“Mas, mal concebido, bajo su robustez había crecido ese bebé
y buscaba la vía por la que, a su madre abandonando,
pudiera salir él. En la mitad del árbol grávido se hincha su vientre. 505
Tensa su carga a la madre, y no tienen sus palabras esos dolores,
ni a Lucina puede de la parturienta la voz invocar.
A una que pujara, aun así, se asemeja y curvado incesantes
da gemidos el árbol y de lágrimas que le van cayendo mojado está.
Se detiene junto a sus ramas, dolientes, la compasiva Lucina 510
y le acercó sus manos y las palabras puérperas le dijo:
el árbol hace unas grietas y, hendida su corteza, viva
restituye su carga y sus vagidos da el niño. Al cual, sobre las mullidas hierbas
las náyades imponiéndolo, con lágrimas lo ungieron de su madre.
Podría alabar su belleza la Envidia incluso, pues cuales 515
los cuerpos de los desnudos Amores en un cuadro se pintan,
tal era, pero, para que no haga distinción su aderezo,
o a éste añádelas, leves, o a aquéllos quita las aljabas.
“Discurre ocultamente y engaña la volátil edad,
y nada hay que los años más veloz. Él, de su hermana nacido 520
y del abuelo suyo, que, escondido en un árbol ahora poco,
ahora poco había nacido, ora hermosísimo bebé,
ya joven, ya hombre, ya que sí más hermoso mismo es,
ya complace incluso a Venus, y de su madre venga los fuegos.
Pues, vestido de aljaba, mientras besa el niño la boca a su madre, 525
sin darse cuenta con una sobresaliente caña rasgó su pecho.
Herida, con la mano a su hijo la diosa rechaza: más profundamente llegado
la herida había que su aspecto, y al principio a ella misma había engañado.
Cautivada de tal hombre por la hermosura, ya no cura de las playas
de Citera, no, de su profundo mar ceñida, vuelve a Pafos, 530
y a la rica en peces Gnido, o a Amatunta, grávida de metales.
Se abstiene también del cielo: al cielo antepone a Adonis.
A él retiene, de él séquito es, y acostumbrando simpre en la sombra
a permitirse estar y su belleza a aumentar cultivándola,
por las cimas, por los bosques y espinosas rocas deambula, 535
con el vestido al límite de la rodilla, remangada al rito de Diana,
y anima a los perros, y animales de segura presa persigue:
o las liebres abalanzadas, o elevado hacia sus cuernos el ciervo,
o los gamos. De los valientes jabalíes se abstiene
y a los lobos robadores, y armados de uña a los osos 540
evita y saturados de su matanza de la manada a los leones.
A ti también que de ellos temas, si de algo servirte aconsejando
pueda, Adonis, te aconseja y: “Valiente con los que huyen sé”,
dice, “contra los audaces no es la audacia segura.
Cesa de ser, oh joven, temerario para el peligro mío, 545
y a las fieras a las que armas dio la naturaleza no hieras,
no me resulte a mí cara tu gloria. No conmueve la edad,
ni la hermosura, ni lo que a Venus ha movido, a los leones,
y a los cerdosos jabalíes y a los ojos y ánimos de las fieras.
Un rayo tienen en sus corvos dientes esos agrios cerdos, 550
su ímpetu tienen, rubios, y su vasta ira los leones
y odiosa me es esa raza.” Cuál el motivo, a quien lo preguntaba:
“Te lo diré”, dice, “y de la monstruosidad te maravillarás de una antigua culpa.
Pero este esfuerzo desacostumbrado ya me ha cansado, y he aquí que
con su sombra nos seduce oportuno este álamo 555
y nos presta un lecho el césped: me apetece en ella descansar contigo
–y descansa– en este suelo” y se echa en el césped, y en él
y en el seno del joven dejado su cuello, reclinado él,
así dice, y en medio intercala besos de sus palabras: