I Katina 

Apuntes sobre los combatientes de la raf en los últimos días de la campaña griega Peter fue el primero en verla. Estaba sentada en una piedra, completamente inmóvil, con las manos posadas en el regazo. Miraba al frente con expresión vacía, sin ver nada, y a su alrededor, a un lado y otro de la callejuela, la gente iba y venía corriendo con cubetas de agua que arrojaba por las ventanas al interior de las casas incendiadas. Del lado opuesto de la calle, sobre el empedrado, había un niño muerto. Alguien había arrimado el cadáver contra la pared para que no obstruyera el paso. Un poco más abajo un anciano se afanaba sobre una montaña de adoquines y escombros. Iba quitando las piedras de una en una y las dejaba caer a un costado. A veces se inclinaba y escudriñaba entre las ruinas, pronunciando reiteradamente un nombre.

 Todo aquello en medio de los gritos, las corridas, las llamas, las cubetas de agua y la polvareda. Y la chiquilla sentada en silencio en aquella piedra, mirando fi jamente hacia delante, sin moverse. Le caía sangre por el lado izquierdo de su cara. Manaba de su frente y goteaba desde su mandíbula sobre el sucio vestido estampado. 10Roald Dahl Peter la vio y dijo: —Miren a esa chiquilla. Nos acercamos a ella y Fin le posó una mano en el hombro, inclinándose para examinarle la herida. —Parece un fragmento de metralla —dijo—. Debería verla el Doc. 

Peter y yo formamos una silla con las manos cruzadas y Fin alzó a la muchacha para sentarla. Partimos de regreso al aeródromo, los dos caminando difi cultosamente de lado, de frente a nuestra carga. Sentía los dedos de Peter aferrados con fuerza a mis muñecas, y el peso leve de las nalgas de la muchachita apoyadas en mis manos. Yo iba del lado izquierdo, y la sangre que goteaba de su rostro sobre la manga de mi traje de aviador resbalaba por la tela impermeable para caer sobre el dorso de mi mano. La chiquilla no se movía ni decía palabra. —Está sangrando bastante —dijo Fin—. Será mejor que apretemos el paso. Aunque la sangre no me dejaba verle bien el rostro, me daba cuenta de que la criatura era encantadora. 

Tenía pómulos bien marcados, unos grandes ojos redondos, de un azul claro como el cielo de otoño, y el cabello corto y rubio. Calculé que tendría unos nueve años. Aquello ocurría en Grecia, a comienzos de abril de 1941, en Paramythia. Nuestro escuadrón de combate estaba estacionado en un fangoso terreno próximo a la aldea. 

Era un valle profundo, rodeado de montañas. El helado invierno había pasado y ahora, casi sin que nos diéramos cuenta, había llegado la primavera. Lo había hecho callada y rápidamente, derritiendo el hielo en los lagos y 11Katina barriendo la nieve de las cimas montañosas: y en el aeródromo veíamos por todos lados el pálido verdor de la hierba que pugnaba por asomar a través del fango, formando una alfombra para nuestros aterrizajes. En el valle teníamos vientos cálidos y flores silvestres. Los alemanes, que unos días antes habían embestido desde Yugoslavia, operaban ahora intensamente, y esa tarde habían incursionado desde una gran altura bombardeando la aldea con alrededor de treinta y cinco Dornier. Peter, Fin y yo disponíamos de un lapso de descanso y habíamos bajado a la aldea para ver si podíamos ayudar en las tareas de rescate. Habíamos empleado unas horas en hurgar entre las ruinas y en ayudar a apagar incendios, y habíamos emprendido el regreso cuando vimos a la niña. Al aproximarnos ahora al campo de aterrizaje vimos los Hurricane que describían círculos aprestándose a tomar tierra, y como era de esperar, allí estaba el Doc de pie delan te de la tienda de provisiones sanitarias, pendiente de que alguien llegara herido. Nos dirigimos hacia él cargando a nuestra chiquilla y Fin, que iba unos metros por delante, dijo: —Eh, Doc, bribón perezoso, aquí hay trabajo para ti. 

El Doc era joven, agradable y retraído, excepto cuando se emborrachaba. Cuando estaba borracho cantaba muy bien. —Llévenla a la enfermería —dijo. Peter y yo entramos y la depositamos sobre una silla. A continuación nos apartamos y nos pusimos a recorrer la tienda para ver cómo marchaban los muchachos. 12Roald Dahl Estaba empezando a oscurecer. Había una puesta de sol al otro lado de las montañas del oeste, y una luna llena, luna de bombardero, trepando por el cielo. 

La luna brillaba en la superfi cie de las tiendas y las teñía de blanco; pequeñas pirámides albas y erguidas, ordenadamente reunidas en grupos reducidos en torno a los límites del aeródromo. Por el modo de agruparse semejaban ovejas asustadas, y la forma de permanecer de pie unas junto a las otras les daba un aire humano; y casi daba la impresión de que supieran que iba a haber problemas, como si alguien les hubiera advertido que podían olvidarse de ellas y dejarlas abandonadas. Mientras las miraba tuve incluso la impresión de verlas moverse. Me pareció notar que las veía juntarse un poco más. Y luego, silenciosamente, sin un sonido, las montañas se deslizaron haciendo ligeramente más angosto nuestro valle. Durante los dos días siguientes hubo mucha actividad aérea. Levantarse al amanecer, volar, combatir y dormir; y la retirada del ejército: eso fue más o menos todo lo que ocurrió, o para lo que hubo tiempo. Pero el tercer día las nubes se abalanzaron sobre las montañas y se deslizaron hasta el valle. Y llovió. De modo que nos instalamos en la tienda-comedor a beber cerveza y vino local, mientras el ruido de la lluvia en el techo remedaba al de una máquina de coser. 

Después, la comida. Por primera vez en muchos días estaba presente todo el escuadrón. Quince pilotos sentados en una larga mesa fl anqueada por bancos a ambos lados, y el Mono, nuestro comandante, en la cabecera. 13Katina Estábamos aún en mitad del plato de carne en conserva cuando el faldón de la tienda se alzó y entró el Doc con un enorme impermeable chorreante sobre la cabeza. Y con él, debajo del abrigo, venía la chiquilla. Llevaba una venda alrededor de la cabeza. —Hola —dijo el Doc—, he traído a una invitada. Todos miramos en derredor y súbitamente, de una forma automática, nos pusimos en pie. El Doc se estaba quitando el impermeable y la chiquilla se quedó allí con los brazos colgando a los costados, mirándonos, mientras nosotros la mirábamos a ella. Con su cabello rubio y la tez pálida, tenía menos aspecto de griega que cualquier otra a quien yo hubiera visto antes. Aquellos quince hombres de rudo aspecto puestos súbitamente de pie ante su entrada la habían asustado, y por un instante giró a medias el cuerpo como si se aprestara a salir corriendo bajo la lluvia. —Hola, hola. Ven a sentarte —dijo el Mono. —Háblele en griego —dijo el Doc—. 

Si no, no entiende. Fin, Peter y yo nos miramos, y Fin dijo: —Por Dios, si es nuestra chiquilla. Buen trabajo, Doc. Ella reconoció a Fin y se encaminó hacia el lugar ocupado por éste. Él la tomó de una mano y la hizo sentar en el banco, y todos los demás se sentaron a su vez. Le dimos un poco de carne y ella la comió lentamente, con la mirada clavada en el plato. —Que venga Pericles —dijo el Mono. Pericles era el intérprete griego asignado al escuadrón. Era un hombre estupendo que habíamos reclutado en Yanina, donde había sido el maestro de la escuela local. Se 14Roald Dahl había quedado sin trabajo desde que comenzó la guerra. “Los niños no vienen a la escuela”, decía. “Están arriba en las montañas, combatiendo. Yo no puedo enseñar a sumar a las piedras”. Pericles entró. Era viejo, llevaba barba, tenía la nariz puntiaguda y unos grises ojos tristes. No se le veía la boca, pero la barba hacía una especie de sonrisa cuando él hablaba. —Pregúntale cómo se llama —dijo el Mono. 

Él le dijo a la chiquilla algo en griego. Ella alzó la mirada y dijo: “Katina”. Fue lo único que dijo. —Oye, Pericles —dijo Peter—, pregúntale qué estaba haciendo sentada sobre aquel montón de ruinas en la aldea. —Por el amor de Dios, déjenla en paz —dijo Fin. —Pregúntale, Pericles —insistió Peter. —¿Qué debo preguntarle? —dijo Pericles, frunciendo el ceño. —Que qué estaba haciendo cuando la encontramos en la aldea sentada sobre aquel montón de escombros. Pericles se sentó en el banco al lado de ella y volvió a hablarle. Lo hacía con dulzura y era visible que entre tanto su barba le sonreía un poco, para animarla. Ella escuchó, y pareció que tardaba un largo rato en responder. Cuando lo hizo, fue con unas pocas palabras, que el viejo tradujo: —Dice que bajo aquellas piedras estaba su familia. Afuera, la lluvia caía con más fuerza que nunca. Golpeaba la cubierta de la tienda-comedor y el impacto del agua hacía temblar la lona. Yo me puse de pie para ir 15Katina hasta la puerta y levanté el faldón de la tienda. Las montañas eran invisibles detrás de la lluvia, pero yo sabía que nos rodeaban por los cuatro costados. Tuve la sensación de que se reían de nosotros, de nuestro escaso número y del valor desesperado de los pilotos. Sentí que las montañas eran las listas, y no nosotros. ¿Acaso aquella misma mañana no se habían volteado a mirar al norte, hacia Tepelene, donde habían visto un millar de aviones alemanes reunidos a la sombra del Olimpo? 

¿No era cierto que la nieve en la cima del Dodona se había fundido en un solo día, provocando los pequeños torrentes de agua que cruzaban nuestro campo de aterrizaje? ¿No había el Katafi di sepultado la cabeza en una nube para que nuestros pilotos sintieran la tentación de volar a través de aquel espacio blanquecino y se estrellaran contra sus abruptas espaldas? Y mientras permanecía de pie contemplando la lluvia a través de la abertura de la tienda, tuve la convicción de que las montañas se habían vuelto en contra nuestra. Lo sentí en las tripas. Retorné al interior de la tienda y allí estaba Fin, sentado junto a Katina, tratando de enseñarle palabras inglesas. No sé si hacía muchos progresos, pero sí sé que en un momento dado la hizo reír, y eso fue un logro estupendo por su parte. Recuerdo el inesperado sonido de la carcajada de ella y cómo todos la miramos a la cara: un rostro diferente de como había sido hasta entonces. Nadie más que Fin podía haberlo logrado. Él mismo era tan alegre que resultaba difícil mantener la seriedad en su presencia. Era alegre, alto y moreno, y allí estaba sentado en el banco, inclinado hacia delante, susurrando sonriente mientras le enseñaba a Katina a hablar ingles y tambien a reir.

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