Esta sección tiene como finalidad linkear al BLOG publicado en mi primera página web (vigente desde 2004).
Asimismo aquí se comparten también algunos de aquellos post...
Hay momentos y comidas que solo pueden pertenecer a la nobleza, y no porque quienes reciban ese don sean nobles, sino porque la nobleza habita en el sustento mismo.
La preparación, muchas veces colectiva, tiene el ritual de amasar charlas, de soplarse el pelo para que no interrumpa la vista ni distraiga de los pequeños detalles de la celebración. Entre sus sonidos conviven la mesa renga, la carcajada lejana y la grasa ardiendo que simula ser una lluvia seca sobre el zinc.
Tal vez sea el único alimento que no se ofrece a los dioses, sino que es un regalo directo de ellos; tal vez sea el símbolo más cotidiano y menos visible.
En invierno, la noche llega temprano como un padre que acompaña a su hija a la salida del baile: con esa misma ternura y cautela, pero también con esa misma urgencia. Son pocos los ingredientes que se necesitan para que la velada se llene de palabras, sonidos y risas; el hambre, por supuesto, también juega sus cartas.
En ningún Evangelio (canónico o apócrifo) se habla de la torta frita. En su poema, Ricardo Maldonado dijo:
"Y llorabas largo por todas las ánimas en blanco,
y era escasa la grasa para la torta frita
que las tardes de lluvia hacían saltar como arco iris
de la olla abollada de mamá."
Y pienso en cuántas historias caben por ese ojo dorado y cuántas vendrán entre palabras, carcajadas y un sonido que siempre me recuerda a la lluvia seca sobre el zinc... historias que se gestan en esa misma olla vieja y abollada que fue de mamá...
Estoy en ese punto donde el sol aún no existe y la noche ya se acaba. Es como estar detenido en una línea imaginaria que tiene más de cornisa y de andén que de camino. Caer hacia cualquiera de los dos lados es, muy probablemente, sucumbir.
Escribo con los ojos cerrados, pero no para presumir destreza, sino para confesar que estoy entredormido. He recordado últimamente “la siesta de Dalí” y cómo desde ese umbral se pueden encontrar soluciones y también, muy posiblemente, nuevos problemas.
Hay una silla vacía a mi lado, sin dueño, como a la espera. Esa silla breve se parece a unos puntos suspensivos dentro de la biblioteca. El televisor apagado y los libros -que ya son más adorno que propuesta de lectura- también han cerrado los ojos. Veo objetos que estorban. Cosas viejas. Cuadros baratos, medallas sin honor, estatuitas y un piano que hace tiempo olvidé hacer sonar. Sin embargo, todo está donde debe estar. Nada sobra: son pertenencias con un valor íntimo que no se mide con monedas, sino con nostalgia.
Doy unos pasos sobre la cornisa. Es avanzar siempre en la misma dirección; no puedo girar. Siento un viento suave, como si intentara recordarme el vacío que me llena.
El sol no asoma. Mi yo interior, tampoco.
Es esa línea imaginaria donde un hombre, en su propio vacío, solo quiere confesarse...
En el oficio de escribir uno se encuentra a sí mismo. Encuentra palabras, revisa, corrige; por un momento celebra alguna buena idea, una frase o un verso. Pero todo siempre es prestado; nada es propio. Un poema a veces parece el resultado final de uno entre tantos rompecabezas posibles, construido con palabras ajenas. Es solo una versión: la combinación de símbolos que no abren ninguna cerradura, pero que sí cierran heridas y proponen mundos.
En el oficio de escribir hay que estar momentáneamente despierto. Dormir es una opción solo para ir en busca de "eso" que nos falta: el impulso que nos devuelve a la realidad y nos descubre, siempre, con las manos vacías.
El "tiqui tiqui" de una vieja máquina, la luz oscura de una pantalla, la fibra del papel, el silencio… condiciones para que la palabra intente posarse.
El vino que ya no bebo. El mate amargo que siempre está. El recuerdo de haber sido más joven que hoy. El miedo. ¿Todo eso existe?
Esta noche se apagó temprano. No hay estrellas. Gobierna la desolación y el instante aprovecha mi distracción para fugarse: he perdido ese verso que tal vez podría salvarme. De reojo observo la biblioteca; tengo cientos de libros. Ahí están las palabras reveladas pero desordenadas entre autores, cuentos, poemas, tomos… pero están.
¿Para qué insisto en quedarme aquí con el "tiqui tiqui", la luz de la pantalla o el papel entre los dedos? ¿Dónde queda la puerta que puede esconder esa otra vida en la que alguna vez —siempre o casi siempre— hemos pensado?
Recuerdo la presencia del mate no porque ahora sienta sed. De reojo veo el tibio vapor que escapa del termo y pienso en cuánta suerte tiene por no sentir la necesidad de perderse entre palabras…
Me pierdo entre los escombros del reloj, entre los avatares del tiempo. Miro la hora y no parece real: el tiempo sigue siendo la metáfora de algo que vendrá y nunca llega. Obliga a la espera, al mutismo; invalida los atajos. Al final, se siente como habitar una sala de espera repleta de puertas que no se pueden abrir.
Entonces me olvido de muchas cosas. Se me escapan palabras que creí tener, se secan besos y lágrimas. Surgen nuevas preguntas, producto de estar siempre corriendo detrás de algo que no existe. Y otra vez los escombros, que me hacen tropezar.
Mientras tanto, busco un punto fijo. No para llegar a él, sino para descubrir si existe, si es real, si se mantiene inmóvil. Descubro que nos vamos despintando mientras lo miro. El blanco de la edad nos llega a los dos: alcanza a la carne, al punto en la pared, a la mancha de humedad y a los mismos escombros.
Vivimos en un viaje cancelado. Ir no es ir: es seguir inmóviles mirando el punto negro, fingiendo que nos movemos.
El paso del tiempo nos deja algunos otoños que nos ayudan a madurar palabras y búsquedas. Vos seguís a mi lado, esperando a que al fin deje de mirar la pared.
Me derrumbo cuando me decís que no hay ningún punto y que hiciste las valijas, porque vos sí creés que hay algo más allá de esta metáfora... que no es otra cosa que una ventana que no existe pero...
El frío se hace presente, como avisando que el viaje no será solitario. Meto las manos en los bolsillos mientras sigo mirando los troncos desnudos que, en otra época del año, tiñen de naranja amarga las veredas. Las postales ya ni siquiera son montones de hojas secas: es invierno.
Cruzo la calle para acercarme a una vidriera que parecía lejana. Los libros que se ofrecen son interesantes, aunque costosos. Pienso en la tecnología, en los abandonos, en lo artificial, en lo que vamos dejando atrás. A veces un libro termina siendo un objeto incómodo, más allá de lo que regala al tacto, al olfato y a la vista. No compro nada y continúo.
Mi sombra se alarga y se adelanta: llega primero a las esquinas, se sumerge bajo los autos, atropella a otros transeúntes. Alguien me saluda. No recuerdo su nombre, pero levanto la mano y esbozo una sonrisa a medias. El otro advierte mi esfuerzo por reconocerlo y apura el paso. La ciudad siempre está sola. No espera a nadie.
Mientras anochece, busco un taxi que me saque del centro. Las únicas palabras que se oyen son las de una dirección. Llego. El tintineo de las llaves se oye como campanadas en miniatura. Me quito los zapatos, cuelgo el abrigo y, mientras busco un encendedor para el milagro del fuego y del mate, recuerdo el nombre y el apellido de aquel hombre que abrió su mano para el saludo. No tengo su teléfono, pero quisiera llamarlo.
Pasaron varios años hasta que volví a mi pueblo, que ya no es mío. Me estoy haciendo viejo, y es otro invierno: uno que, como las procesiones que no se dicen, también va por dentro…
El frío de nuevo se hace presente, esta vez, para quedarse y dormir conmigo...
Enciendo la luz como si buscara algo, pero en realidad no encuentro el pedazo de humanidad que pierdo día a día. Ese gastarse que a veces no se vuelve ni lágrima ni recuerdo; ese tiempo que se nos esfuma (sin saber en qué) como parte de un ritual incomprendido.
Esquivo los espejos. Aunque ahora hay luz y podría ver tu cuerpo, prefiero buscarlo a tientas, tropezando con tu piel como por casualidad. Los años me enseñaron que recorrer tu espalda, palmo a palmo, tiene la recompensa final de sentirte entera.
Así pasan las horas y nos miramos como volviéndonos a conocer.
Enciendo la luz como si buscara algo que todavía no tengo: algo intangible que me obliga a ponerme en marcha.
Pago mi cuota de vida. Busco excusas para estirar el tiempo porque a tu lado nada es cotidiano ni aburrido; excusas para poder, mañana, volver a buscar tu espalda como quien desentierra un tesoro.
Hemos perdido tanto brillo que, cuando se corta la luz, no sabemos cómo encarar el día. Es en ese instante cuando te encontrás con vos mismo, cuando no queda otra que mirar hacia adentro buscando la claridad que alguna vez tuvimos. La culpa y el recuerdo afloran juntos, en plural, como voces que la memoria convierte en un murmullo imposible de atrapar, imposible de esconder entre los ruidos de la calle.
Nos hemos opacado tanto con los años que hasta las luciérnagas nos confunden con árboles muertos.
Es un estado de trance que parece infinito, aunque sabemos que se disolverá apenas alguien repare el transformador de la esquina. Entonces volveremos a ese lugar donde no somos nada, pero donde vemos con nitidez los defectos ajenos mientras creemos ocultar los propios. Allí encendemos pantallas innecesarias, respiramos lo artificial y evitamos el abrazo frente a todos y todas.
Pero hay algo más, algo que late en cada lámpara: la lágrima. Esa lágrima que aflora cuando descubrimos que hemos perdido tanto brillo que, al cortarse la luz, no sabemos cómo encarar el día. Cómo decir “te quiero” con palabras y sin emojis.
Digo tu nombre solo cuando no puedo escucharlo. Hay un temor escondido entre las sílabas, una luz que me deja a oscuras y se disuelve en el entrecruzamiento de letras. Algo más permanece: lo silencio incluso para mí, y queda como un recuerdo vago, incierto, apenas sostenido en la memoria.
Nos quedamos solos. La lámpara, desde lejos, regala una claridad mínima y parpadea como los ojos cansados de quien insiste en leer más allá del sueño.
La caricia que nunca se atreve.
El beso que se esconde.
El enemigo inventado para justificar mis errores.
Vos, a mi lado, sosteniendo el amor. Y yo, que pronuncio tu nombre solo cuando no puedo oírlo, porque lo que temo es un fantasma que se revela al nombrarte.
La piel desnuda no teme al frío. Rozo tu cuerpo con la duda de quien necesita comprobar si aún estás ahí, si sos real, si existís.
Digo tu nombre y me derrumbo, mientras nadie nos ve.
El otoño empieza a hacerse sentir como un invitado que llega tarde: aparece recién en el brindis, habiendo esquivado conversaciones innecesarias, saludos fríos, gestos fingidos, bostezos disimulados tras una mano abierta que parece querer sujetar las palabras.
Ahora los frentes de las casas se llenan de puñados de hojas, como hormigueros desbordados, mientras los vecinos barren y miran de reojo al árbol que, como en una pelea infantil, las va soltando poco a poco.
El frío es otro condimento recién llegado. El aroma del café se derrama, los cuerpos se arriman buscando tibieza, y mis manos se enfrían en pura contradicción con las ganas de acariciarte.
En otoño no hay silencio: se transmuta en otras sensaciones y sonidos -la rama golpeando el techo, el paso del viento, el polvo de la calle que aprovecha la ventana abierta para colarse entre los libros.
El otoño llegó con retraso, después de unos días de humedad intensa y calor sofocante.
Hojeo un libro, el mismo de hace semanas, y no encuentro tu rostro entre las páginas que se vuelven parte de ese puñado de hojas que cae y se deja desparramar por el viento.
Todo empieza de repente. Un día vas a poner el mantel y tenés que arrollar la mitad porque se volvió demasiado largo, como si en un truco de magia imposible le hubiesen crecido unos centímetros. Pero no es un truco: es el hijo que se fue, la madre que ya no está, el silencio que, cuando se hace carne, se convierte en un ser que no vemos.
Entonces descubrís que ahora sobran vasos y platos, que las tres puertitas donde guardabas los tupper —y que casi nunca prestabas— ya no sirven para nada. Con una sola botella de agua alcanza para casi todo el día.
Hay que cerrar habitaciones para que el polvo no use las camas, para que no ande husmeando y quedándose allí como un convidado eterno.
El espejo te devuelve una edad que no querés reconocer. Fruncís el ceño y nadie se inmuta. Caminás una casa que se volvió tan grande que llegar al patio es un viaje que preferirías no hacer.
Caen algunas gotas. Se avecina una tormenta.
Te recostás en posición fetal, sabiendo que estás solo… que el tiempo pasó y te dejó en una sala de espera. Sentís que empezás a desvanecerte, a volverte parte del olvido que siempre llega sin anunciarse.
A medio camino siempre hay otro camino que no se recorre, y está bien que sea así: no todos conducen a Roma, y tampoco siempre se quiere ir a Roma. A veces estar en los bordes es estar en el centro mismo de la capital donde reside el alma.
Hoy, como casi siempre, salí a caminar con la torpeza de quien sabe que poco o nada va a sorprenderlo: los mismos árboles, los insectos posibles, los animales puestos adrede, ahí, como flores gigantes que se arriman en busca del agua que no tengo o de la caricia que el miedo anula. Y en ese paseo previsible, en ese “salí a caminar”, uno en realidad se deja llevar por una ruta ya trazada, y eso también es una forma de buscar el sendero a Roma.
En Anchorena, hacia el fondo del pueblo, donde las casitas empiezan a espaciarse y abundan los caldenes, están esos senderos que llegan hasta una tranquera o se bifurcan en curvas sin huellas. Cuando la tranquera marca un límite, uno empieza a desandar lo hecho; cuando no hay límite visible, es el tiempo —ese tiempo invisible— el que indica que hay que volver… sin embargo…
Quisiera despojarme alguna vez de la geografía y salir a andar entre los árboles. Quisiera perder los caminos. Perder el tiempo. Ir por donde no hay huellas ni caballos puestos adrede. Quisiera ir para sentir que puedo sumergirme en un espacio donde el agua es un milagro.
La página también es un límite. La horda de minutos invade con su presencia el tiempo que creía mío.
Abro la puerta y salgo. Pienso que, si me escapara, solo podrían encontrarme si usara esos caminos: los que llevan a Roma, a una tranquera o a una bifurcación previsible. Entonces me descalzo. Digo tu nombre, pero no me voy a ningún lado. Me quedo donde siempre, en este punto que conozco y que por alguna razón que no sé, también me retiene.
La rutina es un reloj que nunca funciona bien, un bote suspendido en el agua que no se mece ni avanza. Ofrece tan poco que el cáliz que entrega ha dejado de ser sagrado: ya no salva, no protege, y todo parece perder sentido. Caminar no lleva a ningún sitio, las puertas no se abren y los árboles se repiten hasta el final del sendero.
Sin embargo, incluso en la rutina persiste una forma de magia: la de encontrar tu espalda desnuda, dispuesta a las caricias; la de ver tus ojos reflejados en un vaso de agua. Saber que estás, rutinariamente, es sentir que el tiempo se revoluciona, que el bote avanza y que los caminos, aunque semejantes, abren conversaciones que disfruto escuchar una y otra vez.
Te miro y creo. Creo en el universo que me regalas, construido entre palabras y silencios. Creo en tu sonrisa y en lo que permanece. El día se desgasta gota a gota, y esas gotas hacen que el río comience a mecerse hasta llevarme a la isla donde siempre te encuentro, donde siempre estás, donde rutinariamente descubro que las cosas pierden sentido… hasta que vuelvo a reconocerte.
Conocer el agua es útil para flotar como un tronco seco y muerto, dejándose llevar hacia lo desconocido pero sin riesgo. También lo es para nadar, sumergirse y aventurarse en la búsqueda de ese “algo” que siempre estamos persiguiendo.
En mis vacaciones en Entre Ríos descubro que el río es un portal hacia otros mundos, propios y ajenos: los mojarreros de la infancia, los dedos arrugados de la vejez próxima… Y también, en ese estado que oscila entre el sueño y la vigilia, abro los ojos bajo el agua amarronada del Uruguay para intentar ver aquello que existe pero que no encuentro. Aunque sigo ciego, percibo cómo las mojarritas me golpean, cómo las olas intentan arrastrarme, meciéndome sin música hacia el palacio de las palabras.
Conocer el agua es útil para flotar como un tronco seco y muerto, dejándose llevar hacia lo desconocido pero sin riesgo. También lo es para nadar, sumergirse y aventurarse en la búsqueda de ese “algo” que siempre estamos persiguiendo.
Aún no encuentro lo que necesito encontrar. No tengo las palabras para describirlo, no sé cómo reconocerlo. Solo sé que está allí, agazapado con sus claves, dispuesto a atraparme y a dejarse atrapar, para que al fin pueda comprender por qué fue vital, antes que nada, conocer la piel del agua.