La devoción a los Siete Dolores de la Virgen María es una forma de oración que medita los momentos más dolorosos que María vivió durante la vida de su Hijo Jesús. Cada dolor es un pasaje del Evangelio que muestra cómo María sufrió en silencio, fe y amor, uniéndose al sufrimiento de Cristo por nuestra salvación.
Esta devoción surgió en el Siglo XIII, promovida por los Padres Servitas, una orden religiosa que buscaba honrar el Corazón Doloroso de María y enseñar a los fieles a consolarla con la oración y la meditación.
Profecía de Simeón
Madre afligida, por el dolor que padeciste al oír de los labios del santo profeta Simeón, que una espada de dolor había de atravesar Tu alma, no permitas que yo con nuevos pecados atraviese Tu alma tan adolorida.
Ave María.
La huida a Egipto
Virgen angustiada, por los trabajos que padeciste, huyendo con Tu Hijo Jesús a Egipto, no consientas que yo destierre de mi alma por el pecado a Cristo.
Ave María.
El Niño Jesús perdido
Madre desolada, por las amargas penas que sufriste en la pérdida de vuestro Hijo dulcísimo, haz que si yo le perdiere por mis pecados, no descanse hasta hallarle de nuevo por medio de una sincera confesión.
Ave María.
La calle de la Amargura
Madre atribulada, por el dolor que sentiste viendo a Tu querido Hijo con la cruz a cuestas en la calle de la amargura, no permitas que yo con nuevas ofensas aumente el peso de aquella cruz, y lastime más Tu Corazón maternal.
Ave María.
Crucifixión
Reina de los mártires, por los dolores con que fue crucificada Tu alma, cuando contemplabas a Tu Hijo clavado en la cruz, haz que mortifique yo mis malas pasiones y viva crucificado con Cristo.
Ave María.
El Descendimiento
Madre dolorosa, por las lágrimas que Tú mezclaste con la Sangre de Tu Hijo, cuando le tenías muerto en tus brazos, alcánzame luz del Cielo para conocer la gravedad del pecado, que fue la causa de Su muerte y de Tu dolor.
Ave María.
La Sepultura
Virgen Santísima, por la soledad en que quedaste dejando el cadáver de Tu Hijo en el sepulcro, alcánzame la gracia de llevar con cristiana resignación las penas que por mis culpas he merecido, esperando que se han de cambiar pronto en las alegrías de la gloria.
Ave María.