CRÓNICAS DE LA SEÑO GLORIA
Hace poco, mi sobrino llegó de visita y ya no me pidió un sol cincuenta de rachi. De atrevido, se pidió una porción de anticuchos de 9 so, la que viene con dos palitos. “Póngale harto ají con huacatay, seño”. No había almorzado por una reunión con los padres de familia en su chamba, me decía. Dejó su maletín entre las piernas y, en uno de los asientos, puso una bolsa inmensa. “Oye, saca esa bolsa, caracho, que se van a sentar ahí”. Dijo que eran sus libros, los había comprado en la feria de la universidad. “¿Otra vez más libros?”.
Me miró con pausa y sonreía levemente. “Se me van a ensuciar, pe, tía”. Deje que los pusiera ahí mientras nadie necesitara sentarse. Ya casi terminaba de prepararle su porción y la parrilla expulsaba ese olorcito que llama al hambre. Mi brochita, la que hice con la panca del choclo, danzaba sobre el rachi y el choncholí. El sobrino revisaba sus libros. Yo ya no le preguntaba si iba a leerlos todos, sabía que no.
“¿Y qué libros te compraste?”. Seño, me respondía con sus ojitos brillantes como el aceite que salpica, este libro de aquí se lo voy a dejar a quinto año para que lo lean. “¿Cómo vas con la chamba?” Como profe, creo que la estoy haciendo. La fotografía de la portada era tan llamativa. “¿Seguro que no harán problema en el colegio?” Nada. Ahí puedo armar mi Plan Lector y dejarles una que otra lectura que les pueda llamar más la atención para que lean. Y ni se imagina a cuánto lo conseguí en la feria de San Marcos, siguió enumerándome cada uno.
Me mostró dos tomos, dijo que complementan su tesis. Luego, esos tres chiquitos que se veían idénticos. Son las primeras ediciones, “¡una primera edición, seño!”. Este es una recomendación de mi profe. Y esos dos, le llamaron la atención. Mientras terminaba de reseñarme sus libros, mi espátula cruzaba el aire literario que había adoptado el humo de la parrilla, y desembocaba en su plato que ya estaba frito. Corté un par de papas, coloqué su choclito partido, puse el tenedor. Él recibió la porción con reverencia. Le alcancé el potecito de ají.
Le metió diente a toda la porción sin respirar, hasta dejar limpio, pero limpiecito el plato. Solo quedaron los dos palitos de anticucho. Me paga con sencillo y le doy su vuelto. Agarra su bolsa, acomoda su maletín con el asa al hombro, y antes de irse me pregunta: seño, ¿usted no enoja porque me compro y compro tantos libros sin parar? “¿Por qué debería?”, le respondí, “tú sigue todo lo que puedas cuando puedas, total, aún te faltan libros que comprar y páginas que devorar como la porción de anticuchos.” Y con esas palabras se fue, a la avenida, a esperar su carro.
Luego de dos años retornó la Feria Internacional del Libro, en su edición número veintiséis. Con altas expectativas, así como el día del repechaje, pero ¿el del 2017 o el de este año? Sabia pregunta. Veamos.
El primer día que fuimos había poca gente y eso nos permitió hacer el reconocimiento de cancha, ir por cada lugar, por los ciento treinta y pico stands olvidándonos que las piernas se nos quedaban en plena marcha. Una vez terminada la hazaña, quisimos salir a comer para reponernos, pero nos dijeron Si salen, ya no entran. Así que, tuvimos que comprar sí o sí adentro, y nuestras provisiones se redujeron a una paradora salchipapita de diez papas y cinco hot dogs. Aquí entraría a sacar pecho el FanFil, que te daba el beneficio de salir y entrar como Pedro en tu casa. Pero había gente que llevó su taper y colonizó el pasto como su patio de comida. No te salió la jugada pe, Cámara Peruana del Libro.
Personalmente, un gol de oro fue encontrar ESE libro, que luego de leerlo, ya nada será lo mismo. Eso me causó El desierto de los tártaros de Dino Buzzati. Así que se merecía ir a buscarlo. Recorrí Amazonas y Quilca, buceando en un mar de papel, pero no lo encontré. Muchas librerías no lo tenían en stock. La FIL era el lugar. Y cuando fui al stand que lo tenía, había llegado tarde. Felizmente, el buen Enrique "Pitiiin” Toledo, embajad(U)r FIL lo encontró, y se lo agradezco tanto a mi amigo. Y ahora me lo revende al doble de su precio. Maldad pura.
Lo que sí vas a ver en cada FIL que vayas es el desbalance entre los stands, los espacios y lugares; las casas con mayor economía siempre acaparan los sitios estratégicos, ahí donde el novel buscador se estanca y gasta todo lo que llevó. Y casi en el medio, o el mismo perímetro de la circunferencia, algunas editoriales independientes reducidas al espacio que miden igual al cuarto de un telofan de veinte so. Algún día, las editoriales que apuestan por obras de escritores nacionales, de todas las regiones del país, aquellas que sí te dan una mano para que el libro vea la luz, correrán no solo con la suerte del suficiente apoyo, sino con una marcada política y organización en el mundo editorial, solo así, tal vez se podría marcar un hito de lo que sería una carrera de Edición. Soñar no cuesta nada, y como decía el sabio Cutinho O’Gudalupe “A fé é a coisa mais linda da vida”, así que no te hagas el loco ¡apoya a las independientes! Mira que yo te vi comprar cantando ese pionono de vitrina. Bota esa vaina porque ese libro ni para envolver pescado será utilizado.
Lo que resulta en la FIL es una vorágine librera. Vas con la idea que tienes una misión: los que faltaban para completar la colección, ejemplares descatalogados o el que estaba en tu lista cuando saliste de casa. Y solo cuando lo encuentras sientes que ya puedes irte a la ducha después de anotar en el último minuto, Crack. Por supuesto que también está una que otra cosita en el stand de los descuentos. La recomendación de tu amigo, uno que salvaste del terrible destino del olvido y nunca, pero nunca deben faltar quienes van a ver qué sale, de ellos se nutren cada feria. El punto es que estés empapado de la cultura del libro, eso puede proyectarte a ir por más. Además, nunca serán suficiente tantos libros. Nunca.
Aquí unas fotitos de lo que nos dejó la FIL, y además, pueden seguirnos en nuestras demás redes sociales (Ya casi nos hacemos virales en TikTok). Gracias por tanto, pero este mes desayunaremos pan con libro y comeremos arroz con galleta animalitos.
Llegó cojeando, se sentó y me pidió que le ponga ají a un ladito de su porción, y que le sirva una chicha. Le llené su vaso hasta el ras y me lo devolvió sin una gota - ¿otro? - Confirmó con la cabeza. Se apagaba la tarde y empezaba a rodar la noche entre la avenida Venezuela con Universitaria, poco a poco iba llegando la gente. Terminó su segundo vaso y le entregué su porción - ¿Está es la de siete? - Le dije que era la de cinco - No seño, esa es la que siempre pedía cuando salía de clases, hoy me merezco una de siete - Le cambié el plato, puse más rachi, un par de papas y le añadí dos palitos de anticuchos.
- ¡Campeonamos, seño!
- Que bueno hijito, pero por favor, no me hables con la boca llena, carajo, ¿sí? - terminó de masticar el rachi y volví a preguntar - ¿fue el interfacultades?
Me dijo que no, que era algo más grande.
- ¡¿No me digas que fue la liga universitaria?!
Negó con la cabeza, entonces quedé aturdida y junto con los que estaban esperando sentados su porción, fuimos espectadores ansiosos de su respuesta
- ¿Cuál fue?
- Fue el Primer Campeonato de Literatura
Los parroquianos sentados a su lado, lo escucharon y volvieron la vista hacia su plato, decepcionados por la respuesta; pero él, inmune a todo, solo terminaba de comer el último palito de anticucho. Seguía agitado, pero no tanto como cuando llegó, no era cansancio, era emoción.
- ¡Y llegaron de todas las bases, seño! ¿Se imagina?
- Claro pues sobrino, ¿Cuánto tiempo crees que llevó aquí trabajando frente a la Decana? - Había visto muchas cosas, pero ¿un Campeonato de Literatura? Ni el Buho de Pico Tv o la Dr. Moro de Casos del corazón hubiera alucinado una historia así - ¡No solo una toma, verbena o la postulación a un trabajo hace que se junten todas las bases en un mismo sitio, también lo hace la pichanga!
Ahora sonreía, y sacaba de su mochila azul sanmarquina el sencillo para cancelarme. Se puso de pie y se despidió prometiendo que esto se volvería una tradición, solo le faltaba que infle el pecho y saque poto. Los que comían su porción ni se enteraron de lo trascendental de la noticia que habían oído. Avanzó en dirección a la puerta 3 y lo vi irse cojeando con el atardecer al final del arco del cielo, tanta emoción lo embargó que se olvidó de llevar su vuelto.
En fin, antes de irse, me mostró una foto de todos: los Vargas, Atanasio, Loyza, Espezua, Valdelomar, Mora, Congrains, Ribeyro, Bryce, Lino, Gutiérrez, O. Cohelo, Montalbetti, B. Adolph, Zenón Rosas... que estuvieron en la cancha.