Ubicación temporal y espacial
Antes que nada hay que entender que la estructuración espacial está estrechamente relacionada con el desarrollo del esquema corporal y de la lateralidad. El espacio es explorado y conocido por el cuerpo, y solo a partir de los referentes del cuerpo, se puede tener un referente del espacio. A partir del propio eje y del “yo corporal”, el niño comienza a identificar su lado derecho e izquierdo, referencias esenciales para poder iniciar la ubicación en el espacio, primero de su cuerpo, luego en relación al objeto (los objetos) y a los otros individuos.
Una de las habilidades que se desarrollan con la psicomotricidad es la ubicación temporal y espacial. Esta habilidad consiste en tener conciencia de dónde y cuándo estamos, y cómo nos relacionamos con lo que nos rodea. Es decir, es la capacidad de situarnos en el tiempo y en el espacio de forma adecuada y flexible.
La ubicación espacial es la habilidad perceptiva que permite identificar y localizar los objetos y el propio cuerpo en el espacio tridimensional, así como establecer relaciones espaciales entre ellos (arriba-abajo, izquierda-derecha, cerca-lejos, etc.). Esta habilidad implica tener noción de la forma, el tamaño y la posición de los objetos, así como de las unidades de medida del espacio (metros, centímetros, kilómetros, etc.). La ubicación espacial nos ayuda a orientarnos, a explorar y a manipular nuestro entorno.
La ubicación temporal es la habilidad cognitiva que permite identificar y ordenar los eventos que suceden en el transcurso de la vida, así como asignarles una categoría temporal (pasado, presente o futuro). Esta habilidad implica tener noción de la duración, la frecuencia y el ritmo de los eventos, así como de las unidades de medida del tiempo (segundos, minutos, horas, días, etc.). La ubicación temporal facilita el desarrollo del pensamiento lógico, la memoria episódica y la planificación de acciones futuras. Por ejemplo, saber qué día es hoy, qué hicimos ayer o qué haremos mañana. La ubicación temporal nos ayuda a organizar nuestro pensamiento, nuestra memoria y nuestra planificación.
Algunos problemas que pueden afectar la ubicación temporal y espacial son las lesiones cerebrales, las intoxicaciones, las demencias, los trastornos psicóticos y los estados de confusión o delirio. Estos problemas pueden causar diferentes tipos de trastornos de la orientación, como la desorientación, la doble orientación o la orientación confabulada. Estos trastornos implican la pérdida o la distorsión de la capacidad de situarse correctamente en el tiempo y en el espacio.
Podemos desarrollar la ubicación temporal y espacial mediante ejercicios y actividades que estimulen nuestra percepción, nuestra memoria y nuestro razonamiento. Por ejemplo, podemos practicar con calendarios, relojes, mapas, brújulas o juegos de orientación. También podemos realizar actividades que impliquen el movimiento corporal, la exploración sensorial y la relación con los objetos y las personas, como bailar, pintar, construir o jugar con otros.
¿Qué es la percepción temporal?
La percepción temporal es el hito en la maduración infantil producido cuando se pasa de la concepción inconsciente del tiempo a su gestión consciente. Este nivel de representación mental, permite al niño ubicar los sucesos en el pasado o en su futuro, y le proporcionan un horizonte temporal.
Maduración de la percepción temporal
Antes del nacimiento, los niños poseen biorritmos (que son los ciclos biológicos que regulan su sueño, su hambre, su actividad, etc.) que los relacionan con un marco temporal. Los niños comienzan con cierta noción instintiva del paso del tiempo. La percepción temporal, en cuanto a que implica el propio cuerpo, es inseparable de la percepción del espacio.
Cada movimiento corporal se da en un tiempo y ritmo determinado, y la información del espacio donde transcurre aporta la información sobre el discurrir del tiempo. El niño no percibe la superposición de los fenómenos del presente. Para el joven representan una sucesión, y su consciencia temporal madura cuando asimila que son una unidad. La recién adquirida percepción, posee implicaciones de gran alcance.
Desde el punto de vista perceptivo, el niño adquiere noción temporal de la organización de sucesos, de su orden o intervalos y de su duración. Desde el punto de vista de la psicomotricidad, el niño percibe que sus movimientos poseen una duración, ritmo y coordinación determinada, y es capaz de segmentarlos.
Evolución de la percepción
Antes de los 3 años de edad, el espacio y el tiempo le resultan al niño subjetivos. Carece de nociones sobre su duración o su secuenciación.
Cumplidos los 3 años, el niño gana objetividad y discrimina períodos temporales y su ubicación en un espacio concreto.
Con 4 años, el niño reconoce el día y la noche.
Con 5 años de edad, el niño reconoce la fase del día en la que se encuentra. Sólo posee nociones sobre el espacio, sin una idea específica sobre él.
Con 6 años de edad, el pequeño es consciente del día de la semana.
Con 7 años ya distingue cuál es el mes del año en curso.
Antes de los 12 años podrá reconocer y gestionar períodos de tiempo de unos 20 minutos de duración.
Maduración de la percepción espacial
La noción de la existencia del espacio, tan ligada a la temporal, se adquiere con más rapidez que la del tiempo. La percepción espacial se va madurando a lo largo del desarrollo infantil, desde un espacio egocéntrico y vivido hasta un espacio objetivo y abstracto. Los niños van ampliando su conocimiento del espacio a medida que exploran su entorno, interactúan con los objetos y las personas, y representan mentalmente las relaciones espaciales. La percepción espacial es importante para el desarrollo cognitivo y emocional de los niños, ya que les ayuda a orientarse, a resolver problemas, a comunicarse y a expresarse.
Evolución del espacio de acuerdo a Piaget:
El espacio topológico vivido: Es el espacio que el niño adquiere en el periodo sensoriomotor, que va de los 0 a los 2 años. Es el espacio de acción y manipulación. El niño se orienta en el espacio por medio de su propio cuerpo y de los objetos que tiene cerca. El niño establece relaciones espaciales de continuidad y separación (lejanía-cercanía, inclusión-exclusión, cerrado-abierto), siempre en relación primero a su cuerpo. Por ejemplo, el niño sigue con la mirada los objetos que se mueven en el espacio y trata de tocarlos con las manos o con los pies.
El espacio topológico representado: Es el espacio que el niño adquiere en el periodo preoperacional, que va de los 2 a los 7 años. Es el espacio de las imágenes mentales. El niño se orienta en el espacio por medio de puntos de referencia externos y de representaciones gráficas. El niño desarrolla relaciones espaciales sencillas: arriba-abajo, delante-detrás, dentro-fuera, etc. Estas relaciones son egocéntricas, dependen del punto de vista del niño. Por ejemplo, el niño dibuja una casa sin perspectiva y dice que está arriba o abajo según su posición.
El espacio proyectivo: Es el espacio que el niño adquiere en el periodo de operaciones concretas, que va de los 7 a los 11 años. Es el espacio de las relaciones entre los objetos y sus representaciones. El niño se orienta en el espacio por medio de sistemas proyectivos, como la perspectiva o la proyección ortogonal. El niño desarrolla las nociones de orientación, situación, tamaño y dirección. Estas nociones son objetivas, independientes del punto de vista del niño. Por ejemplo, el niño usa un mapa para ubicarse en el parque o en el zoológico y dice dónde está cada cosa.
El espacio euclidiano: Es el espacio que el niño adquiere en el periodo de operaciones formales, que va de los 11 años en adelante. Es el espacio de las coordenadas y las medidas. El niño se orienta en el espacio por medio de ejes coordenados o puntos cardinales. El niño desarrolla las nociones de distancia, superficie, volumen y ángulo. Estas nociones son abstractas, basadas en símbolos matemáticos o geométricos. Por ejemplo, el niño usa un sistema de ejes para situar un punto en el plano o en el espacio y dice cuánto mide una línea recta o una curva.
Evolución del tiempo en el niño según Piaget:
Durante el período sensoriomotor, el niño es capaz de ordenar acontecimientos referidos a su propia acción y posteriormente en sí mismos. En el período preoperatorio el niño vive un tiempo totalmente subjetivo, conoce secuencias rutinarias y hacia los cuatro o cinco años es capaz de recordarlas en ausencia de la acción que las desencadena. La percepción temporal va unida a la percepción espacial; así, un coche va más deprisa que otro por mero hecho de ir delante. En el período operatorio, se produce la desvinculación de la percepción temporal con respecto a la percepción espacial.
A los 2 meses, el bebé no tiene una noción clara del tiempo, solo vive el presente y reacciona a los estímulos que recibe. Por ejemplo, el bebé llora cuando tiene hambre o sueño y se calma cuando le dan de comer o le arrullan.
A los 6 meses, el bebé empieza a anticipar algunos acontecimientos que se repiten en su vida, como la hora de la comida o del baño. Por ejemplo, el bebé se relame los labios cuando ve el biberón o se agita cuando le quitan la ropa.
A los 12 meses, el bebé empieza a reconocer el orden y la duración de los eventos que ocurren en su vida, así como la existencia permanente de los objetos aunque no los vea. Por ejemplo, el bebé sabe que después de bañarse viene la hora de comer y se dirige a su trona. También sabe que su peluche favorito sigue existiendo aunque esté debajo de la manta y lo busca hasta encontrarlo.
A los 18 meses, el niño empieza a usar gestos y palabras para indicar la ubicación de los objetos y las personas en el espacio y el tiempo, como señalar, decir “aquí”, “ahí”, “ahora”, “después”, etc. Por ejemplo, el niño señala con el dedo el lugar donde está su juguete y dice “ahí”. También dice “ahora” cuando quiere hacer algo y “después” cuando no quiere hacerlo.
A los 2 años, el niño empieza a comprender conceptos temporales como ahora-después, día-noche, ayer-hoy-mañana, etc. Estos conceptos son egocéntricos, dependen del punto de vista del niño. Por ejemplo, el niño dice “ayer” cuando recuerda algo que hizo el día anterior y “mañana” cuando anticipa algo que hará al día siguiente.
A los 3 años, el niño empieza a usar unidades de medida del tiempo como días, semanas o meses. Estas unidades son concretas, basadas en la observación de fenómenos naturales o sociales. Por ejemplo, el niño dice “día” cuando es de mañana o de tarde y “noche” cuando es de noche. También dice “semana” cuando se refiere a los días que va al colegio y “mes” cuando se refiere a su cumpleaños.
A los 4 años, el niño empieza a comprender conceptos temporales como antes-después, duración, velocidad, etc. Estos conceptos son objetivos, independientes del punto de vista del niño. Por ejemplo, el niño dice “antes” cuando se refiere a algo que ocurrió en un momento anterior al actual y “después” cuando se refiere a algo que ocurrirá en un momento posterior al actual. También dice cuánto tiempo tarda en hacer algo o cuánto corre un coche.
A los 5 años, el niño empieza a usar unidades de medida del tiempo como horas, minutos o segundos. Estas unidades son abstractas, basadas en símbolos convencionales o instrumentos. Por ejemplo, el niño dice “hora” cuando mira el reloj y “minuto” o “segundo” cuando cuenta el tiempo que tarda en hacer algo.
A los 6 años, el niño empieza a comprender conceptos temporales como estaciones del año, siglos o eras. Estos conceptos son complejos, basados en la historia o la ciencia. Por ejemplo, el niño sabe que hay cuatro estaciones del año que se llaman primavera, verano, otoño e invierno. También sabe que hay siglos o eras que dividen la historia de la humanidad.
A los 7 años, el niño empieza a dominar la noción de tiempo percibido, es decir, el tiempo ligado a la memoria y al razonamiento. El niño es capaz de situar eventos históricos o personales en una línea temporal y de establecer relaciones causales entre ellos. Por ejemplo, el niño sabe que Cristóbal Colón descubrió América en 1492 y que eso tuvo consecuencias para el mundo. También sabe que su nacimiento fue antes que el de su hermano menor y que eso influye en su relación.
A los 8 años, el niño empieza a dominar la noción de tiempo concebido, es decir, el tiempo ligado a la abstracción y a la hipótesis. El niño es capaz de imaginar eventos futuros o alternativos y de evaluar sus posibilidades o consecuencias. Por ejemplo, el niño se imagina cómo será el mundo dentro de 100 años y qué problemas o soluciones habrá. También se imagina qué pasaría si hubiera nacido en otro país o en otra época.
Algunos juegos infantiles que desarrollen la ubicación temporal y espacial son:
El juego de las pistas: se trata de seguir una serie de indicaciones para encontrar un tesoro escondido. Por ejemplo, “da tres pasos hacia adelante, gira a la derecha, camina hasta el árbol, etc.”. Este juego ayuda a practicar las nociones de orientación y distancia.
Las indicaciones dadas pueden ser de diferente tipo:
Movimiento por fases: avanza dos islas, gira a la derecha, avanza otra isla, gira a la izquierda, etc.
Por puntos de referencia: La isla está a la derecha de la isla de color azul y frente a la isla de color blanco.
Por secciones: La isla se encuentra en la sección superior derecha, en esta sección la isla se encuentra en el lado izquierdo.
El juego de los espejos: consiste en imitar los movimientos de otro niño como si fuera un reflejo. Por ejemplo, si el niño levanta la mano derecha, el otro debe levantar la mano izquierda. Este juego ayuda a mejorar la coordinación y la simetría.
Juguetes por todos lados: Puedes realizar este juego para enseñar al niño a ubicar objetos en cuatro puntos principales: izquierda, derecha, al frente y detrás. Siéntalo en una alfombra y coloca varios juguetes en esos puntos. Primero, indica la dirección donde está determinado objeto. Segundo, pregunta ¿dónde está la pelota azul? Debe decirte en qué dirección. Puedes alternar con cada una. Incluso preguntar ¿cuáles son los juguetes que están detrás de ti?.
Tiendas: En este juego pueden participar dos niños (o dos grupos de niños) sentados uno frente a otro y separados por un panel. Cada uno tendrá el mismo conjunto de imágenes de juguetes, útiles, productos, ropas, etc. y una tarjeta que simule el estante de una tienda. Un niño irá colocando las imágenes en su tarjeta mientras describe su ubicación en el estante, por ejemplo: “la piña al centro de la segunda fila o la manzana a la derecha de la piña y debajo de la pera”. Mientras que al otro lado del panel el otro niño intentará reproducir la distribución de la tienda siguiendo sus instrucciones, al final se quita la separación para comparar ambas tiendas.