Opinion pieces by our team
Un poco de contexto
El Science of the Total Environment[1], revista de la editorial Elsevier, fue durante décadas una revista de referencia en Ciencias Ambientales. En octubre del año 2024 su estado de indexación en la “Web of Science” fue puesto en "on hold", que es una suspensión provisional debido a cuestionamientos sobre la calidad de su contenido. En noviembre de 2025[2] se decidió eliminar definitivamente a la revista del "Web of Science", alegando que no cumplía con los criterios de calidad exigidos, lo cual fue una sorpresa para quienes somos lectores y contribuyentes habituales de esta revista. ¿Cuáles fueron las principales irregularidades que se detectaron? Presuntas revisiones fraudulentas[3], aumento desmesurado del número de publicaciones, desproporción sospechosa de autores y posibles conflictos de interés de sus editores.
Las razones de fondo
Este escándalo saca a la luz, desde nuestra perspectiva, al menos dos cuestiones. En primer lugar, la existencia de un sistema editorial en el que la motivación primaria parecería ser un modelo de negocio rentable para las propias editoriales antes que la calidad de sus contenidos. En segundo lugar, un sistema científico en el cual la presión por publicar puede promover acciones deshonestas por parte de los científicos, como inventar resultados o adueñarse de identidades falsas de "reviewers". Es decir, el problema no son sólo las editoriales científicas, sino que algunos miembros de nuestra comunidad científica han actuado indecentemente[4] en un ciclo que combinó editores codiciosos y científicos deshonestos.
Este comportamiento tal vez pueda explicarse por una lógica de funcionamiento del sistema científico tecnológico que no es muy diferente de la lógica de funcionamiento de mercado. En este caso la moneda de acumulación (de los grupos o científicos individuales) es su producción científica, medida en cantidad de publicaciones. Cuanta mayor cantidad de publicaciones, más oportunidades de conseguir mejores subsidios, mejores equipamientos y mayor cantidad de recursos humanos, en un sistema de competencia entre grupos de investigación que no es muy diferente al que experimentan los fabricantes de lavarropas.
Ahora, coincidiendo con la afirmación de que la generación y comunicación pública del conocimiento es parte central del sistema científico y por lo tanto tiene que ser evaluada de alguna forma, la pregunta que podríamos hacernos es: ¿está bien que el sistema científico-tecnológico funcione con las mismas reglas con las que funciona cualquier mercado de productos o servicios dentro de una economía capitalista? La generación de conocimiento público, porque esencialmente estamos hablando de conocimiento producido en universidades e institutos financiados con fondos públicos, ¿no debería aspirar a tener una ética y una praxis diferente? ¿O lo que hacemos debe tener la misma lógica de funcionamiento que la producción de celulares o la fabricación textil? Tal vez hemos naturalizado el funcionamiento de un sistema, simplemente porque hasta ahora ha funcionado, renunciando a tener una visión crítica sobre los principios que fundamentan las prácticas que estamos realizando.
Justamente en este momento de la Argentina, con un gobierno que pareciera reforzar con sus políticas un sistema científico-tecnológico solo puesto al servicio de la producción, con un fuerte discurso contra algunos valores colectivos como la defensa del ambiente, es más necesario que nunca que pensemos alternativas de funcionamiento que nos permitan seguir haciendo lo que hacemos: enseñando, investigando y formando recursos humanos, de forma independiente y autónoma de los poderes de turno, crítica de las cuestiones que nos parezcan que deban ser criticadas y con una agenda que atienda todas las disciplinas (humanas, sociales, exactas y naturales), sean sus temas relacionados con la producción o no. Si no, podríamos preguntarnos ¿por qué hacemos lo que hacemos?