Mi paso por el colegio, desde preescolar hasta grado once, fue una experiencia que marcó profundamente mi vida. No solo porque allí aprendí conocimientos académicos, sino porque ese colegio rural pequeño se convirtió en mi segundo hogar, un lugar donde crecí rodeado de amistad, respeto y cariño.
El colegio era modesto en tamaño, pero grande en espíritu. Estaba rodeado de naturaleza, con montañas, árboles y caminos de tierra que nos daban un ambiente tranquilo y especial. Las aulas eran espacios donde todos nos conocíamos, y eso hacía que nadie pasara desapercibido: cada estudiante era valorado, escuchado y acompañado en su proceso.
Los profesores fueron un pilar fundamental. Más que maestros, eran guías, consejeros y ejemplos de vida. Nos enseñaban con cercanía, con paciencia y con un compromiso que trascendía lo académico. No se limitaban a explicar materias, sino que también nos animaban a soñar, a confiar en nosotros mismos y a formarnos como personas responsables y solidarias.
Lo más bonito del colegio era el ambiente de unión. Mis compañeros se convirtieron en una familia con la que compartí toda mi vida escolar: juegos en los recreos, trabajos en grupo, celebraciones y hasta las pequeñas discusiones que luego se volvían anécdotas. Había un espíritu de cooperación constante, y siempre nos apoyábamos unos a otros.
Las actividades culturales y deportivas eran otro sello de la institución. Cada izada de bandera, día especial o presentación era vivido con entusiasmo y alegría. Toda la comunidad participaba, lo que hacía que el colegio fuera el corazón del lugar, un espacio que unía a estudiantes, profesores, familias y vecinos.
Estudiar en un colegio rural también nos permitió estar en contacto directo con la naturaleza. Muchas clases se enriquecían con lo que nos rodeaba, y eso nos enseñó a valorar y a respetar el entorno. Era un aprendizaje vivo, cercano a nuestra realidad, que nos hacía sentir orgullosos de nuestras raíces.
Con el tiempo, el colegio creció conmigo. Fui pasando de preescolar a primaria y luego a bachillerato, siempre acompañado por los mismos amigos y con profesores que nos conocían a fondo. Llegar a grado once fue un momento de orgullo y también de nostalgia, porque significaba cerrar un ciclo en el que había vivido prácticamente toda mi infancia y juventud.
Hoy, al mirar atrás, sé que mi colegio fue mucho más que un lugar de estudio. Fue un espacio que me dio valores, amistades verdaderas, motivación y sueños. Fue una familia extendida que me enseñó que en lo pequeño también habita lo grandioso. Y aunque la vida me lleve por diferentes caminos, siempre llevaré conmigo la esencia de ese colegio rural, que hizo de mí la persona que soy.
Laura Nicol Cardona Suaza (Personera 2024)