Si haces lo que te gusta deja de ser un trabajo
No lo negaré, enseñar nunca lo había descartado como opción profesional. Estuvo en mi lista de alternativas hasta que, en una de esas oportunidades de la vida, me tocó instruir a niños de seis años en un colegio público y... encontré mi momento laboral más oscuro. Si hay un Dios, seguro me abrazó y a brazo tendido, porque la energía indomable de aquellos inocentes “angelitos” rebasó algo que no suelo perder; la paciencia. Miraba el techo de las aulas (creo que buscaba el cielo) y me encomendaba a todos los ángeles y santos que tenía olvidados; esta era mi primera experiencia laboral. Para entonces ya tenía muchos sobrinos y primos pequeños, pero jamás experimenté tal desborde social infantil. ¡Oh sí! — seguro lo pensaron— renuncié y taché la opción: “docente” de mi mente.
El Periodismo fue mi elección y por allí caminé por largos años. Mis pasos iban como bendecidos, pues cada año había trabajo y era un aprendizaje constante y enriquecedor. Experimenté muchos de los campos laborales del periodismo; pero donde más brillo me sacó la vida, fue en las áreas de imagen y comunicaciones, donde el diseño gráfico pasó a ser mi bandera y la paciencia, mi escudo. Hasta hoy cuento hasta diez mentalmente, inhalo, exhalo y me repito: “¡tranquila escopiona!”. Pero por aquellos tiempos, alguien me observó respirando y llamó a aquello “un don”. “Vienes cambiando la foto desde la semana pasada, yo no aguantaría”, me dijo una gran amiga y colega, que meses después renunció y resultó coordinadora de una facultad universitaria. Cambió la vida de ella y se abrió una oportunidad para mí, que no la vi venir.
“Tienes que enseñar diseño, tú tienes paciencia”; y con estas palabras mi ex compañera tomó mi mano y me mostró una dimensión distinta de la vida. En principio, los nervios me carcomían, recordaba mi mala experiencia con aquellos pequeñines desbandados, pero esta vez pusieron a mi cargo a chicos de segundo ciclo, de aproximadamente 18 a 20 años. Muchos de ellos le tenían pavor al diseño y solo querían escribir o hacer videos, su campo de visión sobre la carrera que estudiaban era corto y me tocaba mostrarles todo lo que había más allá.
Entonces, asumí el reto, encontré mucho por hacer en chicos llenos de sueños y expectativas por la carrera, aquella que yo también elegí. Un día serían mis colegas; “¿cómo deseo que me recuerden?”, me dije. Fue momento de tomar toda esa paciencia y contar muchas veces hasta diez y respirar, pero ocurrió algo como mágico: cuando estaba en el aula no sentía el tiempo pasar; caminaba de un lado para otro y no sentía dolor alguno en las piernas. Por primera vez olvidaba que tenía un celular y un reloj; algo que no me había sucedido en más de quince años trabajando.
Esta nueva actividad no me resultaba un trabajo; la disfrutaba. Medité varios días qué me ocurria, se lo conté a aquella amiga — la culpable de que haya llegado allí— y me dijo: "es pasión por lo que haces"; entonces se dio un "boom" en mi mente y es cuando hallé sentido a aquella frase que dice; “que si haces lo que te gusta deja de ser un trabajo”.
En toda mi humilde y corta experiencia, por primera vez sentía que con mi profesión contribuía con algo a la humanidad y que había mucho que podía hacer. Encontré un propósito maravilloso: enseñar, aprender, comunicar y especialmente escuchar, y por supuesto respirar la alegría y buena onda de la nueva generación; debo decir que con muchos, que ya son mis colegas, logré una bonita amistad.
Realmente fue toda una experiencia enseñar, porque no dejas de aprender. Cada estudiante es un mundo; me toca llegar a cada uno y dejar por allí una chispita de luz que abra sus mentes y corazones. Será un reto cada ciclo, pero lo asumo con cariño y emoción, esperando finalmente ser parte del camino que recorrerán hacía sus metas. Este es mi compromiso: "¡Palabra de escorpiona!".