Pablo, antes conocido como Saulo, nació el año 5 en Tarso, en la región de Cilicia, en la costa sur del Asia Menor (la actual Turquía).
¿A qué se dedicaba?
Era de una familia adinerada y según la costumbre judía, Saulo aprendió también un oficio: fabricante de carpas (Hechos 18:3), lo que significa o que fabricaba tiendas con lona comprada para ellas, o lo que es más probable, que tejía él mismo la lona. Cilicia era conocida por sus telas tejidas de pelo de cabra, de las que se fabricaban tiendas y mantas de viaje. Durante su actividad apostólica Pablo ejercía su oficio para ganarse el sustento (Hechos. 18:3) y vivir independientemente (1 Corintios 9:15).
El hecho de haber nacido en Tarso le dio la oportunidad de estar en contacto con una de las culturas más avanzadas de su tiempo. Tarso era una ciudad universitaria que se destacaba por su cultura y su escuela de filosofía.
Como ciudadano romano, intachable. Como judío, fariseo según la ley y, por el celo de ella, perseguidor de la Iglesia.
Fue decisivo para él conocer la comunidad de los que profesaban ser discípulos de Jesús. Consideraba inaceptable este mensaje, más aún, lo veía como escandaloso y por eso sintió el deber de perseguir a los seguidores de Cristo, incluso fuera de Jerusalén.
Fue justamente en el camino a Damasco, en los comienzos de los años 30, que Pablo:
Pablo dice que “fue alcanzado por Cristo”
él habla de visión, iluminación y sobretodo de revelación y vocación en el encuentro con el Resucitado.
“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues”.
Tras llamarlo, Jesús le pidió que entrara en Damasco, y allí se le indicaría lo que debía hacer. De esta manera, se encontró con Ananías, quien le devolvió la vista y le señaló que estaba destinado a conocer la voluntad de Jesús y que debía ser testigo de él ante todos los hombres.
Fue un largo y lento proceso de reflexión y de oración, de meditación de la Palabra y de procurar descubrir la voluntad divina en los acontecimientos diarios. Pablo comprendió que la vocación del cristiano está unida a la vocación del apóstol, de enviado a predicar la Buena Noticia. Él mismo se definirá como “apóstol por vocación” o “apóstol por voluntad de Dios” pues su conversión fue fruto de la gracia de Dios. Desde ese momento, todas sus energías serán puestas al servicio de Cristo y de su Evangelio.
Desde entonces era un hombre verdaderamente nuevo y totalmente movido por el Espíritu Santo para anunciar el Evangelio con poder. Saúl desde ahora se llamará con el nombre romano: Pablo. El por su parte nunca descansó de sus labores. Predicación, escritos y fundaciones de iglesias, sus largos y múltiples viajes por tierra y mar (al menos cuatro viajes apostólicos).
Desde Damasco fue Pablo al desierto de Arabia (Gál. 1, 17) a fin de prepararse, en la soledad, para esa misión apostólica. Volvió a Damasco, y después de haber estado en Jerusalén con Pedro, regresó a su patria hasta que Bernabé le condujo a Antioquía, donde mostró su fervor en la causa de los gentiles y la doctrina que trajo Jesucristo. Así, se lanza a través de Asia, por sendas desconocidas, organizando iglesias, luchando con judíos y gentiles...
Hizo en adelante tres grandes viajes apostólicos que sirvieron de base para la conquista de todo un mundo.
Predica en las plazas, en los anfiteatros, en las sinagogas, y mientras unos se hacen discípulos suyos, otros se amotinan, le maldicen y le apedrean. La persecución acrece su vigor, la contradicción exalta su fe en la victoria.
Él mismo nos dice que fue apedreado, azotado, naufragó tres veces, aguantó hambre y sed, noches sin descanso, peligros y dificultades. Fue preso y, además, sufrió muchos desacuerdos y casi constantes conflictos los cuales soportó con gran entusiasmo por Cristo, por las muchas y dispersas comunidades cristianas.
Después de dos años en cadenas sufrió martirio en Roma, hacia el año 67, al mismo tiempo que el Apóstol Pedro, obispo de la Iglesia de Roma. San Pablo, por ser romano, no fue crucificado sino degollado.
Sus restos descansan en la basílica de San Pablo en Roma