Por: Gustavo A. Rodríguez Riera.
Maracay, Venezuela, 01/Jul/22.
Cuenta una leyenda otomí[i] (pueblo indígena mexicano), que sus antepasados prehispánicos fueron feroces guerreros descendientes de gigantes o también llamados los uemas, quienes les heredaron sus conocimientos en alfarería y en las artes bélicas, los uemas eran nómadas y gustaban de moverse libremente por el suelo mexicano, en especial por el occidente, porque era donde el sol emprendía su viaje al inframundo (la noche). La leyenda cuenta que los gigantes eran tan fuertes que en tan solo una noche podían levantar sus templos de piedra, pero que tenían una debilidad, al caerse los gigantes se rompían como se rompe el vidrio, y a pesar de que se extinguieron en el gran diluvio, aún en la actualidad podemos encontrar en el suelo sus restos si buscamos bien.
Hace unos días atrás, se hizo pública la historia de Juan Zamorano[ii], un estudiante de 14 años, de origen otomí, quien estudia en Querétaro, México. Desde el mes de enero Juan ha pedido a sus padres no volver a la escuela, por causa de las burlas y agravios que ha recibido reiteradamente por parte de sus compañeros en razón de su origen y de no hablar fluidamente el español, acoso que incluso ha sido por parte de la maestra, todo lo cual fue puesto en conocimiento del personal directivo de la institución sin que se hiciera nada para mejorar las condiciones de Juan.
Lo cierto es que el día 07 de junio del 2022, Juan fue rociado con alcohol y prendido en fuego por sus compañeros de clase, quedando gravemente lesionado por las quemaduras. Ante los hechos, se conoció que la maestra le dijo que: “Se echara cebolla sobre las heridas”.
Reflexionar sobre lo acontecido resulta muy complejo, Juan pertenece a una de las etnias indígenas más importantes de todo México, uno de los países con mayor población nativa del mundo, y así, sin embargo, Juan tuvo que afrontar prácticamente sólo el acoso escolar ante la indiferencia de la institución educativa respecto del pedido de sus padres, hasta que ocurrió lo peor, fue víctima de aquello que lo hace diferente: su origen.
Desde muy temprana edad nos enseñaron cómo hemos avanzado en la sociedad, innumerables han sido las veces que me explicaron en la escuela, en la secundaria y en la universidad sobre el principio de igualdad, ver al prójimo por lo que es, un semejante, que dispone de los mismos derechos y obligaciones que yo.
Pero ¿Si somos diferentes? Si cada uno de nosotros es único, y pertenecemos a distintos grupos o podemos ser categorizados bajo diferentes variables ¿Cómo es que somos iguales? Nos planteamos: ¿Acaso lo opuesto a la diferencia es la igualdad? La respuesta es más simple de lo que creemos ¡No! Lo opuesto a la diferencia es más bien la identidad. Todos somos iguales y a la vez diferentes, tenemos cualidades que nos hacen únicos y características que nos hace formar parte de comunidades, la conjunción de esos elementos internos (propios y naturales de cada individuo) con los externos (el contexto en el que nos desarrollamos) nos da identidad, pero muy a pesar de esas diferencias que tenemos con respecto a otros y otras por tener identidades distintas, al fin y al cabo, somos seres humanos y, por ende, ante las leyes somos iguales.
En consecuencia, siendo que el trato igual, con justicia y equidad, independiente a cualquier categoría o identidad que caracterice a las personas, es el principio de igualdad ante la ley, su antagonista no es la diferencia ni mucho menos la diversidad, lo es la desigualdad, el trato injusto y la inequidad que se presenta cuando la autoridad o las mayorías dan un trato diferenciado a determinadas personas o grupos.
México, como el resto de países latinoamericanos, es una nación producto de la colonización. Un evento histórico, y aun al día de hoy muy presente, en el que la Europa Moderna subyugó al “nuevo continente” a su idioma, religión y costumbres. Para hacerlo, los españoles emplearon su tecnología más avanzada, sus armas, pero también sus conocimientos, su diplomacia, religión y sus enfermedades, se establecieron en las américas para crear su nuevo fundo con el costo de las vidas de gente, de ‘indios’. La colonización trajo eventualmente las ideas sobre el Estado, la Constitución y las Leyes, dotó a sus hijos de conocimientos científicos y artísticos, parieron naciones, con culturas nuevas, pero generación tras generación los blancos siguieron al mando y los ‘indios’ y negros siguieron engrosando las masas de los más desfavorecidos.
Según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT)[iii] se tiene que para el 2020 los pueblos originarios representan –en América Latina y el Caribe- alrededor del 8,5% del total de la población, pero a su vez constituyen el grupo étnico que más personas tiene viviendo en la pobreza extrema, con un total aproximado del 30% en toda la región.
Parece entonces que poco o nada quedara de aquellos gigantes que habitaron estas tierras según las leyendas otomíes, sus valientes luchas y sus templos de piedra fueron borrados por las aguas y pisoteados por el hombre blanco, la justicia social y la igualdad de oportunidades y de trato de la que tanto se habla y escribe en textos desde hace muchos años parece no más un ticket reservado para unos cuantos, en definitiva: “Todos los animales son iguales, pero hay unos animales que son más iguales que otros” como relató George Orwell en su libro “Rebelión en la Granja”.
La inequidad heredada de la colonización arrastró consigo muchos males y también pudo fortalecer aquellas creencias que los pueblos originarios sostenían sobre quienes ellos no consideraban iguales. América Latina terminó siendo un caldo de disparidades, injusticias y eventos atroces que han marcado por décadas a familias y grupos enteros, bajo la mirada indiferente de los legatarios del poder de las familias peninsulares privilegiadas. Nótese cómo la expresión ‘indio’ es aún utilizada para referirse despectivamente de otras personas por su ignorancia, poca cultura o falta de gracia.
Esa inequidad hoy recae con todo su peso sobre Juan, un niño que quiere formarse y desarrollarse bien, como cualquier otra persona en este mundo, pero que por ser otomí está condicionado a las desigualdades sociales que le imponen y hacen saber sus victimarios (sus compañeros, su indolente maestra, su ineficaz directora, y en general, la sociedad).
Aunque, la inequidad no mira solo orígenes, el trato desigual cala en diferentes categorías, como es el caso de Elisa, una venezolana residente en Buenos Aires, a quien tuve el honor de conocer en mi propio proceso migratorio. Elisa tiene una discapacidad motora parcial (para caminar requiere de muletas). Como cualquier persona que emigra, nuestra amiga partió de su natal Maracaibo en búsqueda de mejores condiciones y calidad de vida. Ella decidió afrontar sola la migración, conseguir trabajo representó un desafío enorme. En las entrevistas laborales era vista con lástima o indiferencia, se la veía como incapaz de realizar las tareas para las cuales se postulaba. Un día, el gerente de una empresa familiar le dio una oportunidad en el área de ventas de su fábrica, después de tantos meses de zozobra y de necesidades veía finalmente la luz. No obstante, no esperaba que su jefe fuera un maltratador y manipulador, quien la mantenía trabajando en la informalidad, con un sueldo miserable, sin los beneficios de Ley, y dicho sea de paso, su discapacidad se volvió el blanco de los chistes de sus compañeros de trabajo, pero sin otra alternativa viable, atada a esa relación por causa de la necesidad.
Como el caso de Juan y de Elisa hay cientos de miles. Personas que sufren al día de hoy calamidades bajo la arrogancia de aquellos que sí han podido acceder al sistema “de igualdad de oportunidades y de trato”. Yo mismo hago consciencia sobre los privilegios que he tenido para escribir hoy estas palabras, en relación a personas que en mi propia comunidad han tenido que esforzarse 10 veces más y no han alcanzado estudios, trabajos ni la calidad de vida que desearían tener.
La desigualdad económica en la región causa estragos, y produce cada vez más una brecha entre clases, pero también entre culturas y géneros, quienes históricamente han sido víctimas del trato diferenciado, pero del negativo, hoy se yerguen como los gigantes de la historia otomí, han perdido el miedo a romperse, porque ya lo han hecho tantas veces y su voluntad sigue incólume. Es justo decir que aunque queda un largo camino por recorrer, esos y esas gigantes se la están jugando por abrir puertas: Para Juan, que sobrevivió y sin duda se hará más fuerte que sus agresores, porque al final no está solo, una comunidad entera lo acompaña; y para Elisa, que en la adversidad encontró las herramientas para sostenerse en pie y crecer ante el maltrato. Sus historias se trasladarán a las generaciones venideras para evitar repetir estos patrones
Equȃnime quiere ser uno de esos gigantes uemas, nos sobra la fuerza para mover las pesadas piedras del conservadurismo y construir sobre ellas los cambios que nos abrirán las puertas del mañana, sin miedo a cuando el sol se ponga, y conscientes de las fuertes caídas que la vida, los gobiernos y algunos grupos privilegiados nos provocarán para tratar de rompernos, pero con la creencia firme de que saldremos victoriosos de las adversidades, y con la mirada puesta en un amanecer más equitativo y justo. ¿Te unes en este camino?
Referencias:
[i] Matador Network (23-07-2017). La leyenda otomí de los uemas, los gigantes que habitaron México. https://matadornetwork.com/es/leyenda-otomi-de-uemas-gigantes-de-mexico/#:~:text=Cuenta%20la%20leyenda%20que%20los,de%20M%C3%A9xico%2C%20Quer%C3%A9taro%20e%20Hidalgo
[ii] Notimérica (18-06-2022). México.- Alumnos de secundaria rocían con alcohol y prenden fuego a un compañero indígena en México. https://www.notimerica.com/sociedad/noticia-mexico-alumnos-secundaria-rocian-alcohol-prenden-fuego-companero-indigena-mexico-20220618220634.html
[iii] Naciones Unidas Noticias (03-02-2020). América Latina es la región del mundo con la mayor proporción de indígenas en la pobreza extrema. https://news.un.org/es/story/2020/02/1468982
Foto de Abraham en Pexels.