Conoce el sentipensar de la Cohorte 10 de la Maestría en Comunicación y Educación en la Cultura, quienes cuestionan el desarrollo y el antropocentrismo desde una mirada crítica, situada y comprometida con los territorios. Esta cohorte reconoce las múltiples formas de vida, saberes y resistencias, proponiendo diálogos que articulan la comunicación, la educación y la cultura con la justicia social, ambiental y epistémica. Su apuesta es por una transformación que reconozca la interdependencia entre los seres humanos y la naturaleza, abriendo caminos hacia otras formas de habitar, aprender y convivir. Haz clic sobre ellas y él y conoce más...
La maestra crespa, consentidora y amorosa, es una mujer apasionada por la educación y el bienestar de sus estudiantes. Su nombre es Margarita Ortega, ha dedicado más de 10 años de su vida a enseñar, hace un año está felizmente nombrada en la escuela rural Arabia – Quipile.
Margarita representa el cambio y la resistencia a los legados históricos de la educación, ella ha decidido romper con esa narrativa; Su escuela es un espacio donde las niñas y los niños aprenden a reconectarse con su territorio, es una agente de cambio que lucha con amor y dedicación por transformar la educación.
Margarita sueña con un mundo donde la calidad educativa sea un derecho realmente accesible para todos, su imaginario de esperanza incluye la idea de que cada niña y niño sueñe en grande. Ella imagina un futuro donde la escuela sea un lugar de alegría, creatividad y amor, donde cada estudiante se sienta valorado y motivado a aprender.
Sofía Bermúdez se reconoce como una mujer feminista, madre y constructora de paz. Actualmente trabaja en una entidad humanitaria que busca a las personas desaparecidas en el marco del conflicto armado Colombiano, un espacio que le ha permitido conocer la realidad de un país que duele y ha dolido durante más de 50 años.
La injusticia la mueve, la incómoda y la indigna, por ello le apuesta a garantizar y generar espacios incluyentes, en donde todas las personas puedan sentirse escuchadas, valoradas y reconocidas.
Su mayor deseo es dejarle un país, un mundo, a su hija Selva y a todas las niñas, en donde puedan sentirse libres, cuidadas, tranquilas; en donde puedan ser tratadas con ternura y se les brinde las oportunidades necesarias para lograr los anhelos de sus corazones.
Leidy Torres Salinas es una docente apasionada por la naturaleza y defensora del bienestar ambiental. Su vida gira en torno a una palabra que guía su actuar: "cuidar". Para ella, cuidar es más que un valor, es una forma de vida que implica respeto, responsabilidad y conexión con el entorno. Cree que respirar aire puro y proteger el planeta no son privilegios, sino derechos que deben ser defendidos desde la educación. Su labor docente está impregnada de esta filosofía, promoviendo en sus estudiantes una conciencia ecológica activa y transformadora.
Leidy se considera una educadora comprometida con la inclusión y el respeto por la diversidad. Se distancia de ideologías o movimientos que, aunque bien intencionados, tienden a dividir a las personas en lugar de unirlas. Para ella, el cuidado es más poderoso que el amor, porque no excluye ni impone, sino que abraza y construye. En su aula, cada estudiante encuentra un espacio seguro para aprender, expresarse y crecer, sin etiquetas ni barreras. Su compromiso es claro: educar desde el cuidado, para una sociedad más consciente, empática y unida.
Ella es una maestra apasionada por la educación, que por más de 15 años ha sembrado amor y literatura en cada rincón del corazón de los niños, despertando en ellos el interés por aprender y soñar. En su territorio, representa una luz que guía y transforma, un puente entre la palabra y el alma, una presencia que cultiva saberes y valores en medio de comunidades sedientas de afecto y conocimiento.
El miedo que la llama a la acción es el olvido de la ternura en la educación, la pérdida de la palabra como herramienta para construir humanidad y la indiferencia ante la infancia desprotegida. Su sentir y pensar en el mundo se nutren de imaginarios de esperanza donde los libros abrazan, los niños florecen y la educación se convierte en un acto profundo de amor, resistencia y transformación.
María Cuesta Pineda es una docente apasionada por los procesos pedagógicos que integran el arte, la naturaleza y la sensibilidad humana como ejes fundamentales de la educación. Cree firmemente en el poder transformador de las experiencias estéticas y sensoriales en el aprendizaje, y en el valor del juego, la creatividad y la expresión artística como caminos para formar seres humanos íntegros y conscientes de su entorno.
María irradia alegría y cercanía; ama sonreír, compartir su buena energía y crear vínculos genuinos con sus estudiantes y colegas. Su labor docente está atravesada por el afecto, el respeto y una profunda empatía por las realidades que viven las niñas y los niños en distintos contextos.
Su mayor preocupación es la falta de garantías reales que protejan los derechos de la niñez. Por ello, asume su rol como educadora con compromiso ético y social, buscando incidir en prácticas escolares más justas, incluyentes y humanas.
Sueña con escuelas que estén transversalizadas por el arte, no como complemento, sino como una estructura viva que sensibiliza, moviliza y despierta la conciencia colectiva. Para María, educar es sembrar belleza, dignidad y posibilidad en los corazones de quienes habitan las aulas.
Manolo, comunicador de profesión, ha replanteado su relación con la naturaleza y la vida. Formado en un modelo desarrollista, consumista e individualista, recientemente ha cuestionado este paradigma como única forma de construir sujetos y seres. En un proceso que denomina "desorientarse para encontrarse", busca alternativas reformistas para humanizar su ser, descolonizar su pensamiento, feminizar su masculinidad y reconectarse con sus raíces ancestrales.
Su miedo a la soledad y al individualismo sobre la vida y los elementos que sustentan su existencia le ha permitido abrirse a otras verdades, conectarse con otras formas de vida y soñar con mundos posibles no violentos y libres de imaginarios dualistas. Progresivamente, Manolo ha estado recogiendo las semillas necesarias para ver germinar el fruto que anhela. No obstante, reconoce que aún necesita caminar más junto al territorio y que para lograrlo debe transformar muchas de sus formas de existir, a fin de reexistir en otras ontologías y modos diversos de estar en el mundo.