DIÁLOGO DE IMAGINARIOS ...
La Diversidad Cultural en Yaracuy
Andrés Fernando Rodríguez G (*)
Yaracuy -Este inmenso valle, extendido desde su salida al mar, en dirección al oriente, hasta las faldas de la depresión de los andes, abrazado entre fragosas serranías, inter-cordillerano, por su ubicación en la prominencia del Caribe, que va desde Yaritagua hasta la Isla de Trinidad; separado del Estado Falcón por la Cordillera de Bobare, de la cuenca del Río Turbio por la depresión de Aroa y bordeado por las estribaciones de la Cordillera de la Costa, que aquí se separa de los Andes venezolanos y de la formación Lara Falcón, que cual custodios naturales miran de cara al valle, homónimo del río que le da su nombre, con selvas de galería que acompañan el curso de los ríos, ha sido identificado a nivel del estudio de las expresiones que han identificado su tradición cultural, en buena parte de los casos, como un apéndice de los Estados vecinos (Lara, Falcón, Carabobo, Cojedes; en ese mismo orden de relación). Esto se asume quizás por un afán de uniforme, atendiendo a prácticas metodológicas en boga, con el objeto de definir regiones geográficas que, lejos de mostrarnos semejanzas invariables se nos presentan de forma particular dentro de un lenguaje común que abraza a los pueblos, a los que las divisiones políticas territoriales han separado en mapas y límites que se desdibujan en las voces de quienes atesoran la sabiduría de tiempo, conservando los aspectos particulares que les permiten mantener sus referencias vivas, en un proceso permanente de actualización (Rodríguez: 2004 7).
Desde un territorio cultural diverso, nos remitimos al diálogo de imaginarios y referentes colectivos que se transforman permanentemente para definir espacios, donde lo particular tiene sentido, pues, la hibridez de nuestra cultura se enriquece cotidianamente desde cada punto y al intercambiarse, en cada manifestación, produce la vigencia cultural en la significación de los símbolos que estas entrañan.
En este nuevo canto del alma nacional, en una zona en el tiempo [[1]] en la que tratamos de edificar y fortalecer elementos nutricios, constitutivos de los referentes de sentido que otorguen valor sobre lo que somos, desde nuestra esencia más íntima, es imperativo mirar introspectivamente, hacia la memoria que impulsa los latidos del inmenso corazón de la patria buena, “desde el fondo de los tiempos” y a lo que, a partir de allí ha despertado como espacio vital enriqueciéndola en sentimiento, orgullo y dignidad, que no es otra cosa que re-conocernos y abrazarnos a las particularidades que nos definen culturalmente, incorporándolas desde nuestro fuero interno para librar una abierta batalla de conciencias donde la victoria está concedida a quienes se puedan escribir y re-escribir, de buena tinta, desde la trascendencia de sus prácticas, ritos y tradiciones, reivindicando lo diverso, polícromo, polimorfo, pluricultural, multicéntrico y multiétnico de su hibridez cultural, poblada por la presencia imperecedera de los ancestros y Dioses tutelares, como bastión de resistencia y como fuerza de creación inagotable.
Es el auto-reconocimiento, el re-conocimiento y el respeto a los valores de la diversidad cultural, manifestada, a nuestro entender, no en las formas plurales del lenguaje, del habla, de las creencias míticas, religiosas y mágico-religiosas, de las prácticas para el manejo de la tierra y las fuerzas cósmicas, de las estructuras de parentesco, del arte, de la música, de la estructura social, de la selección de los cultivos, de la memoria gastronómica y otros atributos de la sociedad humana, sino en la significación simbólica que todo ello entraña, individual y colectivamente, más allá de su función, estructura o técnicas de operacionalización. Creemos, con Geertz, que es este nivel de significación simbólica lo que forma parte de nuestras particularidades culturales y lo que, a su vez diferencia a un colectivo social del resto de los colectivos humanos en cuanto a los rasgos distintivos de su cultura comunitaria, es decir: De su Diversidad Cultural.
Asumir este espacio etéreo donde la trascendencia del imaginario ocupa una jerarquía cardinal para entender lo que somos, a partir de lo que entendemos y asumimos que somos, teniendo en cuenta lo que para nosotros significan las expresiones que nos mueven in illo tempore, es asumir, de hecho y de suyo, el respeto a los derechos fundamentales -(El derecho a una cultura)- al capital social en tanto que capital cultural, y al uso y disfrute de los bienes patrimoniales, de cada región; a su diálogo de imaginarios.
Más allá del pragmatismo comunicacional, del exacerbado individualismo, en un mundo complejo, global y posmoderno, del malestar social y político de nuestros tiempos, con entradas y salidas múltiples, con los input y output que proponen la gerencia y el marketing, la tradición cultural de los pueblos sigue resistiendo; estableciendo una conexión con lo trascendente, con ese fuego vivificador que abraza y no quema, que refresca el alma a cada sorbo, re-inventando y re-inventándose a cada paso, no como “la memoria de una ruralidad perdida”, sino como razón de ser y de explicar nuestra presencia cósmica en el universo.
Por eso, la gran diferencia entre quienes reproducen los valores de la diversidad cultural y los cultores auténticos que se nutren de las linfas inmensas de la sabiduría ancestral atesoradas en su memoria, está en la pasión que bien señala Trías y en la autenticidad que ella otorga al saber trascendente (Valga la reiteración en esto último).
El hacer y el saber de los pueblos creció libre, cuando el potro del tiempo colgó la brida en el viento para seguir su paso sin vacilación. Por ello, hay que conocer las expresiones que constituyen la diversidad cultural, la cultura de la sangre que señaló García Lorca, pues, como dijo Don Fernando Ortiz: “un pueblo que se niega a sí mismo está a punto de desaparecer” y… hay que desterrar esa sentencia, como posibilidad, para negarse a correr tal suerte…
Abordar la Diversidad Cultural como espacio capital para un análisis que permita comprendernos como lugar de infinitas voces donde el imaginario dialoga constantemente con el acontecer del día a día, fundiéndose y re-inventándose, sin perder los fundamentos originarios que constituyen sus razones de sentido, es lo que propone el presente ensayo.
Un trabajo que permita un acercamiento amoroso a las expresiones que definen la Diversidad Cultural de Yaracuy, tratando de no caer en la ominosa tentación historicista, en la simple cuantificación de datos o la “recetarización” de expresiones delineadoras del sentido humano que otorga la noción de ser yaracuyanos, en el que no podemos menos que fundamentarnos en la metodología cualitativa, sustentados en una experiencia de trabajo de más de veinte años de vivencias con los “viejos” cultores, portadores de la memoria ancestral del tiempo profundo, raíz firme de su cultura comunitaria.
Un abordaje que privilegia, principalmente, acudir a los trabajos de campo, a la investigación acción, a las historias de vida, sin dejar de lado la consulta biblio-hemerográfica, para trazar un hilo discursivo que comulgue con lo poético, con lo humanístico, con la memoria, con la significación, con lo sensible que entrañan, per sé, los actores, expresiones y formas de representación del mundo subjetivo y objetivo del hombre, que actúan como sustento en el imaginario de nuestro gentilicio.
De allí que no proponemos una vía unívoca, arrogante, que nos divorcie de la sabiduría atesorada por quienes nos han entregado un legado que da cuenta de lo que somos, partiendo de la alteridad como fundamento válido para construir nuestro propio método a través del descubrimiento y comprensión del universo simbólico del alma popular, desde la palabra y el hacer constitutivo de la tradición y sus actores fundamentales, que, a través de un viaje, se expresa como metáfora, bosquejando la diversidad cultural de los pueblos de Yaracuy.
Polícromo verdor… Yaracuy…
Acercarnos al vasto terreno de significaciones de la diversidad cultural del Estado Yaracuy, supone, no sólo señalar las particularidades dentro de las presencias culturales que lo pueblan, sino también y sobre todo, las formas en que estas se manifiestan dentro de los modos de hacer y en las manifestaciones del saber que colectiva e individualmente se manejan desde los depositarios del alma del tiempo ancestral, en este territorio de profusos verdores, como anclajes firmes que despiertan en el ser humano un ligamen vital con la tierra y con la memoria.
En esta región, donde el ancestro karibe, arawak y chibcha-jirahara traspasa los límites del exterminio forzoso de su presencia física para prolongarse en sangre y representaciones trascendentes, donde los hijos del cinturón bantú resistieron, tierra adentro, prolongando sus raíces por encima del tiempo y donde la impronta de la conquista y de una historia colonial sellada por la presencia de los sacerdotes capuchinos desde las misiones de Nuestra Señora de la Caridad de Tinajas, Nuestra Señora del Carmen, Buría y San Francisco Javier de Agua de Culebras, aun cuando violó, con sus principios teológicos y sus afanes territoriales, el alma y el cuerpo de los habitantes originarios y de su territorialidad, produjo el parto de otro tiempo, fundido en una historia -Que somos- lo que arroja como resultado, entre otras cosas, una doble sacralidad, donde conviven los dioses ancestrales con los símbolos del cristianismo, legando, además, una memoria que piensa y habla en lengua hispana, marcada, de suyo, por la presencia musulmana y romana, a la que se agregan vascos y canarios insulares, acompañados, según ubicación territorial por alemanes e ingleses, conviven las expresiones que mejor definen socio históricamente al yaracuyano, bajo un sol de brillo radiante que recibe recurrentemente el beso de impenitentes lloviznas.
Yaracuy es una provincia diversa desde su génesis sociocultural, con espacios telúricos que difieren entre sí, a veces de modo contrastante, en apenas 7.100 kilómetros cuadrados, por lo que podría hablarse de diversidad dentro de la diversidad.
Al ser una provincia de pequeña extensión territorial, que ocupa el 0.77 % del territorio nacional -Integrada por 14 Municipios- y que comparte fronteras por las diferentes direcciones de sus puntos cardinales, muestra influencias de sus zonas cercanas, tanto en la manera de ser de su gente como en las expresiones que definen su tradición cultural, lo cual no permite asomar como posibilidad cierta la existencia de un arquetipo de yaracuyano, toda vez que las características de sus habitantes difieren, no sólo en cuanto a rasgos físicos, sino también en cuanto al comportamiento, usos y costumbres, incluidos los rasgos que definen su idiolecto y la carga histórica sembrada en su imaginario.
Lo anterior se entiende al observar nuestro proceso de conformación sociohistórica que, a partir de la presencia española dando pasos adentro en la “tierra de gracia”, comienza a dibujar una nueva dinámica afianzada por la licencia “para descubrir y conquistar una amplia faja del territorio” dictada por Carlos V en 1528 y fortalecida, en la prefiguración de lo que será nuestro caso particular, con la fundación del Real de Minas de San Felipe de Buría en la mitad del siglo XVI y la llegada del contingente de mano de obra traída africana, en calidad de esclavos, al comienzo del siguiente siglo, comenzando una nueva mezcla que será determinante para la conformación de nuestra tipología humana, donde se dispersan en territorio de La Costa desplazando a los pocos aborígenes aposentados en la zona, pues, para la época, la corona prohibió el uso de indios en el trabajo de labranza. Con la llegada de Juan de Ampíes, fundador de Coro, quien llega a esta tierra proveniente de Santo Domingo, comienza el proceso de explotación de caña de azúcar, iniciándose desde la primera ciudad de tierra adentro: El Tocuyo, en 1547, esta etapa de aprovechamiento que trajo consigo una carga de desigualdades y una reconformación del tejido social y humano de Yaracuy, destacando que, para la época, el azúcar es considerado un producto medicinal, para ahuyentar, entre otras cosas, el mal de amores, consumido por los nobles y llevado a Europa durante todo este tiempo de afianzamiento de la corona en el nuevo mundo.
Hasta el mar, por el cauce, entonces navegable, de los ríos Yaracuy y Aroa, el cacao, oculto tras las voces de los grillos y el aire misterioso que divide el ocaso y la alborada, surcó las aguas para llenar las embarcaciones holandesas y más tarde, a la luz del gran astro, las naos españolas. Se conforman y reconfiguran los curatos constantemente, dividiéndose, se funda, por Real Cédula de Felipe V, Cerritos de Cocorote. Aparece en la escena histórica Andrés López del Rosario (Andresote), en 1730. Casi un siglo después, siendo Venezuela un Departamento de la República de Colombia, tres cantones de su territorio (Nirgua, San Felipe y Yaritagua) pertenecen a la provincia de Carabobo, constituyéndose, para 1829, luego de la caída de la 1ra República, en un territorio aún más dividido, pues ya no es sólo lo territorial sino también lo político lo que acentúa las divisiones, situación que se mantiene incluso al separarse Venezuela de la Gran Colombia, bajo el mandato de José Antonio Páez, manteniéndose esta situación de indefinición territorial a lo largo del tiempo, pues sus cantones pasan, de ser parte de la provincia de Carabobo, a la provincia de Barquisimeto, hasta 1855, cuando se constituye en Provincia de Yaracuy, integrada por los cantones de San Felipe, Yaritagua y Nirgua, creándose, además los cantones de Urachiche, Guama, Aroa y San Pablo, pero sin posesión territorial de Nirgua que sigue enmarcada en jurisdicción de Carabobo hasta 1857, reconociéndosele la condición de Estado en la Constitución de 1864, la cual pierde 17 años después para pasar a ser parte del Gran Estado de Occidente, para recuperarla en 1899 y ser incorporado al año siguiente al Estado Lara, pasando nuevamente a ser autónomo en 1901, para formar parte, a los tres años siguientes, del Gran Estado Lara, hasta 1909, cuando la nueva división político territorial le devuelve su condición de Estado Autónomo.
Como referencia particular, puede decirse que Marzo ha sido providencial en la historia de Yaracuy, particularmente de su capital, pues, en marzo de 1729 se dicta la Real Cédula de Felipe V que le reconoce la categoría de ciudad, destruida 83 años después por el terremoto del 26 de marzo de 1812.
43 años trascurrieron hasta el 19 de marzo de 1855, cuando se firma el ejecútese que crea la provincia de Yaracuy y cuatro años después, igualmente en marzo, en 1859, en plena concreción del federalismo, el General Ezequiel Zamora lo proclama como Estado Federal, pero, esta cadena se rompe meses después, específicamente en Julio del mismo año, perdiendo esta condición para volver a ser provincia en manos de los conservadores, con resistencia armada en Urachiche, bajo la égida de Prudencio Vásquez, siendo restituida su categoría de Estado en el mes de agosto, por parte del General Juan Crisóstomo Falcón, manteniéndose luego el territorio en un cíclico ir y venir determinado por las luchas de la federación, las cuales perdieron fuerza con el súbito asesinato de Zamora y el repliegue de Falcón, fuera de Venezuela, hasta su regreso, en 1861, luego de sucederse diversos escenarios de lucha en su territorio y fuera de él.
De allí que, como ya fue dicho ut supra, no puede afirmarse que exista un yaracuyano tipo, lo cual valida, a la luz de este Yaracuy de hoy, lo afirmado por Antolínez hace casi sesenta años atrás.
Yaracuy… particularmente diverso:
En un intento de aproximación a un retrato hablado de esta comarca con forma de oso hormiguero, puede definirse una zona poblada mayormente por afrodescendientes, ubicada en la costa yaracuyana, en el bajo Yaracuy, poblado por los herederos de loangos, tarí y mandingas que, adorando a San Juan, mantienen la conexión cósmica con sus dioses ancestrales, perteneciente al municipio Veroes, dividido a su vez en dos espacios disímiles que no se corresponden, desde su perfil sociocultural, con la división político territorial. Una zona mágica, los predios de la Diosa de Yara, entre los Municipios Bruzual y Urachiche.
Una zona de apariencia apacible que coquetea, a ratos, con la suave neblina que se aloja en las montañas y en el Picacho, bajo el amparo protector de La Virgen de la Victoria del Prado de Talavera, en los antiguos predios de Santa María de la Onza (Municipio Nirgua), fraccionado geográficamente con respecto al resto del Estado, por la sierra del mismo nombre, cuyo carácter particular se robustece en el tiempo por todos los hechos que a través de la historia lo integran y desagregan de este territorio, de modo constante, en la división político administrativa, constituyendo esta ciudad, hoy día, un núcleo aparte en la noción del espacio cultural yaracuyano. Una zona de fuerte presencia agrícola y pecuaria que se extiende por los municipios Bolívar y Manuel Monge y una zona intermedia, conformada por los municipios ubicados hacia el centro del Estado (Arístides Bastidas, San Felipe, Urachiche, Independencia, Cocorote, La Trinidad y Páez), que constituyen un inmenso valle, desenvuelto en un ambiente introspectivo coronado por los cantos de velorios, la música de cuerdas y las vetustas formas artesanales, en comunión con la tierra y sus cantos eternos.
En Yaracuy están presentes, como resonancias profundas de las voces del tiempo, la pervivencia ancestral del venado, la serpiente fecunda y totémica, el jaguar imponente en acechanza constante de la preñez femenina, el rostro mítico de la danta, la presencia providencial de los muertos convertidos en leyendas, en cuentos de la tradición oral, en ceremonias íntimas dedicadas a las almas…
Yaracuy en lo diverso de su tradición:
Acudiendo a una necesaria enumeración, como recurso y a la metáfora del viaje como espacio de reencuentro del ser humano -En tanto que impenitente buscador de verdades- de modo fraterno, con su propia esencia, para adentrarnos en “ese juego de espejos que somos” en la “imagen móvil de la eternidad”, podemos decir que, desde que el año recién pestañea en el amanecer del nuevo tiempo, pleno desde siempre de añeja sabiduría, cuando comenzamos a contar, con las cabañuelas como guía; se despiertan también las formas artesanales en la mano y en el pulso de los herederos de esta tradición que en Yaracuy es patentizada en tejidos duros: Cestería (Revisteros, barriletes, moisés, pañaleras, papeleras, cestas de cargar café…), en la comunidad de Sabaneta (Munic. Sucre), y en Cocorote (Munic. Cocorote); en la fabricación de sombreros (Los Ureros - Munic. Bolívar); en alfarería en Camunare Blanco (Munic. Arístides Bastidas), mostrada en tinajas, ollas, budares, pimpinas y floreros; en tallas en madera: Bustos, bateas, pilones, juguetes (Munic. Nirgua, Independencia y Veroes), en tallas en madera policromada: Ángeles, Vírgenes, Santos… que crecen bajo la mirada vigilante de María Yolanda Medina, en La Blanquera (Munic. José Antonio Páez); en la fabricación de instrumentos musicales que buscan la perfección sonora y un excelente acabado estético en cordófonos como el cuatro, la mandolina y la guitarra (Munic. San Felipe, Cocorote, Sucre y Nirgua) y membranófonos como las tamboras y cumacos (Munic. Veroes y Cocorote y San Felipe); por la labor de trenzado de tabaco (Munic. Veroes), y de aparición más reciente, pero no menos importantes, la fabricación de artesanía en cepa de plátano en Taría (Munic. Veroes), el tejido con vetiver, en Guarataro y La Marroquina (Munic. San Felipe), la artesanía con bambú, también en San Javier y el papier maché en Boraure (Munic. La Trinidad).
Luego, marchamos por el camino de la esperanza, con el sol intenso y la brisa fuerte, después de participar de La bajada de los Reyes Magos, que vienen a visitar a Cocorote y e Independencia cada 06 de Enero; nos detenemos en la grandeza infinita de la gastronomía tradicional. Esa que mantiene el apego con los frutos de la tierra, donde la presencia del maíz, la yuca y el plátano nos señalan también la memoria del ancestro en cada espacio: Así la cachapa, el majarete, la mazamorra y sus secretos más íntimos, los corta’os, la singularidad de la arepa chocha (Munic. Bruzual); el funche, el dulce y el bolón de plátano, la cachapa y la hayaca de angú, el sacuso y el ponche de San Juan, en las comunidades de afrodescendientes, y un poco más allá, en el mismo territorio, el cazabe, en las comunidades de La Raya y La Yuca (Munic. Veroes); los mojones del obispo, la gallina sudada, la torta melosa, las cocadas, los dulces de plato (Munic. Bolívar); los quinchonchos guisados (Munic. Urachiche); el ponche de San Juan, el turrón de maíz cariaco y la falda nirgüeña (Munic. Nirgua); las longanizas de las Emán (Munic. Independencia) y las de Guama; los pavitos o pavitas (Munic. San Felipe y Bolívar); la jalea de mango, el dulce de ciruela de huesito y la ciruela misma que sirven para compartir la época de su cosecha, dan cuenta de los sabores recibidos y preservados para beneplácito, de la reminiscencia gustativa que nutre con gusto esta tradición de ambrosiaco cuño, junto a las conservas de coco, los coquitos abrillantados, el dulce y las conservas de lechosa y de toronja o martinica.
Ante un prolongado paréntesis en el calendario y la atemporalidad de algunas fiestas, nos encontramos de frente con algunas expresiones resistidas a ser colocadas en un rincón oscuro, que muestran su faz plena de esa alegría que siembran los pájaros cuando amanece. Así, los instrumentos de cuerdas (Cuatro, mandolina y guitarra), en la polka, el fandanguillo y la mazurca dejan oír sus acordes de picaresco gozo en las montañas de Nirgua (Munic. Nirgua), permeando hasta la comunidad agrícola de Santa María (Munic. Cocorote) y hacia el estado Cojedes, junto a los valses, merengues y pasodobles instrumentales que establecen una comunión con el lar solariego, en toda la extensión geográfica que nos acuna; el Baile de El Papelón, con su espíritu lúdico y festivo, nos alcanza en Urachiche (Munic. Urachiche), El cirigüé y el joropo de arpa se muestran en los cuerpos, voces y alegría del veroense (Manifestaciones en proceso de reapropiación por parte de las comunidades); el joropo jorconia’o, de la comunidad de Campo Amor (Munic. Nirgua), con su cambio sucesivo de compás en 2/4 y 3/4, Jacinto y su burriquita, en las avenidas de la ciudad capital, el baile de cintas, que aun extraña a su mentor y custodio, Don Rafael Rivero, en Camunare (Munic. Arístides Bastidas) y los cantos de trabajo: de lavanderas y de trilla, que lejos de las aguas corrientes del río de San Javier de Aguas de Culebra, siguen resonando en el recuerdo de quienes hasta ayer hicieron grata la faena en sus orillas.La Cruz de Mayo se viste de colores para recibir sus velorios, cantados en dúos masculinos y con cuatros de diferente afinación que acompañan la entonación de salves, tonos y décimas, la Cruz aparecida, con sus cantos a tres voces masculinas y sus décimas recitadas, espera silenciosa en La Raya, San Luis y Bella Vista (Munic. Veroes), tallada en la piedra epifánica que la acuna, para su adoración, la Virgen (Del Carmen, Santa Ana, de Altagracia, de Lourdes…), los Santos (San Juan, San Antonio blanco y San Antonio negro, las Tres Divinas Personas…), y las ánimas de los difuntos, con sus velorios cantados a capella, siguen canalizando la devoción y la fe de los pueblos, en un ciclo recurrente de 9 años que van desde la última noche, pasando por el cabo de año, para finalizar en la entrega…
Nos sobreviene Corpus Christy y los Diablos de Nirgua (Munic. Nirgua), en paralelo con los Diablos de Sabaneta (Munic. Independencia / Ambas manifestaciones en proceso de reapropiación comunitaria), inician su recorrido poblado de trajes y máscaras de colores, conjurando el mal con el cuerpo en movimiento. Estamos en Junio, con el sol en posición cenital y, después de Corpus, San Antonio recibe el mes con velorios y tamunangue, en la zona limítrofe con Lara y, más adentro, en Chivacoa, mostrando también la devoción en su capilla de Guama, bajo el cuido esmerado y bondadoso de Delia Méndez.
Canta el tambor y Osún, trasmutado en la figura de San Juan Bautista, abraza a los veroenses desde la víspera de su fiesta, para ser bautizado en los ríos cercanos y ser paseado por el pueblo, celebrando su fiesta, poblada de ritmo y del ancestro yoruba, con sirenas, sangueos, golpia’os y corrí’os, al ritmo de tamboras, cumacos y toricos, añorando la sonoridad lejana de la tarimba.
Las procesiones de Semana Santa, de la mano de la iglesia católica, se prolongan en un tiempo sin tiempo y en un entrar y salir, donde se desdibujan la religión hegemónica y la religiosidad popular, para perpetuar los lazos de fraternidad y respeto en el colectivo.
Pero, recorrer Yaracuy es recorrer la oralidad como camino interminable en las andanzas de quien a él se acerca con respeto y deseos de búsqueda.
El yaracuyano, si bien, en muchos casos, impersonal en la entonación, por estar en un territorio de paso entre dos grandes Estados que siempre lo han surcado a través de la historia, tiene una forma particular de hablar, no sólo en la entonación fónica o en el sonsonete, propio de quienes de aquí somos.
Los yaracuyanos, “los caras e’ chuta”, “los brujos”, “de la tierra de María Lionza”, en general, respiran en la fuente de la tradición oral, expresada en el habla, en cuentos, en chistes, en refranes, en frases, en leyendas y en la fuente de inagotable profundidad que entraña el mito.
Formas características del castellano antiguo, como las terminaciones en ais: vais, estabais, estáis, veníais, acompañan la cotidianidad del lugareño, para quien es común el uso del arcaísmo conocido como voseo, donde se trata de vos en lugar de Tú y Usted y en algunos casos se da la unión del tú y el usted; ejemplo: “¿Vos no vais?” o “¿Tú no vais?” y hasta se “manda al carrizo” a cualquiera acudiendo al gesto de rigor acompañado de la frase “cogé pa vos…” y haciendo la exclamación de asombro negatorio al expresar: “¡Júrgate vos!”, de modo natural y sin posturas, equivalente a un ¡vacié! de otras zonas del país.
La puerca de los siete lechones continúa sus andanzas en San Felipe, cerca de la Cruz de Valle Hondo, por los lados del Zanjón de Blasina, mientras presencias como la de Faustino Parra, siguen defendiendo al desvalido, perpetuando su nombre en cuentos, refranes y frases, y en las voces de cantores populares, decimistas, poetas, rezanderos, curanderos y yerbateros, que aún siguen acudiendo al poder natural de las plantas y los “licores de monte”.
Faustino Parra, transformado en la memoria en un personaje de leyenda, se eleva a la categoría de ánima milagrosa que favorece las peticiones de sus fieles, quienes a través de los exvotos colocados en la imponente faz escarlata de la legendaria tumba, que oculta la traición artera de su muerte, le expresan la fe y la confianza que su benevolencia esparce en toda esta comarca, donde vuela, convertido en ave, para posarse en las casas de quienes creen en él. Faustino Parra, el de Pereira, “el de Caicara”, el que, a pesar de la fama de pendenciero, desalmado y “matador de gente” que le otorgó la pluma del también yaracuyano Manuel Rodríguez Cárdenas, sigue haciendo milagros y cantando desde la copa de los rojizos bucares que abundan en esta zona poblada de memorias tutelares. Que, se eleva al cielo en la cotidianidad y en las fechas en que le ofician como tributo sus velorios cantados, cada 29 de Noviembre, en su pequeño pueblo: Caicara, desprovisto de plaza Bolívar, pero con la plaza mayor bautizada con el nombre de uno de sus hijos, defensor de la justicia y la igualdad social.
Llegamos a octubre y María Lionza, figura protectora de Faustino Parra, quien portó consigo, como contra, tres uñas del danto que ella monta, recibidas de su mano en la hondura de la fronda montañosa, encarna la presencia ancestral del mito, que genera a su vez, como todo mito que se precie de serlo, la patentización de un culto con los ritos que lo pueblan.
La Venus Americana, [[2]] generadora del mito vivo de mayor importancia y trascendencia en nuestra nación, cuna del Mito de origen que da cuenta de una genealogía a manera de “justificación maravillosa”, siguiendo la hermosa interpretación de Antolínez.
Fenómeno religioso, aun en pleno estado de latencia y siempre en proceso de re-actualización constante que nos trasciende y que constituye per sé un territorio particular de nuestro imaginario.
La Diosa de Yara, Diosa de las Cosechas, la Princesa Ojos de Agua, Madre de la naturaleza y protectora de los animales del bosque, Diosa de las Aguas, Esa de nube y misterio / la que a orilla de los ríos / adoraron otros pueblos… [[3]] extiende sus dominios más allá del tiempo desde su Altar Mayor, en Sorte, acompañada de el Libertador Bolívar, Lino Valles, el negro Felipe, el cacique Guaicaipuro y otros espíritus de luz que habitan en el corazón de sus montañas donde gravita perpetuamente un espíritu de libertad...
Nos sobreviene el ciclo navideño y dejamos atrás el camino recorrido para adentrarnos en la celebración del solsticio de invierno. La presencia del sol y su fiesta cósmica cambia de dirección para mostrarse en una faz inocente. Así, a cada paso de los días, todos los años nace y renace la luz del tiempo, la luz de Dios… Sol de fulgor eterno y símbolo de fraternidad humana que nos permite ver salir a El Niño de Guama, El Niño de Cocorote, El Niño de La Trilla, El Niño Carmelito, El Niño de Cayuve y El Niño de los cachitos, rememorando la presencia del ciervo en la sonoridad de los cachos de ganado y la media luna de los turcos en la mitra que corona a su instrumento idiófono emblemático: El Chineco.
El Niño muestra un rostro inocente y de inocentes es la celebración donde Los locos de La Raya (Munic. Veroes / Manifestación en proceso de reapropiación), y los de Cocorote se reinventan en la fantasía lúdica que los prolonga en la tradición cultural de Yaracuy, cada 28 de Diciembre.
Juegos como La garrapata (Munic. Veroes), juguetes como las metras, el trompo, la perinola, el papagayo, la zaranda, las bolas criollas, los bolos -Perdidos en la práctica cotidiana pero abrazados a la memoria en su añoranza- las peleas de gallos, los toros coleados y el juego de garrote, dan cuenta de ese espacio de realización humana que se mantiene, siempre pidiendo nacer, más allá de la edad y las épocas.
En este “…lienzo de paisaje que la naturaleza -Artista huraño- colgó para nosotros un día de ‘vernissage’, entre dos árboles”, que Alberto Ravell dibujó con ilustrada pluma, para describir a uno de sus pueblos, nos acompaña la magia del lugar que bien apunta Chesterton.
Lugar representado en su estatuaria, donde destacan las obras de Alejandro Colina: El Cacique Yaracuy -Haciendo caso omiso a la racionalidad histórica positivista- en San Felipe y la réplica de María Lionza, realizada por Silvestre Chacón para preservar la creación del maestro Colina, de reciente colocación a la entrada de Chivacoa, pero sembrada en el inconsciente desde siempre; la escultura ecuestre de José Antonio Páez, en una de las entradas de Cocorote y los Santos patronos que hoy exhibe el Museo Vial Religioso. Las plazas, las iglesias, los petroglifos de Campo Elías y Nirgua, las ruinas de San Felipe El Fuerte, el Palacio Federal de Gobierno, los puentes gomeros de Urachiche y Veroes, Mayurupí, el Castillo de San Vicente de Buría (Único fortín español de tierra adentro), Las minas de Aroa, el cementerio de los ingleses, La Cruz de Milla, La Cruz de Capuchinos, La Cruz de Valle Hondo, los calvarios, las vírgenes, en cuanto a patrimonio edificado. El patrimonio natural: Los ríos (Nirgua, Yurubí, Marcano, Taría, Cabria, Macagua, Guayabito, Cocorotico, San Javier, Guarataro, Los Ureros, El Diamante, Gusanillal, Mayorica, Guama, que nace en la Sierra de Aroa, Aroa, que brota desde la sierra homónima, Yumare, Campo Elías, Nirgua, Buría, La Peña, El buco y el río Yaracuy, que nace en el cerro La Enjalma, en Urachiche, y desemboca en el mar de las antillas, en la punta donde se encuentran los límites de Carabobo, Falcón y Yaracuy …); las montañas de Sorte, El Loro y Quibayo con su energía inmanente, el Cerro de Los Muñones, el Cerro La Matica, la Fila de La enjalma, la Serranía del tigre, El picacho de Nirgua, Marimón; los árboles: El samán de Guama, La ceiba tambora, de San Pablo, la Ceiba de Los Gusanillos en Urachiche… La flora, donde resaltan las palmeras mapora, los chaguaramos, la rosa de montaña, los bucares, apamates, araguaneyes, totumos, cedros, el cacao, el almendrón, el mango, la lluvia de oro, el rabo e’ ratón. La fauna, con la danta, el jaguar, la mapanare, la hila yaracuyana, especie endémica localizada en los predios de Aroa y el caimán del río Yaracuy, nos encuentran con un paisaje que nos pertenece por heredad legítima.
Paisaje que no es sólo una imagen visual, sino que está poblado de olores y de impresiones sensoriales.
Así, según la época, Yaracuy se nos presenta, dentro del relente salitroso que le viene de la costa y lo envuelve junto a su elevada temperatura; calor y humedad poblada de amarillos, con matices rojos y rosados que huelen a espacio abierto, que dejan el aroma del mango para hacernos saborear la jalea antes de que sea hecha, el olor del grano nativo quemado en el fogón cuando el cedro asoma sus estrellas fabuladas, el sabor del jobo, de las peritas, del almendrón que anima a asomarse en lo más íntimo de su corazón, que se adorna con las “lunas de jabillo”, esos cachitos que desde siempre seducen a la creación y se preña de verdes en toda la majestuosidad de sus montañas para reiniciar el recurrente ciclo anual en el que se sigue moldeando su historia a través de imágenes que dan nacimiento a otras y otras más, para siempre.
Todo ese paisaje, concreto y abstracto, perpetuado en la creación poética y musical, nos aferra a la presencia imperecedera de Manuel Rodríguez Cárdenas, Franklin Sánchez, Jesús Reverón Gómez, Martín Rodríguez Roa, Arístides Sánchez, Teófilo Domínguez, los hermanos Ottón y Nery Carvallo, Pedro Zárraga Barreto, Pálmenes Yarza, Morita Carrillo, Abigail Lozano, Julián León, Otilio Galíndez, René Rojas, Leonor Bernabó, María Clemencia Camarán, José Parra, Gilberto Antolínez, Pedro María Sosa, Rafael Clemente Arráiz, Alberto Ravell, Pedro Antonio Vásquez, Elisio Jiménez Sierra, que son también parte del legado patrimonial de la memoria que nos guía como referente de importancia cardinal.
El patrimonio vivo, donde caben nombres como Rosa Monagreda, Nemecia Graterol, Úrsula López, Eloy Sevilla, Sebastiana García, Yolanda y Nancy Estanga, Juana Landínez, Esteban Graterol, Gustavo Espinoza “Lelé”, Rafael Moreno, Eligio Ruiz, Jóvita Mendoza de Suárez, María Yolanda Medina, Elsa Morales, Félix Gregorio Pinto, Domingo Gutiérrez, Domingo Escalona y tantos otros que se constituyen en referencias vitales… El patrimonio documental (Periódicos [El Chuzo, Recortes…], libros y colecciones particulares), patrimonios espirituales como Cecilia Mujica, Carmelo Fernández, Félix Pifano, Arístides Bastidas, José Vicente Peña, Rafael Zárraga, Antonio Sánchez “El poeta campesino”, Evangelisto Díaz, Clemente Álvarez, Sótero Ramírez, Edgar Giménez, Rafael Rivero, Encarnación Montilla, “Chun” Morales, Víctor Carrera y otros más que se fueron temprano, “por el camino de las estrellas”… “hacia el más azul de todos los azules”…
Las Ferias de Mayo, como espacio de reencuentro, la tradición deportiva imborrable que entrañan las glorias del lar natal, encarnadas por siempre en equipos como Bucaneros, el Sandino, de Guama, los Rojos de la Independencia, las Estrellas de Veroes, y en individualidades como Jóvito Rengifo, Pedro Maya, Luis Alberto Domínguez, Derling Graterol, Fanny Sevilla, Beyker Graterol, Melvin Mora, Marco Scutaro, Néstor Zerpa, junto a voces aborígenes como Cocorote, Yaritagua, Guama, Chivacoa, Obonte, Tamanavare, Urachiche, La Cumaragua, Guatanquire, Boraure, Aguaruca, Guararute, Caicara, La Barimisa, Camunare, Aroa, Cayuve, Poa Poa, Cumaripa, Quiriquire, Marimón, Yumare, Uribeque, Nirgua, Cuara, Iboa, Quibayo, Quigua, Yurubí, Yaracuy, Tacarte y Uadabacoa, y otras de gentilicio africano como Taría, Buría, Macagua, topónimos que nos dicen algo desde los caminos silenciosos de la memoria para entonar los cantos de la tierra que nos cobija, en cuya diversidad cultural nos encontramos en un espacio de comunión que nos conecta con la yaracuyanidad, nos despiden sin ambages en este recorrido por los derroteros de este Yaracuy verdoso, poblado de presencias imperecederas, diciendo: “[…] sólo sé que el recuerdo de quienes ya no están conmigo me sostiene desde lo más profundo de las cosas” [[4]].
El camino sigue -Y seguirá- ahí… callado… largo… esplendoroso… esperando siempre la presencia del viajero y sus inquietudes, para seguir reinventando el tiempo en su diálogo de imaginarios, en un territorio que se nutre y se proyecta desde lo íntimo de cuanto significa para su gente y para quienes a esta tierra se acercan, con el amor como enseña, para convivir con la trascendencia simbólica de su diversidad cultural.
San Felipe - Yaracuy - Venezuela.
(*) Docente, investigador, poeta y músico yaracuyano. Fundador del Archivo Regional de Folklore del Estado Yaracuy (arfey_ve@yahoo.es / arfey.ve@gmail.com / arfey.arfey.com.ve).
[1] “Una zona en el tiempo”: Título de una producción bibliográfica del poeta bruzualense José Parra.
[2] La Venus Americana: Nombre dado por el escritor atarigüeño, sembrado entrañablemente en Yaracuy: Elisio Jiménez Sierra, a la Diosa yaracuyana María Lionza, que titula una de sus publicaciones.
[3] Fragmento del poema María Leonza, de José Parra, editado en plaquette por el Ministerio de Educación en 1954.
[4] Fragmento del poema - (Inédito) - "Mi abuelo, el que tocaba el bandolín", del poeta, periodista y dramaturgo yaracuyano Rafael Zárraga.