Cuando Elena volvió del médico, la casa le pareció enorme. No solo eso, sino que le generó extrañamiento. Sintió que había entrado al departamento de un vecino con malos gustos y miedo a la luz.
Encendió una pequeña lámpara de pie que decoraba el pasillo y allí se quedó, inmóvil, apoyada contra la pared, con una mano sobre el teléfono del aparador y la otra ocupada en sostener el sobre blanco que había retirado.
Quería hablar con Esteban, pero no recordaba siquiera las tres primeras cifras de su teléfono. Hacía el esfuerzo, pero no le salía.
Pensó luego en cuántos días llevaba sin verlo. Tal vez cuatro o cinco. Tal vez más. Lo cierto era que no podía precisarlo con exactitud, porque nunca había sido buena en cronometrar las ausencias.
Si ese hubiese sido el caso, no se habría quedado sola.
Dejó el teléfono y se arrastró unos pasos hasta la primera puerta, la del dormitorio que compartía con Esteban cuando a él se le ocurría aparecer.
Adentro vio la cama deshecha y los platos y los vasos de los días previos, todos apilados junto a ella. Pensó en cuánto llevaban ahí esas cosas. Tal vez cuatro o cinco días. Tal vez el tiempo no cronometrado de la ausencia de Esteban; eso sí tenía sentido. Elena recordó que cargaba aún con el sobre y que su madre se había muerto unos días atrás. Unos cuatro o cinco días atrás. Estaba casi segura de que Esteban le había dicho que quería mucho a su madre, pero que no vendría a su velorio, ni a su entierro, porque en su casa notarían su ausencia.
Ella le había dicho que estaba bien, que lo entendía. Su familia era su familia. Y ella era ella. Y ambas cosas, en el mismo espacio, eran imposibles. Elena lo había aceptado desde el primer momento en que lo conoció, cuando la hija mayor de Esteban recién cumplía los dos años de edad, y cuando aún no existían los mellizos. Desde ese entonces, ella esperaba pacientemente por algo que ahora no sabía qué era. Dejó el sobre en la cama y tuvo la tentación de acostarse, de taparse con los acolchados y esperar a que él llamara. A que alguien lo hiciera. Pero su madre no estaba viva y Esteban no estaba muerto, así que supo que nadie lo haría. Se sentó un momento y miró el sobre que reposaba a su lado. Otra vez pensó en los días de ausencia, no de Esteban, más bien de ella misma en su propia vida.
El médico le había explicado que no habría más intentos, que sus años, su cuerpo y su resistencia no se lo permitirían. Que debía abandonar la idea, porque era una locura, y porque seguir invirtiendo dinero en eso era algo estéril.
A Elena le dio risa que de todas las palabras que podría haber utilizado, el médico hubiera elegido esa. Esterilidad.
Miró a su alrededor y la sensación de extrañamiento que en un primer momento la abrumó al entrar, ahora se convertía en reconocimiento. Todo lo que la rodeaba no era suyo, era solo su tiempo empeñado en promesas.
Salió del cuarto aún con el sobre blanco en la mano y volvió a ponerse frente al teléfono. Ese teléfono. El primer regalo que Esteban le había hecho, veinte años atrás, cuando la trajo a vivir a esa casa espaciosa y cómoda bajo el juramento de que pronto se mudaría con ella. De que pronto hablaría sobre ella con su familia.
Tuvo el impulso de llamar, pero no lo hizo. No porque no recordara los números, ahora lo hacía, pero ya no lo necesitaba.
Su madre se había muerto cuatro o cinco días atrás, y solo ella había estado para sostenerle la mano. Solo ella. Y ahora pensaba que cuando llegara su turno no habría nadie para devolverle el favor.
Su cuerpo, estéril y cansado, aún tenía la suficiente fuerza como para dejar una línea de tinta en el sobre blanco que había traído con ella.
Entonces procuró colocar aquel papel y su juego de llaves justo al lado del teléfono. Procuró, tras aquello, apagar la única luz que iluminaba la casa fría y oscura. Procuró invocar el espíritu de su madre, y los besos de los hijos que nunca existieron en esa casa.
Y cuando por fin atravesó la puerta y quedó del otro lado, miró su reloj. Y empezó a contar.
Nacida en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Licenciada en Comunicación Periodística por la Universidad Católica Argentina. Ganadora del concurso literario "Mateo Booz" realizado por la Asociación Santafesina de Escritores en 2022. Seleccionada para integrar la antología 2023 del "Yo te cuento Buenos Aires IX", proyecto impulsado por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. Ig. @martos1ra