una vez.
Ahora que he terminado el Bachillerato, siento mucha tristeza por dejar atrás estas materias que tanto me han enseñado durante estos años. Pero si algo tengo claro es que siempre las recordaré con muchísimo cariño y que nunca me cansaré de recomendarlas.
Y, por cierto, dejad de llamarlas “lenguas muertas”, porque no lo son. Son lenguas inmortales, que siglos después de dejar de hablarse siguen estudiándose, siguen inspirando y siguen viviendo en quienes hemos tenido la suerte de conocerlas.
Aurora Díaz López- 2° bachillerato de Humanidades
César Martins Quitete do Amaral.
Filología Clásica UCM. Antiguo alumno IES María Pacheco.
LECTURA CRÍTICA
Creciendo una persona se da cuenta de que tiene que tener cuidado con la información que recibe de sus padres, de los libros que lee, de las redes sociales a las que accede y de las demás personas con las que convive.
Nuestros padres y, en general, nuestro entorno son capaces de doblegar la realidad según lo que necesiten, los libros no tienen por qué contener un contenido más verdadero que cualquier post de Instagram solo porque están escritos en papel. La sofística que todos aprendemos en filosofía es el inicio de la globalización del deseo de tergiversar la realidad mediante nuestras palabras, los griegos habrían sido quizás los primeros en darse cuenta y dedicarse a explorar los efectos prácticos de lo que decimos –sea verdad o no– y los demás seres humanos crecimos aprendiendo –algunos desde pequeños– que no tenemos obligación física de decir solo verdades, pues incluso creyendo que lo son decimos cosas que resultan luego no serlo.
Eso sí, es importante recalcar que nuestra sociedad sí tiene el deber de difundir el juicio entre nuestra juventud –no tiene obligación, pero el sentido común nos lleva a pensar que es altamente recomendable. Porque como alguien antes dijo, ‘grandes poderes traen grandes responsabilidades’ y este es el tipo de aforismo que necesitamos hacer para que se fije en las mentes del futuro. Creo que tampoco lleva razón el que se limita a decir siempre la verdad, pues a veces puede doler y, aunque digan que es mejor decir la verdad, eso es también muy relativo, pues está claro que es mejor para el que la oye en cuanto a que tiene mayor conciencia; sin embargo, al que la dice le puede resultar tan dañino a punto de que realmente sea esa determinada persona la que deba sopesar si decir la verdad realmente es mejor para ambas partes. La mayor responsabilidad recae en esta última instancia y consiste en que debemos ser juiciosos y críticos con nuestras propias acciones midiendo sus consecuencias, aunque tampoco debe llevar a la paranoia, pero nos debe tener pensando una y otra vez qué es aquello que se puede mejorar para la siguiente situación, ¿debemos probar decir verdades, aunque duelan, para ver cómo se siente el dolor?
Yo a esta última pregunta diría que sí, pues ese dolor será un factor futuro muy importante a tener en cuenta. Además, estoy de acuerdo –juzgad– en que debemos conocer dolor en nuestra vida, al menos en cierta medida controlada, pues es preciso conocer bien nuestro ‘enemigo’ para saber realmente contra qué luchamos. Una persona privada de cualquier fuente de dolor quizás pase por su vida de forma más superflua y menos empática que aquella que es consciente de que, aunque no sufra dolor ahora, podrá luego padecerlo a la vez que ahora mismo muchos humanos no conocen la felicidad y el bliss –del inglés, pues creo que es palabra que todo lo engloba en ese sentido-. Yo no soy quien soy sin el dolor que he sufrido y, si realmente me paro a pensar, estoy agradecido a ello, porque me ha enseñado a resistir y que yo puedo vivir mejor que antes a la vez que me ha regalado compañeros de la vida que han decidido quedarse conmigo tras haber sido parte del proceso de resistencia. Al final cada uno tenemos nuestro propio proceso y lucha y los amigos de verdad terminan formando una pieza importante en el puzle de nuestras vidas.
Pero –volviendo al tema– he de decir que la mejor manera de comprobar la verdad es leyendo de todo y hablando con todos un poco. Así he formado mi propia personalidad y forma de ser, porque todos me han abierto la mente para saber que no hay solo una forma de ser felices ni plenos. Hoy la pasión que me llena el corazón –la filología clásica– la veo como un regalo del tiempo, pues con toda la dedicación e inspiración me sigue llenando el alma con sus propias verdades sobre la parte del universo a la que corresponde. Cada uno va por la vida atrapando algo semejante o alguna verdad por la que vivir. Toda persona formada dirá que se debe crear un espíritu crítico propio, pero yo creo que más allá de eso todos tenemos ese espíritu crítico por nuestras vivencias, nuestros disgustos, aciertos y errores junto a todos los demás que forman parte de nosotros.
En conclusión, nuestro espíritu crítico está en obtener conocimiento dentro de nuestras vidas –esto es, conociendo a quiénes fuimos y queremos ser–, pero también fuera –conociendo quiénes ya son lo que son como punto de partida. Todos lo hacemos de forma similar, ya sea con un modelo escrito y eterno o vivo delante de nuestros ojos hablándonos.
Yo no creo que somos quienes somos ahora. Pues con la fugacidad del presente y lo escurridizo que es, no existe pausa delimitable como ‘lo presente’. El reloj no se para con el fin de que miremos bien la hora. Esta es la lección: el reloj está pasando y hay mucho que hacer y conocer.
Películas recomendadas para el artículo: Inception & The giver.
César Martins Quitete do Amaral. Filología Clásica UCM.
Antiguo alumno del IES María Pacheco.