Soy Bessy. Tengo 18 años y soy de Honduras. Esta es mi historia de inmigración.
¡Levántate! ¡Levántate! Era la voz de un agente gritando. Yo no me quería levantar ya que en el camino no había dormido en días.
Tenía hambre y mucha pena porque estaba sucia y despeinada. Después me calmé ya que no era la única que andaba así.
Estaba confundida, no sabía si era de día o de noche, si era hora de dormir o no. No había ni una ventana. Le pregunté a los soldados y no me respondieron. Parecía que le hablara a una pared.
Era la hielera, uno de los centros de Inmigración para procesar los documentos de los menores que llegábamos de Centro América. Éramos 500 mujeres y niñas en un salón gigante. Para el frío, me dieron una cobija de color plateado. Nunca me imaginé que me arroparía con aluminio y que iba a dormir en un colchón tan delgado que prácticamente era en el suelo.
Cuando por fin me calentaba, sentía el sudor correr por la cobija de aluminio. Me destapaba pero el aire acondicionado me hacía tiritar. A la hora de comer, recibí una manzana, un churro y unas galletas. Cómo extrañaba yo una galletita María, un café negro. Me sentía muy sola. Miraba que las demás chicas hacían grupos de amistades y yo no sabía cómo. Dormía separada y comía sola. En ese momento extrañaba a toda la gente que amo y mi hermoso Honduras. Era inevitable llorar.
Cuando alguien iba a salir de la hielera, un oficial llegaba con una lista y gritaba que nos levantáramos e hiciéramos una fila. Mencionaban nombres y más nombres … y mi nombre no estaba en esa lista. Era una tristeza para mi porque ya no quería estar más ahí. Al rato, vino otro grupo nuevo de chicas que me hacían preguntas de cuánto tiempo tenía de estar allí.
Me acosté a dormir me envolví bien los pies y todo mi cuerpo y procuré dormir. A lo lejos, se escucha los pasos del agente y se metió en el cuarto donde estaba yo con los demás chicos nuevos y gritó los nombres de quienes se iban. Cuando por fin mencionaron el mio, yo grité con emoción y dije ¡soy yo!
Intenté levantarme de una. Pero se me olvidaba que mis pies estaban envueltos con aluminio y me caí, para luego levantarme rápido. Me llevaron para otro salón y había más chicas. Todas estábamos emocionadas porque ya nos íbamos de ese lugar. Un soldado nos entregó ropa nueva y zapatos.
Al fin llegó la hora de salir de Inmigración.
Yo pensé que todo había terminado y que ya iba a ir con mi familia. Pero me llevaron para una casa hogar en Los Ángeles. Estaba confundida. ¿Qué pasó? ¿Por qué nos traen aquí? Nos recibieron unas personas y nos dijeron "Bienvenidos a la casa hogar. Nosotros los cuidaremos". Nos dieron comida, ropa, peluches y zapatos.
De ese lugar no me quejo para nada. Nos trataban muy bien. Cada uno tenía una consejera quien nos iba a ayudar a llegar a casa. Mi consejera me preguntó muchas cosas, y me dijo que si me gustaría hablar con mi abuela. ¡Me dio mucha alegría! Tantos días sin llamarla y ya tenía un nudo en la garganta.
Cuando me dieron el teléfono y pude escuchar otra vez la linda voz de mi abuela, lo primero que le dije fue: "abuela, te amo mucho y nunca la olvidé". Ella dijo que también me amaba y que todo estaría bien porque toda la familia estaba orando.
Con esa llamada entendí que tenía que ser paciente hasta que llegara el día de irme. Conseguí 5 amigas y todas las noches orábamos para que todas llegáramos a nuestro destino pronto.
Un día dicen el nombre de mi amiga, y que recogiera su ropa porque ya se iba para su destino. Yo me estaba despidiendo de mi amiga y después dicen mi nombre. Llegó la hora de irme!!!! Estuve 12 días en la casa hogar. Me subí por primera vez a un avión. Fue horrible. No podía escuchar nada y tampoco podía dormir. Fueron muchas horas de viaje y por fin llegué a Charlotte, Carolina del Norte.
Mis tíos me estaban esperando y mi primito hermoso que yo tanto amo, también me estaba esperando con mucha emoción. Yo estaba emocionada y nerviosa. En mi mente yo decía ¿y que tal que no los reconozca? Y más bien fue al revés. Ellos no me reconocieron. Ellos miraban para todos lados y yo grité: ¡aquí estoy! Ellos corrieron hacia mí y me abrazaron. Me llevaron para la casa de ellos, que también iba a ser mi casa.
Como era menor de edad, me matricularon en la escuela South Mecklenburg High School y estoy en el grado 11.
Al principio me costaba adaptarme al clima y al horario, pero con el tiempo lo logré. Me gusta este estado... pero no se compara con mi hermoso pueblo donde crecí. Espero volver algún día y contarle a mi familia todo lo que viví al cumplir mi versión el sueño americano.
Le doy gracias a Dios porque Él nunca me dejó sola y llegué a este país sana y salva.
Ya que otros no pudieron llegar, o se quedaron a la mitad del camino porque sus cuerpos ya no podían avanzar por falta de agua, me siento afortunada. Estoy muy agradecida con Dios y con mi familia porque no perdieron la esperanza de que yo llegara a este país.