Algunos especialistas sugieren que Europa proviene del término semítico ereb, que significa “ocaso” o “poniente”. Desde la perspectiva de los pueblos del Cercano Oriente, las tierras al otro lado del mar Egeo eran, literalmente, el lugar hacia donde se ocultaba el sol. Otros investigadores, en cambio, defienden un origen griego, el nombre deriva de eurys (ancho) y ops (rostro o mirada), una etimología que evocará una “mirada amplia” o un “horizonte extenso”. Para los griegos, que concebían el mar como el centro articulador de su mundo, Europa se presentaba como la tierra vasta, misteriosa, casi infinita en comparación con el Mediterráneo que habitaban. Pero quizás la versión más célebre sea la de la mitología griega, que coloca a Europa no como un lugar, sino como una persona. De acuerdo con el mito, era una princesa fenicia de Tiro, raptada por Zeus, quien disfrazado de toro blanco la llevó a Creta. Allí se convirtió en madre de Minos y, por extensión, en figura fundacional de la civilización minoica. Este relato no solo explica un nombre, sino que simboliza el intercambio constante entre Oriente y Occidente: Europa nace del encuentro de culturas fenicias, cretenses y griegas. Monedas, mapas medievales y emblemas la representaron como una reina coronada, montada sobre un toro, metáfora de un continente que aspiraba a dominar y a unificar.
Frente al Palacio Real
Por el Paseo del Prado
Frente al Palacio Real
En el Museo del Prado