– ¡Ayúdeme, buen hombre! – suplicó Aladino.
– ¡Primero dame la lámpara! – contestó el hechicero.
Entonces sonó un horrible trueno, y la cueva se cerró enterrando al joven Aladino en su interior.
-¿Por qué querría ese tipo una lámpara tan vieja y sucia? – se preguntaba Aladino.
El muchacho la frotó para limpiarla, y de su interior salió un gigante azul.
– ¿Quién eres tú? – preguntó sorprendido Aladino.
– Soy el genio de la lámpara. Pídeme tres deseos y te los concederé.
– ¡Quiero ser un príncipe!, para conquistar a la princesa.
– Majestad, vengo a pedir la mano de su hija- dijo Aladino.
– ¡Encantado, de tener por yerno a un príncipe tan poderoso! – contestó el sultán.
– ¡Cambio lámparas por preciosos regalos para príncipes! – gritaba sin cesar.