La palabra tiene un poder increíble. No solo para comunicar con otros, sino para ponernos en marcha a nosotros mismos.
A veces, simplemente decir una frase en voz alta cambia todo:
“Voy a hacerlo.”
“Uno, y lo hago.”
“Gracias.”
He descubierto que hablar en voz alta conmigo mismo me ayuda a plasmar los pensamientos en la realidad física. Me da perspectiva. Es como sacarlos de la cabeza y verlos desde fuera.
Por ejemplo, cuando no estoy cumpliendo ni siquiera con un mínimo, digo en voz alta:
“Uno.”
Y acto seguido lo hago. Puede ser una flexión, un vaso de agua, lo que sea.
También me ayuda grabarme comentando lo que hago y subirlo. Mostrarlo en redes. No para impresionar, sino para hacer visible el proceso y tener un ojo externo (aunque sea simbólico) que me mantenga enfocado.
Me he dado cuenta de que muchas veces es más fácil cumplir por los demás que por uno mismo. Pero si ese truco sirve, lo uso.
La palabra es una herramienta para ilustrar nuestros propósitos. No siempre la usamos con consciencia, pero cuando lo hacemos, puede mover cosas muy grandes.