Todo empezó un día cualquiera. Me levanté de la cama para ir a trabajar como todos los días. Me duché, me vestí, me cepillé los dientes y fui directo al coche. De camino escuché golpes en el maletero como si hubiera alguien dentro. Decidí aparcar el coche un momento para ver quien estaba ahí. Confundido salí del coche. Empecé a abrir el maletero con las manos un poco temblorosas, cuando lo abrí por completo me quedé sorprendido al ver que no había nada. Seguí mi camino pero con una sensación extraña.
Me siguió pasando esto toda la semana. Un día en específico me desperté tarde y no llegué a tiempo al trabajo. Al llegar a casa cogí las cartas del buzón y creyendo que era publicidad las dejé en la mesa de la cocina. Aburrido fui leyendo carta por carta y me di cuenta de que había una diferente, tenía el logo de la empresa en la que trabajaba. Leyéndola vi que era una carta de despido debida al cierre de la empresa. En ese momento solo podía pensar en que mi vida estaba empeorando.
Diez minutos después empezaron a sonar los golpes dentro del armario. Tuve que ir a comprobar si había alguien, pero de nuevo estaba vacío y decidí irme a dormir. A la mañana siguiente me desperté más tarde, hice la comida y me puse a buscar ofertas de empleo mientras comía. Los golpes seguían sonando pero decidí ignorarlos por completo, buscar trabajo era más importante ahora mismo. Por la tarde empezaron a sonar los golpes mucho más fuertes en la puerta principal de mi piso. Fui a comprobar quien era, podría ser una persona pidiendo ayuda o unos niños jugando con un balón en el pasillo del edificio. Me acerqué a la puerta pero no se escuchaban voces, solo golpes. Abrí la puerta rápidamente pero no había nadie. Decidí salir al pasillo y empezaron a sonar los golpes en el ascensor. Fui corriendo porque pensaba que algún vecino se había quedado atascado. Tras darle al botón varias veces se abrió la puerta pero de nuevo no había nadie. Entré al ascensor y comenzó a subir lentamente, aturdido intenté frenarlo tocando todos los botones pero no sirvió de nada. De repente el ascensor se abrió en la azotea y vi la silueta de un hombre con ojos brillantes.
Me acerqué lentamente a él y le pregunté que si había escuchado los golpes pero no contestó. Le volví a preguntar y me volvió a ignorar. Antes de poder pensar que hacer empezó a caminar hacia mí. Me asusté y caminé hacia atrás. Cada vez iba más rápido. Me empezó a golpear pero yo seguía caminando hacia atrás, no podía pensar. Al llegar al borde de la azotea me empujó.
Al momento me desperté, me había quedado inconsciente debido a la falta de oxígeno. Me di cuenta de que los golpes los provocaba yo, enterrado vivo en mi propia tumba.
Miguel Ignacio Ruiz Blanco, 4º
Cayó la noche en el misterioso pueblo de Ágreda, era la víspera de todos los Santos. Esta villa esperaba con impaciencia el momento en el que la juventud salía a las calles a cazar los zombis del purgatorio.
Desde 1673, muertos vivientes de todo el mundo buscan un lugar en el mundo de los vivos, escapando a través del Cementerio de Ágreda. llegando a causar graves disturbios; hasta que la juventud tomó las riendas del asunto y año tras año, batalla contra ellos hasta destruirlos. Para ello, utilizan cuchillos impregnados en agua sulfurosa de la fuente de los Huevos Podridos.
Rodrigo Díaz se había preparado a conciencia para esta noche, tenía el presentimiento de que sería complicada y todos sus cuchillos estaban a punto.
Friedrich Kartophel, zombi militar alemán de la Segunda Guerra Mundial, se disponía a pelear por su libertad, deseaba tanto regresar a su Alemania natal… y culminar con la labor de su venerado Adolf Hitler: Dominar toda Europa.
A las 12 de la noche, los primeros zombis salieron del Camposanto, la mayoría eran atrapados por las brigadas cazafantasmas de Vanguardia, Kartophel huiría de ellos cruzando a las huertas árabes, que estarían menos vigiladas. Tras girar en una esquina, se encontró frente a una pequeña brigada, de escasas veinte personas y comenzó a lanzar unos gruñidos terroríficos para asustarlos e intimidarlos; los jóvenes agredeños no se achantaron y le lanzaron varios cuchillos para acabar con él. El alemán conocía sus tácticas y se deslizó hábilmente entre ellos, para intentar inocular el veneno que les convertiría en zombis y se someterían a sus órdenes. Friedrich comenzó así a forjar el ejército con el que conquistaría Europa.
Rodrigo consiguió escabullirse de esta matanza y huyó consciente de que tenían un duro trabajo por hacer.
Dos horas después, la mayoría de los zombis habían sido derrotados y reenviados de nuevo al purgatorio, a excepción del alemán y su séquito, que ya contaba con cincuenta soldados y pronto sumaría más efectivos, víctimas de su terrible mordisco.
Las brigadas agredeñas tenían conocimiento de que Friedrich seguía entre ellos y comenzaron a desplegar centinelas por todo el pueblo, con el objetivo de localizarle y batallar de manera organizada.
El alemán se encondió junto a sus hombres en un lugar seguro, el antiguo túnel de la vía del tren, sitio lúgubre y oscuro donde podrían pasar desapercibidos hasta el alba, momento en que emprenderían su peligroso viaje.
El valeroso Rodrigo, que parecía poseer un sexto sentido, sintió una presencia extraña que le llevó hasta el túnel, al acercarse se cercioró de que estaba en lo cierto por el nauseabundo olor que emanaba de allí, corrió y fue en busca de sus compañeros.
Organizada la gran brigada, se dirigieron hasta el túnel, todos eran conscientes de la importancia de la última batalla, ya que podía ser el fin de sus días y algo peor… el fin de la libertad en el mundo.
Se deslizaron sigilosamente por el túnel, que conocían muy bien por ser lugar de juegos en su infancia. El olor era pestilente. Comenzaron a desenvainar sus cuchillos degollando a los zombis, éstos también batallaron con gran violencia y mordían a diestro y siniestro. Friedrich observaba desde un rincón y cuando vio que sus fieros soldados comenzaban a decaer se abalanzó sobre Rodrigo, que cayó sorprendido al suelo. El alemán luchaba con uñas y dientes, pero nuestro héroe sacó fuerzas de donde no le quedaban y le asestó una puñalada mortal con su cuchillo sulfuroso. Friedrich gritó de forma desgarradora y rápidamente se descompuso en polvo amarillento.
Una vez derrotado el líder de los muertos vivientes, no tuvieron grandes problemas en reducir al resto del ejército y fueron devueltos al purgatorio.
Había sido una cruenta batalla y todos los cuerpos de los agredeños contaminados fueron trasladados a la fuente de los Huevos Podridos, donde les esperaba el Padre Berto Cisneiros que les bautizó y bendijo devolviéndoles a la vida.
Los jóvenes héroes sabían que, gracias a su valentía, habían salvado a la humanidad de una auténtica catástrofe.
Sin duda, este acontecimiento quedaría grabado en la memoria de todos, para el resto de sus vidas.
Adrián Gallego Ruiz, 2º Bach CCSS
Estábamos jugando al fútbol en la pradera de la dehesa, cuando un balón se desvió y golpeó un anciano arrugado que estaba sentado en un banco. A unos les hizo gracia, pero a otros nos dio pena y nos acercamos a pedirle perdón el anciano.
Un poco enfadado nos dijo que estaba muy mal reírse de la gente y que se imaginaba que no conocíamos la historia de la fuente de los huevos podridos y le pedimos que nos la contase.
El viejo empezó:
Hace mucho tiempo en esta misma pradera, un grupo de amigos, como vosotros celebraba una fiesta a la que no habían invitado a Juanito, el niño de que todos se reían.
Juanito enfadado, decidió vengarse de los que de él se reían.
En ese momento el anciano se detuvo y nos dijo que si alguien tenía sed que fuera a beber agua de la fuente y continuaría cuando volviésemos. Todos fuimos a refrescarnos. Al volver, el anciano continuo con su historia.
Juanito pensó muchas maneras para vengarse de los graciosos.
Iba anocheciendo mientras el anciano nos contaba la historia cuando nos dijo, que: el protagonista ya sabía la manera de como vengarse para que sufriera y tuvieran mucho dolor.
Juanito, escondido detrás de un árbol, se reía de cómo se retorcían y gritaban del dolor los graciosillos que se reían de él.
Todos le preguntamos … pero, ¿Qué es lo que hizo Juanito?
Y el viejo nos contestó … Sabéis una cosa, ¡Juanito soy yo! Jajaja y envenené la fuente en la que aun huele a su veneno y de la que habéis bebido ahora todos vosotros, jajajajaja …
Salimos todos corriendo, oyendo detrás de nosotros la carcajada siniestra del anciano.
No penséis que esta historia acabó así nos fuimos todos a casa asustados y con dolor terrible de barriga, todas nuestras madres llamaron al médico preocupados esa noche porque todos teníamos dolor de barriga y nos asustábamos como cualquier ruido y sombra que había por la habitación teníamos todos miedo a morirnos, o a que nos pasase los que le pasó a los que se reían de Juanito.
Todas nuestras familias estaban preocupadas de porque todos nosotros nos habíamos puesto enfermos esa misma tarde y todas las familias estaban impacientes porque llegue el médico y nos curase.
Por fin llegó el médico a casa y cuál fue la sorpresa que el médico era ¡Juanito!, el anciano que estaba sentado en el banco esta tarde y nos había contado esta tarde la fatal historia.
Yo en la cama estaba muy asustado por que pensaba que venia a rematarme, con esas tijeras y jeringas gigantes que llevaría en el maletín.
Juanito el medico nos dijo uno a uno esa noche que todo había sido una broma, menos la historia que fua real, en la que realmente les hizo daño y les hizo sufrir mucho un fuerte dolor de barriga a aquellos chicos que se rieron de él.
Marco Rubio Mayor, 1º A