Un Poco de Mi Vida
Un Poco de Mi Vida
Mi nombre es el de alguien que nunca ha sabido quedarse quieto, una historia que comenzó hace 19 años en el corazón de una familia indígena otavaleña. Desde que tengo uso de razón, he sido una chispa encendida. No nací para estar en la sombra; nací para brillar, para alzar la mano, para estar presente. La timidez nunca fue lo mío; al contrario, desde muy niño mi esencia ha sido la de alguien extrovertido, ese niño que siempre quería ser el centro de atención, el que se ofrecía de voluntario, el que vivía las fiestas y los eventos —grandes o pequeños— con una intensidad única.
Mi relato comienza en el seno de una familia trabajadora, de esas que no conocen el descanso. Mis padres son comerciantes de pura cepa, gente que ha recorrido kilómetros y fronteras buscando el pan y el progreso. De ellos heredé ese gusto por el trabajo, esa chispa que me dice que el dinero y las oportunidades no caen del cielo, sino que se crean. Sin embargo, esa misma labor implicaba que ellos pasaran mucho tiempo viajando. Por eso, mis primeros años tienen el aroma y la calidez de mi abuelita. Fue ella quien me cuidó con ternura infinita durante mi niñez, llenando esos espacios mientras mis padres trabajaban duro para darnos lo mejor. A pesar de la distancia física en ciertos momentos, mis padres siempre estuvieron presentes en espíritu, inculcándome el bien y los valores que hoy son mi brújula moral.
Desde muy pequeño supe que no nací para quedarme al margen. Me gustaba llamar la atención, participar, estar presente en todo: eventos grandes, pequeños, fiestas, actos culturales. Siempre quise ser parte del ruido, del color, de la energía colectiva. Comer bien, viajar, probar cosas nuevas y decir “sí”, la experiencia ha sido una constante en mi vida. He recorrido Ecuador y he llegado hasta Brasil, y cada lugar dejó una marca distinta en mi forma de mirar el mundo.
Uno de mis recuerdos más tempranos en los escenarios fue el Pase del Niño, interpretando a José. Ahí entendí que vestir un personaje, una tradición o una danza no era solo actuar, sino representar algo más grande que uno mismo. Desde entonces, la danza se convirtió en un lenguaje propio. Participé en eventos escolares, pregones y presentaciones culturales, hasta llegar a escenarios fuera del país, como el consulado de Brasil y eventos internacionales representando a Ecuador. Cada paso era una promesa silenciosa a mis raíces.
La música siempre ha sido mi combustible. Todo lo hago acompañado de canciones. En la música encuentro ánimo, equilibrio y una forma honesta de expresar lo que a veces no digo con palabras. Toco guitarra, bandolín y rondín, y tengo el anhelo firme de aprender violín. Inti Raymi no es solo una fiesta para mí, es una emoción colectiva que llevo en el cuerpo, en el ritmo y en el orgullo de ser quien soy: un joven indígena otavaleño que honra su cultura en cada presentación.
Acompañar a mi padre a las ferias y ver como mi padre viaja, conoce y visita muchos lugares en el mundo fue otra educación paralela. Ahí aprendí a hablar con desconocidos, a observar, a escuchar, a probar sabores nuevos y a entender que cada persona tiene una historia. Por eso hoy me resulta natural hacer amistades en cualquier lugar del mundo. La curiosidad siempre me ha guiado, igual que mi interés por la tecnología y por todo lo nuevo que aparece
Mi camino escolar no fue lineal. El gran quiebre llegó cuando me cambié de un colegio intercultural, en el campo, a uno en la ciudad de Otavalo. Entrar a séptimo fue una travesía: filas, espera, nervios y un entorno completamente distinto. Al inicio no fui buen estudiante; me costaba la disciplina, era dejado y no lograba encajar. Incluso llegué a tener conflictos con una licenciada. Con el tiempo formé un pequeño grupo de amistades, salíamos juntos, compartíamos momentos, pero académicamente no logré sostenerme y perdí el año.
Ese tropiezo marcó un antes y un después. Mis padres decidieron llevarme de viaje para enseñarme lo que realmente significa trabajar. No fue castigo, fue lección. Volví distinto, con más conciencia y más ganas. Repetí séptimo con una mentalidad nueva, decidido a intentarlo de verdad. Allí comenzaron amistades más sanas y una trayectoria que se mantuvo firme hasta primero de bachillerato.
Brasil apareció dos veces en mi vida, pero fue la segunda cuando dejó de ser un destino y se convirtió en un punto de quiebre. Ya había cruzado ese país antes, conocía su calor, su ritmo y su mezcla de lenguas, pero nada se compara con viajar solo, con el corazón en la mochila y el miedo caminando a tu lado como un compañero silencioso.
Viajé para visitar a mi mamá. Iba con la emoción contenida y la sensación extraña de estar lejos de casa, pero al llegar el tiempo parecía alinearse conmigo: se estaba celebrando el Inti Raymi, específicamente el Warmi Tuta. No fue planeado, fue destino. Esa noche tomé un instrumento prestado por mi tío y salí a tocar, no como invitado, sino como alguien que pertenece. El sonido se mezcló con las luces, con los pasos, con la energía ancestral que no entiende de fronteras.
Al terminar la fiesta regresé a casa cansado y feliz. Antes de dormir, cuando el cuerpo ya estaba listo para el descanso, llegó un mensaje inesperado. Me dijeron que me habían visto en la celebración, que ya me conocían de antes, que querían invitarme a danzar. Leí el mensaje con nervios en las manos. Sentí miedo, claro, pero también sentí algo más fuerte: ese gusto profundo por decir que sí a la vida. Acepté.
Ese sí fue una llave. Aceptar significó nuevas amistades, nuevos escenarios y puertas que comenzaron a abrirse una tras otra. Gracias a ese encuentro llegué a espacios que jamás imaginé: presentaciones en el consulado de Ecuador en Brasil y la participación en la Fiesta de las Naciones, un evento que se celebra cada año y que reúne culturas, colores y acentos distintos bajo un mismo cielo.
Brasil se volvió una escuela acelerada. Conocí muchos lugares, caminé ciudades con ojos curiosos, probé comidas nuevas que aún recuerdo por el sabor y la risa compartida. Hice amistades que nacieron rápido pero se quedaron profundas. Aprendí a escuchar otro idioma, a entenderlo poco a poco, a perder el miedo a no saber y a comunicarme igual.
Ese viaje me transformó porque me mostró que podía moverme solo por el mundo, que mi cultura también podía florecer lejos de casa y que la música y la danza son lenguajes universales. Brasil me regaló escenarios, personas, aprendizajes y la certeza de que salir de la zona cómoda no te quita identidad: la fortalece.
Cuando recuerdo ese viaje, no pienso solo en lugares, pienso en la sensación de crecer. Fue uno de los mejores momentos de mi vida, no por lo que tuve, sino por todo lo que descubrí que podía ser.
Hoy, con 19 años, miro mi historia con gratitud. Soy extrovertido, curioso, trabajador, amante de la música, la danza, la tecnología y los viajes. Estoy construyendo una página web para contar mi trayectoria, no como una lista de logros, sino como un relato vivo. Mis amistades —Tiffany, Samy, Yurak, Estefanía, Mateo, Moroni— forman parte de quien soy, igual que cada escenario pisado y cada feria recorrida.
Esta es mi vida contada desde el corazón: una historia de raíces, caminos, caídas, música y cultura. No me quedo quieto. Sigo avanzando, aprendiendo y representando con orgullo lo que soy y de dónde vengo. Lo que viene aún no está escrito, pero sé que llevará ritmo, identidad y propósito.