Muchos niños crecieron rodeados de miedo, sin poder ir a la escuela con normalidad. Algunos fueron testigos de ataques, asesinatos o la muerte de familiares. Otros fueron reclutados a la fuerza para pelear. No pudieron tener una infancia tranquila.
A pesar del dolor, hubo comunidades y personas que intentaron ayudar. Algunas iglesias protegieron a niños y familias. Grupos de mujeres denunciaban la desaparición de sus hijos. En el exterior, los salvadoreños organizaban ayuda humanitaria para enviar alimentos, medicinas y ropa a sus familiares.