20 minutos
Por Rocío de la Paz ArayaTENES QUE ESCRIBIR
Mi nom… Mi nombre, cómo me llamo, cómo me llamo, me llamo
Marco, Marco me llamo, o algo con O.
Marco me suena,
Marco creo que soy yo.
No estoy seguro qué día es, pero algo del año E51 o eso dice la voz de la pared. En realidad no tengo certezas de nada.
NO ENTIENDO QUÉ SUCEDE, quién escribió esto
pero mi letra es igual a esa de Marco. Eso es yo, soy Marc
NO TOMES LA PASTILLA, NO LES CREAS.
Año E51, un nuevo siglo, una nueva manera de contar. El mundo tal como los primeros humanos lo conocían ya no existe. Después de una avalancha de catástrofes naturales, los descendientes de los pocos humanos que sobrevivieron se encuentran en el único espacio de tierra que no fue dañado.
“Por tu bienestar”, repiten las voces robóticas desde que se hicieron cargo de los humanos. E51, la humanidad ha perdido la capacidad cognitiva de la memoria. 20 minutos es el tiempo máximo que tienen para recordar. Cada vez que pasan 20 minutos, la información de su cerebro se resetea y ya no se acuerdan ni de quiénes son. “Están a salvo” afirman las voces robóticas.
Esa es la cantidad de tiempo que tienen hasta que se olvidan. Es por eso que cada 20 minutos todos los humanos deben tomarse el suministro en cápsula. Todos obedecen en modo automático excepto alguien, alguien que descubrió una misteriosa nota escrita por él mismo.
Los Basureros
Por Alfonsina Ferreiro Garda-Dele Gómez, apúrese que tenemos que llegar antes del mediodía, seguro ya nos están esperando.
Gómez arrastra unos plásticos negros grandísimos, pesados, lleva una punta por encima del hombro, y con las dos manos va tirando el bodoque hacia la puerta del garaje.
- ¡Que tanto se tarda, Gómez! Dele que está por amanecer y estamos en el culo del mundo- dice sacando el codo por la ventanilla del auto- todavía tenemos que cruzar toda la ciudad.
-Perdón Gringo, es que…, este pesa un montón, a ver, acercá el auto. Un poco más… Dale, dale – su mano le muestra cuánto retroceder, hasta que la frena y se abre el baúl.
-Tenemos hasta las 6 que llega la empleada doméstica -cierra la puerta del auto con delicadeza-. Vamos, que lo ayudo. A la una, a las dos y a las… Ufff la puta madre, pesa mucho.
-Che Gringo, no es por ser mala onda, pero… ¿Vos estás seguro que esto entra acá en el baúl?
-A ver Gómez, es lo que tenemos que hacer, el cuerpo entra o entra. ¿Okey? Vamos de nuevo, uno, dos y ¡tres!, listo- y se sacude las manos.
- ¡Pero mirá Gringo! ¡Se le salen las patas para afuera! ¿A vos te parece que vamos a poder pasar el control policial sin que nos enganchen a nosotros?
-Mire Gómez, usted tiene que entender esto: estamos pegados, el cuerpo ahora es nuestro y hay que sacarlo de acá para que el resto siga haciendo su laburo. Esto es así, una cadena. Nosotros recogemos la basura y otros la desaparecen. ¿O a usted le gustaría rebelarse?
-No, no digo rebelarse… Pero hay que ser mala gente che, tirarnos con este muerto. ¿Cuánto mide? Tres metros? Qué desconsiderados que son, loco. Si saben que andamos en un auto modesto.
-¡Ya sé que hacer! -Gritonea y mueve las manos dando indicaciones-. Gómez, fíjese si está muy golpeado- y aparta la cara hacia un costado-.
Gómez corre los plásticos negros en donde estaba envuelto el muerto y levanta los hombros
-La verdad que no, mirá Gringo, mirá –repite mientras busca su mirada-. Pobre tipo che, tiene hasta cara de bueno, andá a saber en la que se metió…
-Ya sabe que me da impresión la sangre.
-¡Es que no hay sangre Gringo! Eso quiero que veas, no seas cagón.
-Bueno…, listo entonces. Súbalo al asiento de atrás. Le pone sus lentes de sol y hacemos de cuenta de que es su amigo. Plan maestro -dice mientras aplaude mirando al cielo, como si hubiese tenido la mejor idea del mundo.
-Mirá Gringo, vos sabes que yo confío en vos. Y la verdad es que no me voy a andar haciendo el vivo con estos, a ver si después te toca a vos desaparecerme a mí. ¡Ja!, ¿te imaginas?
Otro día de locos
Por Emilia Urbani“Hola Juan, ¿cómo te sentís esta mañana?”. Así me despierto todos los días. Estoy cansado
de decirle a Judit que mi nombre no es Juan. Mi nombre es Roberto y soy el jefe del área
psiquiátrica en el Hospital Salud Mental de Córdoba. Me da la sensación que a veces se
olvida de quién soy y me atiende como a uno más.
La brisa del viento matutino choca mi cara y me esclarece las
ideas. Mientras, voy repasando mi agenda. Hoy me toca atender a Oscar, un loco de
aquellos. Por momentos, me pide que lo llame Cacho, su apodo, y por otros, León. Su
enfermedad es una de las más complicadas de tratar. Tiene trastorno de identidad
disociado, es decir: piensa que es más de una persona a la vez y actúa dependiendo quién le
toque ese día... Un loco.
Más tarde, me encuentro frente a la habitación número 22. Lanzó una carcajada, siempre
me pasa lo mismo. Se dan cuenta ¿no? Lo más irónico del mundo, el número del loco. En la
cama se lo ve acostado a Oscar, hoy parece estar tranquilo. Le pregunto cómo despertó y
sigo con mi rutina.
En ese instante entra Judit a la habitación acompañada de un señor con su chaquetilla blanca. “A este no lo conozco”, pienso. Ella nos presenta y esa presentación me confunde aún más. El hombre se sienta en la cama y, con paciencia, empieza a contarme quién soy.
Al parecer me llamo Juan, y soy un paciente con trastorno de personalidad.
Promesa
Por Julieta Ludueña- Prometo olvidarte- dijo Lucía.
Él la escuchó y no se movió. Ella no pedía perdón a diferencia de las otras que se habían ido. Mintió porque los besos con gusto a limón se encontraban en un solo lugar. Los extrañaría.
Era tarde. Lucía había prometido olvido en una mañana de luz tenue y respiración entrecortada. Se rozó la nuca y sintió pasos tras de sí. Se asustó pero un abrazo a su espalda le recordó que nada malo podía pasarle.
Él no dijo nada y sus manos recorrieron los brazos de Lucía. Ella trató de salir del viaje que empezaba con destino a un silencio distinto al de ahora. Respiró y su mente se escurrió a falta de desayuno. La consciencia se escapó por la ventana, mirando la nada en el mismo momento en el que Tomás soltaba a Lucía para enfrentar sus ojos.
La consciencia estaba estampada contra el marco y susurró: “Si aquí nadie se toca no pasa nada. Son casi humanos”. Como si la hubiera oído, Lucía le mordió el labio a Tomás. Buscó limón y quiso más. Él buscó fuego en la meseta de un torso que nunca le perteneció y encontró llamas en un bosque silencioso sin promesas de lealtad.
Tomás quería romper el acuerdo de quien callaba a su cabeza y no le hacía tomar alcohol. Él se creyó un contrabandista de emociones al enredarse en abrazos y lenguas huracanadas. Una práctica de sentidos sin sentimientos, así era ese vínculo.
Lucía movió su pelo y se alejó por última vez de Tomás. Tomó sus ropas y, sin volverse hacia él, caminó hasta la puerta. Buscaba su consciencia. No habría explicaciones. Sin besos robados ni juegos de crucigramas sobre el pasado. El silencio invadió otra vez los espacios, la luz ya no era tenue sino cruel a los ojos de amantes matinales.
- Solo es contigo- dijo él y la consciencia se estremeció. Ella supo que había acabado ahí, al lado de Tomás. Respiró, y él conoció un sabor diferente al limón que guarda la memoria de Lucía.
Arcadio
Por Marina PerassiFue necesario desempolvar un arcadio la noche del insomnio masivo. Había que cerrar el portón corredizo para que nadie huyera por temor o por vergüenza.
Sólo Pedro sabía cómo utilizar el arcadio. Sus sueños teñidos de guerras eran el reflejo de sus vidas pasadas. De pronto la casa desbordó de cascos verde musgo; un pelotón de soldados armados, sedientos de muerte apareció con tanta imponencia que no hubo lugar para visualizar los sueños de los demás.
Pedro, estaba paralizado porque ahora, los soldados que fue en otras vidas y los muertos que consiguió como trofeos, lo desafiaban con miradas intimidantes para que no se atreviera a trabar el portón con el arcadio. Ellos necesitaban salir por allí, encontrar la libertad.
Liberarse de la mente de Pedro, de sus sueños recurrentes donde los traía de regreso y los condenaba a no desaparecer.
Arcadio: objeto utilizado por los nativos Kuna Yala originarios de las Islas San Blas en Panamá. Fue de utilidad en las luchas contra los españoles. Con este contenedor, los nativos les extirpaban las ideas bárbaras y salvajes. Luego prendían una fogata en la playa, donde quemaban el objeto durante tres noches y tres días a modo de ritual; así lograban desintegrar y disolver las ideas destructivas. El objeto es considerado sagrado porque el fuego no podía consumirlo y a la vez los liberaba del mal que contenía en su interior.
Avisos fúnebres
Por Gladys Graciela MarteauTodo había terminado en la tarde del jueves. Después de varios días y noches sin dormir, tenían que empezar con los trámites del sepelio. Él en compañía de su cuñado, decidió ir a la funeraria a organizarlo todo. No sería un velatorio típico. Sólo estarían dos o tres horas en el lugar y luego partirían hacia el cementerio.
El empleado les pidió los datos para el aviso fúnebre, pero Juan no quería hacerlo, estaba convencido de que en realidad era absurdo poner un aviso invitando a un velatorio.
Cuando uno se enferma, y en especial cuando esa enfermedad es muy larga, tanto amigos como familiares se acercan o te llaman y te dicen: " cuenten conmigo ", "llamen cuando necesiten"… Te palmean el hombro y te hacen mil promesas, pero al final solo quedan unos pocos. Esos son los que tal vez no te dicen nada y sin embargo se sientan a tu lado en silencio acompañándote en todo momento. Te llaman todos los días, te obligan a que vayas a descansar quedándose ellos mismos cuidando al enfermo.
Por eso, tras lo irreversible decidió que no quería los avisos. Los que debían saber del fallecimiento de su esposa, ya estaban enterados.
No quería el circo de los personajes que aparecen en esos casos solo para hacer que sufren y decir un montón de estupideces. Te llenan de mensajes diciendo cuánto apreciaban y cuánto extrañarán al muerto, aunque tal vez hacía más de diez años que no se veían.
Por todo eso Juan decidió que no habría avisos. Los incondicionales no lo necesitaban.
Solo un abrazo
Por Julieta LudueñaElla quería un abrazo de su mamá y lo admitió por primera vez al momento de escribirlo. Ella, ahora, era consciente que quizás ese sentimiento lo tuvo antes pero no fue capaz de escuchar la respuesta.
Julieta escribió sobre el abrazo de su mamá, algo tan simple que le faltó siempre. Ella quería terminar algo y dedicárselo, tener algún motivo para recordar su aliento cuando no sabía qué hacer.
Mientras escribía recordó que en la primaria le dolía. En el secundario el dolor era mayor. Julieta se sinceró al anotar que le sigue doliendo: simplemente quiere un abrazo de su mamá. Resulta una necesidad que emerge de la orfandad de cariño irremplazable. Ella sabe que podrían entenderlo o no.
Julieta se sintió descalza en cada paso hacia un logro académico o cualquier reconocimiento plagado de fotos pero vacío DEL ABRAZO. Ella quería otra cosa, lo simple, la lógica de la naturaleza. Se dijo así misma ¡qué tonta al pensar que el amor propio pasa por otra casa!
Su casa fue su mamá y a Julieta la emanciparon con pocos meses, etapa en la que nadie pregunta y después todo duele. Hubo mucha gente para cubrir la vacante y nada por reprochar pero ella quería lo evidente: un abrazo. Ella se ha vuelto una niña de corazón helado y cree que está grande para muchas cosas: la hamaca, el saludo en la puerta de la escuela o el dentista.
Julieta cree está grande para reclamar horas de juegos y tablas de multiplicar pero no es lo suficientemente grande para pedir lo que siempre quiso: un abrazo de su mamá.
La distancia, su historia y la armadura contra las circunstancias hacen que no se arrepienta de su deseo… Pide perdón a su mamá por no entender el cariño sin la forma de un abrazo.
Agustín
Por Alfonsina Ferreiro GardaCarla se levantó de un salto. No podía permitirse dormir. Buscó una vez más a Agustín por los rincones de su casa, para ver si algún tipo de hechizo lo había devuelto a su cama con acolchado de osos.
Ella era Carla Martínez, la hija del abogado del pueblo y una persona que no estaba acostumbrada a perder. Había sido la famosa “chica diez” durante el secundario, una Susanita con aires de grandeza y posteriormente, una madre estricta y ejemplar. Pero Agustín no aparecía, y las horas se hacían días.
Les habían preguntado a todos los vecinos por el paradero de su hijo y, junto con la policía, habían fracasado una y otra vez. No eran muchos en el pueblo, así que entre ellos se conocían bastante. Sabían quiénes eran, de dónde venían y cuánta mugre tenían debajo de la alfombra. Todos se conocía, salvo una. Aquella que había llegado con un viento norte hace unos años y se quedó ahí. Los vecinos, ni muy hábiles, ni muy ingeniosos a la hora de poner apodos, la bautizaron como “la loca del pueblo”. Una señora un tanto ermitaña y descuidada, de la que todos desconfiaban.
-Señor Comisario, le pido por favor que entre a la casa de la mujer. Sé que no me estoy equivocando, tengo mis motivos - suplicaba Carla.
Ante su desesperación le pidieron un poco de calma, la mandaron a descansar a casa y a tomarse un té. Sí, aunque su hijo estuviera desaparecido, la mandaron a tomar un té.
Ella les hizo creer a todos que iba a acatar cada una de las órdenes que le habían dado y dejó a su marido a cargo de la situación. Pero como Carla no estaba acostumbrada a perder y mucho menos a obedecer, ¡qué importaba si los policías le habían dicho que dejara tranquila a la mujer de la casa de la esquina! Ella recordaba perfectamente la discusión que tuvo con su marido, por gritarle a su hijo que se aleje de la casa de esa loca de mierda, porque una mujer de 40 años no podía invitarlo a jugar a los autitos.
El viento frío le partía la cara y se colaba por el abrigo, marchó hacia la casa de Marina, la loca del pueblo. Tocó el timbre. Esperó un rato. Miró el reloj.
- ¡Mateo! - comenzó a gritar Marina a medida que bajaba las escaleras y se intentaba acomodar el pelo. Ya se había acostumbrado a hacer muchas cosas a la vez y a fallar en casi todas. - ¡Mateo! vamos que se levantó mamá, cocinemos algo juntos que ya es hora de almorzar.
Carla puteó por lo bajó y después, la puerta se abrió. Marina se acomodaba un poco la ropa y decía a un volumen altísimo cosas sobre un hijo, sobre un hijo que se escondía y que parecía un animal con el que ella compartía jaula. En el pueblo nunca la habían visto con un hijo.
-Agustín, mi hijo, hace unos días desapareció y lo estamos buscando. Ya no sabemos a dónde ir.
Marina empezó a caminar en línea recta mirando el piso y con los brazos en la cintura. Parecía estar haciendo un intento por recordar de quién le estaba hablando. “Él me había contado que a veces venía a jugar acá y quería saber si no lo habías visto en estos días”.
Marina le clavó la mirada. “¿A tu hijo? Qué sé yo quién es tu hijo”.
-Marina perdón, te quiero pedir una cosa... ¿No me dejas conocer a tu hijo? Me hablaste de él cuando entré y la verdad es que no lo conozco. ¿Lo puedo ver?
Carla estaba cada vez más desesperada y el silencio y la tensión invadieron el hogar. Marina tenía muy en claro que el común de la gente no confiaba en ella. Y detestaba eso, esa mirada soberbia de aquellos que no la creían capaz de hacer cosas por sí sola.
Fue muy fácil para Carla confirmar que tenía razón. Una zapatilla azul sobre el sillón, a medio tapar por un abrigo, la hizo cantar bingo. En ese momento lo supo: su hijo estaba ahí.