Archivo de reflexiones, análisis y textos breves publicados en diferentes momentos. Organizados cronológicamente para trazar la evolución de mis intereses intelectuales.
ÍNDICE
Mi generación pertenece a una época clásica de las iglesias evangélicas: crecimos en las Escuelas Dominicales, asistimos a las EBDV´s (de disciplinada ejecución), vivimos el ensueño de las Campañas evangelísticas, de los aires libres con megáfonos, de las Convenciones Misioneras. Estuvimos en el proceso de aparición de tele-evangelización y fuimos testigos de primera mano del ingreso de las tecnologías de comunicación en la liturgia de la iglesia: si antes cantábamos con emoción leyendo un cancionero sucio y roído por el uso, después leíamos a todo color las letras de los himnos en un écran y pasamos de ver nuestros templos de adobe y calamina, a templos magníficos de vidrio y concreto. Atrás quedaron las bancas de madera inapolillable para dar paso a los asientos individuales de plástico. Todo ello vieron nuestros ojos, pero había algo que nunca vimos, existía una realidad que estaba ausente de nuestra mirada. Quizás porque le llamaron "mundo" y lo anatematizaron, nuestros ojos acudían a aquel espacio pero sólo con fines exorcizadores, y cuando nos acercábamos era por una necesidad imperiosa, sea el trabajo, el estudio o las actividades sociales y cívicas de siempre. De esta manera entendimos que el mundo era ese espacio demoniaco del que debíamos huir con todas nuestras fuerzas y en contraposición nos hicieron creer que la iglesia era la embajada del cielo, una especie de "adelanto" del paraíso.
Pero crecimos y las vendas de nuestros ojos cayeron. Maestros de corazón crítico nos dieron formación liberadora y por fin entendimos que estábamos sujetos a un yugo anti-intelectual y no necesariamente cristiano. Comprendimos que nos dieron alimento mezclado, nos dieron a beber de la fuente de la Vida, pero también añadieron sucedáneos del miedo y cápsulas pequeño-burguesas que defendían el orden establecido utilizando el mensaje bíblico.
Ahora bien, estás líneas no son fruto de una melancolía distópica que añora con ansias un paraíso perdido, más bien emergen con furia de una contemplación de la dimensión social abandonada (o tergiversada) de la misión cristiana de la iglesia.
En efecto, la iglesia evangélica ha tejido a lo largo de su joven historia una teología sobre el mundo carente de músculos y huesos, una especie de pensamiento teológico impermeabilizante que protegía a la iglesia de un accidental contacto con el mundo. Se entendió que toda la cultura (desde su arquitectura física y social, hasta los productos tangibles e intangibles) estaban sometidos al imperio de Satán.
Si bien ese fue el error (y aún lo es) de las iglesias evangélicas tradicionales, un grupo de congregaciones (de reciente factura) ha reconocido en su praxis que tal teología estaba errada. En dicha dirección empezaron a entender que el mundo en realidad era un espacio de conquista, de fructificación monetaria y política. El poder en sí, vestido con telas litúrgicas fue el Santo Grial de estas iglesias, y con ello la teología del mundo se convirtió en un manifiesto cosmopolita, aburguesado, cobarde y sumamente interesado en el individuo y su hambre insaciable de poder. Este cristianismo dejó en la cueva de los 40 ladrones el miedo falso de la antigua teología del mundo y a cambio se llevó todos los tesoros al altar eclesiástico del templo, el cual había abandonado la Cruz.
De lo anterior podemos preguntar, ¿Cuál es el sentido más exacto del mundo?, ¿Cuál es la perspectiva del mundo y de su secularización -que muchos ven como la señal inequívoca del fin de los tiempos, pero que en realidad es la primera contundente del cristianismo en el mundo? Estas y otras preguntas son formuladas for J. B. Metz en este libro maravilloso: un manifiesto que hace un vigoroso llamado a desprivatizar la teología para entender mejor el mundo ( y por ende la misión cristiana).
La conclusión del libro es clara: toda teología cristiana es al mismo tiempo una teología política.
Si hoy se hiciera una encuesta simple en los colegios del país, preguntando quiénes desearían dejar las aulas inmediatamente, posiblemente más de la mitad de los estudiantes encuestados responderían afirmativamente con sus manos y cuerpos. Todos nosotros, habiendo dejado hace muchos años las aulas del colegio sabemos el porqué de tal respuesta: la honda crisis del sistema educativo aún no se ha resuelto de manera suficiente o básica.
Dicha crisis se expresaba de distintas maneras, sobre todo en los colegios públicos y en las instituciones educativas privadas, de dudosa reputación, en infraestructuras endebles y vetustas, en sistemas (?) pedagógicos utilizados en la revolución industrial. Pero, nosotros, adolescentes, no nos dábamos cuenta de variables técnicas ni mucho menos conocíamos el intrincado vocabulario que se utilizaban en las salas de los directores: currículo, didáctica, propedéutica, etc., tan sólo percibíamos (o, mejor dicho, padecíamos) la punta del iceberg: el profesor.
Sin duda, aún en las peores condiciones escolares públicas siempre resaltaban como lumbreras débiles en la oscuridad absoluta, pero el resto de docentes, parecía sufrir una condena penitenciaria cuando ingresaba al aula. Y, al salir de ella, sentíamos que una profunda sonrisa se dibujaba en nuestro rostro. Los viernes eran los días de gloria, a diferencia de los lunes (sobre todo en mayo, sobre todo a la primera hora, sobre todo en la sierra), que parecía el umbral del infierno de Dante. Claro, las condiciones educativas han mejorado notablemente en los últimos lustros, sin embargo, en palabras de Vallejo, hay mucho que hacer todavía.
Pero, seamos objetivos, ¿Son los profesores los responsables principales de la crisis de la educación? En perspectiva, sí, pero no los culpables. Busquemos a los culpables en otra dimensión de la realidad social: en la economía, en la política, en la élite intelectual y dirigente del país, etc.
Por lo cual, podemos enfocar mejor la mirada y afirmar que los docentes necesitan aire puro en sus carreras, requieren urgentemente una pastoral que los rescate del sofocante peso que cae sobre sus hombros. Y quizás algunos requieran hacer reingeniería de su profesión o quizás dejarla para siempre.
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La lectura del libro El arte de enseñar de Gilbert Highet, es una especie de refresco luego de una agotadora caminata bajo el inclemente sol de verano, es como la caricia de la mano amante después del llanto inconsolable, es la comida caliente al llegar a casa después de un arduo día de trabajo en el glacial invierno.
Leerlo provee de energías al agotado, de ideas al monótono, de inspiración al aburrido, de brío al apocado, de agua al sediento, pues empezará con una introducción a esta maravillosa profesión (la docencia), para continuar con reflexiones didácticas. Nos muestra cómo eran los grandes maestros y sus discípulos, sea Sócrates, Aristóteles, los jesuitas o Dewey. Pero, como no todo es miel, también conocemos de cerca a los peores alumnos de los mejores profesores: verbigracia, Nerón de Séneca y Judas de Jesús. Sentimos la adrenalina correr por nuestros cuerpos al leer la pasión de los maestros, así como nos deleitamos del resultado (casi siempre distantes y a veces nunca visibles) de sus trabajos.
Pero, cuando llegamos al cuarto capítulo, el aire del libro, su atmósfera cambia, pues salimos de las aulas (escolares o universitarias), dejamos el olor a tiza, dejamos las mangas protectoras, la mota, los plumones, la carpeta pedagógica e ingresamos al mundo cotidiano fuera de la escuela (o la universidad). Dejamos la erudición y entramos a la cocina, dejamos los libros para ingresar al juzgado, pasamos de los mapas a la marina de guerra, dejamos el laboratorio para sentarnos a la mesa familiar. Y es que el autor tiene tal capacidad narrativa que nos lleva de la mano (como Beatriz y Dante) para llevarnos al mundo cotidiano relacionado con la vocación de la enseñanza.
Vemos, desde una perspectiva docente, como todas las relaciones humanas pueden ser entendidas como enseñanza. Así encontramos nuevas luces para nuestra vida. Podemos ver al amor, no como la melosa abdicación del yo ante otro yo, sino como el mutuo proceso de enseñanza-aprendizaje. Reconocemos que un aspecto del fruto del Espíritu Santo, la paciencia, es un ingrediente insoslayable de la actividad docente, no sólo en las aulas sino fuera de ellas (principalmente fuera de ellas).
De manera que podemos ver la real grandeza de la vocación docente. No en términos de Comenius o Pestalozzi, sino como un aspecto vital para nuestra vida misma. Quizás un no docente jamás pueda comprender la importancia vital de esta profesión. Pero recordemos que, según Simone Weil, la presencia de Dios se da cuando aparentemente Él no está. En teología de la liberación, Dios está con los pobres, por ello es invisible para el mundo. Algo así sucede con la educación. Y es que los fundamentos del mundo necesariamente deben ser invisibles, pues de otra manera el horror de la realidad paralizaría nuestras vidas. ¿Algunos de vosotros podría vivir en una casa con las zapatas y cimientos al desnudo?
Si eres maestro y sientes cansancio. Si a veces piensas en cambiar de rumbo. Haz un alto para respirar profundamente. Re-conoce que tu profesión es una de las más insignes y tu huella una de las más indelebles. Tu labor diaria no es como la del burócrata que sella papeles en resmas infinitas ni como el banquero que analiza el cambio constante de la bolsa de valores. Tu profesión trata de construir humanos y humanidad para un mundo deshumanizado. Mírate como el agricultor que siembra pacientemente la simiente, se agota bajo el inclemente sol, curva su espalda a riesgo de romperla con tal de cultivar el suelo donde ha de nacer la futura planta.
Entiende que tus manos son como las de Miguel Ángel, tu mente como el faro de Alejandría y tu corazón como la chimenea de un cálido hogar en medio del invierno glacial.
Es posible clasificar a las personas involucradas en el hecho educativo (como lo llamaría Durkheim) en tres grupos.
En el primer grupo estarían aquellas personas que conocen experimentalmente el poder de la educación, ya sea en el ámbito político, para el control social y la perpetuación del orden social; en el económico, para generar rentabilidad sostenible, en la conquista de poder y prestigio. Estos, que no están interesados en la educación como formadora del hombre en cuanto tal, son los mercenarios de la Educación, los apóstoles de los poderosos, cuyo Evangelio proclama la gloria de Mamón y Baal.
El segundo grupo (quizás sometido sin saberlo a los poderosos) está conformado por aquellas personas que, a falta de oportunidad de formación universitaria abrazan la carrera magisterial, sin quererlo, por presión, por necesidad. Ellos llegan a las aulas, principalmente de educación básica, con el anhelo de salir rápidamente de ella. El mejor tiempo de vida son las vacaciones y el griterío de los adolescentes les produce edemas en el alma, comparándolas con los gritos del infierno de Dante. Pero también están los que, no necesariamente aborrecen el lo oculto de su corazón a la pedagogía, también están los profesionales que, poseyendo un gran capital experiencial, son llamados a compartir su conocimiento con universitarios. Sin embargo, acuden allí no por vocación sino por deseo de incrementar sus ingresos pecuniarios. José Ingenieros describiría a este grupo como Mediocres.
Finalmente, en menor cantidad, están las personas o grupos que aman la educación en cuanto tal, aquellos que se interesan por la formación de personas. No son necesariamente pedagogos o profesores. Algunos son abogados, médicos, sacerdotes y pastores, ingenieros, madres y padres de familia. estas personas son ejemplo vivo del aforismo bíblico muchos son los llamados pero pocos los escogidos. Estos son los mártires anónimos que transforman personas con sus actos. Estos son la semilla de esperanza del porvenir.
Lamentablemente estos tres grupos de personas se encuentran presentes en toda institución educativa, sea una universidad o un Colegio cristiano... La gran tragedia de la misiología contemporánea es la presencia ingente de instituciones educativas de origen cristiano pero con un gran vacío de orientación misiológica con enfoque del Reino. Casi todas las instituciones educativas cristianas tienen la misma función: transmitir información (y mantener el sistema tal como está: este es su currículum oculto). A poquísimas instituciones educativas les ha interesado pensar en la construcción de un país, en la extensión del Reino, en la defensa de los desfavorecidos, desde la perspectiva de la educación.
Una herramienta vital para pensar la educación es el libro de Jonas Cohn, una reflexión densa que se extraña en la bibliografía actual, tan sometida a los esquemas y a la concisión. El libro de Cohn, nos recuerda las reflexiones filosóficas de los grandes educadores, como Pestalozzi, Comenius o Montessori.
Quienes se interesen por la pedagogía deben leer este libro, pues las sugestiones que ofrecen son de valor profundo.
Sin embargo deben tenerse en cuenta ciertas limitaciones. El enfoque alemán del libro crea barreras altas para la contextualización de una teoría. La extensa reflexión (¡cuyas oraciones a veces superan una página completa!) en ocasiones fatiga la mente no acostumbrada a este tipo de redacción y construcción teórica.
Un libro imprescindible para educadores... y misioneros.
8 febrero 2019
Hace unos años el reconocido predicador Dante Gebel, brindó una entrevista que causó no poco escándalo y revuelo entre los círculos evangélicos hispanos y latinoamericanos. Entre las varias preguntas que le hizo el entrevistador, Dante fue consultado sobre su identidad religiosa, a lo que el predicador respondió Yo no soy evangélico, soy cristiano.
Las reacciones ante tal afirmación no se dejaron esperar dado lo mediático del entrevistado y la naturaleza de las afirmaciones. Varios comentarios fueron vertidos en las diferentes redes sociales, desde las que deploraban la renuncia de Dante a la fe evangélica hasta los que empezaron a considerarlo como un apóstata impenitente digno de ser llevado anticipadamente al lago de azufre y fuego.
Pasado el tiempo de aquella infausta entrevista, podemos empezar a reflexionar tanto en la posible motivación de la respuesta como en las causas de las reacciones airadas. Mejor aún, podemos preguntarnos ¿Qué significa ser evangélico? Si bien muchos entendemos básicamente qué es el Evangelio, no podemos decir lo mismo de nuestro entendimiento sobre lo evangélico. Y si allí hay un problema básico, este se torna espinoso cuando involucramos a la ecuación nuevas variables como la denominación, la historia de la iglesia, los dogmas heredados de la reforma, verbigracia.
Además, considerando que vivimos en tiempos líquidos (Bauman) y que la posmodernidad ya llegó para quedarse (muy a pesar de Alain Touraine y compañía), el tema de la identidad en general es un tanto problemático. Las personas, las instituciones, las asociaciones y otros actores sociales vienen padeciendo de una crisis identitaria de diversa naturaleza pero con las mismas características.
Si enfocamos con mayor agudeza el problema y nos concentramos en la iglesia evangélica constataremos que la realidad es mas lamentable, puesto que, en el imaginario colectivo, se considera que un evangélico se identifica porque no toma, no fuma y no baila. Una trinidad anti hedónica. Esta identificación catafática, es a todas luces falaz pero no porque no sea verdadera (en cierta medida lo es) sino porque, deliberadamente o no, esconde los distintivos esenciales de lo que identifica a una persona evangélica.
La crisis identitaria es tan grave que si realizáramos un sondeo informal a los miembros de cualquier denominación evangélica, muchos de ellos (sobre todo los jóvenes) no sabrían definir en qué consiste su identidad evangélica.
Para resolver este problema el teólogo anglicano John Stott ha dejado un legado teológico (así lo afirma la introducción del libro).
Stott realiza una síntesis muy inteligente del significado básico de lo Evangélico, después de hacer una revisión general de la bibliografía que trata sobre la identidad evangélica.
Para ello, el autor realiza una crítica a las falsas concepciones sobre lo evangélico. Después de allanar el camino desarrolla el significado de identidad evangélica. Como ya conocerán los lectores asiduos, su metodología teológica engarza con la doctrina de la Trinidad y desde allí desarrolla su argumentación teológica. El libro en cuestión no es la excepción.
En efecto, para mostrar lo que define a un evangélico utiliza estas tres características fundamentales:
La Palabra de Dios.
La Cruz de Cristo.
La obra del Espíritu Santo
En cada caso realiza una argumentación impecable y convincente (no siempre), desafiando los contra argumentos, exponiendo los vacíos y afirmando los puntos en consenso.
Quizás se puedan decir tres ideas sobre el libro:
Deslindar lo evangélico del fundamentalismo es uno de los mejores aciertos realizados por Stott.
La gran honestidad intelectual del autor no dejará incólume al lector atento, ya sea porque se comulgue con las ideas vertidas o porque se oponga a ellas.
Este libro es imprescindible para quienes deseen desarrollar identidad y conciencia evangélica dentro de las filas denominacionales. La juventud evangélica, anclada entre el Facebook y el instagram debería conocer reflexivamente en qué consiste su identidad evangélica. De otro modo, si continuamos con la osteoporosis teológica progresiva de nuestra identidad, en unas décadas nuestras iglesias no serán más que museos vivos, clubes religiosos o asociaciones filantrópicas, ¿o lo son ya?
4 de enero 2019
La pedagogía actual -y hegemónica- tiene las anclas clavadas en el subsuelo de la cultura occidental y no desea ceder su puesto ni sus privilegios a otras pedagogías alternativas. En este sentido Brunner tiene mayores adeptos que Freire (tal como en teología Gebel tendrá más seguidores que Boff), lo cual es un indicativo de la dirección de la actual pedagogía.
Si ella es eficiente en lograr sus objetivos, nadie podrá discutirlo: muchos hemos bebido de las fuentes teóricas del conductismo, del constructivismo, del cognitivismo y desde allí hemos perfeccionado nuestra práctica docente. Sin embargo, al analizar dicha práctica y ponerla bajo la luminaria crítica de la pedagogía marxista clásica, tomamos conciencia (aún sin ser de izquierdas, ni siquiera socialdemócratas) de las falencias inherentes a las pedagogías actuales.
En efecto, en términos teológicos, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que nuestras pedagogías no son liberadoras. Podrán acelerar el proceso educativo (Comenius), podrán educar para la cooperación (Montessori), podrán crear aprendizajes significativos (Ausubel) pero de ninguna manera podrán despertar la conciencia social de los educandos de manera cabal.
Antes de proseguir es necesario desarrollar un aclaración imprescindible, de talante histórico.
¿No fueron docentes los que, bajo la Ideología maoísta, dirigieron la guerra interna que dejó más de 69 000 fallecidos durante las décadas 80' y 90'?, ¿No fue la autonominada Cuarta espada, quien condujo a este grupo de docentes un maestro universitario que bebió de las fuentes radicales del marxismo leninismo y trató de replicar el experimento de la Revolución Cultural en los Andes peruanos?, ¿Acaso no conocemos de primera mano el Horror causado por Sendero luminoso, horror que ahonda sus venenosas raíces en la psicología social de nuestros pueblos aún en nuestros días?
Estas preguntas, como percibirá el lector atento, son retóricas y no es necesario invertir energías mentales para responderlas. De manera que, ¿Cuál es la necesidad de analizar un libro marxista?
Por lo menos hay tres razones para leer y recomendar este libro:
Por la belleza y elegancia con la cual fue escrita cada página del libro. En efecto, no podemos dejar de admirar el estilo valiente, irónico, mordaz y militante que el autor utilizó para escribir cada oración.
Por la erudición histórica del autor, vertida en el libro. Al analizar cada etapa de la historia de la humanidad, el autor aporta datos interesantes que nos iluminan con una luz amigable, al punto de sentirnos virtualmente en esa circunstancia histórica.
Porque, y quizás sea esta la mejor justificación, el autor ha sido capaz de articular la historia de las grandes etapas históricas con la historia de la pedagogía para mostrarnos que ella siempre ha sido una ciencia sometida y utilizada por los poderes de turno, para mantener la situación social, tal como está. En términos políticos diríamos que la pedagogía es la ciencia conservadora por excelencia, pues logra su cometido de mantener el status quo sin que nadie se percate de ello.
Quizás el título del libro resulte insuficiente para colmar las expectativas del lector, dado que allí encontrará retratada la educación y las luchas de clases pero en el entramado de la historia. Una historia a veces demasiado detallada, demasiado intrincada. Si el lector no simpatiza con la ciencia histórica es posible que se pierda en la abundancia de datos. Pero, es en esos momentos en los que la pluma del autor invisibiliza la sequedad erudita para vestirla de belleza literaria.
Queda el lector un tanto insatisfecho por la ausencia de una reflexión más profunda sobre el fenómeno educativo per se, puesto que la historia ocupa un papel, en ocasiones, muy preponderante, eclipsando las deducciones o minimizando las hipótesis y sus respectivos desarrollos.
Finalmente, queda por hacer una evaluación desde la perspectiva evangélica.
Quizás, la mayor virtud del libro sea la capacidad de despertar conciencias. De sobra sabemos que, por diferentes razones y desde diversas interpretaciones, los experimentos socialistas no han dado los frutos que podrían haber mejorado el curso de la historia humana. Así que, estamos advertidos ante la poderosa seducción de la libertad y la Revolución (Weil). Sin embargo, esta cautela no debe embargar nuestras inquietudes libertarias, mas bien debería ser un faro luminoso que nos indica la ruta por la cual debe recorrer nuestra investigación pedagógica. Este libro, en ese sentido, precede los hallazgos de Bordieu pero se queda corto ante las propuestas de McLaren y Giroux.
Nos fascina que los acicates para trabajar por la libertad a través de la educación, sean reflexionadas de manera responsable. Es el Reino de Dios y sus valores los que hacen que valoremos críticamente estos libros, quedándonos con la tarea impostergable de otorgar a todos nuestros estudiantes un conocimiento que les permita ser libres, completos ciudadanos, críticos con el sistema, tal como lo soñaba en el siglo anterior el gran teórico de la educación y la teología, el maestro Lonergan.
A la vez, el sesgo eurocéntrico es quizás la barrera más difícil de vencer o la debilidad más grande del libro. El autor, heredero de las tradiciones académicas de los años 70 no puede salir del molde occidental, así que su visión queda restringida a los que la historiografía clásica enseñaba como verdad absoluta: Edad antigua, edad media, modernidad y época actual, pero siempre enfocada desde el ángulo europeo a excepción del primer capítulo en el que se estudia las comunidades primitivas, todo el libro toma referencias de Grecia, Esparta, Roma, Francia, Alemania etc. Consideramos que una perspectiva decolonial sería muy deseable aunque nuestros lectores consideren tal pedido de anacronismo. Sin embargo, el buen Toynbee, antes de la aparición de las investigaciones decoloniales de De Sousa, ya había desarrollado estudios en historia universal, considerando a los chinos, los aztecas y los incas.
10 enero 2019
Cuenta una vieja leyenda que, en un lugar muy lejano en la Europa de la posguerra, allá por la frontera franco-suiza, había un comerciante, circunspecto, ejemplar y admirable. Dueño de un pequeño pero próspero negocio, padre de familia y miembro comprometido de la Iglesia Luterana de su pequeña villa. Un día, se levantó de la cama con el propósito de cumplir el ritual conocido de cada mañana: levantarse, acudir al baño en bata, ingresar a la ducha y dejar correr el agua caliente sobre su torso desnudo, salir para afeitarse las luengas barbas crecidas la noche anterior, peinarse y añadir loción parisina a su rostro, para poder vestir el Casimir azul noche de cada lunes.
Pero este lunes fue extraño, algo no andaba como siempre, algo en definitiva, se había caído en el pozo sin fondo de su alma para nunca salir a flote. No sabía qué sería aquello o quizás no quería saberlo. O tal vez aunque quisiera, en dicho instante no tendría cómo definir el cambio de aquel lunes de enero.
Sin tomar en serio la intuición previa, decidió repetir militarmente el ritual estético de cada mañana. Cuando salió de la ducha rumbo al espejo, una turbación profunda desarticuló su ser: al verse en el espejo aquella fría mañana de enero, descubrió que no tenía rostro. Y pese a constatar con sus manos la presencia de ojos, nariz, boca y otros accesorios biológicos en su faz, cada vez que se miraba en el cualquier objeto que reflejase aunque sea tenuemente, siempre repetía el mismo resultado: no había rostro.
Esta ilustración tomada y modificada de C.S. Lewis, refleja de manera simple la realidad de la espiritualidad en Occidente. Cierto es que el despertar religioso es encabezado por los pentecostales entusiastas (para diferenciarlos de los "burocratizados") y los carismáticos genuinos (para diferenciarlos de los politizados) -sean católicos o evangélicos- han reavivado el fuego del Espíritu con una llama refulgente y refrescante. Sin embargo, esta experiencia de lo divino casi cotidiana en estas iglesias, es un espécimen raro en el resto de feligresías de la cristiandad (salvo honrosas excepciones, los trapenses, verbigracia).
Teniendo en mente al pueblo evangélico, podemos afirmar que muchas de sus iglesias son como el hombre sin rostro de la narración anterior: cumpliendo a cabalidad con los imperativos sociales pero careciendo de rostro. En otros términos, haciendo activismo religioso de diversa naturaleza, pero faltando la llama.
Ello explicaría la profunda dicotomía presente en estas iglesias: una piedad encomiable y radical en el ámbito privado pero una insolidaridad profunda en el ámbito público; una preocupación desmedida por la santidad personal, pero un olvido feroz de la justicia social. ¿Cómo llegamos a este punto?, ¿Cómo nos convertimos en cristianos sin rostro?, O mejor dicho en cristianos espirituales sin espiritualidad?
Quizás la respuesta esté en la comprensión que tenemos de la misma espiritualidad. Si creemos que más importante es la contemplación que la acción, que lo cristiano está por encima de lo secular, que el alma es más importante que el cuerpo, sin duda pueden diagnosticarnos como Cristianos sin rostro.
Para ello, Harold Segura provee buena información con la cual curar nuestra "desfacialización".
Y creo que la lectura de este libro (que sería una genial introducción sobre la espiritualidad de autores como Moltmann, D'Ors, Merton, Foucauld, etc.) debe ser considerada con carácter de urgencia, debido no solo a la crisis burocratizante de las iglesias evangélicas (lo cual no es sino un simple reflejo de la crisis individual y relacional de cada creyente) sino a, en palabras de Arendt, la oscuridad de los tiempos en los que vivimos actualmente.
Recomiendo (y suplico) la lectura de este libro. Ningún capítulo podrá dejar insatisfecho al lector.
17 enero 2019
Impresiones después de una lectura voraz del libro "Experiencias de Dios", de Jürgen Moltmann.
El crecimiento numérico de los miembros de las iglesias evangélicas en las últimas décadas ha sido constante. Hoy podemos constatar fenómenos que, décadas atrás, serían inverosímiles. Por ejemplo, la abundancia de templos de distintas denominaciones ya es una característica permanente de las ciudades principales del país. Asociado a lo anterior, la cantidad de miembros de cada denominación ha crecido hasta conformar un nicho electoral importante, aunque su utilización política sea otro cantar.
Tenemos entonces, como nunca en la historia de Latinoamérica, un número considerable de evangélicos. Sin embargo, ello no implica una correlación directa y positiva con el impacto de las iglesias en los espacios políticos, sociales, económicos, jurídicos, intelectuales, artísticos, deportivos, educativos, etc., con la luz del Reino. Pareciera que la abundancia de creyentes no contribuye a paliar en alguna medida los grandes problemas que tienen los países latinoamericanos. Esto puede explicarse por dos razones, no necesariamente excluyentes entre sí: por una lado la mayoría de las iglesia poseen una misiología doceta, que sólo percibe su accionar en términos espirituales, dejando de lado lo material, lo terrenal. Hay una crisis misiológica profunda que aún no ha sido identificada ni asumida. Mucho menos podremos proponer soluciones oportunas.
La otra razón, quizás más grave que la precedente, sea la escasez de una espiritualidad mística. Somos almas vacías y porosas, seres humanos con la llama extinta, zombies con maquillajes ontológicos que tapan las hendiduras existenciales que corroen nuestra vida. Y quizás una explicación para esta aridez sea nuestra herencia anticatólica recibida de los primeros misioneros, quienes demolieron efectivamente todo lo que olía a catolicismo en la mente de los nuevos convertidos. Se eliminó la veneración a las imágenes, la dulia a María, el santoral, la misa y sus implicaciones, las fiestas patronales, y en esa deforestación implacable también se destruyó (y censuró) la meditación y la contemplación. Craso error de los misioneros, error que hoy nos cuesta la vida misma. Error que hace languidecer nuestra fe y nos deja como el ciervo que clama por las aguas...
Debemos agradecer a Jürgen Moltmann por su trabajo teológico sobre la Experiencia con Dios, entendida esta en su sentido etimológico, es decir, como un camino recorrido.
El aporte de Moltmann es cuádruple, en orden ascendente. Primero narra y argumenta su experiencia con Dios, es decir muestra al lector porqué es cristiano (quizás una respuesta no académica al trabajo de Bertrand Russel, titulado Porqué no soy cristiano). Entendemos así lo que Francis Schaeffer decía sobre el accionar de Dios en el mundo: la infinitud de Dios se personaliza con cada ser humano. Dios trata con cada uno de nosotros de manera distinta y única.
El segundo aporte se relaciona profundamente con el tercero. Esperanza y Angustia son las etapas necesarias en nuestro peregrinar terreno. No es posible saber de la realidad de la esperanza si no hemos atravesado por los callejones oscuros de la angustia. E. Bloch, decía que "sólo el ateo puede ser buen cristiano".
Finalmente, el mejor aporte de Moltmann es su estudio, desde una perspectiva protestante, de la mística y la contemplación. Es tan rico y denso el trabajo teológico que no es posible resumirlo sin menoscabar los tesoros mostrados en ese capítulo. Cuando se lee cada párrafo, el alma sale de su letargo, arroja lejos de sí las sombras con las cuales se viste y anhela la vida espiritual profunda, la realidad de Dios en cada aspecto de nuestra vida, el amor de Dios, etc. Y sólo así es posible hacer misión. Solo así es posible hacer cambios en el mundo. Tengamos claro que el misionero (en el sentido que vamos explicando) es distinto al activista y esto de manera radical: el activista influye al mundo por sus palabras y sus actos, pero el misionero (es decir, el cristiano en general) influye al mundo por su ser.
Un verdadero existencialismo evangélico, una recuperación de la herencia de la historia del cristianismo.
Al finalizar la lectura, el alma se encuentra sedienta, anhelante de la presencia de Dios, presencia que, aunque no se crea, esta más cerca de uno de lo que parece. Pero, al desconocernos, tampoco podremos conocerlo a Él. Y esto no es falso humanismo mi barata autoayuda. No es engaño helénico (aunque diremos que Socrates, con su Conócete a ti mismo, estaba más cerca de la fe que muchos predicadores famosos de Youtube). Nada de eso.
Sin embargo, para conocer el camino de la mística y la contemplación, será necesario leer al trapense Thomas Merton, para acceder a profundidades poco conocidas en los elegantes templos evangélicos.
20 enero 2019