Agradecer es uno de los mínimos más potentes que existen.
No necesitas tenerlo todo para sentirte bien, solo darte cuenta de lo que sí tienes. Yo, cuando algo bueno me pasa —ya sea gracias a mí o de forma inesperada—, hago una pausa y digo "gracias" en voz alta.
Es casi una rutina: agradecer al universo.
Lo curioso es que cuando empiezas a hacerlo, ves más motivos para seguir agradeciendo. Se activa una especie de radar que detecta señales positivas.
Y no hablo de espiritualidad barata, hablo de cómo funciona el enfoque. Si agradeces, entrenas tu mente a reconocer lo bueno.
Y si encima eres agradecido con los demás, generas relaciones más sólidas.
A nadie le molesta que le den las gracias. A todos nos gusta que valoren nuestro tiempo, nuestro esfuerzo.
La ley del mínimo esfuerzo también aplica aquí: agradecer cuesta poco y genera mucho. Una palabra sincera puede cambiar el día de alguien. Y el tuyo.