En esta sesión encontrarás diversos relatos, algunos originales realizados por los catequistas escritores y otros recuperados de nuestras tradiciones. La narrativa, los cuentos, como las parábolas, nos refieren a la vida de una manera simbólica que toca nuestra sensibilidad y nos pueden abrir a la esperanza.
Te invitamos a ver este sencillo video que nos puede ayudar a hablar sobre la necesidad de amar y acoger al otro...
Este hermoso video nos ayuda a centrar nuestro corazón en la oración por nuestros sacerdotes.
Les presentamos una hermosa reflexión que nos ayuda a entender algunos aspectos sobre la sinodalidad y las actitudes que necesitamos para vivirla. Esperamos disfrutes este relato.
Les compartimos este cuento a propósito de nuestro continua necesidad de conversión y de dejarnos tocar por la presencia amorosa de Dios.
Cuento “El cerdo y el búfalo”
Estaba un día Dios contemplando su creación, y de repente llega la jirafa y le dice: Dios, mira como me dejaste- y Dios le contesta: ¡hermosa!, ¿no lo crees? con tus manchitas, de color muy bonito. Pero la jirafa replica diciéndole: no, mira me dejaste un cuello muy corto, no alcanzo nada para comer, los árboles son muy altos, ni siquiera puedo tomar agua del rio. Dios se sonríe y le dice: Muy bien mi querida jirafita, la tomó y le estiro su cuello y la puso cerca de un árbol. La jirafa feliz le agradeció y se fue corriendo a presumir su cuello.
En el camino la vio la cebra y corrió hacía donde estaba Dios y le dice: Dios, mira “cámbiame”. Dios le dice, -te ves genial- ¿qué te cambió?, Ay Dios, ándale, cámbiame de color, mira soy gris y mis amigos me dicen burra y no soy burra, yo si acabe la prepa jeje, no te creas Dios, es broma. ¿Me podrías cambiar el color? y Dios muy contento tomo pintura como todo artista, le hizo unas hermosas rayas en blanco y negro. La cebra se fue contentísima y Dios se quedó pensando, voy a dar un paseo y les cambiaré la vida a mis animalitos.
De pronto pasa cerca del búfalo, que tenía una cara de pocos amigos, y le dice: mí querido búfalo ¿te gustaría que te pusiera una cara feliz y un poquitito más bonita? y contesta muy enojado: -No- así soy y así me quiero quedar. Dios como todo caballero se retira y sigue su camino.
Reflexiona y piensa, quizás debo insistir un poco más. Y de pronto, empieza a oler muy feo, y ve al cerdito revolcándose en su popo y en el lodo, y le dice Dios: lindo puerquito ¿quieres que te saque de ahí? Te puedo dejar limpio y muy bonito. Y el puerquito le contesta indiferente: “así soy feliz” me gusta estar en el lodo y en la popo. Dios le insiste, ándale, yo te saco de ahí y verás que será mejor vivir limpio y se acercarán todos a ti. Y el puerco le dice tajante: “vete no quiero nada de ti” y Dios muy triste lo respeta y sigue su camino…
En nuestra vida ocurre lo mismo. Después de tantos años de vivir con cara de fuchi o revolcándonos en el lodo y hasta en la popo, o sea esclavizados al pecado, y nos hemos acostumbrado. Sin embargo, Jesús, por medio de su muerte y resurrección nos ha dado la fuerza suficiente para liberarnos, pero hace falta que nosotros nos demos cuenta y demos el gran paso: vivir la conversión.
En este cuento es muy fácil entender que Dios es quien nos cambia, si se lo permitimos, que podemos vivir una transformación interior que se note en el exterior. Es la llamada a la conversión un cambio de vida, la transformación profunda del corazón y de la mente. Convertirse es volver de, para volverse a; es salir de, para ir hacia..., es dar media vuelta para dirigirse hacia Dios.
En esta ocasión con motivo del mes de febrero queremos compartir con ustedes un hermoso relato creado por una de nuestras catequistas más colaboradora con el proyecto Comparto mis Talentos. Agradecemos su generosidad y sus dones. Junto con el cuento está también la imagen. Gracias por capacidad.
EL BURRO Y EL CABALLO
AMISTAD
Hace tiempo en una granja muy hermosa vivían dos grandes amigos que se criaron desde pequeños y se querían como hermanos. Era un burro y un lindo caballo.
Su amo siempre los quiso y los trató de la misma manera.
Un día tuvieron que partir al pueblo ya que su amo vendía leña y tenía que hacer una gran entrega.
Pero sucedió que en esta ocasión el burro llevaba toda la carga sobre su lomo y en cuanto el caballo solo llevaba una montura e iba a todo galope disfrutando de la frescura del viento.
El burro se empezó a sentir muy mal, estaba débil y sin fuerzas. Le faltaba aire.
Pidió ayuda a su amigo el caballo, pero este no le hizo caso y continuó caminando.
Hubo un momento que al burro se le doblaron las patas, se desmayó, no reaccionaba y su amo empezó a preocuparse, ya que iban a medio camino y el único veterinario vivía a las afueras del pueblo. No era seguro que llegara con vida.
El caballo se angustió mucho, pero rápidamente el amo montó al burro en el lomo del caballo y se fueron a todo galope para poder llegar a tiempo.
Ambos estuvieron unos días en el pueblo en lo que se recuperaba.
Afortunadamente, el burro se pudo salvar; pero el caballo estaba muy avergonzado por no ayudar a su amigo el burro en ese momento de dificultad. Le pidió disculpas, pues se dio cuenta del valor de la vida y que había sido egoísta al pensar sólo en él mismo.
MORALEJA:
Los mejores amigos no son sólo los que están en los momentos de alegría y felicidad.
Son los que te saben escuchar, te apoyan y sobre todo te hacen ver tus faltas para crecer y a no volver a caer en los mismos errores
Autora: Ruth Alonso Zaldívar
Este pequeño video, nos ayuda a entender el valor de la empatía, lo que significa la gentileza y la amabilidad cuando surgen del corazón que se siente amado y es capaz de amar.
Compartimos con ustedes esta sencilla reflexión que nos invita a saber acoger y agradecer lo que tenemos.
En estos momentos que estamos viviendo nos puede ayudar a centrarnos y vivir con esperanza.
Este relato que nos propone el autor chileno Cristian Urzúa Pérez, nos puede dar una pista de lo que estamos viviendo y del caminito para ir resolviendo las situaciones que se han puesto de manifesto con la pandemia. Somos los seres humanos los que podemos ser solidarios, ayudar al que no tiene, dar una palabra de esperanza a quien sufre sin horizonte:
Un científico vivía preocupado por los problemas del mundo y estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días y días en busca de respuestas a sus dudas.
Cierto día, su hijo Benjamín, de tan solo seis años, invadió su laboratorio decidido a ayudarlo a trabajar. El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado. Pero, viendo que era imposible sacarlo del laboratorio, el padre pensó en algo que pudiese entretenerle, con el objetivo de distraer su atención.
De repente, se encontró con una revista, en donde había un mapa del mundo. Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta engomada se lo entregó a su hijo. Luego le dijo:
—Benjamín, como te gusta armar rompecabezas, te voy a dar el mundo hecho pedazos, para que lo repares tú solo sin ayuda de nadie.
Calculó que a su pequeño hijo le llevaría varios días recomponer el mapa destrozado, pero no fue así. Pasadas algunas horas, escuchó la voz del niño que lo llamaba con entusiasmo: —¡Papá, ya lo armé!
Al principio, el padre no creyó que su hijo hubiera terminado la tarea. Pensó que sería imposible que a su edad lograra recomponer un mapa que jamás había visto antes.
Desconfiado, el científico detuvo lo que estaba haciendo y levantó la vista de sus anotaciones, con la certeza de que vería algo digno de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en su debido lugar.
¿Cómo es que el niño había sido capaz de hacerlo? Entonces, cariñosamente, le preguntó: —Hijo, tú no sabías cómo era el mundo, ¿Cómo lo lograste?
—Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Di vuelta los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí conocía y sabía cómo era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y vi que había arreglado el mundo.
Cristian Urzúa Pérez, Historias para crecer como padres, San Pablo Chile, 2010
Encontrarás a Jesús en mi corazón
— “Mañana en la mañana voy a operarte y tendré que abrir tu corazón”, le explicaba el cirujano a un niño.
— “¡Usted encontrará allí a Jesús!”, le interrumpió el niño.
El cirujano se quedó mirándolo, y continuó:
— “Cortaré una pared de tu corazón para poder ver el daño completo.”
— “Pero, cuando abra mi corazón, usted encontrará a Jesús ahí”, volvió a decir el niño.
El cirujano volvió su mirada hacia los padres del niño, quienes estaban sentados tranquilamente, y siguió explicándole al niño:
— “Cuando haya visto el daño que hay, entonces planearemos lo que sigue… ya con tu corazón abierto.”
— “Pero usted encontrará a Jesús en mi corazón… mi padre dice que Él vive allí”, seguía diciendo con insistencia el niño.
El cirujano pensó que era suficiente y le explicó:
— “Te diré lo que encontraré en tu corazón, encontraré músculos dañados, baja respuesta de glóbulos rojos y debilidad en las paredes y vasos. Una vez que te haya abierto y visto tu corazón, me daré cuenta si te podemos ayudar o no.”
— “Pero también encontrará a Jesús. Allí es su hogar, Él vive allí, siempre está conmigo.”
El cirujano no toleró más los insistentes comentarios y se fue a su oficina. Enseguida se sentó en su escritorio y procedió a grabar las observaciones previas a la cirugía, encendió la grabadora y dijo: “aorta dañada, vena pulmonar deteriorada, degeneración muscular cardiaca masiva. No hay posibilidades de trasplante. Terapia: analgésicos y reposo absoluto. Pronóstico (tomó una pausa y en tono triste escribió): muerte dentro del primer año.”
Entonces detuvo la grabadora… pero aún tenía algo más que decir:
— “¿Por qué?”, preguntó en voz alta, “¿por qué le hiciste esto a él? Tú lo pusiste aquí, tú lo pusiste en este dolor y lo has sentenciado a una muerte temprana. ¿Por qué?”
De pronto, escuchó la voz de Dios que le contestaba:
— “El niño es mi oveja, pero ya no pertenecerá a tu rebaño porque él es parte del mío y conmigo estará toda la eternidad. Aquí en el cielo, en mi rebaño santo, ya no tendrá ningún dolor y será confortado de una manera inimaginable para ti o para cualquiera. Sus padres un día se unirán con él, conocerán la paz y la armonía juntos, en mi reino.”
El cirujano empezó a llorar, sentía aún más rencor, no entendía las razones. Y replicó:
— “Tú creaste a este muchacho… y también su corazón ¿Para qué? ¿Para que muera dentro de unos meses?”
El Señor le respondió:
— “Él ya cumplió su tarea en la tierra y es tiempo de que regrese a su hogar en el cielo. Hace algunos años, envié una oveja especial, con dones de doctor para que ayudara a sus hermanos, pero con tanta ciencia se olvidó de Mí… así que envié a mi otra oveja, a este niño enfermo, para que trajera de regreso a aquella oveja perdida hace tanto tiempo.”
El cirujano lloró y lloró inconsolablemente. Días después, luego de practicar la cirugía, el doctor se sentó a un lado de la cama del niño. El niño despertó y murmurando rápidamente preguntó:
— “¿Abrió mi corazón?
— “Sí”, le respondió el cirujano, “y ¿sabes qué?, era cierto lo que me decías, ¡allí encontré a Jesús!”
Pensemos:
Este hermoso relato nos ayuda a descubrir cómo la fe puede alimentarse de la sencillez de un niño, de la capacidad de reflexionar y discernir las experiencias y su significado desde el amor de Dios. Ojalá que en nuestra vida cotidiana sepamos leer esos signos de amor que nos llaman a la conversión del corazón. Les dejamos un link donde pueden encontrar relatos como este: tengoseddeti.org/tag/historias-y-cuentos/
EL CUARTO REY MAGO
Hay una leyenda que sin ser parte de la Revelación, nos enseña lo que Dios espera de nosotros.
Se cuenta que había un cuarto Rey Mago, que también vio brillar la estrella sobre Belén y decidió seguirla. Como regalo pensaba ofrecerle al Niño un cofre lleno de perlas preciosas. Sin embargo, en su camino se fue encontrando con diversas personas que iban solicitando de su ayuda.
Este Rey Mago las atendía con alegría y diligencia, e iba dejándoles una perla a cada uno. Pero eso fue retrasando su llegada y vaciando su cofre. Encontró muchos pobres, enfermos, encarcelados y miserables, y no podía dejarlos desatendidos. Se quedaba con ellos el tiempo necesario para aliviarles sus penas y luego procedía su marcha, que nuevamente era interrumpida por otro desvalido.
Sucedió que cuando por fin llegó a Belén, ya no estaban los otros Magos y el Niño había huido con sus padres hacia Egipto, pues el Rey Herodes quería matarlo. El Rey Mago siguió buscándolo, ya sin la estrella que antes lo guiaba.
Buscó y buscó y buscó... y dicen que estuvo más de treinta años recorriendo la tierra, buscando al Niño y ayudando a los necesitados. Hasta que un día llegó a Jerusalén justo en el momento que la multitud enfurecida pedía la muerte de un pobre hombre. Mirándolo, reconoció en sus ojos algo familiar. Entre el dolor, la sangre y el sufrimiento, podía ver en sus ojos el brillo de aquella estrella. Aquel miserable que estaba siendo ajusticiado era el Niño que por tanto tiempo había buscado.
La tristeza llenó su corazón, ya viejo y cansado por el tiempo. Aunque aún guardaba una perla en su bolsa, ya era demasiado tarde para ofrecérsela al Niño que ahora, convertido en hombre, colgaba de una Cruz. Había fallado en su misión. Y sin tener a dónde más ir, se quedó en Jerusalén para esperar que llegara su muerte.
Apenas habían pasado tres días cuando una luz aún más brillante que mil estrellas llenó su habitación. ¡Era el Resucitado que venía a su encuentro! El Rey Mago, cayendo de rodillas ante Él, tomó la perla que le quedaba y extendió su mano mientras hacía una reverencia. Jesús le tomó tiernamente y le dijo:
“Tú no fracasaste. Al contrario, me encontraste durante toda tu vida. Yo estaba desnudo, y me vestiste. Yo tuve hambre, y me diste de comer. Tuve sed y me diste de beber. Estuve preso, y me visitaste. Pues yo estaba en todos los pobres que atendiste en tu camino. ¡Muchas gracias por tantos regalos de amor! Ahora estarás conmigo para siempre, pues el Cielo es tu recompensa.”
La historia no requiere explicación... nosotros somos el cuarto Rey Mago y Jesús espera que le encontremos en cada persona necesitada que se cruce en nuestro camino y deseo que la Epifanía—ese encuentro con Jesús que vive en cada hermano y hermana que sufre—nos acompañe durante todos los días de este año que comienza... DTB!
Tomado de la red.
Martha Membreno, Materiales para la Catequesis.
José, anoche tuve un sueño muy extraño, como una pesadilla. La verdad es que no lo entiendo. Se trataba de una fiesta de cumpleaños de nuestro Hijo.
La familia se había estado preparando por semanas decorando su casa. Se apresuraban de tienda en tienda comprando toda clase de regalos. Parece que toda la ciudad estaba en en lo mismo porque todas las tiendas estaban abarrotadas. Pero algo me extrañó mucho: ninguno de los regalos era para nuestro Hijo.
Envolvieron los regalos en papeles lindísimos y les pusieron cintas y lazos muy bellos. Entonces los pusieron bajo un árbol. Si, un árbol, José, ahí mismo dentro de su casa. También decoraron el árbol; las ramas estaban llenas de bolas de colores y ornamentos brillantes. Había una figura en el tope del árbol. Parecía un angelito. Estaba precioso.
Por fin, el día del cumpleaños de nuestro Hijo llegó. Todos reían y parecían estar muy felices con los regalos que daban y recibían. Pero fíjate José, no le dieron nada a nuestro Hijo. Yo creo que ni siquiera lo conocían. En ningún momento mencionaron su nombre. ¿No te parece raro, José, que la gente pase tanto trabajo para celebrar el cumpleaños de alguien que ni siquiera conocen? Me parecía que Jesús se habría sentido como un intruso si hubiera asistido a su propia fiesta de cumpleaños.
Todo estaba precioso, José y todo el mundo estaba tan feliz, pero todo se quedó en las apariencias, en el gusto de los regalos. Me daban ganas de llorar que esa familia no conocía a Jesús. ¡Qué tristeza tan grande para Jesús - no ser invitado a Su propia fiesta! Estoy tan contenta de que todo era un sueño, José. ¡Qué terrible si ese sueño fuera realidad!
Tomado de Blog Católico Gotitas Espirituales.
Esperamos que esto nos ayude a retomar el verdadero sentido de la Navidad, que no sea arrebatado por el consumismo y la superficialidad. Sólo el amor en el misterio de Belén, en ese pesebre pobre donde tuvieron lugar María y José y donde visitaron al Niño pastores humildes y sabios de otras tierras nos puede ayudar a desentrañar el verdadero significado de la Encarnación, que nos hace hermanos.
En 1994, unos misioneros voluntarios fueron a un orfanato a llevar el mensaje de navidad. Alrededor de 100 niños y niñas que habían sido abandonados, abusados, y dejados en cargo de un programa del gobierno, estaban en este orfanato. Ellos relatan esta historia en sus propias palabras.
Se acercaban los días de fiestas Navideñas, 1994, tiempo para que nuestros huérfanos escucharan por primera vez, la historia tradicional de Navidad. Les contamos como María y José llegaron a Belén. No encontraron albergue en la posada y la pareja se fue a un establo, donde nació el niño Jesús y fue puesto en un pesebre.
Durante el relato de la historia, los niños y los trabajadores del orfanato estaban asombrados mientras escuchaban. Algunos estaban sentados al borde de sus taburetes, tratando de captar cada palabra. Terminando la historia, le dimos a los niños material para que hicieran su pesebre.
Siguiendo las instrucciones, los niños usaron su imaginación para realizar la tarea. Los huérfanos estaban ocupados montando sus pesebres, mientras yo caminaba entre ellos para ver si necesitaban ayuda. Parecía ir todo bien hasta que llegue a una de las mesas donde estaba sentado el pequeño Misha. Lucía tener alrededor de 6 años y ya había terminado su proyecto. Cuando miré en el pesebre de este pequeño, me sorprendió ver no uno, sino dos bebés en el pesebre. Enseguida llame al traductor para que le preguntara al chico porque habían dos bebés en el pesebre. Cruzando sus brazos y mirando a su pesebre ya terminado, empezó a repetir la historia muy seriamente.
Para ser un niño tan pequeño que solo había escuchado la historia de Navidad una vez, contó el relato con exactitud… hasta llegar a la parte donde María coloca el bebé en el pesebre. Entonces Misha empezó a agregar. Inventó su propio fin de la historia diciendo, " y cuando María colocó al bebé en el pesebre, Jesús me miró y me preguntó si yo tenía un lugar donde ir. Yo le dije, "no tengo mamá y no tengo papá, así que no tengo donde quedarme. Entonces Jesús me dijo que me podía quedar con El. Pero le dije que no podía porque no tenía regalo para darle como habían hecho los demás. Pero tenía tantos deseos de quedarme con Jesús, que pensé qué podría darle de regalo. Sentí que si lo pudiera mantenerle caliente, eso sería un buen regalo.
Le pregunté a Jesús, "Si te mantengo caliente, ¿sería eso un buen regalo?" Y Jesús me dijo, "Si me mantienes caliente, ese sería el mejor regalo que me hayan dado". Así que me metí en el pesebre, y entonces Jesús me miró y me dijo que me podría quedar con El… para siempre." Mientras el pequeño Misha termina su historia, sus ojos se desbordaban de lágrimas que les salpicaban por sus cachetes. Poniendo su mano sobre su cara bajo su cabeza hacia la mesa y sus hombros se estremecían mientras sollozaba y sollozaba. El pequeño huérfano había encontrado alguien quien nunca lo abandonaría o lo abusara, alguien quien se mantendría con el…PARA SIEMPRE. Gracias a Misha he aprendido que lo que cuenta, no es lo que uno tiene en su vida, si no, a quien uno tiene en su vida. No creo que lo ocurrido a Misha fuese imaginación. Creo que Jesús de veras le invitó a estar junto a El PARA SIEMPRE. Jesús hace esa invitación a todos, pero para escucharla hay que tener corazón de niño.
Autor Desconocido, versión libre tomada de: https://www.aciprensa.com/recursos/el-mejor-regalo-de-navidad-1815
MARTÍN, EL ZAPATERO O EN DONDE ESTÁ EL AMOR, ALLI ESTÁ DIOS
Todo esto comenzó la noche del 24 de diciembre…
Vivía en la ciudad un zapatero remendón que se llamaba Martín Avdiéitch. Su morada era un cuarto minúsculo en un sótano, cuya única ventana daba a la calle. A través de ella solo veía los pies de las personas que pasaban.
Martín reconocía a muchos transeúntes al ver sus botas, que él había reparado. Tenía mucho trabajo, pues se esmeraba en hacerlo bien, utilizaba buenos materiales y no cobraba demasiado.
Su esposa e hijos habían muerto años atrás, y eran tan grandes su dolor y desesperación, que llegó a reprochar a Dios por su tragedia. Pero cierto día, un anciano que había nacido en la misma aldea que Martín y que se había vuelto peregrino, visitó al zapatero y este le abrió su corazón.
―Ya no deseo seguir viviendo ―le confió―. He perdido toda esperanza. El anciano respondió:
―Estás desesperado porque solo piensas en ti y en tu propia felicidad. Lee el Evangelio y allí verás cómo quiere Dios que vivas.
Martín compró una Biblia. Al principio se proponía leer solamente los domingos, pero una vez que hubo comenzado, sintió tal felicidad en su corazón que empezó a hacerlo a diario.
Y así sucedió que una noche, ya tarde, al leer el Evangelio según San Lucas, llegó al pasaje donde el fariseo rico invita al Señor a su casa. Una pecadora se presentó ante Jesús, le limpió y ungió los pies, y luego los enjugó con sus lágrimas. El Señor le dijo al fariseo:
―¿Ves a esta mujer? Yo entré a tu casa y no me diste agua con qué lavar mis pies; sin embargo, ella ha lavado mis pies con sus cabellos. Tú no has ungido con óleo mi cabeza; y ella ha derramado sus perfumes sobre mis pies.
Martín reflexionó: “ese fariseo debió ser un ignorante, como yo. Si el Señor viniera a mi casa, ¿me comportaría de esa manera?”
Luego, apoyó la cabeza en sus brazos y se quedó dormido.
De pronto, escuchó una voz y despertó. No había nadie ahí, pero oyó que le decían claramente: “Martín, asómate a la calle mañana, porque vendré a verte”. Y esto fue por dos veces.
El zapatero remendón se levantó antes del alba, encendió el fuego y preparó una sopa de col y avena con leche. A continuación, se puso el delantal y se sentó a trabajar frente a la ventana.
Mientras recordaba lo que le había sucedido la noche anterior, miraba hacia la calle más que hacer su labor. Cuando pasaba alguien con unas botas que él desconocía, miraba hacia arriba para verle la cara. Pasó un portero. Luego un aguador. Un anciano llamado Stepanitch, que trabajaba para el comerciante vecino, empezó a quitar con una pala la nieve acumulada frente a la ventana; Martín lo vio y prosiguió su tarea
Después de hacer una decena de puntadas, miró de nuevo por la ventana. Stepanitch había apoyado la pala en la pared, estaba descansando o tratando de entrar en calor. El zapatero se asomó a la puerta y lo llamó.
―Entra; pasa a calentarte, debes estar helado.
―¡Qué Dios lo bendiga! ―le agradeció Stepanitch.
El hombre entró, se sacudió la nieve y empezó a limpiarse los zapatos. Al hacerlo, se tambaleó y estuvo a punto de caer. ―¡Cuidado! ―le dijo Martín―. Siéntate; tomemos un poco de té. Y llenando dos vasos, dio uno al visitante, que lo bebió enseguida. Se veía que deseaba más. El anfitrión volvió a llenar el vaso. Mientras bebían, Martín siguió mirando a la calle.
―¿Espera a alguien? ―preguntó el anciano.
―Anoche estaba leyendo que Cristo visitó la casa de un fariseo que no lo recibió dignamente. Me dije: ¿Y si esto me pasara a mí? ¿Qué haría para recibirlo como se merece? Entonces me venció el sueño y escuché a alguien decir: “Busca en la calle mañana, porque vendré”, y así dos veces. Pues bien, ¿querrás creerlo? No puedo sacármelo de la cabeza, por más que me riño a mí mismo, estoy aguardándole a Él, a nuestro Señor”.
Al escuchar esto, a Stepanitch se le arrasaron los ojos y dijo:
―Gracias, Martin Avdieitch, me has reconfortado el cuerpo y el alma.
A continuación, se despidió y salió.
El zapatero se sentó a la mesa de trabajo a coser una bota. Al observar por la ventana, vio que una mujer que calzaba suecos pasó y se detuvo cerca de la pared. Martín advirtió que iba pobremente vestida y con un niño en brazos. De espalda al cierzo, trataba de proteger a su pequeño con sus delgados andrajos. Martín salió y la invitó a pasar.
Sirvió sopa caliente y algo de pan.
―Come, buena mujer, y entra en calor ―le indicó cordialmente.
Mientras comía, la campesina le contó quién era:
| ―Soy esposa de un soldado. Hace ocho meses lo mandaron lejos de aquí y no he sabido nada de él. No he podido encontrar trabajo; tuve que vender todo lo que poseía para comprar comida. Ayer empeñé mi último chal.
Martín revolvió sus estantes y volvió con una vieja capa.
―Tome ―le dijo―. Está raída pero le servirá para arropar al pequeño.
Al coger la prenda, la campesina rompió en llanto y exclamó:
―¡Qué Dios lo bendiga!
Martín sonrió y le contó sobre su sueño y la visita prometida.
―Quién sabe, todo puede ser ―comentó la mujer. Luego se puso de pie y envolvió a su hijo con la capa.
―Tome esto ―añadió Martín, mientras daba un poco de dinero a la mujer para que recuperara su chal. Por último, la acompañó a la puerta.
El zapatero volvió a sentarse y reanudó su tarea. Cada vez que notaba una sombra en la ventana, alzaba los ojos para ver quién era. Al poco rato avistó a una mujer que vendía manzanas en un cesto. Llevaba sobre la espalda un pesado costal, que intentaba acomodar. Al apoyar el cesto en un poste, un mozalbete tomó una manzana e intentó huir corriendo. Pero la anciana lo asió por el pelo. El muchacho gritaba y ella lo insultaba.
Martín corrió a la calle. La vendedora amenazaba con entregar al chico a la policía. “Déjalo ir, madrecita”, le suplicó Martín. “Perdónalo en el nombre de Dios”. La mujer lo soltó. “Ahora, pídele perdón a la abuela”, ordenó el zapatero al muchacho, que empezó a llorar y a ofrecer disculpas.
Martín tomó una manzana del cesto y se lo dio al ladrón.
―Te la pagaré yo, madrecita ―se apresuró a decir.
―¡Este pillo merece una paliza! ―refunfuñó la vendedora.
―¡Ay, abuela! ―exclamó Martín― si él merece que lo azoten por haber robado una manzana, ¿qué no mereceremos todos por nuestros pecados? Dios nos invita a perdonar, o no seremos perdonados. Debemos perdonar, sobre todo, a un jovencito irreflexivo.
Cuando la mujer iba a cargar el costal a la espalda, el joven dijo: “Permítame cargarlo yo, voy por el mismo camino.
Martín regresó al trabajo. Al cabo de un tiempo la escasa luz ya no le permitía ensartar la aguja en el cuero. Recogió sus herramientas, sacudió los recortes de cuero y colocó la lámpara en la mesa. Por último, cogió la Biblia del estante.
Quería abrir el libro en la página señalada, pero lo abrió en otro sitio. En eso, oyó unas pisadas y volvió la cabeza. Una voz le susurró al oído:
―Martín, ¿no me reconoces?
―¿Quién eres? ―musitó el zapatero.
―Soy yo ―dijo la voz. Y del oscuro rincón surgió Stepanitch; sonrió y como una nube, se desvaneció.
―Soy yo ―dijo la voz. De las sombras salió la mujer con el niño en brazos. La madre y el niño sonrieron; poco a poco, ellos también se esfumaron.
―Soy yo ―dijo la voz una vez más. La anciana y el muchacho de la manzana emergieron de las sombras, sonrieron y se diluyeron en la penumbra.
Martín sintió una gran alegría. Empezó a leer donde la Biblia se había abierto sola. Al principio de la página decía: “Porque yo tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber, era forastero y me hospedaste”.
En la parte inferior de la página, leyó: “Lo que has hecho por el más pequeño de mis hermanos, es a mí a quien lo has hecho”.
El zapatero comprendió que Dios en verdad lo había visitado aquel día y que él lo había recibido dignamente.
LEON TOLSTOI
Tomado de: latildeeditorial.wordpress.com/2018/12/25/cuento-de-navidad-de-leon-tolstoi/
El Adviento, es la llegada del amor, el sueño vivo de una esperanza que nos trae a todos la salvación y nos enriquece el alma con bondad y compasión.
Te presentamos un hermoso relato de una catequista de nuestra Diócesis que nos puede servir para reflexionar.
EL MURO Y LA LAGARTIJA
Esta historia es de un viejo muro de ladrillo y una lagartija. El viejo muro vivía una vida triste. De día, los rayos del sol le calentaban sus piedras. De noche, escuchaba los pasos de la gente solitaria. Esas eran sus únicas distracciones.
Una tarde agitando la cola con unos pasos rápidos, llego al muro una lagartija que perseguía una polilla.
El animalito se metió a una grieta y espero.
Cuando la polilla se posó en la pared, la lagartija con sorprendente velocidad la atrapo. Desde ese día el muro ya no estuvo solo. Y se divertía con las cosquillas que la lagartija le hacía cuando corría. La lagartija también estaba agradecida con el muro. Sus grietas le proporcionaban seguridad. Y sus piedras siempre expuestas al sol, le daban un calor muy agradable.
Una mañana la lagartija atrapo una semilla que viajaba en el viento y la planto en el muro, cuando llegó la primavera, la planta dio una flor. La mancha roja de la flor alegro el muro.
En otra ocasión, la lagartija ayudo a remontar el vuelo a una golondrina que había caído
-Te debo un favor. Pídeme lo que quieras- le dijo la golondrina
-Puedes venir a vivir a la cornisa del muro. Se pondrá muy contento-respondió la lagartija. A partir de ese momento, el muro también se divertía ver a la golondrina cazar insectos.
Con el paso del tiempo el muro pronto estuvo salpicado de flores. Y atraídas por las flores llegaron las mariposas. ¡De repente, el muro de ladrillo estaba rebosante de vida! Gracias a su amiga la lagartija.
Moraleja: La vida sin amigos puede ser muy solitaria, triste y aburrida. Cuando alguien se nos acerca y nos ofrece su amistad, todo cambia: no solo llega alegría y sonrisas, sino que uno mismo se muestra en su mejor versión. El amor y la atención que recibimos y damos nos ayuda a crecer y aprender. A veces los amigos están muy lejos y ocupados… ¡no importa!
Nuestra amistad puede continuar a través de la distancia y el tiempo, porque el amor la sostiene tanto en los buenos y malos momentos.
Este cuento de León Tolstói nos revela la profundidad con la que él interiorizó el mensaje misericordioso de Jesús en los Evangelios. Es hermoso entender así a Jesús desde el testimonio de sus palabras y sus obras, mensaje siempre nuevo y cargado de amor y compasión. que nos muestra la fuerza de la mirada compasiva.
Lev Nikoláyevich Tolstói, conocido mundialmente como León Tolstói, nació el 9 de septiembre de 1828 en Yásnaya, Rusia. El escritor fue criado en una familia aristócrata rusa, ya que sus padres fueron los condes, Mariya Tolstaya y Nikolái Ilich Tolstói . Empezó a escribir como pasatiempo y descubrió un gran talento.
Jesús llegó una tarde a las puertas de una ciudad e hizo adelantarse a sus discípulos para preparar la cena. Él, impelido al bien y a la caridad, internose por las calles hasta la plaza del mercado.
Allí vio en un rincón algunas personas agrupadas que contemplaban un objeto en el suelo, y acercose para ver qué cosa podía llamarles la atención.
Era un perro muerto, atado al cuello por la cuerda que había servido para arrastrarle por el lodo. Jamás cosa más vil, más repugnante, más impura se había ofrecido a los ojos de los hombres.
Y todos los que estaban en el grupo miraban hacia el suelo con desagrado.
-Esto emponzoña el aire -dijo uno de los presentes.
-Este animal putrefacto estorbará la vía por mucho tiempo -dijo otro.
–Miren su piel -dijo un tercero-; no hay un solo fragmento que pudiera aprovecharse para cortar unas sandalias.
-Y sus orejas -exclamó un cuarto- son asquerosas y están llenas de sangre.
-Habrá sido ahorcado por ladrón -añadió otro.
Jesús los escuchó, y dirigiendo una mirada de compasión al animal inmundo:
-¡Sus dientes son más blancos y hermosos que las perlas! -dijo.
Entonces el pueblo, admirado, volvióse hacia Él, exclamando:
-¿Quién es este? ¿Será Jesús de Nazaret? ¡Solo Él podría encontrar de qué condolerse y hasta algo que alabar en un perro muerto…!
Y todos, avergonzados, siguieron su camino, prosternándose ante el Hijo de Dios.
FIN
Tomado de: https://elbuenlibrero.com/cuentos-cortos-el-perro-muerto/
Danos tus ojos Señor para que podamos mirar al hermano como tú lo contemplas desde tu amor y compasión. Que podamos ver la realidad a través de la luz de tu mirada que da vida. Amén.