Cludía Sánchez
Poesía Mexicana
Poesía Mexicana
Claudia Magdalena Sánchez Cadena (1982, Morelos, México) Estudió Letras Hispánicas en la UAEM. Ha colaborado con textos poéticos para diversas revistas, entre ellas Tercera Vía, La raza cómica, el suplemento La Jornada Semanal, Cracken Fanzine, Enpoli, Revista Raíces, Punto en línea, Digopalabra.txt, Hipérbole Frontera y Azul Oscuro. Participó en el Encuentro Internacional de Poesía Milpa Alta 2021. Autora de Árbol de jilgueros (FEDEM, 2018), Agapantos (2019) y Esquirlas (Ojo de Golondrina Editorial & Cuadernos Reciclados, 2021).
INCENDIO
Un hedor de grietas sacude al silencio.
Contra el único muro en pie se estrella un ave.
La huella de su sangre —bermejo hilo histórico—
es emblema de devoción.
ROCÍO CERÓN
Quemar un cuerpo tres veces:
sobre la sombra,
junto un puente,
bajo el sol de mediodía,
como quien toma un paseo para fotografiar el
paisaje.
Violar un cuerpo tres veces:
dejar una estela infecta,
un profundo olor a hierro
que se deshace bajo el vuelo de los insectos.
Seguir el camino,
volver al trabajo en traje gris y sonrisa,
pancarta de las buenas familias;
continuar con la caminata cotidiana,
bajo días azules y esplendorosos.
Dejar que la lluvia se lleve todo;
borradura que permea la memoria.
Un cuerpo, objeto y trazo inconcluso,
atraviesa nubes altas y transparentes,
un charco sucio de agua,
la flor salvaje en la carretera.
Un cuerpo,
este cuerpo inerte camina a casa.
JAZMÍN
Era el tiempo en que Dios estrenaba los verbos
y hacía, como jugando,
figurillas de barro con las manos.
ROSARIO CASTELLANOS
Te imagino en casa, con el pan, el café,
con los gatos ronroneando en tu regazo,
con el aire aullando en tus ventanas,
tú, detrás de puertas que se azotan,
cosiendo palabras y telas bajo una lluvia de
mayo,
como ésas que se llevan todo de a poquito,
con ese sosiego que sólo tú conoces.
Y estás cada día ante tu sombra sola,
yo me quedo sin tu risa de octubre y tus flores
de muerto,
porque cuando miré tus ojos
supe que te gustaban las flores de pericón,
tanto como a mí,
porque anuncian la llegada del otoño,
las quemazones en el campo
y el Día de Muertos,
tú también naciste en octubre,
junto con los difuntos que se van,
te desprendiste de la falda de maíz de la tierra
y llegaste al mundo,
y ahora nos quedaremos sin tu casa en lo alto
de un edificio
que creías compartir con fantasmas;
de pronto en tu ausencia
tus palabras son vaticinio de días pesados:
“Hacía falta la sombra,
han sido días muy calurosos,
de esos que te exprimen el agua”.
Te conjuro hablando a solas,
porque él, Francisco, se tiene que ir
en un autobús,
como cada día, de madrugada,
a recorrer carreteras que tanto añoras,
y te quedas con la mañana en los párpados,
con el sueño pesado.
Amaneces con un canto de mirlos nublados,
con olor a llovizna,
con los ojos llenos de tierra
porque toda tú estás hecha de tierra,
te repartes un poco en cada sitio
al dejar tus pedazos,
mujer de arena que se deshace
en la oscuridad de un lago profundo
y renace en la contemplación de la tarde.
Ahora es julio, o lo imagino,
y la lluvia se avecina,
todo se convierte en algo más húmedo
y las plantas nos devoran.
AGAPANTOS
La última vez que estuvimos juntos,
juntos de verdad,
atravesados por una ciudad que nos vio morir
de a poco,
quise comprarte flores;
creí que se llamaban nardos,
flores de aroma venenoso,
la señora me corrigió y dijo,
con una sonrisa casi triste,
“se llaman agapantos”,
y recordé unos enormes dientes de león
suspendidos sobre un monte en Tepoztlán;
los del mercadito eran azules,
no tenían el aroma ni el brillo de los otros,
ni yo el esplendor de nuestro último paseo.
No quisiste aquellas flores,
caminaste con tu sombra por otros rumbos,
lo más bello de nosotros fue ahogado por
nuestro yo más terrible,
poco a poco extraviamos el aroma de las flores.
Me fui a casa, subí a la azotea
y el valle comenzó a perder su verdor,
aún había luces,
una línea imaginaria recortaba el fondo
de un rompecabezas azul muy oscuro.
Todavía no regresabas,
nubes cargadas anidaban en el valle de Oaxaca.
Después de la lluvia
nuestros caminos se separaron,
quisimos la blancura de Tepoztlán,
un puñado de flores níveas,
cambiar de sitio y no de casa,
los matices de una ciudad nueva,
nuestra risa invernal.
Sólo quedaron los engañosos nardos
y una ciudad que a mí ya no me gusta tanto.