Era domingo por la mañana. Habían pasado apenas veinticinco años del reasentamiento de Riobamba en la llanura de Tapi. El pueblo despertó alarmado con la noticia de que la noche anterior, un jinete sin cabeza había cabalgado por las polvorientas calles de la nueva ciudad. Más de uno lo había visto.
Por esos días, las guerras de independencia estaban latentes, de modo que cuando se escuchó a las doce de la noche el golpeteo de las herraduras lejanas, creyeron que era algún mensajero perentorio, con noticias frescas de la revolución, pero cuando abrieron los ventanales salpicados de barro, se encontraron con la sorpresa de un jinete vestido de sombra, que galopaba temerario bajo la luna nueva. Su caballo, botas, pantalón y poncho se confundían con la noche. Paralizada habría de quedar Riobamba, cuando los fisgones descubrieron que aquel personaje misterioso estaba descabezado, y agregaron muertos de miedo, que sin lugar a duda, era el espíritu de algún prófugo de ultratumba.
Pasaron los días, las historias del Descabezado de Riobamba se contaban por decenas. Lo veían los bohemios que no soportaban el encierro del sábado sin alcohol, los viajantes infortunados que regresaban al asentamiento de San Luis luego de la jornada de trabajo, y los desvelados que no podían dominar el vicio de mirar por la ventana. Pero en general, cuando llegaba el sábado por la noche, la gente atemorizada, se encerraba en las casas de adobe y teja, con el gran portón de madera clausurado con la tranca por dentro.
Por esos días se especulaba mucho en el pueblo. Unos decían que era el alma en pena de algún decapitado en la guerra, otros que venía a vengarse del mundo descabezando a todo aquel que encontrara a su paso. Otros más clarividentes, creían que los curas, de alguna forma, debían tener la culpa, porque las misas ofrendadas para rogar por la santa alma del Descabezado, no habían servido sino para llenar las arcas de la iglesia. El jinete legendario seguía apareciendo puntual cada semana.