Capítulo 1: Mora
Por Fernanda PérezTodo comenzó con un grupo de Whatsapp: “La banda del verano”. Lo armó Gerva, el más jodón y el que además mantenía contacto con todos. Poco a poco, fueron añadiéndose los integrantes de aquella barra del club con la que compartimos unos cuantos veranos, esos de la adolescencia inolvidable.
La primera en saludar fue Pini (ahora madre y casada con Valentín, quien había sido el chico más deseado de esa época y que obviamente también era parte del grupo). Luego Manuela, Caty, Esteban (que fue novio de Caty durante 7 años y que un día se pelearon para no verse más); Fede que vivía en el exterior, los mellizos Laura y Martín, “El Pulga” (que tras tener un accidente de moto había quedado en sillas de ruedas) y yo.
Debo admitir que en cuanto Gerva armó el grupo, se me agitó el alma. Intuía quiénes estarían ahí y eso me generaba una extraña mezcla de ansiedad y alegría.
Con la Pini habíamos sido buenas amigas, esas amigas de verano, esas que compartían pileta, algún partido de vóley y los criollos del atardecer mezclado con gaseosa barata o jugo en sobre. Después, durante el periodo escolar, el vínculo se diluía. Parecíamos estar predestinadas a ser inseparables solo cuando la temporada estival bañaba la ciudad.
Entre los 12 y los 15 viví junto a ella y los demás las mejores vacaciones de mi vida, pero cuando en mi fiesta de 15 Pini y Valen se engancharon, algo se quebró. Yo jamás le había dicho que me gustaba con locura, ella en cambio me fue contando cada uno de sus artilugios para conquistarlo. Yo callé, ella avanzó… El noviazgo fue afianzándose con el correr del tiempo, y al verano siguiente no volví al club. Me los crucé ocasionalmente en algún cumple. Pini tenía un lomo increíble, yo en cambio era más bien baja y flacucha. No es que fuera mucho más linda que yo, pero era atractiva. En términos reales tenía pocas chances de competir con Pini (aunque tampoco me gustaba mucho eso de competir entre mujeres por un hombre). Así que simplemente tomé distancia.
Pini, Valentín y Caty y Esteban formaron un dueto de parejas. Manuela, Fede, los mellis y yo quedamos en otro bando. Gerva en el medio, y “El Pulga” ya en la suya… Mi bando se desmoronó rápido. Y el único vínculo fuerte que pude sostener fue con Gerva, el solterón empedernido del grupo, el que siempre está armando o desarmando algo, el que sabe en que andan todos y cada uno de nosotros, el único que supo en su momento cuanto sufrí por Valen.
En dos días de creado el grupo de Whatsapp se compartieron recuerdos, fotos de la adolescencia (esas que salían movidas, oscuras, cortadas… No era tiempo de selfies, sino de rollos).
Hablaron sobre qué hacía cada uno de su vida (aunque la mayoría sabíamos algo de los demás). Manuela era arquitecta y trabaja para una empresa de desarrollo inmobiliario, “El Pulga” era un referente de deporte adaptado y dirigía equipos de básquet. Valen trabajaba en el estudio de abogados de la familia, Pini era ama de casa (pese a que había estudiado algo de turismo). Fede dirigía dos galerías de arte en Costa Rica. Esteban tenía una cafetería en el centro. Caty se había metido en la política y ahora se perfilaba como candidata a concejal. Laura era profe de Lengua y Martín de Historia…. Menos Manuela, Fede y yo todos tenían hijos.
Aunque leía los mensajes y veía las fotos con atención, escribí poco y nada sobre mí. Finalmente Valentín me lanzó una pregunta personal: “Morita, vos seguís con la música, no?”.
“Sí, toco el chelo y estoy en la Orquesta Sinfónica”, respondí.
“Miren….”, largó el Gerva a los cinco minutos, y colgó un video de Youtube en el que yo interpretaba una suite de Bach.
Obviamente que aparecieron toda clases de “qué bueno!!”, “qué lindo!!”, “grossa”, “¡¡¡genia!!!”… La única que no escribió nada fue Pini. Definitivamente, entre nosotros algo se había roto 15 años atrás.
“Bueno che, menos música y más joda. Fecha resuelta 15 de diciembre a las 21 en mi bar… Después paso la ubicación, armo un menú y reservo un lugar solo para nosotros… Ah, una cosa: sin maridos, amantes, hijos y lo que se les ocurra… Solo nosotros”, escribió Gerva.
Todos dimos el ok, pero yo intuía que el reencuentro sería una verdadera montaña rusa.
Capítulo 2: Gerva
Por Mariana Romano BaroniTodo llega y todo pasa. Falta media hora para las 21 y tengo todo listo en el bar. Después de tanto tiempo nos veremos las caras. Intenté varias veces escribirle un Whatsapp privado a Mora y no me animé. La seguía en las redes y aparentemente estaba sola.
La noche sería de reencuentro, de seguir recordando los días de nuestra adolescencia: el club, las fiestas... Pero no me voy a mentir, ya quiero que la reunión se termine. Quiero que todos se vayan para ofrecerme a llevarla a su casa. En el auto le voy a decir que siempre me gustó, que desde que la volví a encontrar no puedo dejar de pensar en ella. Que desde hace días me persigue una fantasía: ella desnuda y con zapatos altos tocando el chelo, y yo como único espectador.
Me asusté al sentir un golpe en la espalda que me sacó de mi ensoñación.
- ¡¡¡Ehh, macho!!! ¿Qué onda? Soy yo Valentín –nos dimos un fuerte abrazo.
Lo seguía Pini, esperando su turno para saludarme.
Fede entró al bar agitando los brazos como si no lo vieran. A medida que llegaban iban pasando al sector “privado” que armé para nuestra reunión.
El griterío no permitía establecer una conversación coherente, todos hablaban al mismo tiempo. Mora tardaba y yo no prestaba atención a ninguna charla. Traía cervezas a la mesa y levantaba la vista a cada rato para ver si por la puerta entraba ella.
Capítulo 3: Cati y Esteban
Por Emilia Urbani20:45. A la puerta del bar llegaron Cati y Esteban. Raro. Era notorio que él intentaba esquivar su mirada, sin embargo, ambos reían con cierta complicidad. Estaban tan juntos que parecían respirar el mismo aire. Ella le presumía mientras se tocaba el pelo y le pedía fuego. Se acercaron aún unos centímetros más, hasta que sus cigarrillos se rozaron. Esteban no se quedaba atrás, con su camisa abierta, aprovechaba cualquier excusa para acortar la distancia.
En ese momento, llegó otro de los invitados. Ambos se dieron vuelta en seco. Donde hubo fuego cenizas quedan, dicen. Aunque de su separación nunca se supo demasiado, fue un misterio para todo el grupo.
Ingresaron al bar, primero ella. Él aprovechando cada oportunidad para rozarle la cintura. La media sonrisa de Cati denotaba lujuria. Cuando se instalaron en la zona que había preparado Gerva solo para ellos, se sentaron en lugares separados. Los saludos y abrazos borraron toda la tensión que los rodeaba. Ella, se dirigió al baño para pintarse la boca, sabía que a Esteban le encantaba.
“Y..., ¿qué onda Esteban? Contános. ¿Con quién andas?” preguntó Gerva justo en cuando ella volvía junto al grupo. Él, sin dudar, respondió: “Con nadie nene, picando por acá y por allá, vos ya sabés”.
En ese momento ellos se miraron: el cómo cerrando un pacto de silencio y ella destilando reproche con la ceja levantada. Nadie lo sabía, pero hacía unos meses habían empezado a contactarse por Instagram.
Capítulo 4: Mora y Valentín
Por Victoria Pérez HerediaMora fue la última en llegar, ella y su chelo a cuestas. Entre abrazos un poco exagerados muy divertidos y emotivos, se dio cuenta que Valentín fue el único que no se levantó para saludarla, estaba muy concentrado con su celular. Verlo la movilizó y su actitud refrescó sus recuerdos. Él nunca había demostrado interés en ella.
Juntando coraje fue Mora quien se dirigió hasta él y le lanzó un “hola”, al que intentó hacer sonar lo más natural posible. La sonrisa nerviosa y la fingida sorpresa que quiso demostrar Valentín lo dejaron en evidencia. De eso sólo se dio cuenta la persona que más lo conocía: Pini.
Mora se sentó al lado de Manuela y el Pulga encajó el chelo en su silla de ruedas para “asegurarse que no se cayera”. Entre bromas y felicitaciones sinceras volvieron a hablar del video. Mora contaba lo feliz que le hacía estar en la Orquesta Sinfónica, Gerva nombraba todo los premios y menciones que había recibido. Valentín, cada tanto, la miraba con admiración. Ella lo notó.
Le preguntaron por cuestiones del corazón. Mora les dijo que estaba sola y feliz, Gerva, quizás esperando su reacción, contó del compañero de la orquesta que se había enamorado locamente de ella, de cómo estaba pendiente en todos los detalles para complacerla. Dijo también que lo de la juntada sin hijos, novios ni amantes, fue para que pudiera venir sola, su pretendiente no la dejaba ni a sol ni a sombra. Valentín nervioso volvió a tomar el teléfono. Pini volvió a darse cuenta.
Mora dijo que no le interesaba estar en pareja, que el chelo era su compañero perfecto: grandote, seguro, firme, dulce… Además podía tocarlo las veces que quisiera y siempre le devolvía momentos placenteros. Mora era carismática, su sentido del humor y la seguridad al hablar la hacían única, inalcanzable.
Ella brillaba. Valentín, aferrándose al teléfono, intentaba reprimir lo que Mora le provocaba.
Capítulo: Pini
Por Marina PerassiLos comentarios de Mora no pasaron desapercibidos ante los ojos de Pini, quien plantó bandera en la nuca de Valentín. Estaba desbordada. Su interior era un volcán a punto de erupcionar. La reacción de Valentín le había molestado: él no sólo no se levantó para saludar a Mora, sino que no despegó sus ojos del celular mientras ella hablaba. Era tan evidente su comportamiento de quinceañero nervioso, queriendo ser indiferente o deseando que la tierra lo tragara en ese mismo momento.
Las elucubraciones le zapateaban la cabeza. Pini notaba la incomodidad de Valentín. También pudo percibir que a Mora le pasaba algo con él. Siempre supo que no se habían alejado porque sí, Valentín había sido la causa.
Los celos de Pini se manifestaron pronto e interrumpió con un empujón violento al brazo de su pareja, lo que hizo que él dejara caer su celular a causa del sobresalto. La miró con desconcierto y le preguntó: "¿Qué te pasa?".
Pini tenía las pulsaciones desbocadas, sus ojos estaban rojos e hinchados y las facciones de su rostro totalmente desencajadas. Pero, al percatarse de que Mora los estaba observando, soltó una carcajada con la intención de demostrar que estaban disfrutando juntos, ajenos a la conversación de los demás. Valentín quedó aún más confundido, sus gestos eran los de un niño al que sus padres descubren en alguna travesura.
"¿Estás bien?", insistió Valentín asombrado.
Pini no podía demostrar celos en medio de la reunión, eso pondría en evidencia a su marido frente a Mora, así que respiró profundo, le sonrió con mirada cómplice y respondió: "Sí, pero un poco aburrida amor".
Capítulo 6: Fede
Por Julieta LudueñaHay sitios que resultan incómodos a pesar de conocerlos, hay lugares donde la incomodidad la generan quienes lo ocupan.
La reunión del reencuentro de verano parece una escena patética del paso del tiempo, piensa Fede mientras se toma un vaso de cerveza. Bebe despacio porque quiere entender la dinamita en las agujas del reloj de sus amigos. Bueno…, en las personas que alguna vez lo fueron. Mora habla rápido de cosas aburridas que solamente le importan al Gerva que siempre la quiso para algo más. Él se lo dijo, Gerva no le hizo caso y ahí está: mendigando atención.
Fede observa, pica unos maníes y mira a Martín. Le pregunta por Laura y éste le responde con la cabeza algo que no entiende. ¿Viene o no? ¿No sabe?...
La reunión se ha vuelto un programa de chimentos. Pini mira el teléfono sin parar, seguro gestiona a sus hijos a la distancia. Mientras, cada tanto, fulmina a Valentín con la mirada. Pobre tipo, tiene ganas de que un plato volador lo saque de la Tierra.
¡Increíble! Se le escapa en voz alta y el Pulga lo mira. La exclamación no tiene que ver con los halagos a Mora. Todo es increíble cree Fede y se da cuenta que la distancia cambia a la gente pero no a los amores que nos quedaron dentro. Mira a Martín, no pretende quedar en evidencia. A la dosis de misterio la aportaron otros y se ríe del remate que Gerva hizo a un chiste que no escuchó.
Fede trata de adaptarse a un sitio incómodo. Le preguntan sobre su trabajo, si ahorra en dólares y cuántas veces va a la playa. A sus amigos o el alcohol les pegó mal o se han vuelto tontos. Vive en Costa Rica, tiene la playa en el departamento con tanta arena en el aire. No quiere ser descortés pero Manu se da cuenta. “No lo jodan que el jet lag lo tiene sin dormir”.
Agradece que lo salven del momento, no aguanta más. Mira el último mensaje que envió y no lo recibió nadie. Fede quiere creer que la conversación en el aeropuerto, dos días antes, tiene un sentido en medio de este quilombo de gente que busca en el pasado migajas de vínculos que no funcionan más.
Fede escucha sobre la exitosa carrera de Mora… ¿Es realmente feliz? Pini y Valentín simulan llevarse bomba. En realidad son una bomba, como Caty y Esteban. Van a estallar cuando este montaje del tiempo termine. Manu esconde y el Pulga sobrevive, Martín parece un fantasma con tanto silencio y el Gerva es un amigo de trazo medio.
Fede vive del arte y lo que ve es una obra de mal gusto. Quiere irse pero espera.
Capítulo: Manuela
Por Rocío de la Paz ArayaA diferencia de los que muchos creen no se “sale del closet” una sola vez. Manuela lo sabe muy bien. Ella ha compartido que le gustan las mujeres reiterada veces en distintos ámbitos, con tantas personas diferentes que ya perdió la cuenta. No porque en verdad quiera o desee hacerlo, sino porque le irrita la impunidad con la cual hablan a espaldas de ella sobre su orientación sexual. Con preguntárselo estaría todo resuelto.
Aun teniendo en claro que solo a ella y a nadie más debe importarle su vida, desde hace un par de años cada vez que alguien le pregunta o le hace algún chiste fuera de lugar, ella responde: “Sí soy torta.. ¿Y?”. Simple, directo, y sin esas detestables vueltas.
Aún con toda esa experiencia vivida, y el gran almacenamiento de respuestas que tenía guardado para chistes machistas, no supo qué responder cuando Mora le preguntó si estaba en pareja. Es como si se hubiera quedado en blanco. Silencio, esa fue su respuesta. Un silencio que duró lo necesario como para atraer la mirada de todos en la mesa. No hubo sonrisas de por medio, y entonces Mora supuso que era una desafortunada pregunta.
- Te pido disculpas, no te quise incomodar.
- ¿Qué pasó Manu? . Te quedaste helada.. Tranquila que El Pulga no te va a hacer nada, somos todos amigos acá – lanza el Gerva rápidamente desde la otra punta de la mesa.
- ¡Ay calláte! Capaz hace poco terminó hace poco una relación – expresa Mora percibiendo la incomodad de Manu.
Pero Gerva pronto interrumpe la situación agregándole algo de humor:
- Mmm, yo creo que debe tener un huesito por ahí y no lo quiere compartir. Mi amiga Manu siempre comió bien ¿o no?
- Obvio - dice El Pulga -, sino miráme a mí.
El comentario de El Pulga provoca las risas de todos en la mesa. Ese sonido familiar la hace sentir como en casa. Es que aunque los años hayan pasado, ella está en casa, ellos siguen siendo su hogar. Ya más tranquila y con ánimos de responder simple y directo, dice:
- Chicos, por favor, a mí me gustan las mujeres.
Capítulo 8: El Pulga
Por Gladys Graciela MarteauDicho esto, Manuela se fue afuera sin esperar respuesta ni mirar a ninguno de sus compañeros. El Pulga la siguió, se acercó, le ofreció un cigarrillo que ella aceptó en silencio. Al fin él había entendido todo.
Cuando el Pulga tuvo el accidente, ellos eran amigos. Él estaba enamorado de Manuela y creía que ella lo estaba también. Pero no. En esa época, estaba muy confundida, sentía que le atraían más las chicas que los muchachos. Pini, por ejemplo, le fascinaba.
Cuando El Pulga tuvo el accidente, Manu lo lamentó mucho y fue varias veces a verlo. Le hablaba por teléfono y se mantenía cerca. Eso lo confundió aún más, no creyó que se tratara solo de amistad. Por eso, cuando Manuela le puso límite a cada uno de sus avances se sintió traicionado. Incluso, hasta ese momento seguía experimentando cierto rencor.
Manuela al sentir su mirada sobre ella, rompió el silencio.
- ¿Cómo estás después de todo este tiempo?
-Muy bien, trabajando mucho en el deporte.
Ella se alegró y le contó que también estaba feliz con su profesión y con su vida en general. El Pulga le confesó el gusto amargo que le había quedado, al creer que lo había abandonado a causa de su discapacidad. “Jamás imaginé que sería otra cosa”, le confesó.
Estuvieron hablando durante un rato largo. Cuando volvieron al bar parecían otros. A ambos les había costado adaptarse a sus vidas. Él, porque luego del accidente tuvo que cambiar totalmente de rumbo y ella por su elección sexual. Mucho tiempo les llevó ser aceptados en un mundo lleno de prejuicios, pero por suerte lograron sortear los obstáculos.
La noche siguió su curso. El Pulga y Manuela pudieron zanjar sus diferencias. Volvieron junto a sus compañeros con la promesa de verse más seguido.
Capítulo 9: Los Mellis
Por Alfonsina Ferreiro GardaPoquísimas personas en el mundo saben lo que significa compartir la vida con un otro. Una copia casi exacta de todo lo de afuera, y de lo que pasa por ahí adentro también. Los mellis, así los conocían, un combo de dos que siempre venía junto. Laura y Martín se habían desdoblado hasta en sus profesiones: los dos eligieron la docencia.
Vivieron una vida sabiendo qué le pasaba al otro por las tripas. Hace unos meses que eso cambió. A Laura se le formó algo extraño ahí, capaz alguna tristeza hecha piedra que encontró un lugar bien oscuro para expandirse en silencio y tomarlo todo.
Esa noche Martín hizo malabares para evitar responder las preguntas acerca del paradero de su hermana. Ante sus pocas palabras, más de uno pensó que quizás se trataba de una pelea entre ambos. Así que por las dudas, no siguieron indagando. No era un día para malas noticias. Y mucho menos para peleas.
La esposa de Martín fue quien lo sacó de las luces blancas del hospital porque “le iba a hacer bien distraerse un poco” y casi que lo obligó a ir a esa reunión. Aunque sentado en esa silla del bar, sólo podía pensar en que estaba rodeado de desconocidos que no sabían nada de la enfermedad de Laura, y mucho menos el miedo que él cargaba.
La reunión iba pasando, todos hablaban de sus proyectos y como Martín prácticamente no había ni abierto la boca, Gerva metió el pecho y -un poco harto- preguntó: “¿Y vos nene? ¿Qué es de tu vida?”. Esa pregunta se cruzó directo con las broncas que Martín venía masticando desde que entró al bar: “¡¡¿Qué carajo te importa cómo ando?!!”.
De golpe la mesa completa se quedó en silencio, la respuesta tajante cortó el ambiente y ninguno de los invitados pudo seguir disimulando. No tuvieron que indagar mucho más, fue el mismo Martín quién contó que Laura estaba internada, pendiendo de un hilo, en un estado muy delicado. Luego, sonó el celular. Era del hospital. Había que ir urgente.
Capítulo 10: Fin de la fiesta
La llamada fue el detonante. La fiesta acabó mucho antes de que Valen y Pini se putearan públicamente. Incluso Valen y Mora no llegaron ni a cruzar miradas incómodas. Cati y Esteban no hicieron tiempo de contarle a los demás que hacía dos meses se habían encontrado en Instagram y que estaban iniciando una relación abierta. La verdad de Manu quedó en segundo plano, al igual que los proyectos de Fede y El Pulga.
Los ojos de Martín hablaron por sí solos. “Me tengo que ir, es urgente”, dijo con el rostro atravesado por el dolor. Manu y El Pulga decidieron acompañarlo.
Pini y Valen pusieron la excusa de que debían volver temprano para relevar a la niñera. “Yo también me voy… ¿Te llevo Caty?”, consultó Esteban tras guiñarle un ojo sin que nadie los viera. Partieron y Fede aprovechó el momento para excusarse y huir.
Quedaron solo Gerva y Mora. No podían quitarse la tristeza, la noticia sobre el estado de salud de Laura los desmoronó.
Él, que tanto había deseado terminar la noche a solas con ella, decidió que no era un buen momento para decirle lo que sentía. Seguramente Mora lo tomaría como una desubicación.
Se miraron dos o tres veces con complicidad, compartieron algunas apreciaciones sobre “la melli”, su enfermedad y esa horrible llamada. Luego se quedaron en silencio por un rato.
“¿Nos tomamos otra cervecita?”, preguntó Gerva. Mora asintió. Lo observó mientras se dirigía a la barra… Era atractivo, tenía buena espalda, buen culo…. No era la mejor circunstancia para fijarse en esos detalles, pero le fue inevitable. La verdad es que estaba muy bien, mejor que Valentín. Ahora comprendía lo estúpido de ese amor platónico y adolescente. En se momento había redescubierto a Gerva, era como verlo por primera vez. “Qué pena que solo me quiera como amiga, hubiera sido un buen compañero para mí”, se dijo hacia adentro.
Fantaseó con estar entre sus brazos, fantaseó con tocar el chelo, desnuda, solo para él… Desechó la idea cuando Gerva abrió la cerveza y sirviendo los vasos dijo: “brindemos por nuestra amistad”.
Fin