Muchos escritores aseguran en sus autobiografías que deseaban ser escritores desde la infancia. Este no es mi caso, antes de convertirme en escritora decidí aprender materias, en apariencia, alejadas de la literatura. Desde muy joven empecé a compaginar mis estudios con la enseñanza en escuelas. Entonces, aún era posible que las estudiantes de bachillerato pudieran dar clases a niños de primaria, en general siempre sustituyendo a maestras titulares en las escuelas públicas.
Cuando me tocó elegir estudios superiores, preferí una de las carreras más nuevas que empezaban a impartirse en Barcelona, la Sociología o Ciencias Sociales. Acabé los estudios, me casé y tuve una hija. En aquel lejano tiempo, mi marido y yo teníamos como afición principal las caminatas por la montaña con nuestra pequeña hija a cuestas en una mochila. Quizás por eso la niña se acostumbró a recrearse con el paisaje casi aéreo, así que cuando se hizo mayor su amor a las montañas la convirtió en geóloga y escaladora.
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Volvamos a la literatura, el oficio de escribir llegó cuando trabajé en la redacción de informes sociológicos, que no deja de ser una recreación desde un punto de vista muy particular, el de quien observa y se documenta sobre un hecho determinado y luego lo interpreta a su manera. A pesar de que la Sociología está considerada una de las ciencias sociales, como la economía, después de años de experiencia en este mundo estoy segura de que las ciencias sociales están más cerca de la ficción que de las otras ciencias, sea matemáticas, física o biología. Estas últimas son capaces de predecir un comportamiento determinado, mientras que la sociología y la economía están más próximas a un conocimiento arcano, incapaz de acertar la próxima revolución o crisis. Sin embargo, he de reconocer que la sociología me abrió los ojos a los pliegues de la realidad, como varillas de un abanico en el que no existe una verdad única e incontestable.
Fruto de esa experiencia y con bastante tiempo libre después de quedarme sin trabajo, me dediqué a escribir una primera novela: El profesor Impudichus. La abordé como un entretenimiento para pasar la tarde. La novela trataba de un hombre amnésico que relata, en fogonazos de lucidez, su vida, llena de acontecimientos inverosímiles, pues ese profesor era un astrólogo con bastante mala suerte. La cuestión es que cuando acabé el manuscrito lo envié a una editorial ya desaparecida.
A las pocas semanas me llamó el editor, celebramos varias reuniones y al final la novela no se publicó, de lo que hoy me alegro, porque creo recordar que era una birria. No sé dónde estará el manuscrito, en alguna caja en el trastero, algún día lo encontraré y espero tener el sentido común de quemarlo.
Con esta primera derrota literaria, dirigí mis energías hacia la facultad de Derecho, pensé que era hora de estudiar algo serio y útil a la sociedad. Me hice abogada. En mi tiempo libre escribía algún que otro relato y gané un premio. La cuestión es que la escritura de El profesor Impudichus, estaba siempre detrás de mí, como un espíritu fantasmal que intentaba convencerme de lo bueno que sería abandonar el trabajo para seguir escribiendo. Mientras, el tiempo pasaba y la gran parte de mis clientes, en su mayoría pobres, no pagaban mis honorarios (salvo las provisiones de fondos). Al llegar el final con la sentencia, a pesar de que en todos los casos les fueron favorables, me daban largas y me quedé con media docena de asuntos sin cobrar. Así que incapaz de soportar los gastos del ejercicio de la abogacía, busqué trabajo en la Administración de Justicia.
Si existe un momento de iluminación para un escritor, ese instante que es un relámpago en la oscuridad, tal como lo describen algunos creadores, lo tuve todos los días a lo largo de una década, en los que iba al trabajo como si fuera a cumplir una condena. Yo no quería estar entre montañas de papeles y gente llorosa o malhumorada. Desgraciados que litigan por herencias, desahuciados, morosos, culpables e inocentes que han de asumir una carga que les parte el espinazo moral y destruye la alegría de vivir.
El salario mensual, las pagas dobles, los trienios, la futura pensión de jubilación eran una manera aviesa de encadenarme. Necesitaba liberarme, renunciar a una entrada segura de dinero para abrazar la escritura como una manera honrada de pasar por esta vida. Claro que eso significaba austeridad y adiós a gastos superfluos ¿Sería capaz? Lo fui porque mi familia, mi marido y mi hija estuvieron siempre a mi lado, alentándome para que no me echara atrás. A ellos les debo haber llegado hasta aquí. Este aquí significa que hoy soy una escritora, no que haya triunfado y sea famosa.
No soy famosa, ni vendo centenares de miles de libros, probablemente no los venderé nunca. Se dice de este tipo de escritores que son de culto. O sea, casi desconocidos, considerados raros y de pocos lectores, pero ahí, en este espacio estrecho y apartado me desenvuelvo y estoy a gusto.
Escribir no es una carrera con el objetivo de ganar gloria y millones. Escribir significa contar una visión particular del mundo, entretener con historias que dan significado y sentido a este largo camino que nos conduce a la muerte y que, para llegar a ella con cierta satisfacción y serenidad, requiere comprensión, paciencia y una mirada optimista de la existencia, donde el respeto por los demás implica también la facultad de crear otros mundos de ficción, compartirlos y señalar aquellas experiencias que contienen la mejor parte de la especie humana.
Lee mis crónicas de los libros que más me han marcado y aquellos que no debes dejar de leer.