Soñé que el odio amenazaba nuestro amor. No fue un sueño, fue una pesadilla. Soñé que huimos del fuego muertas de miedo de volver a tomarnos de las manos. Que nos escabullíamos entre la maleza con sangre en nuestros rostros. A un grupo de hombres no les había parecido bien que nos quisiéramos.
Tú tenías miedo desde el principio, pero la emoción te hacía olvidarlo todo y tomarme de la mano y besar mi hombro cuando apenas había dos o cuatro ojos que nos miraran. Llegamos a un hotel de mala muerte. De mala muerte. Debimos quizás ir de paseo a otro lugar donde los hoteles no fueran eso. Pero te preocupaban las miradas de las ciudades grandes. Éramos dos ratoncitas queriéndonos entre rincones.
Vimos cómo nos miró el chófer al dejarnos, aunque en el camino quisimos fingir que no éramos nada más que amigas. Bajamos las mochilas y entramos en la recepción muertas de risa. Quizás mi error fue mirarte y no poder ocultar tras mis ojos la forma en que te quiero. En el momento en que entrábamos, un señor con una barriga enorme, que relucía de más por no llevar camisa, salía de su habitación y escupía al suelo. Nosotras lo miramos con el mismo asco con el que él nos vio.
La chica de la recepción confirmó la reserva, pero dudó al vernos. Nos dijo que debía verificar que hubiera habitaciones disponibles. La vimos alejarse. De reojo la descubrí señalarnos mientras le murmuraba cosas a un hombre y nosotras reíamos. Quizás fue que nos reímos como la gente que se quiere.
Nos dio la habitación a fuerzas y al entrar no dudamos que esa fuera su peor habitación. No sé si podría decirse que era parte del mismo hotel, llegamos a ella atravesando un gran patio recubierto de cemento al que se entraba por lo que parecía ser una puerta de servicio. Del otro lado del patio había un lavadero, una salida directa a un sembradío y tres cuartuchos que no coincidían con la arquitectura del hotel. Antes de entrar al nuestro, descubrimos por la ventana del cuarto de a lado a dos hombres besándose. Te dije que no éramos las únicas y eso nos hizo sentir a salvo. Pero era justo lo contrario. Quizás ser varios fue lo que alertó a los hombres, lo que les causó temor.
Entramos, mi cabeza estaba a dos centímetros del techo. A diferencia de lo que habíamos pedido, las camas eran individuales, y dispares. Dijiste que no importaba, que podíamos juntarlas o, viendo la diferencia de alturas de las camas, podíamos dormir muy abrazadas en una sola. Eso no sonó nada mal. Ni siquiera alcancé a darte un beso cuando escuchamos los golpes de la puerta. No quiero contar el resto.
Fuimos arrojadas al patio con nuestros vecinos. Tuvimos la suerte de no tener la suya.
Cuando los hombres se cansaron de obrar por ellos mismos la crueldad, les pidieron a dos mujeres silenciosas que nos prendieran fuego. Después, desaparecieron cobardes por la puerta hacia el hotel.
Las mujeres silenciosas vertieron la gasolina primero sobre los fallecidos. Luego, una de ellas se acercó dudosa a nosotras y titubeo antes de mojarnos también. Al alejarse, observé una pizca de piedad en su mirada y, con los hombres crueles ya lejos, me aferré a eso con la vida. Esperando que no nos detuvieran, te tomé de la mano para guiarte a la salida hacia el sembradío. El miedo no te paralizó, ni cuando vimos a la otra mujer prender el cerillo. Me seguiste sin soltarme. Corrimos adentrándonos en la noche. No volteamos el rostro al fuego.
Desperté agitada como si siguiera corriendo. Fuiste tú en lo primero en que pensé. En mi celular había un mensaje tuyo de buenos días acompañado con un emoji de un sol sonriente. Quise tenerte conmigo. Acurrucarme a tu lado. Decirte que el fuego no nos alcanzó.
Ana Vázquez de la Torre (Guadalajara, 1995) es Licenciada en Letras Hispánicas y actualmente estudia la Maestría en Estudios Críticos del Lenguaje. Ha participado en congresos literarios como el CONACREL, el EIELLZ, el CONELL, el FENALEM, el CONAJILyH y las IV Jornadas de Literaturas InterAmericanas, como creadora literaria, traductora, juez y crítica literaria. Fue prejurada del Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola. Su obra ha sido publicada en revistas académicas y literarias dentro y fuera de México, así como en la novena edición de Pluma (2018) e Y se hizo el caos. Antología del cuento hispanoamericano sobre mundos distópicos (2020). En 2017 obtuvo el IX Premio Nacional de Narrativa “Elena Poniatowska”; y en 2020 publicó Mujeres y niños primero con la editorial Crisálida. En 2021 fue beneficiaria del programa PECDA con el cual desarrolló el proyecto titulado Despiértenme si sigo dormida.