Cerrar el bachillerato no fue un final, fue una puerta que pedía decisión. Cuando llegó el momento de dar los exámenes de ingreso a la universidad entendí que el siguiente paso no se daba solo con ilusión, sino con preparación. Por eso entré al preuniversitario Jean Fourier, un espacio exigente, intenso, donde cada día era un recordatorio de que nada grande se consigue sin disciplina. No fue fácil. Hubo cansancio, dudas y momentos en los que parecía que el objetivo se alejaba, pero aun así seguí adelante.
El esfuerzo dio resultado. Con dificultad, pero con mérito, logré ingresar a la universidad y comencé mi camino en la carrera de Mecatrónica, dentro de la FICA, la Facultad de Ciencias Aplicadas. Entrar ahí fue sentir que el mundo volvía a cambiar de ritmo: nuevas aulas, nuevos rostros, nuevos retos. La carrera está pensada para cuatro años, ocho semestres de constancia, lógica, números y paciencia.
Ya terminé mi primer bimestre y puedo decir que la Mecatrónica me gusta. Me reta, me obliga a pensar, a resolver, a no rendirme cuando algo no sale a la primera. Al mismo tiempo, siento con honestidad que quizá no sea mi vocación definitiva. Esa sensación no llega como rechazo, sino como pregunta abierta. Estoy aprendiendo a convivir con esa duda sin que me paralice, entendiendo que también forma parte del crecimiento.
En la universidad he encontrado algo que siempre me acompaña: personas. He hecho amistades con compañeros de distintas edades y de diferentes lugares, cada uno con su historia, su ritmo y sus sueños. Compartimos clases difíciles, risas breves entre materias, explicaciones improvisadas y ese compañerismo silencioso que nace cuando todos estamos intentando sobrevivir al mismo reto académico.
Ahora que estoy sentado en los pupitres de primer semestre, rodeado de cables, fórmulas y nuevos rostros, tengo una cosa muy clara: voy a terminar esta carrera. Graduarme de Ingeniero en Mecatrónica no es solo una meta académica, es una promesa que me hice a mí mismo y a mis padres. Pero mi plan va mucho más allá de colgar un título en la pared.
Miro a mi alrededor, a mis compañeros de clase, y no solo veo estudiantes estresados por los exámenes de cálculo. Veo a mis futuros socios.
Todo lo que voy a hacer en la universidad tiene un propósito: No solo voy a estudiar para pasar el semestre. Voy a "fichar" a mi equipo. Quiero crear una red de contactos sólida, porque sé que los grandes proyectos no se hacen solos. Mientras aprendo sobre robótica y automatización, estaré buscando a quienes quieran unirse a mis locuras, quizás para automatizar procesos en mi tienda de ropa o para crear tecnología innovadora para el país.
La universidad es mi terreno de juego. Aquí voy a quemarme las pestañas estudiando, sí, pero también voy a reír, voy a liderar grupos de trabajo y voy a construir la base humana de mi futura empresa. Cuando lance mi birrete al aire el día de mi graduación, no estaré solo; tendré a mi lado a los ingenieros y amigos con los que construiré mi futuro.