Reivindicar la profesión de la docencia en los tiempos que corren reconozco que no es tarea fácil. Y no lo es porque su necesidad se haya perdido o porque haya podido ser sustituida al completo por un cachivache ultramoderno, sino porque la sociedad parece que ha perdido la atención al valor de esta actividad al tiempo que lo pierden sus hijos e hijas. Las nuevas tecnologías, el imperio del valor de cambio, la realidad impuesta por los medios de comunicación, la crisis de la necesidad de la evidencia y la pérdida de confianza del ciudadano en las instituciones democráticas, hacen que queden lejanos los tiempos del carisma de los maestros y de las maestras de escuela, de esos que enseñaban a volar en libertad en tiempos de pesadas cadenas.
De aquellos tiempos lejanos a esta parte, no obstante, la práctica docente se ha visto examinada por las ciencias de la educación destruyendo por obsoleto aquel librillo de cada maestrillo para descubrir empíricamente las leyes universales de las nuevas metodologías y de los nuevos sistemas evaluativos. No podemos negar que esta profesionalización de la docencia haya logrado una consciencia cada vez más precisa y real del docente sobre su práctica educativa, que haya logrado una innovación con eficacia respecto de métodos evaluativos o un mejor conocimiento sobre el funcionamiento neurológico del alumnado durante su aprendizaje. Pero quizá esta profesionalización de la docencia, cuando está falta de una reflexión filosófica sobre su sentido, la acerque a una ciencia de la educación tecnologizada desde la que se avista un horizonte de deshumanización del docente.
Reivindicar la docencia hoy día resulta difícil por aquellas dos problemáticas, o, quizá, ambos problemas sean simplemente molinos ante los que se yerguen valientes trasnochados que se atreven a pensar. Precisamente por ello, por aquella trágica y psicodélica valentía quijotesca, lo que se pretende en este artículo es una tentativa por resignificar el sentido de la docencia. Pero, después de haber puesto sobre la mesa aquella actualidad en que vive la profesión, ¿podemos seguir hablando del docente sin más? Para seguir pensando el sentido de la docencia en nuestro tiempo una perspectiva sugerente es aquella desde la que mira la escuela rural. Desde la época de la Institución Libre de Enseñanza las maestras y los maestros dedicaron sus esfuerzos y valentía a llevar la educación a aquellas zonas rurales, tan alejadas del progreso de la capital. Ellos como docentes respondían a los problemas de su época. La lejanía, la amplitud de Castilla y León, son también ahora inconvenientes que siguen atormentando al docente que descubre en el mapa su nuevo destino. Pero ¿cuál es la respuesta que como docentes cabe dar a nuestra actualidad desde las aulas? En este artículo se muestran dos experiencias educativas llevadas al aula del I.E.S. Margarita de Fuenmayor (Ágreda, Soria) que tratan de contestar a la pregunta: ¿cuál es el papel del docente rural en nuestra actualidad?