Las primeras bandas de lo que hoy conocemos como jazz se popularizaron en los años 20 como acompañantes de cortejos fúnebres en Saint Louis, Luisiana. Estas bandas constaban de seis miembros: piano, banjo o guitarra, tuba o contrabajo en la sección rítmica; y en la melódica, el trombón, la trompeta y el clarinete.
La década de los treinta se caracteriza por el swing, un género debido principalmente al talento creativo del trombonista Glenn Miller. También contribuyeron a la expansión del swing Benny Goodman, gran clarinetista y director, y Fletcher Henderson, pianista y arreglista que dio pie al desarrollo de las Big Bands. Esta época se caracteriza por los ritmos improvisados de bases del blues y en el riff (frase repetitiva) y por el auge de los/las cantantes.
En los 40, el declive de las big bands de swing dio lugar a un nuevo tipo de música radicalmente diferente, cuyos únicos rasgos en común consistían en una instrumentación similar y en el interés por la improvisación, el Be Bop. Dizzy Gillespie fue uno de los líderes del movimiento, con un estilo trompetístico que resumía perfectamente las características de la nueva música y una serie de temas que entraron a formar parte enseguida del repertorio básico de los músicos bop, como A Night In Tunisia o Salt Peanuts. Además, la batería deja de tocar un acompañamiento rítmico regular y se convierte en un instrumento de más autonomía dentro del conjunto, algo que también ocurrirá con el resto de los instrumentos.
A lo largo de los años 50 y 60 se acentuó el carácter de improvisación del jazz, y ya en los 70, la influencia de los grupos de rock que estaban experimentando con el jazz en la época terminó de perfilar un género que daría lugar posteriormente a otros muchos subestilos, siendo particularmente evidente en aspectos como la instrumentación de las nuevas bandas de jazz rock. A excepción del pianista Keith Jarret, los intérpretes de jazz de esta época usaron instrumentos electrónicos.