Infancia I: Contra todo lo que raye
Por Victoria Pérez Heredia“¡La Eva y yo contra todos los que rayen!”, con esta frase Leo nos invitaba a jugar al fútbol. Ellos dos eran los mejores y por eso no les importaba si en el equipo rival éramos dos, cinco o siete. Los demás chicos nos íbamos sumando y podíamos entrar y salir en el momento que quisiéramos. Ellos, en cambio, jugaban sin cansarse: atajando, dándose pases, haciendo goles hasta llegar a los diez tantos (que, en lugar de 90 minutos, indicaban el final del encuentro de acuerdo a nuestro reglamento).
La cancha era la “vereda blanca”, que quedaba en la misma cuadra en donde vivíamos todos, y coincidía con la parte de atrás del Colegio y Parroquia del barrio, lo que significaba para nosotros -criaturas de entre 5 y 9 años- un predio similar al estadio Kempes.
Eran partidos grandiosos, no nos hacía falta tener camisetas ni identificaciones especiales para reconocernos como compañeros de equipo, siempre eran ellos dos contra todos los que rayen.
Marita era nuestra arquera, grandota y corajuda, la única que se animaba a estar en el arco. Se corría sólo cuando su integridad física estaba en peligro, es decir cada vez que Eva o Leo disparaban un pelotazo. Pero para nosotros, el hecho de estar parada entre las dos piedras que demarcaban el arco de nuestro equipo era motivo suficiente para considerarla la mejor. Además era divertida y no se enojaba casi nunca, únicamente lo hacía con Miguelito, su hermano. Él, que era gracioso como ella, cada vez que le hacían un gol se burlaba con frases y gestos ocurrentes. Entonces Marita amenazaba con irse. Nosotros le suplicábamos que siguiera y a Miguelito le decíamos “no vas a jugar más, ¿eh? La próxima y salís”. A pesar de que nos hacía reír con las cosas que decía.
También estaba Dante, era bajito, bonito y muy agrandado. No era rico, pero ser el menos pobre de la cuadra lo hacía sentirse superior. Aunque a decir verdad a la hora de jugar no había dinero que lo salvara: era un desastre. Sin embargo jugando le demostrábamos que no nos importaba, que lo que valía era que estuviera en el equipo, que todo sumaba, que la unión hace la fuerza… Aunque la unión no hacía los goles, siempre los que terminaban marcando eran Leo y Eva. Lilian su hermana, también era chiquita, bonita y delicada como una muñequita. Ella no jugaba porque le daba miedo, pero nos alentaba a todos, a los dos equipos, con su vocecita y su carita angelical. Sin ella en el cordón de la vereda los partidos no eran lo mismo.
Fernando vivía al lado de nuestra casa, al contrario de Dante, él era largo, larguísimo, además de despatarrado. Parecía que no podía dominar esas extremidades que quedaban tan lejos de su cuerpo, pero ponía tanta energía y tanto movimiento que al menos a los rivales les cortaba el paso, aunque pocas veces lograba tocar la pelota.
Y por supuesto también estaba yo, que no faltaba a ningún encuentro. Quería reivindicarme con la ilusión de ser parte del equipo de los mejores, pero ni la asistencia perfecta ni el lazo de sangre que me unía a ellos eran suficientes cuando escaseaban las habilidades.
“Por qué tanto a unos y tan poco a otros” pensaba mientras rogaba por un milagro me convirtiera en la mejor de la cancha… Y el milagro se hizo, varios milagros en realidad: Fernando entre el movimiento descontrolado de brazos y piernas logró pegarle a la pelota, la vocecita de Lilian le avisó a su hermano que el fútbol había quedado entre sus piernas. Dante pateó y el balón cayó justo delante mío que estaba sola frente al arco sin Leo ni Eva a la vista. “¡Gracias Diosito!” dije mientras mi pierna derecha coronaba el momento sublime en que marcaba mi primer gol en la vereda blanca.
Pero la voz de Miguelito diciendo: “¡Gol de pesquero no vale!” paró en seco mi felicidad. Sólo sentía las voces del resto afirmando “¡Uy! Es cierto”. Lamentamos el momento pero nos mantuvimos firmes en la decisión de no infringir nuestro reglamento.
Mis hermanos me miraban con compasión y lástima. Cómo podía explicarles que yo sólo quería sentir alguna vez el “la Ceci, la Eva y yo contra todos los que rayen”.
Han pasado los años. Mi vida transcurre en una larga vereda blanca en donde sigo encontrando a una Marita que me enseña a enfrentar los problemas, a un Dante que me demuestra la importancia del amor propio, a un Miguelito que llena de risa mis días, a una Lilian que me alienta dulcemente, a un Fernando, torbellino de empeño y buena voluntad que me anima a más, y una Eva y a un Leo que me inspiran para superarme. Ese es el secreto en el juego de la vida, encontrar un buen equipo, ese que nos anime a decir “nosotros contra todo lo que raye”.
Infancia II: Subiendo escaleras
Por Mariana Romano BaroniTac, tac, tac, tac… Subía de 2 en 2 los escalones de la casa de Derqui. Era una de las cosas que más me gustaba.
Mi viejo desde su escritorio me gritaba: “¡¡¡Ay!!! ¡Ese ruidito! ¡¡Te voy a esconder los zuecos!!”
Y yo aceleraba la marcha para refugiarme en el cuarto donde estaba la televisión. Me recostaba en la cama y dejaba deslizar los zuequitos de madera que caían en cualquier posición sobre el piso.
Amaba esos zapatos de cuero azul y plataforma de madera. Eran Luca Spinello, me los había comprado mi vieja. Con mis amigas, las chicas Ortiz, jugábamos a “ser grandes” y a taconear por la vereda de la Obispo Salguero. Ellas los tenían en color marrón oscuro y en rosa. Así nos pasábamos la tarde dando vueltas a la manzana… Tac, tac, tac, tac. El gran inconveniente era si teníamos que salir corriendo porque a alguna se lo ocurrió jugar al ring raje. Podías perder uno de los zuecos o doblarte el tobillo, una desgracia tremenda si eso hacía que el dueño de la casa timbreada te descubriera.
Una vez al resguardo de la vuelta de la esquina empezábamos a respirar más pausado y tranquilas. Nos tomábamos del brazo las tres y caminábamos marcando el mismo paso.
Derecha, izquierda, derecha, izquierda… La que perdía el ritmo tenía una prenda. Eran épocas de cosas serias: pasar al frente de la casa del chico que nos gustaba (sí, a las tres el mismo), llevar el control de las figuritas que nos faltaban para llenar el álbum, jugar a las escondidas y pasear a los perros de la señora de la casa del pasillo. Todo eso lo hacíamos montadas en esos zuequitos al compás del tac, tac, tac, tac. Ese ruidito que a mi papá le molestaba (aunque nunca cumplió con su promesa de escondérmelos).
Dicen que todo vuelve… El día que vea unos zapatos igual a esos me los compro sin dudar. Recordaría mis días de la infancia y caminaría por la vida paso a paso… Tac, tac, tac, tac.
Infancia III: La luz de mi oscuridad
Por Rocío de la Paz ArayaEl velador queda encendido aunque es hora de dormir. Ana está un poco asustada, pero se siente lista. Es su primera noche durmiendo en su nueva y pequeña habitación. Se tranquiliza, su mamá le dice que los angelitos la cuidan y que va a dormir bien.
Así que en un acto de valentía se atreve a hacer inimaginable: en un acto de valentía, apaga la luz. Los primeros instantes se siente invadida por la oscuridad que la rodea. Para ella, la habitación triplicó su tamaño. Decide taparse hasta la cabeza y abrazar muy fuerte a su peluche.
Se siente protegida. Hasta que el silencio de la noche es interrumpido por un sonido. Tiene la impresión de que hay alguien. Abre los ojos, trata de mirar con la poca luz que entra por su ventana. Ahora lo sabe: hay alguien ahí, cerca de ella.
Rápidamente, corre las frazadas e intenta encontrar el botón de la lámpara. Pero un pensamiento la detiene. ¿A qué le tiene miedo si nadie le ha hecho nada malo? Entonces, pregunta en voz alta:
- ¿Hola? ¿Hay alguien? - No recibe respuesta, pero sabe que no está sola. Entonces decide presentarse: - Soy Ana. Y tengo 6 años.
- Hola Ana -responden unas voces. - Casi nadie habla con nosotros.
- ¿Por qué? ¿Quiénes son?
- Nos conocen como monstruos. Somos seres a los que temen y evitan.
- ¡Que triste! A mí no me gustaría estar sola. Tengo una idea: ¡Podemos ser amigos! -propone Ana.
Desde entonces Ana permanece cerca de sus monstruos porque entendió que la oscuridad también forma parte de la luz.
Adolescencia / Juventud: La Smith
Por Victoria Pérez HerediaCristina Smith era profesora de matemáticas y enseñaba la materia de una forma muy particular.
“ Un número es múltiplo de 3 cuando al sumar los números que lo componen y dividirlos en 3 el módulo da 0. Para acordarse de esta regla recuerden que 3 es el número de hijos varones que tengo y 0 el número de mis hijas mujeres”, decía en la clase.
“ Para saber si un número es divisible entre 12 tenemos que comprobar que sea divisible entre 3 y entre 4. Manera de recordar esta regla: 12 es la edad de mi hijo más chico, 3 la cantidad de hijos varones que tengo y 4 la diferencia de edad entre Nicolás, mi hijo menor y Juan Pablo el del medio”. Las alumnas ya no recordaban mucho la regla, pero sí les había quedado claro que Cristina Smith tenía un hijo de 16 y la atención creció considerablemente en las clases de la profesora.
“ Un número es parte de los múltiplos de 16 si al dividir entre 16 el módulo es 0” ¿Qué estrategia tenían las estudiantes para recordar esta regla? Sólo una, ¡Juan Pablo! A esta altura del programa de estudios a ninguna de las compañeras de clase les interesaba otra cosa más que poder conocer a Juan Pablo, 16 de múltiplo o múltiplo de 16.
Hicieron un trato con la profe, por cada ejercicio bien realizado les sumaba -ya que estaban en la clase de matemáticas - un dato más de Juan Pablo: a qué colegio iba, los deportes que hacía, a dónde salía a bailar.
Una mañana durante el recreo largo creció considerablemente el murmullo de las alumnas. Y había una causa: en esa escuela solo de mujeres acababa de ingresar un varón. Pero esta vez, a diferencia de otras, el murmullo se transformó en gritos y aplausos. Los que habían llegado eran los hijos de la profesora Smith. Al ver a Juan Pablo comprendieron que este hijo del medio no sólo era ejemplo para entender las clases de Matemáticas, sino también para las de Lengua, de Educación Física, de Filosofía y también para las clases de Química. Es que la apasionada profesora les había dicho que la química era pura magia. Y Juan Pablo era eso, pura magia, esa que había despertado un amor desenfrenado en treinta y dos estudiantes de segundo año.
Adultez I: Ansias
Por Mariana Romani BaroniTantas veces, tantos hombres.
El cuerpo de Sara era dorado sin embargo no brillaba.
Todas las tardes antes de entrar a la pequeña habitación donde trabajaba, hacía un alto. Respiraba hondo varias veces. Pensaba en su hijito. Se decía para sí que algún día se podrían largar de allí.
Pasaban los días, pasaban los hombres.
En un momento el mundo cambió. Luego de que ese viejo asqueroso la lastimara con el bastón se dio cuenta que ya había gastado todas sus tristezas. No había más espacio para el dolor. Cargó en sus espaldas a su hijo y se fue. Se salvaron de vivir muertos.
El amor hace nacer cosas nuevas.
Sara reconoció en los ojos de su hijo las ansias de la libertad.
Adultez II: La soledad
Por Emilia UrbaniLa vida pesa cada día un poco más. El insomnio me acompaña por las noches. Él es único
compañero. Era cierto aquello de que el trabajo no lo era todo. Nunca lo escuché. Ahora
siendo unos años más grande, llegar a casa es un encuentro cara a cara con la soledad. Ni el
auto más nuevo, ni el último televisor, ni la camisa más cara me dan satisfacción. Con el
pasar de los días, las ganas de seguir se pierden y las cajas de pastillas para dormir se
acumulan en mi mesa de luz. Ellas son las únicas que pueden acabar con el silencio.
Vejez I: Microrrelato
Por Emilia UrbaniLos momentos de lucidez son pocos. Me acuerdo de quién soy y veo la mirada de felicidad
en los ojos de mis hijos. ¿Tan terrible será que no me acuerde de ellos? Cuando me lo
detectaron pensé que tardaría años en alcanzarme. Solo pasaron dos y lo único
que recuerdo es que la vejez no es tan hermosa como en las películas. No te muestran el
miedo de sentir a la muerte a un paso tuyo. La vejez deja ver su cara de cerca, nos recuerda
que no queda tanto tiempo como pensamos.
Vejez II: Manifiesto
Por Gladys Graciela MarteauYa los hijos levantaron vuelo. Sientes que cuando se va el último de ellos, aunque sea a cuatro cuadras de tu casa, el nido quedó vacío. Los años parecen que se te vienen encima y te das cuenta de que hasta en los noticieros -cuando hablan de alguien de tu edad- dicen “el anciano”.
Ahora tienes mucho tiempo libre y no sabes qué hacer con él. Hay que aprender a vivir con uno mismo y no tenerle miedo a la soledad. Al principio uno se siente vacío, triste, extraña el ir y venir de uno y de otro. Pero si tienes la suerte de ser abuelo, todo cambia. Es como que te dan una inyección de vida y entonces das gracias por esa bendición.
Por otra parte cuando los hijos crecen y ya no te necesitan tanto, es el tiempo de aprender que no todo está acabado. Tal vez sea la hora de disfrutar de salidas con nuestras parejas, con amigas. Tal vez sea tiempo de hacer algo que te guste.
No hay que tenerle miedo a la vejez, porque como todo en la vida está llena de sorpresas. ¡Qué importa si duelen los huesos y cuando una amiga te llama para salir! Le dices “hoy no puedo, porque tengo que ir al médico, mejor mañana". Luego nos reímos porque ella también, al día siguiente, irá al médico.
Muchas batallas ganamos y otras las perdimos. Nos caemos y levantamos mil veces. Y eso, por lo menos a mí, me transformó en una mujer libre que sabe a dónde va y lo que quiere. Mi abuela siempre decía:" viejos son los trapos" por lo tanto a esta altura de mi vida, mientras tenga uso de razón no permito que nadie se interponga en mi camino y me diga que tengo qué hacer. Si mis hijas me necesitan, siempre voy a estar, no importa si cuando yo las necesite a ellas me meten en un geriátrico… Yo vivo hoy, mañana Dios dirá.