Cuatro postulados fundamentales
Primer Postulado
El primer postulado que debe formularse, respecto al cual se tiene que educar al público, es que todas las almas encarnan y reencarnan bajo la Ley del Renacimiento. De allí que en cada vida no sólo se recapitulan las experiencias anteriores sino que se reasumen antiguas obligaciones, se restablecen antiguas relaciones, se tiene la oportunidad de saldar antiguas deudas, la posibilidad de retribuir y no progresar, despeñar cualidades hondamente arraigadas, reconocer antiguas amistades y enemistades, solucionar detestables injusticias y explicar lo que condiciona al hombre y hace que sea lo que es. Tal es la ley que ahora reclama un reconocimiento universal y que, cuando sea comprendida por las personas inteligentes, ayudará a resolver los problemas del sexo y del matrimonio.
¿ Por qué será así? Porque cuando esta ley sea admitida como el principio intelectual gobernante, todos los hombres recorrerán más cuidadosamente el sendero de la vida y procederán con mayor cautela para cumplir con las obligaciones de la familia y del grupo. Sabrán muy bien que lo que "el hombre siembra cosechará" y lo cosechará aquí y ahora, no en algún místico y mítico cielo o infierno; tendrán que hacer los reajustes de la vida diaria en la tierra, la cual proporciona un cielo adecuado y un infierno más que adecuado. La difusión de esta doctrina del Renacimiento y su reconocimiento y comprobación científica avanza con toda rapidez, y durante los próximos diez años se debe prestar mucha atención a este tema.
Segundo Postulado
El segundo postulado fundamental fue enunciado por el Cristo cuando dijo: "Ama a tu prójimo como a ti mismo". Hemos prestado poca atención hasta ahora a este enunciado. Nos amamos a nosotros mismos y tratamos de amar a las personas que nos gustan. Pero amar en forma universal y amar al prójimo, porque es un alma como nosotros, de naturaleza esencialmente perfecta y con un infinito destino, ha sido siempre considerado como un hermoso sueño a realizarse en un futuro tan remoto y en un cielo tan lejano que es mejor olvidarlo, flan transcurrido cerca de dos mil años desde que la más grande expresión del amor de Dios deambuló por la tierra, y dijo de amarnos los unos a los otros. Sin embargo, todavía luchamos y odiamos y utilizamos nuestros poderes para fines egoístas, nuestros cuerpos y apetitos para placeres materiales y, nuestros esfuerzos para vivir, van dirigidos conjuntamente hacia fines egoístas personales. ¿ Han considerado lo que seria el mundo de hoy si los hombres hubieran escuchado las palabras del Cristo y hubiesen tratado de obedecer Su mandato? Muchas enfermedades se habrían eliminado (las enfermedades originadas por el abuso sexual constituyen un gran porcentaje de nuestros males físicos y devastan nuestra moderna civilización), no existirían las guerras, se habría reducido al mínimo el crimen y nuestra vida moderna sería el ejemplo de una divinidad en manifestación. Pero no ha sido así, de allí nuestras actuales condiciones mundiales modernas.
La nueva ley tiene que ser enunciada y lo será y puede resumirse en las siguientes palabras: Que el hombre viva de tal modo que su vida sea inofensiva. Entonces sus pensamientos, acciones y palabras no producirán daño alguno. Esto no es inofensividad negativa, sino una difícil y positiva actividad. Si la anterior fraseología práctica de las palabras del Cristo fueran divulgadas, aplicadas y practicadas universalmente, surgiría el orden del caos, el amor grupal reemplazaría al egoísmo personal, la unidad religiosa ocuparía el lugar de la intolerancia fanática y tendríamos, en vez de libertinaje, el control de los apetitos.
Las dos leyes que he proclamado y los dos postulados que he enunciado parecen trivialidades, pero éstas son verdades universales y reconocidas, y una verdad es un pronunciamiento científico. Modelar la vida de acuerdo a estos dos reconocimientos (la Ley del Renacimiento y la Ley del Amor) salvaría a la humanidad y reconstruiría nuestra civilización. Quizás sea demasiado sencillo provocar un reconocimiento, pero detrás de ello subyace el poder de la divinidad misma y su reconocimiento es simplemente cuestión de tiempo, porque la evolución obligará a que se la reconozca en alguna fecha lejana. De los discípulos y pensadores actuales depende que se aceleren estos reconocimientos.
Tercer postulado
La tercera ley fundamental que traería una solución a nuestros problemas actuales modernos, incluyendo el del sexo, surge lógicamente de las otras dos. Es la Ley de la Vida Grupal. Nuestras relaciones grupales deben ser observadas y reconocidas. El hombre no sólo debe cumplir amorosamente sus obligaciones familiares y nacionales, sino pensar en términos más amplios abarcando a la humanidad misma, y así expresar la Ley de la Hermandad. La hermandad es una cualidad grupal. Los niños que nacen ahora vienen equipados con un sentido más profundo del grupo y una conciencia grupal más desarrollada que hasta hoy. Resolverán sus propios problemas incluso el del sexo y se interrogarán a sí mismos si se les presenta una situación difícil. ¿ Tenderá mi acción hacia el bien grupal? ¿Se dañará o sufrirá el grupo si hago esto o aquello? ¿ Se beneficiará y obtendrá progreso e integración y unidad el grupo? Toda acción que no esté a la altura de los requisitos grupales será automáticamente rechazada. En la dilucidación de los problemas el individuo o ente, aprenderá a subordinar lentamente el bien y los placeres personales a las condiciones y requisitos grupales. Por lo tanto, podrá observarse que el problema sexual también tendrá solución. La comprensión de la Ley del Renacimiento, la buena voluntad hacia todos los hombres, expresándose como inofensividad, y el deseo de lograr la buena voluntad grupal, llegarán a ser gradualmente factores determinantes en la conciencia racial y nuestra civilización se adaptarán con el tiempo a estas nuevas condiciones.
Cuarto postulado
El último postulado que quiero recalcar es que si se cumplen estas tres leyes conducirán necesariamente a un deseo urgente de obedecer la ley del país donde el alma ha encarnado. Es innecesario decir que sé muy bien cuán inadecuadas son las leyes impuestas por los hombres. Quizás son temporariamente insuficientes para satisfacer la necesidad. Podrán fallar en su alcance y ser inadecuadas, pero en cierta medida resguardan a los pequeños y débiles seres y serán consideradas aplicables por quienes tratan de ayudar a la raza. Estas leyes están sujetas a cambios, a medida que se hace sentir el efecto de las tres grandes leyes, pero hasta que no sean reformadas inteligentemente (y eso llevará tiempo), frenarán el libertinaje y el egoísmo. También podrán causar sufrimiento. Esto nadie puede negarlo. Pero los sufrimientos no serán tan malos ni los efectos tan duraderos como lo sería si se derogaran esas leyes y comenzará el consiguiente ciclo anárquico. Por lo tanto, el servidor de la raza colabora en su vida diaria con las leyes del país, trabajando al mismo tiempo para subsanar las injusticias que ellas puedan producir, y para mejorar las imposiciones legales que inciden sobre el género humano en su país.
Cuando se reconozcan las cuatro leyes -las del Renacimiento, del Amor, del Grupo y del País- tendremos la salvación de la raza.