El banquete invisible de las migas
A Chip no le importaban las matemáticas, ni la historia, ni el recreo. Bueno, el recreo sí, pero por una razón muy diferente a la de los humanos. Chip era un gorrión pequeño, de plumas color café y ojos como dos gotas de tinta, que vivía en los árboles medianeros del patio del instituto Mar de Alborán.
Para Chip y su banda de gorriones, el timbre que anunciaba el final del recreo era el inicio de su hora favorita: el gran banquete.
En cuanto el patio se vaciaba y los alumnos volvían a las clases, las aves bajaban en picado hacia el suelo. Allí, esparcidos por el enlosado, quedaban los restos de la batalla: trozos de cruasanes, esquinas de sándwiches de embutido, patatas fritas y masas de pan blanco. Los gorriones piaban de alegría. ¡Comida gratis y sin esfuerzo!
Al principio, a Chip le parecía el paraíso. Se llenaba el pico con trozos de pan de molde y restos de bollería industrial. Pero, al cabo de unas semanas, algo empezó a ir mal. Su primo Flaps ya no volaba tan rápido; se quedaba esponjado en una rama, triste y débil, hasta que un día no se despertó. Poco después, a la pequeña Plaquita le pasó lo mismo.
Chip no lo entendía. Si había tanta comida, ¿por qué se estaban muriendo?
Lo que Chip no sabía es que sus estómagos diminutos no están hechos para la comida de los humanos. El pan blanco de los bocadillos se hincha en sus tripas como el cemento, la sal de los embutidos destroza sus riñones y las grasas de la bollería les dañan el hígado. Aquel patio lleno de migas no era un paraíso; era una trampa brillante y sabrosa.
Una mañana, mientras un alumno tiraba al suelo la última esquina de su bocadillo de chocolate, vio a Chip mirándolo desde una papelera. El gorrión estaba flaco, con las plumas apagadas, piando débilmente al lado de un trozo de pan duro.
El alumno se detuvo a mirarlo y, por primera vez, pensó en la suerte que corría esa pequeña bola de plumas si se comía sus sobras. Recogió el trozo que había tirado, lo echó a la papelera y limpió la mesa del patio.
Chip voló de vuelta a su árbol. Ese día pasó un poco de hambre, pero por la tarde, en el solar de detrás del Patio 1, encontró un grupo de hormigas y unas semillas silvestres. Su estómago se lo agradeció.
El patio empezó a estar más limpio y, aunque el "banquete invisible" terminó, la música de los gorriones volvió a sonar con fuerza en los árboles del instituto.
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