¡A escribir!
Silvia Loyola
Diciembre de 2024
Para algunxs la escritura puede ser fuente de disfrute, espacio de catarsis o, como para mí, el lugar donde exorciso miedos y fantasmas. Sin embargo, para otrxs puede ser todo lo contrario. Incluso se llega a vivir como una tortura cuando existe obligación de escribir por cuestiones laborales, por ejemplo, generando malestares emocionales y físicos.
Me topo muchas veces con personas que padecen la escritura sin poder escapar de ella. También encuentro a otras que creyendo que escribieron un texto maravillo reciben devoluciones frustrantes porque no lograron transmitir la idea que les parecía tan evidente.
Analizando estas situaciones he podido inferir que, por lo general, existen frente al acto de escribir prejuicios construídos desde muy temprana edad, quizás desde el mismo momento de la alfabetización durante la trayectoria escolar. Estos prejuicios y representaciones se van reforzando a lo largo de la vida, alcanzando durante el cursado de estudios superiores —cuando la escritura supone, además, el conocimiento y dominio de las convenciones propias de la escritura académica— dimensiones superlativas que se viven como verdaderos obstáculos desmotivadores.
Mi escritura ha estado atravesada por la práctica de escribir sentires (desde muy pequeña), por el afán de escribir una novela (también desde muy pequeña) y, fundamentalmente, por el ejercicio de la escritura académica desde que comencé a estudiar la carrera de Historia hace casi cuarenta años. En muchos momentos, a lo largo de estos años, las formas se cruzaron, se mezclaron y con el tiempo, definieron mi estilo.
Al igual que yo, hay otros que deseando escribir, escriben. Porque escribir es una decisión que supera tanto el mero sentimiento como el mero racionalismo. Supone la disposición, en primer lugar, de crear un espacio-tiempo de trabajo, donde la constancia resulta la clave si el objetivo es ser escritor.
La segunda decisión para que el proceso de escribir se viva con libertad y placer -tratemos de evitar la obligación- es leer... hay que leer mucho y leer variado. La lectura constante nos introduce en el aprendizaje de las formas y los estilos, de los géneros y la gramática sumando al placer el aprendizaje. Es como un programa que se actualiza en segundo plano. En el primer plano está el disfrute de leer... pero el plus es la posibilidad de aprender a escribir.
Todxs podemos escribir, todxs podemos publicar... es una decisión personal sobre una acción eminentemente colectiva.
¡A leer!
Silvia Loyola
Enero, 13 de 2025
Terminamos la primera nota con una loa a la lectura.
Mientras escribo esta primera oración que abre esta nota pienso en la palabra "loa". Rápidamente voy al diccionario. Porque siento que la mayoría de las veces escribo palabras cuyo significado no sé con precisión, puesto que los he aprendido a través de ese reconocimiento asociativo que me ha dado la lectura. Una loa... dice el diccionario es una palabra con varios significados -como la mayoría de las palabras- y que hace referencia a la acción de loar. Hasta allí no dice mucho. Pero... a continuación agrega que se trata de un poema dramático de breve extensión en el que se celebra, especificando que generalmente de manera alegórica, a una persona ilustre o un acontecimiento fausto. De cajón mi curiosidad se fue a buscar el significado de fausto, que también puede ser un nombre propio -pensé- a saber: Fausto. Resulta que fausto es un ser o un acontemiento feliz, afortunado, dichoso, venturoso... En consecuencia, esta nota comienza con el reconocimiento de que leer es un acontecimiento feliz puesto que es una fortuna para quien dedica el tiempo a esta actividad.
Este camino semántico, que he hecho a drede para esta nota, generalmente pasa inadvertido, se da en el plano de la insconciencia, puesto que opera una forma de conocimiento del significado de las palabras que se da a través de una comprensión contextual, es decir, de una deducción contextual. Deducimos el significado de las palabras desde un sentido común construído por la cotidianidad, el de nuestra cultura letrada. Cuando hablamos o escribimos, además, ese significado de sentido común adquiere la fuerza de la acción comunicativa, multiplicando su efecto semántico y reproduciendo la semántica construída.
En tal sentido, recurriendo al acto de deducir, entiendo desde hace mucho tiempo, que a medida que uno lee -a sabiendas que hemos nacido en una cultura letrada- vamos incorporando palabras a nuestro lenguaje que, al mismo tiempo, favorece una complejización del lenguaje como sistema, del pensamiento como estructura y, por ende, del habla y de la escritura. Ahora bien, también deduje que si nuestra lectura supera el plano de las lecturas cotidianas y sumamos literatura (sea ficción, ensayos, poesía, teatro, etc.) se multiplican las posibilidades de incorporación de nuevas palabras, nuevos sentidos y, hasta se pueden atribuir nuevos significados a palabras conocidas. La lectura sofisticada (adjetivo que uso como antónimo de lectura cotidiana) se convierte en un canal profuso de expresión que conduce a un uso crítico del lenguaje y, por ende, al desarrollo del pensamiento crítico.
Por lo tanto, reafirmo la loa a la lectura, pero sobre todo para los escritores, es decir, para aquellos que hacen del acto de escribir un oficio. Es sabido que los humanos aprendemos por imitación. El escritor no escapa a este principio. Sin embargo, cabe preguntarse por qué si estamos inmersos en una cultura letrada, leer y escribir parecen ser actividades exclusivas de nerds o de personas tocadas por el hada del talento. Las respuestas, definitivamente, pueden ser variadas... seguramente las personas lectoras podrían, al respecto, abrir debates interesantes y diversos incitando a otros en la aventura de leer.
De hecho, estoy leyendo un ensayo de Rosa Montero, escritora y periodista española que recomiendo, titulado "El peligro de estar cuerda", que pone el acento en el/la escritor/a y las potencialidades y limitaciones frente al acto de escribir. Estoy haciendo una super síntesis, pero prometo ahondar sobre este texto. No obstante, volviendo al hecho que me hizo traer a Rosa Montero a esta nota, su lectura me ha incitado a la búsqueda presurosa de palabras que no conocía, cuya cacofónica relación en el contexto del párrafo/idea/capítulo, se me antojaban como una de esas invitaciones que no se pueden eludir, pues me generan un compromiso intelectual/afectivo con los autores a los que refiere.
¡A leer!
¡Todxs podemos escribir, todxs podemos publicar!
Silvia Loyola
20/01/2025
Vengo hace unos días preguntándome sobre este lema que impuse como norte de este proyecto editorial. Así entre signos de admiración es una declaración ideológica - pretenciosa- que ya venía sosteniendo desde hacía tiempo, entendiendo que la escritura fue desde sus primeros trazos una habilidad/actividad de clase, no todxs eran ni podían ser escribas...
Partiendo de esta premisa y, desde mi lugar de docente, observé, con bastante recurrencia, que los trabajadores de la educación quedábamos excluídos para escribir sobre nuestras prácticas. No calificábamos.
Parecía que no teníamos autoridad para hacerlo.
Parecía que solo los investigadores (pedagogos, cientistas sociales, filósofos, antropólogos, etc.) tenían la suficiente autoridad como discutir, investigar y escribir sobre las prácticas docentes, luego... "sugerirnos" qué hacer para mejorarlas. En las salas de maestros y profesores solemos hacer referencia a los pedagogos de escritorio, los que además reciben el título de "expertos"... nosotrxs, lxs docentes, nunca estamos a esa altura.
Sin embargo, Paulo Freire... -¡por suerte Paulo Freire!- me gritaba desde cada uno de sus escritos que no solo teníamos autoridad para escribir sobre nuestras prácticas, sino -y sobre todo- tenemos derecho a hacerlo. Por eso, casi como un acto subversivo incentivé a mis compañerxs, desde distintos cursos de formación, a escribir... a romper con las barreras impuestas a la pronunciación de la propia palabra (reflexión y acción). Salieron de esos atrevimientos escritos maravillosos que fueron publicados y leídos por nuestros pares, muchos de los cuales luego, también, se animaron a pesar de todos los fantasmas conservadores.
Aprendimos juntxs que escribir,
es la forma de sistematizar nuestras reflexiones sobre la práctica
es la forma de profundizar y debatir esas reflexiones
por ende,
es una de las formas para mejorar nuestras prácticas.
Ese fue el impulso inicial de este proyecto.
Luego, sin embargo, la realidad.
La realidad de que vivimos en una sociedad capitalista y la publicación tiene un costo que es insoslayable. Que editar, corregir estilo, diseñar tapas, maquetar... no pueden ser por amor al arte... porque los que nos dedicamos a estas tareas somos trabajadores, como lxs docentes. El trabajo debe ser pagado. Entoces, la colaboración -que estaba en el horizonte de mis posibilidades- aparece como un concepto maravilloso, pero no milagroso.
La realidad de que no todo lo que se escribe es publicable: frente a mi lema totalista aparecían textos que no coincidían con mi "línea editorial", la que no había tenido en cuenta cuando me lancé sin paracaídas a convocar a todxs los escritores que quisieran publicar, no pasando mucho de mi convocatoria universal para que aparecieran escritores que no podría publicar nunca por su disonancia ideológica conmigo. Primera contradicción no tenida en cuenta por mi afán de hacer accesible la publicación.
Pero no fue la única contradicción. La realidad es que no todo lo que se escribe es literatura. ¡Terrible pero real! Sin embargo, de todos los "no todo" este último es el que aún me hace ruido. Quizás porque es el único al que le encuentro una fisura por la cual colarme y cuestionar.
El cuestionamiento está puesto no solo en el principio sino -y sobre todo- en aquellos que se atribuyen la autoridad (tengo un problema con la autoridad) para decir qué es literatura y qué no lo es. O... en términos más simples: lo que es buena o mala escritura. Por qué... quién puede sentirse tan más allá de la literatura como para calificar la escritura de otros y clasificarla entre lo qué y no es. Yo definitivamente no me encuentro entre esos. Ni siquiera con la literatura académica -que es con la que mayormente trabajo- y está tan convecionalmente acotada.
Sin embargo, esta realidad también colisiona contra mi lema fundante.
¡Ambiciosa la negra! Pobre Ingenua.
Pero... como siempre he nadado contra la corriente, siempre me he sentido fuera de lugar y, a pesar de estar condicionada por la inseguridad propia de los que padecemos el síndrome del impostor, acá estoy sosteniendo este proyecto que es un sueño, una utopía que se erige como esperanza en contra de los fantásmas distópicos que me acechan a diario.
A modo de epílogo del monólogo de ayer
Silvia Loyola
21 de enero
Sobre el realismo con que terminaba ayer mis elocubraciones sobre la escritura nadando contra la corriente... me topé con André Bretón y su Manifiesto Surrealista (1924), quien dice [el recorte es mío y le hago a decir a Bretón lo que yo necesito, lo sé... pero ¡Qué importa! si la interpretación es lo que queda luego de la lectura o ¿alguien puede decir que la lectura es objetiva?]:
"(...) Amada imaginación, lo que más amo en ti es que jamás perdonas.
Tan sólo la imaginación me permite llegar a saber lo que puede llegar a ser, y esto basta para mitigar un poco su terrible condena; y esto basta también para que me abandone a ella, sin miedo al engaño (como si pudiéramos engañarnos todavía más).
(...) Queda la locura, la locura que solemos recluir (...) Contrariamente, la actitud realista, inspirada en el positivismo (...) me parece hostil a todo género de elevación intelectual y moral. Le tengo horror por considerarla resultado de la mediocridad, del odio, y de vacíos sentimientos de suficiencia (...) Esta actitud llega a perjudicar la actividad de las mejores inteligencias (...)"
Es increíble cómo las lecturas nos crean una red de relaciones comprensivas, son como dialogos que vamos abriendo en una dimensión otra [acá hablo con mi amigo Alfredo Olivieri, con quien lo otro se nos volvió una obsesión] de la realidad, cómo no atreverme a dar la palabra, o parafraseando a Octavio Paz (1995) [nunca tan bien usado el parafraseo] a dar la frase, porque "(...) no es la voz, sino la frase u oración, la que constituye la unidad más simple del habla. La frase es una totalidad autosuficiente; todo el lenguaje, como un microcosmo, vive en ella (...) La fe en el poder de las palabras es una reminiscencia de nuestras creencias más antiguas: la naturaleza está animada; cada objeto posee una vida propia; las palabras, que son los dobles mundo objetivo, también están animadas. El lenguaje, como el universo, es un mundo de llamadas y respuestas; flujo y reflujo, unión y separación, inspiración y espiración. Unas palabras se atraen, otras se repelen y todas se corresponden".
Claro que sí!!! las palabras [en tanto expresión de un marco téorico/ideológico que muchos ni siquiera sospechan que tienen] se atraen, se repelen y todas se corresponden... porque el discurso crea realidad...
El texto completo de Bretón lo pueden leer en: https://arteydisegno.wordpress.com/wp-content/uploads/2010/02/manifiesto-del-surrealismo-1924.pdf
Y lo parafraseado de Octavio Paz corresponde al texto "El Ritmo" que se puede leer en su libro "El arco y la lira" publicado por Fondo de Cultura Económico en 1995. En la Web: https://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/Paz,%20Octavio%20-%20Ensayos.pdf
Sobre la voz del que escribe...
Silvia Loyola
03 de marzo de 2025
Por lo general, cuando comenzamos a escribir tendemos a transcribir nuestros pensamientos, los que están organizados siguiendo la forma habitual en que hablamos, es decir, nuestra forma de oralidad. Por eso, cuando leemos lo que hemos escrito suele parecernos perfecto. Hemos transcripto la idea tal como la concebimos. Sin embargo, cuando se la leemos a otro... la gestualidad del oyente expresa que no hay tanta claridad como creímos.
Esta situación, muy frecuente, por cierto, puede revertise. La mejor manera, ya lo he dicho en otro texto, es leyendo. No voy a repetir ahora las loas a la escritura, más bien los remito a su lectura, pero sí recordaré la sentencia: a escribir se aprende leyendo. Dice el Gabo de América, "(...) la literatura no se aprende en la universidad, sino leyendo y leyendo a los otros escritores". Revista Bohemia, febrero de 1979.
Sin embargo, hay algunas técnicas, que a mí me han servido particularmente y, también, en el acompañamiento de la escritura de otrxs. En primer lugar, es de gran utilidad plantearse un objetivo, es decir, transformar la idea en un objetivo que de cuenta de lo que quiero transmitir. Por ejemplo, en este caso mi objetivo fue: Mostrar la eficacia de la técnica en la escritura profesional. No sé si el verbo mostrar es el adecuado, pero me sirve para comenzar a organizar este texto, puesto que la intención o el propósito de este artículo es brindar algunas herramientas técnicas para facilitar la escritura.
En fin... el objetivo se constituye en la brújula de la escritura, siempre nos marca el norte para que no nos perdamos, o en términos literales, no divaguemos. Pero, a la vez, nos ayuda a pensar en el lector, un actor fundamental en el acto de escribir. Si bien, en un principio, tenemos como un regodeo con la propia palabra, hay que superarlo rápidamente, y concentrarnos en el lector. El objetivo nos ayuda, también, con eso.
Esta técnica [ojo, es mi técnica, no quiero decir que le pertenezca a todxs los escritorxs, ni que le sirva a todxs] es una herencia de mi condición de investigadora, el objetivo es clave en el planteamiento del problema de investigación, así como los objetivos específicos, que expresan el cómo llegaré a cumplir con el objetivo general. De igual manera, en la escritura, tener en claro que quiero transmitir y cómo lo haré, es un punto fundamental para cualquier inicio.