En la madrugada del 16 de septiembre de 2016, San Sebastián despertó con una noticia que nadie quería creer: su querida iglesia, ese lugar sagrado que durante siglos ha sido el corazón espiritual y cultural del distrito, estaba siendo consumida por las llamas. El fuego, que probablemente comenzó por un cortocircuito, avanzó rápido y sin piedad, devorando el techo, el altar mayor y muchas de las valiosas obras de arte que guardaba con tanto cariño, incluyendo pinturas coloniales del maestro Diego Quispe Tito.
Para la comunidad, la iglesia no era solo un edificio; era un refugio de fe, un espacio donde generaciones enteras se habían reunido para celebrar, llorar, agradecer y soñar. Ver cómo el fuego destruía ese símbolo fue como ver arder un pedazo de su propia historia y memoria colectiva. La tristeza se mezcló con la impotencia, pero también con la valentía y la solidaridad.
Los vecinos no dudaron ni un segundo. A pesar de la falta de agua y de los obstáculos, corrieron a ayudar. Trajeron baldes y recipientes con agua desde el río Cachimayo, mientras los bomberos luchaban contra el fuego con lo poco que tenían. El sistema de hidrantes estaba obsoleto y eso complicó aún más la emergencia. Sin embargo, la fuerza de la comunidad logró contener las llamas antes de que destruyeran todo.
El párroco, don Genaro Huamán, con la voz entrecortada, recordó cómo apenas cuatro años antes habían restaurado la iglesia con esfuerzo y dedicación. La pérdida fue un golpe duro, pero también un llamado a la unidad y a la esperanza. Entre las cenizas, lograron rescatar la imagen del Señor de San Sebastián, símbolo de la fe y la resistencia de todo un pueblo, que aunque herida, sigue en pie.
Desde ese día, la comunidad ha caminado unida en un proceso de reconstrucción y recuperación. No solo se trata de levantar muros y techos, sino de sanar heridas, fortalecer la identidad y preservar la memoria viva de sus antepasados. Vecinos, autoridades y especialistas trabajan mano a mano para que la iglesia vuelva a ser ese faro de luz y espiritualidad que todos añoran.
Este incendio, aunque devastador, ha mostrado la verdadera fuerza de San Sebastián: su gente. Gente que no se rinde, que transforma la tristeza en esperanza y que sabe que el fuego puede destruir edificios, pero jamás el espíritu ni la fe que los une. La historia de esta iglesia es también la historia de un pueblo que se levanta, que cuida su legado y que mira hacia el futuro con renovada ilusión.